La espía de Boston CAPÍTULO 19 Las sombras de Montmartre
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CAPÍTULO 19 Las sombras de Montmartre

París en el invierno de 1941 no guardaba el menor rastro del brillo de las luces de gas que Anie conoció en 1935.

Bajo el manto de nieve sucia y el toque de queda de las siete de la tarde, la capital francesa era un gigante amordazado.

Banderas con la esvástica ondeaban en la fachada de la Opéra Garnier y el Hôtel de Ville, mientras los camiones de la Sûreté colaboracionista y los furgones negros de la Gestapo patrullaban los bulevares desiertos.

Anie se deslizó por las callejuelas empinadas de Montmartre vistiendo un abrigo de paño verde oscuro, pañuelo de seda a la cabeza y botas de cuero desgastado.

Su identidad falsa en esta ocasión era la de Léa Bernard, una modista ambulante que prestaba servicios a domicilio para las familias acomodadas del distrito dieciocho.

En la maleta de costura de madera que llevaba en la mano derecha, oculto tras carreteles de hilo, tijeras de sastre y patrones de tela, viajaba un transmisor de radio ultracompacto B2 de la SOE, junto con los nuevos códigos de autenticación suministrados por el equipo de Bletchley Park.

Su punto de encuentro era un antiguo taller de pintura en la Rue Cortot, refugio clandestino de la célula de resistencia "Symphonie", dirigida por una joven parisina llamada Odette.

Anie tocó el picaporte de hierro con el código de seguridad de la red.

La puerta de madera crujió al abrirse. Odette, una mujer de veinticinco años con el rostro marcado por la privación y la mirada hipervigilante de los combatientes clandestinos, la hizo pasar al taller, echando los tres cerrojos de hierro de la entrada.

—Londres ha cumplido su palabra —susurró Odette, contemplando con asombro la serenidad de la Agente Shadow-9—.

Pero has llegado en el peor momento posible.

La Gestapo ha desplegado un furgón con goniómetro de frecuencia a tres calles de aquí.

Captan cualquier emisión de radio en menos de cuatro minutos.

Anie dejó la maleta de costura sobre la mesa de trabajo rodeada de lienzos polvorientos.

—No vamos a emitir durante cuatro minutos, Odette —dijo Anie, quitándose el pañuelo del cabello y revelando sus ojos grises—. Solo necesitamos sesenta segundos para enviar las coordenadas de la batería de radar de le Bourget.

—Es un suicidio —insistió la francesa, sirviendo dos tazas de té sintético—. El coronel Von Kessel ha asumido el mando directo de la contrainteligencia en el sector de la Sena. Ha jurado que no descansará hasta capturar al agente de la SOE que opera en París.

Anie sonrió levemente al escuchar el nombre de Von Kessel. Recordó la noche en la biblioteca del conde De la Roche en 1935, cuando le cortó el tendón del brazo con su navaja marsellesa.

—Von Kessel ya me conoce, Odette —respondió la joven de veinte años con esa voz helada que imponía calma absoluta—. Y sabe perfectamente que la última vez que intentó acorralarme, tuvo que salir de la habitación sobre una camilla.

A las once de la noche, mientras la nieve caía con fuerza sobre los tejados de la basílica del Sacré-Cœur, Anie desplegó la antena de hilo de cobre del emisor B2 a lo largo del marco de la ventana del granate.

Con la clave de cifrado de sustitución polialfabética memorizada en su cabeza, comenzó a teclear con el manipulador de morse a una velocidad vertiginosa: cincuenta y dos palabras por minuto.

A tres manzanas de allí, en la esquina de la Rue des Saules, los operadores alemanes dentro del furgón de radiogoniómetro vieron cómo las agujas del galvanómetro se disparaban hacia el sector rojo.

—¡Frecuencia detectada en la Rue Cortot! —gritó el oficial de guardia por el transmisor—. ¡A todas las unidades del sector dieciocho, convergencia inmediata!

Anie terminó el envío en tres minutos y doce segundos. Desconectó la fuente de alimentación, enrolló la antena y guardó el emisor en el compartimento secreto de la maleta.

—Nos han localizado —dijo Odette desde el tragaluz, viendo cómo las luces de los faros de tres automóviles de la Gestapo cortaban la oscuridad del callejón.

—Tranquila —respondió Anie, ajustándose la funda axilar de su Welrod y sacando de su bolsillo dos granadas fumígenas de fósforo blanco—. Este taller tiene más salidas que las que Von Kessel imagina.

Los pasos pesados de los agentes alemanes resonaron en la escalera de madera del edificio. La puerta principal cayó derribada por el impacto de un ariete de mano.

—¡Gestapo! ¡Hände hoch! —rugió la voz de un oficial al irrumpir en el taller con un subfusil MP 40.

Anie arrojó las dos granadas de fósforo directamente contra el quicio de la puerta. Una nube densa de humo blanco y abrasador cubrió la estancia en un segundo, cegando a los asaltantes y provocando un pánico inmediato por asfixia.

Aprovechando la confusión, Anie tomó a Odette del brazo, la guió hacia el ventanal del tejado y saltó a la mansarda nevada del edificio colindante.

Corrieron sobre las tejas resbaladizas con la agilidad de dos sombras nocturnas, mientras las ráfagas de los subfusiles alemanes atravesaban el humo sin encontrar blanco.

Cinco minutos después, desde la terraza del cabaré Le Lapin Agile, Anie vio cómo las patrullas alemanas registraban el edificio vacío en vano.

Odette la miró con una devoción absoluta, limpiándose la nieve de los hombros.

—Eres un verdadero fantasma, Shadow-9 —susurró la resistente parisina.

Anie miró las luces lejanas de la torre Eiffel iluminada por los reflectores antiaéreos del Reich.

—No soy un fantasma, Odette —contestó la Agente Shadow-9, ajustándose el abrigo de paño—. Soy la prueba de que París nunca volverá a arrodillarse.

Las dos mujeres desaparecieron por los pasadizos subterráneos de las viejas canteras de Montmartre, listas para activar la fase final del plan de sabotaje que sacudiría los cimientos de la ocupación antes de la llegada de la primavera.