La espía de Boston CAPÍTULO 17 La tumba de hierro
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CAPÍTULO 17 La tumba de hierro

El Atlántico Norte en los primeros meses de 1941 no pertenecía a la superficie.

Trescientos metros bajo la masa de agua helada, la guerra se libraba en un silencio claustrofóbico de metal bajo presión, óxido y aceite quemado.

Los manadas de lobos de la Kriegsmarine hundían cientos de miles de toneladas de suministros Aliados cada mes, amenazando con asfixiar a Gran Bretaña antes de que Estados Unidos pudiera entrar abiertamente en el conflicto.

Anie viajaba a bordo del HMS Trident, un submarino británico de la clase T que cruzaba el sector de las Azores en una misión de interceptación de alta prioridad.

Tras la operación de Lisboa, la Inteligencia Naval había descubierto que los alemanes utilizaban un buque de suministro clandestino —el carguero Corrientes, con bandera falsa panameña— equipado con la primera versión de la máquina de encriptación Enigma de cuatro rotores,

destinada a la flota de U-Boote del Atlántico Central.

En el angosto pasillo central de la nave, entre tuberías de refrigeración que sudaban agua helada y el pulso rítmico del motor diésel, Anie revisaba su equipo.

Había cambiado los trajes de terciopelo y la lana de las montañas por un mono táctico de combate de neopreno reforzado, un chaleco de infiltración con arnés de extracción rápida y su arma preferida para espacios cerrados: la Welrod de 9 mm, modificada con empuñadura ergonómica.

—El Corrientes está fondeado en la bahía de una isla desierta al sur de las Azores —explicó el capitán del Trident, señalando la carta náutica iluminada por la luz roja de combate del puesto de mando—.

No podemos disparar torpedos: la máquina Enigma debe ser recuperada intacta, con sus libros de claves de código no disueltos en agua de mar.

Anie ató las correas de su bolsa estanca alrededor del pecho.

—Abordaré el barco por la cadena del ancla de proa —dijo con esa frialdad quirúrgica que impresionaba a la tripulación del submarino—. La dotación del carguero no esperará un ataque desde el agua en medio de la tormenta.

A las dos de la mañana, en medio de un oleaje de cuatro metros que hacía zozobrar la proa del submarino en superficie, Anie se lanzó al mar.

El agua gélida del Atlántico la golpeó con la violencia de un muro de piedra, pero la joven mantuvo el control térmico del cuerpo mediante las técnicas de respiración aprendidas en sus años de entrenamiento.

Nadó quinientos metros entre las crestas de las olas hasta alcanzar el casco negro del Corrientes.

Trepó por el eslabón helado de la cadena del ancla con la agilidad de un espectro. Sus manos, protegidas por guantes de suela antideslizante, se fijaron en los imbornales de la cubierta de proa.

Se coló en la nave sin emitir un solo sonido.

El viento y la lluvia torrencial enmascaraban sus pasos sobre las planchas de acero. Dos marineros de la Kriegsmarine, ataviados con chubasqueros amarillos, patrullaban la pasarela de babor con fusiles Kar 98k.

Anie no gastó munición. Surgió tras el primer guardia, le aplicó una presa de estrangulamiento en la carótida mientras le bloqueaba la boca con la mano izquierda y lo depositó sin ruido contra los sacos de amarre.

Al segundo marinero lo neutralizó con un golpe seco de la empuñadura de su Welrod en el nervio vago del cuello.

Descendió por las escalas de hierro hasta el camarote del oficial de comunicaciones.

El radiooperador alemán se encontraba sentado frente a la máquina Enigma, tecleando un mensaje codificado mientras consultaba el libro de claves de tapas rojas marcadas con la palabra Geheim (Secreto).

—No toques la palanca de destrucción —ordenó Anie en alemán desde la puerta, con el silenciador de la Welrod alineado entre los ojos del operador.

El alemán, aterrorizado por la irrupción de la joven vestida de neopreno negro que chorreaba agua de mar, levantó lentamente las manos de los rotores de baquelita.

Anie avanzó en abanico, le asestó un golpe preciso en la sien con la culata del arma para dejarlo inconsciente y procedió a la extracción.

Colocó la máquina Enigma de cuatro rotores dentro de la caja estanca de aluminio acolchado, junto con los tres libros de claves de la Marina y las matrices de sustitución polialfabética.

Cuando se disponía a salir por el pasillo de máquinas, la sirena de alarma de la nave comenzó a aullar. El cuerpo de uno de los guardias de cubierta había sido descubierto por la guardia de la sala de calderas.

—¡Infanterie! ¡Alarm! —gritaban los alemanes por los interfonos.

Anie no buscó el tiroteo. Corrió hacia el mamparo de babor, colocó un bloque de explosivo plástico Nobel 808 en el eje de la hélice principal del carguero y ajustó la mecha química a noventa segundos.

Se arrojó por encima de la borda hacia el océano agitado justo cuando las ráfagas de las ametralladoras MG 42 comenzaban a barrenar la cubierta de teca.

Se sumergió a cinco metros de profundidad, abrazando la caja estanca con la máquina Enigma.

A sus espaldas, la detonación submarina destruyó el timón y el eje del Corrientes, abriendo una vía de agua catastrófica en la popa del buque nodriza que lo condenaba a irse al fondo de la bahía en menos de una hora.

Veinte minutos más tarde, las manos de los marineros del HMS Trident izaban a Anie a la cubierta del submarino.

La joven se quitó la máscara de neopreno, escupió el agua salada y entregó la caja de aluminio intacta al capitán de la nave.

El oficial abrió el cierre, contempló los cuatro rotores de la máquina Enigma y los libros de claves secos, y miró a la Agente Shadow-9 con una devoción casi sagrada.

—Con esto, Bletchley Park podrá leer todos los mensajes de la flota alemana en el Atlántico —dijo el capitán, emocionado—. Has salvado a miles de marineros Aliados esta noche, Anie.

Anie se limpió el rostro con una toalla seca, se ajustó la funda de su navaja marsellesa y miró por el periscopio hacia el barco enemigo que se hundía lentamente en las aguas rojas de las Azores.

—Solo he hecho mi trabajo, capitán —contestó la joven de veinte años con una leve sonrisa de acero—. Ahora prepare el rumbo a Gran Bretaña. La batalla de la información apenas acaba de empezar.