La espía de Boston CAPÍTULO 15 Las nieves de los Pirineos
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CAPÍTULO 15 Las nieves de los Pirineos

El paso por las cumbres de los Pirineos en el invierno de 1940 no perdonaba los errores.

El viento blanco soplaba con la fuerza de un vendaval desde el Golfo de Vizcaya, barriendo las aristas de roca con ventiscas que reducían la visibilidad a menos de dos metros.

A más de dos mil metros de altitud, el frío no solo entumecía los músculos; congelaba el aliento antes de que tocara el aire.

Anie encabezaba la columna de evasión a través del paso del Col de Portet.

Detrás de ella caminaban en fila india seis hombres exhaustos: cuatro pilotos británicos de la RAF derribados sobre Flandes y dos agentes de la inteligencia belga que transportaban los microfilmes con la ubicación de las baterías costeras alemanas.

La joven vestía un abrigo de piel de cordero volteada, pantalones de lona impermeable y botas de montaña claveteadas. Llevaba el rostro protegido por una bufanda de lana gruesa que solo dejaba al descubierto sus ojos grises, escudriñando las crestas nevadas con la paciencia de una cazadora alpina.

—Shadow-9... no puedo más... —jadeó el oficial de vuelo Jenkins, un muchacho de apenas veinte años que avanzaba apoyándose en el hombro de su compañero—. Mis pies... no los siento desde hace dos horas.

Anie se detuvo en seco, levantó la mano con el guante para ordenar alto a la columna y se acercó al piloto.

—Si te sientas ahora, Jenkins, estarás muerto en diez minutos —dijo Anie con esa voz baja y firme que cortaba la ventisca con la precisión de una cuchilla—. Falta menos de un kilómetro para cruzar la línea de cresta. Al otro lado está España. Agarra mi cinturón y no te sueltes.

Antes de que el grupo pudiera reanudar la marcha, un sonido sordo retumbó en el valle inferior: el eco seco de los motores de un furgón militar y el ladrido frenético de perros de rastreo Doberman.

Una patrulla de la Cazadores Alpinos de la Wehrmacht, apoyada por guías locales pro-nazis, remontaba la ladera siguiendo las huellas que la ventisca aún no había logrado cubrir del todo.

Anie evaluó la situación en tres segundos.

—Sigan avanzando por la canal de nieve hacia el hito de piedra —ordenó la joven a los aviadores, entregándole la brújula táctica al agente belga—. No se detengan bajo ninguna circunstancia. Si ven luces al fondo del valle, es el puesto fronterizo neutral.

—¿Y tú? —preguntó el belga, sujetando el mapa con manos temblorosas.

—Voy a cerrar el camino —contestó Anie.

Descolgó de su espalda el fusil de precisión Lee-Enfield No. 4 Mk I (T) con mira telescópica No. 32, preparado especialmente por los armeros de la SOE para disparos en condiciones extremas de baja temperatura.

Anie se arrastró sobre la cornisa de hielo que dominaba el desfiladero de acceso. Se acomodó en posición de tendido en la nieve, utilizando su mochila como apoyo para el cañón del arma. Ajustó la paralaje de la mira telescópica, calculando la desviación del viento de ladera.

A cuatrocientos metros, la vanguardia de la patrulla alemana emergió entre la niebla: tres soldados con esquís y dos guías con perros de presa con correa corta.

Anie contuvo la respiración al final de la exhalación. Su ritmo cardíaco descendió de forma consciente, aislándose del frío de la roca.

Pum.

El primer disparo retumbó en la garganta de la montaña. El perro guía del frente cayó al instante sin emitir un sonido. El estampido del disparo en el cajón de resonancia de los picos multiplicó el eco, imposibilitando que los soldados enemigos identificaran la posición exacta del tirador.

Los cazadores alpinos se arrojaron tras las rocas para buscar cobertura, pero en la pendiente de nieve lisa no había refugio real.

Pum.

El segundo proyectil atravesó el pecho del oficial al mando de la patrulla justo cuando intentaba fijar unos prismáticos hacia la cresta.

Aprovechando el pánico y la desorientación de los supervivientes, Anie sacó de su cinturón una granada defensiva Mills No. 36, retiró el pasador de seguridad con los dientes y la hizo rodar por la pendiente helada hacia la posición del grupo enemigo.

La detonación sacudió la ladera, desencadenando una pequeña avalancha de nieve y placas de hielo que sepultó la ruta de ascenso y bloqueó el paso de los vehículos de refuerzo.

Sin perder un solo segundo, Anie recogió su fusil, borró sus huellas en la cresta con la rama de un pino enano y corrió hacia la cima.

Diez minutos más tarde, en la divisoria de aguas de la frontera hispano-francesa, Anie alcanzó al grupo de aviadores. Abajo, en el valle sur iluminado por la luna, brillaban las luces tranquilas del pueblo español de Biescas.

El oficial Jenkins se dejó caer sobre la nieve, rompiendo a llorar de agotamiento y alivio.

Anie se quitó la bufanda del rostro, respiró el aire limpio de la cara sur de la cordillera y miró hacia el norte, donde la Europa ocupada permanecía en tinieblas bajo las esvásticas.

Había vuelto a desafiar a la muerte en su propio terreno. La Agente Shadow-9 guardó su fusil en la funda de lona, ayudó a levantarse al piloto británico y comenzó el descenso hacia la libertad, lista para la siguiente gran batalla que la diplomacia de la guerra le tuviera preparada.