La espía de Boston CAPÍTULO 20 El trueno sobre Le Bourget
92%

CAPÍTULO 20 El trueno sobre Le Bourget

La base aérea de Le Bourget, al noreste de París, albergaba el corazón tecnológico de la Luftwaffe en la región de la Sena: un prototipo de radar de barrido Freya, capaz de detectar la aproximación de las escuadrillas de la RAF sobre la costa del canal a más de doscientos kilómetros de distancia.

Destruir aquella antena de plato parabólico era la condición prioritaria exigida por el mando de la aviación británica antes de iniciar la campaña de bombardeos nocturnos de la primavera de 1941.

Anie y Odette avanzaron a través de los arrozales y canales de drenaje congelados que rodeaban el perímetro exterior de la base. El termómetro marcaba cuatro grados bajo cero.

Anie vestía un uniforme robado de la Hilfswachmannschaft (cuerpo auxiliar de guardia de la aviación alemana) que Odette había confeccionado en su taller de costura, adaptándolo a las medidas de la joven.

En la espalda, bajo la mochila militar, transportaba cuatro bloques de explosivo plástico PE-2 con detonadores de impacto de mercurio.

—Los focos de las torres de vigilancia barren la valla perimetral cada cuarenta y cinco segundos —advirtió Odette desde el borde de la zanja, cámara fotográfica en mano para registrar el sabotaje—. La valla electrificada lleva una corriente de dos mil voltios.

Anie sacó de su cinturón unas cizallas con mango reforzado con baquelita aislante.

—Dos mil voltios no son nada si cortas la toma de masa del generador secundario —dijo la Agente Shadow-9, arrastrándose sobre la hierba helada con la fluidez de un réptil.

Llegó a la caseta del transformador perimetral en quince segundos. Cortó el cable de derivación a tierra con una precisión milimétrica, anulando la tensión de la cerca sin activar las alarmas del cuadro central. Realizó un corte limpio en la malla de alambre y se coló dentro del recinto militar.

Moviéndose entre las sombras proyectadas por los fuselajes de los cazas Messerschmitt Bf 109 alineados en la pista, Anie alcanzó la estructura metálica del radar Freya, una torre de entramado de acero de quince metros de altura que giraba lentamente emitiendo un zumbido eléctrico constante.

Dos centinelas de la Luftwaffe custodiaban la escalera de acceso.

Anie sacó su Welrod con silenciador. Tres pasos rápidos en abanico, dos disparos contenidos en la nuca de cada uno de los guardias, y los dos cuerpos cayeron sobre los sacos de arena del nido de ametralladoras sin emitir un solo lamento.

Anie escaló la estructura de hierro con una agilidad pasmosa, sin importarle las ráfagas de viento helado que amenazaban con despeñarla.

Alcanzó la plataforma superior de la parábola emisora. Colocó dos cargas de PE-2 en el eje de rotación del motor síncrono y los otros dos bloques directamente en la guía de ondas del emisor de alta frecuencia. Ajustó los detonadores químicos a cuatro minutos.

Cuando iniciaba el descenso por la escala interior, la puerta del barracón de oficiales se abrió. El mismísimo coronel Von Kessel, cubierto con un abrigo de pieles y acompañado por cuatro agentes de la Gestapo, salió a realizar la inspección de la guardia de la una de la mañana.

—¡Hey! ¡Tú, el de la escala! —gritó Von Kessel en alemán, desenfundando su pistola Luger.

Anie no respondió con palabras. Saltó desde una altura de cuatro metros, cayó rodando sobre el pavimento de hormigón para amortiguar el impacto y rodó tras un camión de cisterna de combustible Opels Blitz.

—¡Feuer! —ordenó el coronel.

Las ráfagas de los subfusiles MP 40 despedazaron la chapa de hierro del camión, provocando una fuga de gasolina sobre la pista.

Anie sacó de su arnés una granada incendiaria de termita. Le retiró la anilla con la mano izquierda y la arrojó directamente al charco de combustible que corría hacia las botas de los agentes enemigos.

Una llamarada de mil quinientos grados de temperatura estalló en la pista, convirtiendo el vehículo y la guardia de Von Kessel en una muralla de fuego blanco.

Anie corrió a máxima velocidad hacia la brecha de la valla perimetral.

A sus espaldas, los cuatro minutos de la mecha química llegaron a su fin.

Una detonación devastadora sacudió la base aérea de Le Bourget. La estructura de quince metros del radar Freya saltó por los aires en una lluvia de esquirlas de acero y chispas eléctricas, cortando las comunicaciones y el sistema de detección del sector norte de Francia de un solo golpe.

Anie cruzó la brecha, tomó a Odette por la manga del abrigo y se adentró en la oscuridad de los bosques de Saint-Denis.

Desde la cima de la colina, contemplaron la enorme columna de humo negro que se elevaba sobre el aeródromo militar.

Odette miró a la muchacha de veinte años con una mezcla de pavor y reverencia.

—Has destruido el radar principal de la aviación alemana en diez minutos... —murmuró la francesa.

Anie se quitó el gorro del uniforme militar, dejando que su cabello oscuro cayera sobre sus hombros, y limpió la ceniza de su mejilla con el dorso del guante.

—Le Bourget ha caído, Odette —dijo la Agente Shadow-9 con esa voz tranquila que no temblaba ante nada—. Ahora el cielo pertenece a la RAF. Y mañana, París será un poco más libre.

La sombra de la Agente Shadow-9 se perdió en la niebla de la noche, lista para ser evacuada por un hidroavión Aliado y asumir la siguiente fase de una guerra que ella estaba reescribiendo a sangre y fuego.