La espía de Boston CAPÍTULO 13 Las aguas rojas del canal
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CAPÍTULO 13 Las aguas rojas del canal

La destrucción del centro de mando en Lille sumió a las fuerzas de ocupación en un caos temporal, pero la verdadera amenaza de 1939 no residía en los despachos de la Gestapo.

A solo treinta kilómetros al oeste, en los muelles de embarque del canal de la Mancha, la Wehrmacht reunía decenas de barcazas de transporte fluvial requisadas para la inminente prueba de fuego de la invasión anfibia.

Anie llegó a las marismas de Dunkerque al punto de la medianoche. El viento del norte traía el olor acre del gasóleo acumulado y el rugido de las olas rompiendo contra los espigones de hormigón.

Vestida con un traje de neopreno artesanal de caucho negro —diseñado por los laboratorios de operaciones especiales de Londres— y con la cara cubierta de hollín para anular cualquier reflejo de la luna, la joven evaluaba el objetivo desde un juncal húmedo.

En el muelle número cuatro, iluminado por potentes reflectores orientables, doce barcazas pesadas armadas con cañones antiaéreos recibían suministros de munición y combustible.

—Si esas barcazas quedan operativas, el sector marítimo estará blindado para cualquier desembarco aliado —murmuró Anie para sí misma.

De su cinturón de combate descolgó las minas lapa mecánicas de la SOE: tres cargas magnéticas con detonador de retardo por pastilla de sal disoluble.

Sin hacer el menor ruido, se deslizó en el agua gélida del canal.

El frío punzante del Atlántico intentó entumecer sus músculos, pero Anie había entrenado la resistencia a la hipotermia en las aguas invernales de Massachusetts.

Respirando de forma pausada por un tubo de bambú, nadó sumergida entre los pilotes cubiertos de moluscos del embarcadero.

Evitó el haz de luz de los reflectores sumergiéndose a dos metros de profundidad cada vez que el barrido pasaba sobre su posición.

Alcanzó el casco de la primera barcaza principal, el buque nodriza de combustible Rhein-4.

Adhirió la primera mina lapa directamente junto a la hélice principal y la toma del depósito de diésel.

Repitió el proceso con la segunda y la tercera embarcación, trabajando a ciegas bajo el agua helada con la destreza de un buzo militar experto.

Sin embargo, cuando se disponía a iniciar el retorno hacia la orilla, una alarma acústica retumbó en todo el puerto.

Un patrullero ligero alemán había detectado la mancha de aire de su respirador primitivo. Dos proyectiles de iluminación cayeron desde el cielo, convirtiendo la noche marina en un día artificial de color rojo brillante.

—¡Achtung! ¡Saboteur im Wasser! —resonó la voz de un oficial por los megáfonos del puerto.

Los disparos de las ametralladoras ligeras comenzaron a coser la superficie del agua a escasos metros de su cabeza. El impacto de las balas levantaba surtidores de espuma blanca.

Anie no entró en pánico. Se quitó el tubo de respiración, tomó una bocanada de aire profunda y se sumergió hacia el fondo lodoso del canal, nadando en diagonal para romper la trayectoria de las ráfagas.

Salió a la superficie tras las vigas del viejo puente de madera en el extremo opuesto del muelle.

Sacó su Welrod, alineó las miras sobre el tirador del reflector más cercano y efectuó dos disparos contenidos.

El cristal del foco saltó en mil pedazos, sumiendo su sector de escape en una bendita penumbra.

Trepó por las vigas de madera con las manos sangrando por el roce con los escaramujos y alcanzó la orilla rocosa.

A sus espaldas, la sal del detonador sumergido terminó de disolverse.

Una reacción en cadena colosal hizo retumbar la costa del norte de Francia.

El depósito de combustible del Rhein-4 saltó por los aires en una columna de fuego azul y naranja que alcanzó los cincuenta metros de altura.

La onda expansiva encadenó las explosiones de las tres barcazas adyacentes, destruyendo el muelle de carga entero en una tormenta de metal retorcido y humo denso.

Las llamas se reflejaban en las pupilas grises de Anie mientras se ajustaba el abrigo de lana sobre el traje de neopreno húmedo.

Miró por última vez el infierno que ardía en el puerto y echó a correr hacia el interior de los bosques de Pas-de-Calais, donde el vehículo de la resistencia la esperaba para trasladarla hacia la frontera belga.

El sabotaje de Dunkerque retrasaría los planes de la flota germana durante meses clave. La Agente Shadow-9 había vuelto a golpear en el corazón del gigante, y la guerra apenas acababa de comenzar.