La espía de Boston CAPÍTULO 14 La telaraña de Bruselas
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CAPÍTULO 14 La telaraña de Bruselas

Las cenizas de Dunkerque aún no se habían enfriado cuando Anie cruzó la frontera belga escondida en el doble fondo de un camión de madera.

La maquinaria de la ocupación se extendía con rapidez implacable: las carreteras que conducían a Bruselas estaban infestadas de controles de la Abwehr y patrullas de la Geheime Feldpolizei.

Para la Inteligencia Aliada, Bélgica se había convertido en un cuello de botella crítico.

La red de evasión "Cometa", encargada de rescatar a los pilotos británicos e imperiales derribados en Flandes para repatriarlos a través de España, estaba a punto de colapsar.

Un topo infiltrado en el corazón de la organización enviaba información periódica a la sede de la Gestapo en la Rue de la Loi.

A las tres de la madrugada, Anie caminaba por los adoquines húmedos del céntrico barrio de Sablon. Llevaba un abrigo de corte recto de lana beige, un maletín de cuero de institutriz y la firmeza de quien conoce el terreno antes de pisarlo.

Su destino era un taller de restauración de relojes antiguos en el callejón de los Ballesteros. El dueño, un anciano maestro relojero llamado Henri, era el último eslabón seguro de la cadena.

Anie empujó la puerta con la campanilla desactivada. El aroma a aceite mineral, madera pulida y tabaco holandés la recibió en la penumbra.

Desde el fondo del taller, tras un paravento de cristal esmerilado, surgió la figura de un hombre joven vestido con elegancia excesiva. Llevaba una chaqueta de terciopelo marrón, los zapatos limpios a pesar del barro de las calles y un clavel blanco en la solapa.

—El taller está cerrado a estas horas, mademoiselle —dijo el joven en francés con una sonrisa impostada—. A menos que busque arreglar un reloj que atrasa diez años.

Anie no devolvió la sonrisa. Sus ojos grises evaluaron la escena en una fracción de segundo: las manos del hombre no tenían las manchas de aceite típicas de un artesano,

la postura de sus pies apuntaba directamente hacia la salida trasera y la hendidura bajo su axila izquierda delataba la presencia de una funda Walther.

—Busco a Henri —dijo Anie con voz plana.

—El viejo Henri sufrió un desafortunado arresto esta tarde —respondió el hombre, dando un paso discreto hacia la mesa central—. Soy su sustituto. Puede confiar en mí los nombres de los aviadores que necesita mover esta noche.

Anie sacó de su bolsillo un reloj de bolsillo de plata que había recogido en la oficina de Mercier en Lille.

—Henri nunca dejaba su taller a las tres de la tarde. Y usted comete el error de llevar zapatos de piel italiana en un barrio de adoquines encharcados, agente —sentenció la joven.

El topo intentó desenfundar su arma con una rapidez entrenada, pero Anie actuó con la velocidad letal de Camp Blackwood.

Avanzó en diagonal, atajando la trayectoria del brazo del delator. Con la mano izquierda bloqueó la muñeca armada y, con el canto de la mano derecha, le asestó un golpe devastador en el manubrio esternal. El impacto cortó el aire de los pulmones del hombre con un chasquido ahogado.

Antes de que pudiera recuperarse, Anie le giró el brazo en una palanca en "Z", desarmándolo al instante, y le clavó su estilete en el nervio femoral del muslo.

El topo cayó sobre las rodillas, sofocado y sangrando sobre las virutas de madera del suelo.

Anie se inclinó sobre él, le arrebató la libreta de cuero de su bolsillo interior y revisó las anotaciones: contenía las direcciones exactas de los tres pisos francos donde ocultaban a seis aviadores de la RAF que debían ser ejecutados al amanecer.

—La red "Cometa" no se rompe hoy —susurró Anie al oído del traidor.

Le asestó un golpe preciso con la culata de la pistola en la arteria carótida, dejándolo inconsciente en el acto.

Cuarenta minutos después, Anie coordinaba la evacuación de urgencia de los aviadores a través de la red de alcantarillado del río Senne.

Guió al grupo a través de los túneles subterráneos en completa oscuridad, eludiendo las patrullas de superficie hasta dejarlos a salvo en la ruta clandestina que conducía a la frontera francesa hacia los Pirineos.

Al despuntar el alba sobre la Grand Place de Bruselas, el oficial al mando de la Gestapo local encontró a su principal topo encadenado a las rejas del Palacio de Justicia con la palabra TRAIDOR grabada en la pared con tiza blanca.

Anie observaba la escena desde la cafetería de la esquina, saboreando un café caliente mientras ajustaba los guantes de su uniforme civil.

Bélgica estaba limpia por ahora. La guerra continuaba, pero la Agente Shadow-9 avanzaba implacable, tejiendo la red de la victoria en el corazón del territorio ocupado.