La espía de Boston Capítulo 10 La víspera del Gran Fuego
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Capítulo 10 La víspera del Gran Fuego

El verano de 1936 trajo a Europa un bochorno denso, asfixiante, preñado de la electricidad estática de una tragedia inevitable.

En las calles de Berlín, las esvásticas ondeaban sobre el granito rojo con motivo de los Juegos Olímpicos, proyectando una imagen de disciplina y poderío que pretendía encandilar al mundo.

Sin embargo, en el subsuelo de la diplomacia internacional, la maquinaria de guerra alemana apretaba las tuercas finales de su aparato de inteligencia.

Para la Agente Shadow-9, los últimos catorce meses habían sido una espiral incesante de operaciones encubiertas.

Desde los callejones de Viena hasta las bases de hidroaviones en el Mar del Norte, la firma de Anie se había convertido en un susurro temido entre los servicios de contrainteligencia de las Potencias del Eje: una ejecutora invisible que dejaba tras de sí operaciones desmanteladas,

agentes incapacitados y documentos de alto valor recuperados sin dejar una sola huella dactilar.

A sus dieciocho años recien cumplidos, Anie se hallaba en la terraza del hotel Eden, en el corazón de la capital alemana. Vistiendo un impecable vestido de lino blanco y con el cabello corto peinado al estilo garçonne, masticaba un crujiente pastelillo de frambuesa mientras leía el periódico local.

Bajo la mesa de forja, pegada al muslo con una cinta médica de alta resistencia, llevaba una nueva variante de la Derringer, modificada con cañones estriados y proyectiles de punta hueca.

Su objetivo final en suelo europeo no era un senador corrupto ni un mercenario de poca monta.

Era el mismísimo general Wilhelm Von Berg, el estratega jefe de la Abwehr encargado de coordinar la red de sabotaje que pretendía infiltrar los laboratorios de desarrollo atómico en el Reino Unido y Estados Unidos.

—El general llegará a la recepción de la embajada suiza a las nueve en punto —murmuró Arthur Pendelton, sentándose en la mesa contigua como si fuera un turista americano más leyendo la guía de Berlín.

—Lo sé —respondió Anie sin levantar la vista del diario—. Llevará consigo el registro maestro de la red Aves de Presa. Todos los nombres de los topos infiltrados en las universidades de Columbia y Oxford.

—Esta es la misión más peligrosa hasta la fecha, Anie —dijo Pendelton con voz amortiguada por el ruido del tráfico de la calle—.

Estás en la cuna del enemigo. Si algo sale mal, no podremos sacarte.

No hay cobertura diplomática, no hay extracción del FBI, no hay barcos esperando en el puerto. Estás completamente sola.

Anie dobló el periódico con una lentitud pausada y miró al veterano agente a los ojos. En sus pupilas grises no había un solo ápice de duda, solo una calma mineral.

—Pendelton, he estado sola desde el día en que mi madre cerró los ojos en aquella buhardilla de Marsella. Estar sola no es una debilidad; es mi mayor ventaja. Nadie puede traicionarte cuando no confías en nadie.

A las nueve y media de la noche, el consulado de la Confederación Helvética resplandecía con la opulencia austera de los países neutrales.

Diplomáticos de tres continentes alternaban copas de vino blanco, conscientes de que estaban compartiendo estancia con los hombres que pronto ordenarían la destrucción de sus naciones.

Anie se deslizó entre los invitados personificando a la baronesa Von Kars, una joven rica de la aristocracia báltica con pasaporte sueco.

Su andar era pausado, magnético. Cada paso estaba calculado para no cruzarse en el campo de visión de los agentes de la Gestapo apostados en las esquinas del vestíbulo.

El general Von Berg, un hombre de sesenta años, rígido como una columna de mármol y con el monóculo encajado en la órbita derecha, se retiró al despacho del piso superior tras entablar conversación con los agregados navales.

Anie esperó tres minutos exactos.

Aprovechando el cambio de guardia en la terraza exterior, escaló por la moldura del balcón del primer piso, utilizando las técnicas de progresión vertical que había perfeccionado en los astilleros de Saint-Nazaire.

El viento de la noche berlinesa mecía los faldones de su vestido, pero sus manos no temblaron ni un milímetro.

Accedió al despacho por la puerta acristalada del balcón justo cuando Von Berg introducía la clave en la caja fuerte empotrada tras el retrato de Bismarck.

Anie no pronunció una palabra. No hubo discursos dramáticos ni advertencias.

Salió de la penumbra con la velocidad de un felino, le aplicó una presa de estrangulamiento al cuello del general con el brazo izquierdo y, con la mano derecha, le clavó una aguja hipodérmica cargada con un sedante de acción rápida en la carótida.

El general Von Berg intentó manotear hacia el timbre de alarma del escritorio, pero sus nervios motores se paralizaron en menos de cuatro segundos. Se desplomó sobre el sillón de cuero con los ojos abiertos en un rictus de pavor inútil.

Anie vació el contenido de la caja fuerte: el libro maestro de la red de espionaje atómico, redactado en código indestructible, y los microfilmes de los prototipos de la aviación germana.

Guardó el material en el compartimento estanco de su bolso, reajustó el cuadro de Bismarck sobre la caja abierta y miró al general inconsciente.

—El futuro no les pertenece a los tiranos —susurró Anie al oído del oficial antes de deslizarse de nuevo hacia la noche.

Veinticuatro horas después, en el puente del carguero neutral SS Vesteralen, que cortaba las aguas heladas del mar Báltico rumbo a Estocolmo, Anie contemplaba cómo las luces de la costa alemana se disolvían en la bruma de la madrugada.

Arthur Pendelton se acercó a la borda, entregándole un pasaporte diplomático estadounidense a nombre de Anie Marie Taylor, expedido directamente por la Casa Blanca.

—La red Aves de Presa ha sido desmantelada por completo —dijo Pendelton con una emoción contenida que apenas podía disimular—. En Washington y Londres están estudiando tu informe. Se habla de ti en los despachos más altos del Pentágono como una leyenda.

Anie tomó el pasaporte, rozó el sello dorado con la yema de los dedos y miró el océano embravecido.

—Las leyendas son para los muertos, Pendelton —dijo la joven con una leve sonrisa de acero—. Yo solo soy una superviviente que aprendió a luchar.

—¿Y qué va a hacer la superviviente ahora que ha salvado al mundo antes de cumplir los veinte años?

Anie se colocó las gafas de sol, volvió la espalda al mar helado y caminó hacia el camarote de mando con la postura erguida de quien sabe que no hay tormenta en la tierra capaz de quebrarla.

—La guerra de verdad está a punto de empezar, Pendelton —contestó Anie, ajustándose los guantes de piel—. Y yo voy a estar en primera fila para asegurarme de que la ganemos.