CAPÍTULO 16 El nido de víboras de Lisboa
Si París era el corazón anestesiado de la guerra y Berlín su motor de acero, la Lisboa de finales de 1940 era su elegante gabinete de sombras.
En las mesas del Café A Brasileira y los salones de mármol del Hotel Palácio en Estoril, embajadores, aristócratas exiliados, contrabandistas de wolframio y agentes de la Abwehr compartían el mismo aire perfumado con tabaco rubio y brandy portugués.
Portugal se declaraba neutral, pero la capital era un tablero donde cada copa servida podía contener un veneno y cada sonrisa ocultaba un chantaje.
Anie llegó a la ciudad bajo la identidad de Carmen Vega, una acaudalada viuda hispano-argentina con inversiones en el sector naviero.
A sus veinte años recién cumplidos, la dureza del paso de los Pirineos había sido sustituida por un deslumbrante vestido de noche en terciopelo verde esmeralda con la espalda descubierta, cortesía de las sastrerías del MI6 en Gibraltar.
Sin embargo, bajo la textura suave de la tela, la preparación seguía siendo la misma: en su muslo izquierdo descansaba la Derringer compacta, y en el pliegue del abanico de plumas de avestruz llevaba oculto un estilete de hoja fina de acero al carbono.
Su objetivo en Lisboa era recuperar la Lista Epsilon: un documento manuscrito por el alto mando de la Inteligencia naval británica que contenía las identidades de todos los informantes Aliados en el Atlántico Norte.
La lista había sido sustraída de la consulado en Oporto por un diplomático británico corrupto, el barón Nigel Sterling, quien planeaba subastarla al mejor postor en la fiesta privada del Casino de Estoril esa misma noche.
A las diez de la noche, las ruletas del casino giraban con un murmullo rítmico mientras la orquesta de jazz interpretaba melodías melancólicas.
Anie se deslizaba entre los salones de juego con la distinción de una pantera.
No necesitó más de cinco minutos para ubicar a su objetivo.
Sterling, un hombre de mediana edad con el rostro enrojecido por el gin y los párpados pesados, conversaba en un privado de la terraza con el mayor Krauss, el jefe de la contrainteligencia alemana en la península ibérica.
—Treinta mil libras en lingotes de oro, Krauss —decía Sterling, apurando su copa de cristal—. Y la garantía de un pasaje seguro en un hidroavión hacia Buenos Aires antes del viernes.
—El oro está en la caja fuerte de la embajada, barón —respondió Krauss en inglés con una sonrisa tibia—. Pero primero, la lista. Mis expertos deben verificar la autenticidad de las fuentes antes de autorizar el pago.
—La lista estará en su poder a medianoche, durante el baile de máscaras —aseguró el diplomático traidor.
Anie, fingiendo revisar su libreta de apuestas junto a la mesa de bacará contigua, memorizó cada detalle de la escena. Krauss no viajaba solo: cuatro escoltas vestidos de esmoquin, con la mano derecha dentro del saco para sujetar sus pistolas P08 Parabellum, vigilaban los accesos a la terraza.
A las once y media, Sterling se retiró a la suite privada del último piso del Hotel Palácio, conectado directamente con el casino por una galería acristalada.
Anie actuó con la velocidad que la caracterizaba. Se escabulló de la pista de baile, subió por la escalera de servicio y neutralizó al primer guardia del pasillo con un golpe seco de su abanico en la carótida, atrapando el cuerpo del hombre antes de que tocara la moqueta.
Utilizó su juego de ganzúas de acero de temple sueco para abrir el pestillo de la suite de Sterling en menos de doce segundos.
El diplomático corrupto se encontraba frente al escritorio, guardando la Lista Epsilon en un maletín de cuero con cierre de combinación.
—Llegas tarde, Krauss... —murmuró Sterling sin girarse, creyendo que se trataba de su comprador.
—El mayor Krauss no va a venir, barón —dijo Anie con esa voz baja y helada que congelaba el ambiente.
Sterling se volvió de golpe. Al ver a la joven de terciopelo verde apuntándole directamente al rostro con su Welrod con silenciador, el color desapareció de sus mejillas.
—¿Quién... quién eres? —balbuceó el traidor, retrocediendo hacia la ventana de la terraza—. Te puedo pagar el doble de lo que te dé el gobierno británico. Tengo cuentas en Suiza, diamantes...
—No hay suficiente dinero en el mundo para comprar la vida de los hombres que ibas a vender esta noche —contestó la Agente Shadow-9.
Antes de que Sterling pudiera accionar la alarma del escritorio, Anie disparó un solo proyectil contenido. La bala atravesó el hombro derecho del diplomático, haciéndolo caer sobre la silla.
Anie tomó el maletín, extrajo los documentos originales con la Lista Epsilon y los sustituyó por una carga química incendiaria de retardo ajustada a tres minutos.
Sin embargo, la puerta de la suite se abrió de golpe. El mayor Krauss y dos de sus mercenarios irrumpieron en la estancia con las armas en la mano.
—¡Fuego! —rugió el oficial alemán.
Anie no dudó un solo milisegundo. Agarró la pesada mesa de caoba del escritorio y la volcó hacia adelante para utilizarla como escudo. Tres proyectiles de Parabellum se incrustaron en la madera maciza, levantando astillas por toda la habitación.
Aprovechando la cobertura, Anie sacó la Derringer de su liga, salió de la esquina y disparó dos veces a quemarropa contra los mercenarios. Las balas de alto impacto derribaron a los dos guardias al instante.
El mayor Krauss intentó rodar tras el sofá para responder al fuego, pero Anie arrojó su estilete con una precisión gimnástica. La hoja de acero atravesó la mano armada del oficial alemán, clavándola con fuerza contra el marco de madera de la puerta.
Krauss soltó un alarido de dolor insoportable, perdiendo la pistola.
Anie se acercó al jefe de la contrainteligencia alemana, le arrebató los pases de circulación diplomática que llevaba en la chaqueta y le dedicó una leve sonrisa de acero.
—El aire de Lisboa no es bueno para tu salud, mayor —dijo la joven.
Accionó la palanca del balcón exterior, saltó la balaustrada y se descolgó por la pérgola de flores hasta el jardín tropical del hotel.
Tres minutos después, mientras las llamas de la carga incendiaria destruían los archivos falsos en la suite y la policía portuguesa rodeaba el casino entre sirenas y pánico, el Packard negro de la Inteligencia Aliada se alejaba hacia el puerto de Lisboa.
En el asiento trasero, Anie entregaba los documentos recuperados a Arthur Pendelton, quien la esperaba con un vaso de agua y una manta sobre los hombros.
—La Lista Epsilon está a salvo —confirmó Pendelton tras revisar el contenido con su linterna táctica—. Has desmantelado el eje de espionaje en la península en una sola noche, Anie.
Anie se quitó los guantes de terciopelo, miró por la ventanilla las luces del Atlántico y respiró el aire salado de la noche neutral.
La niña de Marsella había dejado atrás los puertos del hambre para convertirse en el arma más mortífera de las sombras globales. La contienda mundial apenas entraba en su fase más oscura, pero la Agente Shadow-9 estaba lista para escribir el siguiente capítulo de la historia con su propia ley.