La espía de Boston CAPÍTULO 11 La tormenta de 1939
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CAPÍTULO 11 La tormenta de 1939

El 1 de septiembre de 1939, el mundo que Anie conocía terminó de fracturarse.

Las divisiones blindadas alemanas cruzaron la frontera polaca y la aviación redujo a cenizas las defensas de Varsovia.

Dos días después, Francia y Gran Bretaña declaraban la guerra al Reich.

La profecía que la Agente Shadow-9 había anticipado en las sombras de Berlín se cumplía con la precisión de un reloj suizo.

En la sede secreta de la recién formada Sección Operativa Especial en Londres, el aire estaba saturado de humo de cigarrillo, café amargo y el tintineo incesante de los teletipos.

Anie, a sus diecinueve años, observaba el mapa gigante de Europa desplegado sobre la mesa de operaciones.

Ya no llevaba los vestidos de lino ni las perlas falsas de sus misiones de infiltración aristocrática.

Vestía un uniforme militar británico neutro, sin insignias de rango, con las mangas arremangadas sobre los antebrazos marcados por años de entrenamiento constante.

—La red de resistencia en el norte de Francia ha sido desarticulada antes de empezar —explicó el coronel Evans, el nuevo enlace del Servicio de Inteligencia Británico (MI6), golpeando la mesa con un puntero de madera—.

Los alemanes están utilizando un nuevo sistema de localización por radiogoniómetro para cazarnos a las emisoras clandestinas en menos de veinte minutos.

Anie no apartó la mirada del sector marcado entre Lille y la frontera belga.

—No es solo radiogoniómetro —corrigió Anie en un inglés con acento británico perfecto—.

Es una red de delatores locales coordinada por la Gestapo desde Lille.

Conozco el terreno. Esos puertos y carreteras eran las rutas de estraperlo que utilizaba la mafia cuando yo intentaba salir de Francia en 1933.

Arthur Pendelton, sentado a la derecha del coronel británico, apoyó las manos sobre la mesa y miró a Anie con una mezcla de orgullo y profunda preocupación.

—La misión en el sector de Lille no es un sabotaje ordinario, Anie —advirtió Pendelton—. La Wehrmacht está concentrando tropas para la invasión del oeste. Si caes en territorio francés ahora, no habrá juicio ni canje de prisioneros. Te ejecutarán como espía en el acto.

Anie sonrió. Era una sonrisa leve, afilada, la misma que mostraba cuando se preparaba para saltar entre los vagones de carga en los muelles de Boston.

—Llevan intentando matarme desde que tenía catorce años, Pendelton —dijo la joven, ajustándose la funda axilar con la nueva Welrod con silenciador integrado—. Que se pongan en la fila.

A las dos de la mañana de una noche sin luna, un bombardero Lysander de la RAF volaba a baja altura sobre los campos de trigo de la región de Pas-de-Calais. Las luces del tablero de mandos iluminaban el rostro de Anie, que revisaba por última vez las correas de su paracaídas militar.

El piloto le dio la señal con el pulgar hacia arriba: tres segundos para la zona de salto.

Anie abrió la escotilla lateral. El viento helado de la noche francesa irrumpió en la cabina con un rugido feroz. Abajo, la tierra natal que había abandonado años atrás se extendía como una boca de lobo sumida en el apagón de guerra.

Sin dudar un solo milisegundo, la Agente Shadow-9 se lanzó al vacío, convirtiéndose de nuevo en una sombra en la tormenta.