La espía de Boston CAPÍTULO 18 El santuario de los enigmas
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CAPÍTULO 18 El santuario de los enigmas

El campo de Buckinghamshire en el invierno de 1941 parecía la estampa de una Inglaterra apacible y campestre.

Sin embargo, tras los muros de ladrillo rojo y la arquitectura victoriana de Bletchley Park, latía el cerebro analítico más poderoso de la alianza Aliada.

Allí, matemáticos, ajedrecistas, lingüistas y criptoanalistas trabajaban día y noche contra el reloj en los barracones de madera gris para romper las tripas mecánicas del Reich.

Anie caminaba junto a Arthur Pendelton por el sendero helado que conducía al famoso Barracón 6.

Vestía su uniforme militar neutro, con el abrigo largo de lana y las botas de cuero pulidas. La travesía en el submarino HMS Trident había dejado pequeñas marcas de salitre en sus rasgos, pero su mirada de acero mantenía una claridad imperturbable.

—La máquina de cuatro rotores que rescataste en las Azores ha cambiado las reglas del juego —explicó Pendelton en voz baja, ajustándose las solapas del gabán—.

Alan Turing y su equipo en la "Bomba" electromecánica llevaban tres meses a ciegas debido a la introducción del cuarto rotor Beta en los U-Boote.

Los libros de claves que recuperaste secos son la piedra Rosetta que necesitábamos.

Anie empujó la puerta de madera del barracón. El ambiente dentro era sofocante, saturado por el olor a baquelita caliente, aceite de engranajes, teletipos en constante traqueteo y humo de pipa.

En el centro de la estancia, rodeado por diagramas matemáticos y cintas de papel perforado, un hombre joven de mirada distraída y cabello alborotado examinaba los rotores de la Enigma rescatada.

Alan Turing levantó la vista, ajustó sus gafas y miró a Anie de arriba abajo.

—Así que usted es la persona que se sumergió en el Atlántico para traerme este hermoso rompecabezas —dijo Turing con un tono sereno pero lleno de fascinación científica—.

Es un trabajo mecánico magnífico. El rotor extra añade más de cuarenta y cinco mil combinaciones posibles a la matriz diaria.

Sin estos documentos de sustitución, nos habría llevado dos años descifrar las órdenes de la flota de Donitz.

Anie se acercó a la mesa de trabajo y rozó las teclas de baquelita de la máquina con la yema de sus dedos.

—Las matemáticas ganan guerras, profesor —respondió la joven de veinte años con una leve sonrisa—. Pero el acero y la sangre son los que consiguen las matemáticas.

—Una apreciación indudablemente precisa —asintió Turing, mostrándole una hoja de papel recién impresa por la máquina descodificadora electromecánica—. Gracias a su extracción de la semana pasada, acabamos de interceptar este mensaje urgente emitido desde el cuartel general de la Gestapo en París.

Anie tomó la hoja. El texto traducido del alemán contenía una orden directa firmada por el mismísimo Heydrich:

ORDEN DE BÚSQUEDA Y CAPTURA INMEDIATA. OBJETIVO: AGENTE SHADOW-9 / ANIE. PRIORIDAD ABSOLUTA. SE AUTORIZA LA EJECUCIÓN IN SITU EN CUALQUIER PUNTO DE LA EUROPA OCUPADA.

Pendelton miró el documento y dejó escapar un suspiro de pesadez.

—Tu nombre y tu rostro están en todas las comisarías y puestos de control desde Oslo hasta Marsella, Anie —dijo el agente veterano—. Eres el enemigo número uno de la contrainteligencia alemana en el continente.

Anie devolvió el papel a la mesa, se ajustó los guantes de piel con un movimiento pausado y miró la gran carta estratégica de Europa colgada en la pared del barracón.

—Eso solo significa que estamos haciendo las cosas bien, Pendelton —contestó la Agente Shadow-9 con esa voz helada que congelaba cualquier atisbo de duda—. Si Heydrich me quiere muerta, tendrá que venir a buscarme él mismo.

—¿Cuál es tu próximo movimiento? —preguntó el coronel Evans del MI6, entrando en el barracón con una carpeta verde marcada con la palabra TOP SECRET.

—París —dijo Anie sin vacilar—. La resistencia francesa necesita reorganizarse antes de la primavera, y el general Von Stülpnagel está preparando una purga masiva en el barrio de Montmartre. Es hora de regresar a la Ciudad Luz a cerrar las cuentas pendientes.

Turing miró a la muchacha con un profundo respeto científico y humano.

—Que la lógica y la suerte la acompañen, Agente Shadow-9 —dijo el matemático, volviendo a concentrarse en los rotores de la máquina.

Anie dio media vuelta, cruzó la puerta del barracón y salió al frío aire de la campiña inglesa. La maquinaria del destino estaba en marcha, y la sombra más peligrosa de la Segunda Guerra Mundial se preparaba para volver al corazón del imperio enemigo.