La espía de Boston CAPÍTULO 12 Las ratas de Lille
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CAPÍTULO 12 Las ratas de Lille

El descenso en paracaídas duró menos de noventa segundos.

Anie maniobró las cuerdas de seda con la precisión de un cirujano, aterrizando sobre el barro blando de un campo de remolachas a tres kilómetros de la ciudad de Lille.

Antes de que el velo blanco del paracaídas tocara el suelo por completo, la joven ya había desenvainado su navaja, cortado los tirantes y enterrado la tela bajo medio metro de tierra húmeda.

Lille bajo el yugo de la ocupación no era la ciudad industrial que recordaba.

El toque de queda de las ocho de la tarde convertía los adoquines en un laberinto desierto donde cada esquina ocultaba una patrulla de la Feldgendarmería.

El olor a humo de carbón se mezclaba con el hedor de la gasolina sintética de los camiones militares alemanes.

Anie vestía ahora el atuendo campesino de una muchacha de la región: falda de lana basta, medias gruesas, zuecos de madera reforzada y un pañuelo oscuro que le cubría el cabello.

En la cesta de mimbre que llevaba colgada del brazo, bajo una capa de huevos frescos y verduras pochas, reposaba la radio de onda corta S-Phone, su silenciador Welrod y tres cargas de explosivo plástico Nobel 808.

Su punto de encuentro era una panadería abandonada en el barrio obrero de Moulins. El contacto local de la resistencia se hacía llamar "Le Corbeau" (El Cuervo).

Anie avanzó pegada a las paredes de ladrillo rojo, utilizando las sombras proyectadas por los tejados. Su oído, adiestrado en la jungla de asfalto de Boston y los muelles de Marsella, distinguía a quinientos metros el eco seco de las botas con clavos de la policía militar.

Al llegar a la parte trasera de la panadería, tocó la puerta de madera podrida con la clave táctica: dos golpes breves, una pausa de tres segundos y un toque fuerte con el nudillo.

La puerta se abrió un par de centímetros, dejando ver un ojo desconfiado tras la rendija de la mirilla de hierro.

—El trigo está verde este año —murmuró una voz áspera desde dentro.

—Pero el panadero ya está muerto —contestó Anie con la contraseña acordada.

La puerta se abrió por completo. Un hombre de unos cuarenta años, demacrado, con una gabardina roída y una boina calada hasta las cejas, la hizo pasar rápidamente antes de atrancar el cerrojo de madera.

—Por Dios... —exclamó el hombre, mirando a Anie de arriba abajo bajo la luz tenue de un farol de aceite—. En Londres dijeron que enviaban a un agente experto del MI6. ¡Eres solo una muchacha!

Anie dejó la cesta sobre la mesa de trabajo de la cocina, se quitó el pañuelo del cabello y miró al hombre con la frialdad de un iceberg.

—Esa muchacha es la razón por la que sigues vivo esta noche, Corbeau —dijo ella en un francés neutro, sin un solo matiz de acento—. Hablemos de la red de delatores.

El hombre tragó saliva, intimidado al instante por la presencia de la joven. Encendió un cigarrillo sin filtro con manos temblorosas y desplegó un mapa arrugado sobre la mesa de madera.

—La Gestapo opera desde el hotel Commerçants, cerca de la estación de tren —explicó el francés—.

El jefe local es el capitán Richter. Tiene a su servicio a un antiguo inspector de la policía francesa llamado Mercier.

Ese maldito conoce a todos los activistas del sindicato del puerto.

Ha entregado a doce compañeros en las últimas dos semanas.

Al escuchar el nombre de Mercier, los ojos grises de Anie se estrecharon. Un chispazo de fuego antiguo recorrió su columna vertebral.

—¿Mercier? —preguntó ella, rozando inconscientemente con los dedos la cicatriz oculta bajo su ropa en el omóplato izquierdo—. ¿Un hombre alto, con una cicatriz de quemadura en el cuello y la costumbre de llevar un estilete de mango de hueso?

—El mismo —asintió Le Corbeau, sorprendido—. ¿Lo conoces?

Anie sonrió. Fue una sonrisa corta, letal, que hizo que el resistente diera un paso atrás por instinto.

—Nos cruzamos en el puerto de Marsella en 1933 —respondió la Agente Shadow-9, sacando el silenciador de su cesta—. Me dejó un recuerdo en la espalda. Esta noche le voy a devolver el favor con intereses.

A la una y media de la madrugada, la niebla densa del norte de Francia envolvía la fachada del hotel Commerçants. Dos centinelas de la Wehrmacht custodiaban la entrada principal, protegidos tras un nido de sacos de arena y una ametralladora MG 34.

Anie no atacó por el frente. Escaló por el tragaluz del patio interior utilizando las tuberías de plomo del alcantarillado, moviéndose con la misma soltura con la que había conquistado los tejados de París y Boston.

Accedió al despacho del primer piso a través de una ventana de la cocina de servicio.

En el interior, iluminado por una lámpara de escritorio verde, el inspector traidor Mercier revisaba una lista de nombres mientras apuraba un vaso de coñac barato. El uniforme francés que vestía llevaba ahora un brazalete con la esvástica en el brazo izquierdo.

—No has cambiado de marca de coñac, Mercier —dijo una voz femenina desde el rincón más oscuro de la habitación.

El traidor se congeló. Su mano derecha descendió lentamente hacia la funda del revólver que llevaba en la cintura, pero el sonido característico de la corredera de una pistola con silenciador frenó su movimiento en seco.

—Levanta las manos y pégalas a la pared —ordenó Anie, saliendo de las sombras con la Welrod apuntando directamente a su frente.

Mercier giró la cabeza despacio. Al reconocer las facciones de la muchacha de diecinueve años, sus ojos se abrieron de par en par con un pánico absoluto.

—Tú... la chiquilla del muelle... —balbuceó el hombre, empalideciendo—. Estás muerta. Te vi saltar al agua en el SS Champlain...

—Las sombras no mueren, Mercier —respondió Anie, acercándose a él con pasos inaudibles—. Solo esperan el momento adecuado para cobrar las deudas.

Antes de que el traidor pudiera gritar para alertar a los guardias del pasillo, Anie avanzó en abanico, le desvió el brazo de un golpe certero y le clavó su propia navaja de muelle en la yugular.

El hombre intentó emitir un sonido, pero la sangre llenó su garganta. Anie lo sostuvo del cuello hasta que el último aliento abandonó su cuerpo, dejándolo caer sin ruido sobre la alfombra.

Registró el escritorio en menos de un minuto, tomó la lista completa de los delatores de la Gestapo y colocó un bloque de explosivo Nobel 808 con detonador químico en la caja de fusibles del hotel.

Tres minutos después, la Agente Shadow-9 cruzaba el muro del patio trasero y se perdía en la niebla de Lille.

A las dos de la mañana, una explosión ensordecedora destruyó el sistema de comunicaciones del centro de mando alemán en Lille, dejando a la Gestapo a ciegas en todo el sector del Pas-de-Calais.

Desde la colina que dominaba la ciudad, Anie contempló el fuego que consumía el edificio enemigo. Ajustó la correa de su mochila de radio y echó a andar hacia el norte, lista para coordinar el primer gran ataque de la resistencia antes del amanecer.