Capítulo 9 El nido de víboras de la Ciudad Luz
París en el mayo de 1935 no dormía; se anestesiaba.
Tras las luces de neón del cabaret Le Chat Noir, la opulencia de los bulevares haussmannianos y el jazz resonando en los subterráneos de Montmartre, la capital francesa era un mercado de carne y secretos.
La crisis económica que había devorado a los obreros de la periferia se combinaba ahora con el pánico soterrado a una nueva guerra.
Las potencias extranjeras no necesitaban invadir Francia con tanques todavía; les bastaba con comprar a sus ministros, chantajear a sus generales y saquear sus archivos de defensa.
Anie descendió del tren en la Gare Montparnasse vistiendo un conjunto de sastre azul noche con cuello de terciopelo, la mirada oculta tras el velo de un sombrero ladeado.
Para los inspectores de la Sûreté Nationale que patrullaban los andenes, no era más que Mademoiselle Hélène Duprat, la aristócrata canadiense con fondos inagotables en la banca suiza.
Sin embargo, en su bolso de piel de serpiente, la libreta de cifrado recuperada de las manos del capitán Vallon en Saint-Nazaire latía como una bomba de tiempo.
Los documentos revelaban que la célula de los astilleros era solo una ramificación secundaria.
El verdadero núcleo de la red de espionaje germana en Francia operaba en pleno corazón aristocrático de la ciudad: en la mansión del conde Henri de la Roche, un héroe condecorado de Verdún convertido ahora en el principal nexo del fascismo financiero en el país.
Su piso franco en París, gestionado por el enlace de la embajada estadounidense bajo la supervisión de Pendelton, ocupaba el último piso de un edificio de piedra en el Quai de Conti, con vistas al río Sena.
Allí, entre la penumbra decorada con muebles de época, Anie desplegó el plano arquitectónico de la residencia de De la Roche.
—El conde celebra esta noche una cena privada para la alta cúpula del Ministerio de Guerra y diplomáticos extranjeros —explicó Miller, el agente de enlace en París, un hombre maduro de rostro pálido que no podía ocultar su nerviosismo frente a la muchacha de diecisiete años—.
El objetivo no es solo la lista de nombres.
De la Roche guarda en la caja fuerte de su biblioteca secreta las fotocopias de los planos de la Línea Maginot.
Si esos documentos cruzan la frontera de Lorena antes del fin de semana, la defensa de Francia estará muerta antes de que empiece la guerra.
Anie, de pie frente al espejo mientras revisaba el mecanismo de una diminuta pistola de palma encajada en una polvera de maquillaje, no se giró.
—¿Cuántos hombres de seguridad hay en la mansión? —preguntó con voz baja, helada.
—Docena y media en el perímetro interior.
Todos mercenarios excombatienes de la Legión Extranjera.
Además, la biblioteca tiene un sistema de sensores de presión en el suelo de parquet.
Si pisas la tabla equivocada, una alarma eléctrica sonará en la comisaría del distrito y se cerrarán las persianas blindadas de acero.
Anie sonrió con una frialdad imperceptible.
—Los sensores de presión funcionan por diferencia de peso —dijo la joven, cerrando la polvera con un chasquido metálico—. Un cuerpo de noventa kilos activa la lámina de cobre. Un cuerpo de cuarenta y cinco que sabe dónde apoyar el metatarso, no.
A las once de la noche, la lluvia fina sobre el Sena reflejaba las luces de las farolas de gas como chispas doradas en la oscuridad.
La mansión del conde De la Roche, situada en el prestigioso Faubourg Saint-Germain, resplandecía de luz y música de cámara.
Los carruajes de caballos y los elegantes automóviles de lujo se alineaban frente a la entrada principal.
Anie no intentó mezclarse con los invitados de la fiesta esta vez. Sabía que la seguridad en el Gran Salón era asfixiante y cualquier retraso en la planta baja daría tiempo a que los documentos fueran trasladados a la embajada.
Se internó por el callejón de servicio que separaba la mansión del jardín botánico colindante. Vestía su traje de operaciones nocturnas de viscosa negra, flexible y ceñido al cuerpo, cubierto por una capa corta que se desprendía con un solo tirón.
Calculó la altura del muro de piedra: cuatro metros.
Sacó de su muslera un gancho de tres puntas recubierto de goma para amortiguar el sonido y una cuerda de seda sintética.
Con un movimiento rotatorio del brazo aprendido en los ejercicios de fuerza de Camp Blackwood, lanzó el gancho.
El anclaje se fijó en la cornisa del tejado sin emitir más que un leve roce.
Trepó a pulso con la agilidad de una sombra acrobática. Sus botas de suela blanda tocaron la repisa del segundo piso sin mover una sola hoja de la hiedra que cubría la fachada.
La ventana de la biblioteca privada daba a un balcón interior que dominaba el patio de luces.
Anie sacó su cortador de diamante de la bolsa táctica, dibujó un círculo sobre el cristal doble de la ventana y aplicó una ventosa de goma para retirar el disco de vidrio.
Introdujo la mano con guante de piel suave, giró el pestillo interno y se coló en la estancia.
El silencio dentro de la biblioteca era absoluto, roto únicamente por el amortiguado murmullo de la música de orquesta que subía desde el salón principal en el piso inferior. El aire olía a cuero antiguo, cera de abejas y tabaco de pipa.
Anie encendió la pequeña linterna de haz infrarrojo y enfocó el suelo.
El piso de parquet de roble estaba dispuesto en espiga.
Utilizando sus conocimientos de física y mecánica aplicados a la infiltración, identificó las líneas sutiles donde las láminas de latón de la alarma eléctrica estaban disimuladas bajo las molduras de madera.
Avanzó en un equilibrio perfecto. Cada paso apoyaba la punta del pie exactamente sobre los nervios transversales de las vigas maestras, anulando cualquier flexión del suelo. Movía su cuerpo con una elegancia felina, calculando el centro de gravedad a cada milímetro.
Llegó frente a la gran librería de caoba que cubría la pared norte. Desplazó tres volúmenes encuadernados en piel de la obra de Voltaire. Tras los libros, la esfera de combinación de una caja fuerte de alta seguridad Fichet brilló bajo el haz de luz.
Anie se arrodilló. Se quitó el guante derecho, dejando al descubierto los dedos finos y curtidos. Sacó su estetoscopio de membrana ultrasensible y pegó la campana de metal al frontal de acero de la caja.
Comenzó a girar la rueda con una lentitud exasperante.
Tres hacia la izquierda... un chasquido imperceptible del trinquete superior... dos a la derecha... el segundo disco cayendo en la muesca.
En noventa segundos, la puerta de hierro pesada de diez centímetros de grosor se abrió con un silbido de aire comprimido.
Dentro reposaban tres legajos de cartulina azul marcados con la estampilla del Estado Mayor del Ejército Francés: los planos detallados de los búnkeres de artillería pesada de la sector de Sedan.
Anie sacó una cámara fotográfica de miniatura Leica adaptada para operaciones de espionaje y comenzó a fotografiar página por página a una velocidad vertiginosa. El "clic" seco de la obturación se sincronizaba con el compás de la música que subía desde el salón.
Cuando faltaban solo tres páginas por fotografiar, la puerta principal de la biblioteca se abrió con un chasquido amortiguado.
Anie no se congeló. En una fracción de segundo, apagó la linterna, cerró la puerta de la caja fuerte sin encajar el pestillo y se fundió en la sombra densa que proyectaba la cortina de terciopelo de la ventana.
A la habitación entraron dos hombres. Uno de ellos era el conde Henri de la Roche, un hombre de unos cincuenta años con el cabello canoso, mostacho militar y una cicatriz profunda que le cruzaba la mejilla izquierda.
El otro era un individuo alto, de mirada gélida y postura rígidamente militar, que vestía un impecable traje civil: el mayor Von Kessel, jefe de la sección de Inteligencia del Reich en la capital francesa.
—Le aseguro, mayor, que los documentos están a salvo aquí —decía De la Roche en francés con un tono servil—. Mañana a primera hora, mi chofer llevara el maletín a la valija diplomática en la estación de la Gare de l'Est.
—La paciencia de Berlín se agota, conde —respondió Von Kessel en un francés duro, de marcado acento prusiano—. Si la policía de París sospecha algo tras el desastre de Saint-Nazaire, los planos deben salir esta misma noche. Ábrala ahora.
El conde se acercó a la librería, apartó los tomos de Voltaire y giró el picaporte de la caja fuerte. Para su sorpresa, la puerta de hierro cediósin necesidad de introducir la combinación.
—¿Qué demonios...? —balbuceó De la Roche, empalideciendo por completo.
Von Kessel desenfundó una pistola Walther PPK con silenciador con una rapidez sobrehumana.
—¡Nos han traicionado! —rugió el oficial alemán, escudriñando la oscuridad de la estancia.
En ese instante, Anie salió de detrás de la cortina.
No disparó a matar de inmediato; necesitaba capturar a Von Kessel vivo para extraer la clave de la red diplomática en la embajada.
Arrojó un cenicero pesado de bronce contra la lámpara de pie de la mesa.
El cristal estalló, sumiendo la biblioteca en una penumbra casi total, iluminada únicamente por el resplandor de la luna a través de la ventana.
Von Kessel disparó dos ráfagas a ciegas en la dirección del ruido. Las balas se incrustaron en el panel de caoba a centímetros de la cabeza de Anie.
La joven rodó por el suelo de parquet, ignorando deliberadamente las placas de presión ya que la alarma importaba poco ahora que la tapadera se había roto.
Se incorporó detrás del mayor alemán, le asestó una patada brutal en la muñeca para desarmarlo y, acto seguido, aplicó una combinación de dos golpes secos en las costillas flotantes y un codazo en la sien.
Von Kessel, a pesar de ser un veterano entrenado, tambaleó por el dolor, pero logró agarrar a Anie por la solapa de su traje, utilizando su mayor peso para estamparla contra el escritorio de roble.
Anie sintió el impacto en la espalda, pero su mente no registró el dolor. Con la velocidad de una víbora, extrajo la navaja de muelle de su manga, presionó el botón y clavó la punta de acero en el hombro del oficial, cortando el tendón del brazo con el que la sujetaba.
Von Kessel soltó un alarido de rabia y cayó sobre sus rodillas.
El conde De la Roche, aterrorizado, intentó correr hacia la puerta para dar la alarma a sus mercenarios, pero Anie sacó su Colt de la funda de la cintura y disparó un único proyectil con silenciador. La bala atravesó la rótula izquierda del aristócrata francés.
De la Roche se desplomó contra la alfombra, gritando de dolor y sujetándose la pierna destrozada.
Anie se acercó al conde, le arrebató la llave de su maletín personal, recogió los documentos originales de la Línea Maginot y el carrete fotográfico de su cámara Leica, y guardó todo en su bolsa táctica.
Se giró hacia Von Kessel, que sangraba copiosamente sobre el suelo mientras intentaba arrastrarse hacia su arma.
Anie se agachó frente al oficial alemán, lo agarró del cabello con fuerza y le obligó a mirarla directamente a los ojos.
—Dile a tu gobierno en Berlín que la costa este de Estados Unidos y las calles de París están cerradas para ustedes —dijo la joven de diecisiete años en un alemán perfecto, aprendido en los archivos de Camp Blackwood—.
Si vuelvo a ver la sombra de tu red en esta ciudad, no dejaré a nadie vivo para que dé explicaciones.
Le asestó un golpe preciso con la culata del arma en la mandíbula, dejándolo inconsciente junto al conde malherido.
Anie corrió hacia el balcón. El sonido de los pasos apresurados de los mercenarios que subían por la gran escalera resonaba ya al otro lado de la puerta de la biblioteca.
Sin dudar un segundo, Anie saltó la balaustrada de piedra y se lanzó al vacío en medio de la noche lluviosa de París.
Enganchó su cable de tensión en la cornisa del balcón inferior, frenando su caída libre a dos metros del suelo del jardín. Se soltó con un salto ágil, cayó sobre la hierba húmeda y corrió hacia el muro perimetral.
Trepó la verja de hierro forjado y desapareció en la oscuridad de los callejones que conducían al río Sena.
A las tres de la mañana, en la embajada de los Estados Unidos en París, Arthur Pendelton —que había volado secretamente desde Washington horas antes— revisaba sobre el escritorio los planos recuperados y los rollos de película desarrollados en el laboratorio fotográfico subterráneo.
El embajador americano y los altos mandos del Servicio de Inteligencia miraban los documentos con los ojos abiertos de par en par.
—Es un trabajo milagroso —murmuró el embajador, mirando a Pendelton—. Esta muchacha ha salvado la estructura defensiva de la Europa occidental en una sola noche. ¿Quién es exactamente?
Pendelton miró hacia el rincón más oscuro de la estancia, donde Anie, vestida de nuevo con su ropa civil y limpiando la hoja de su navaja marsellesa con un pañuelo de seda, permanecía en silencio, ajena a los elogios de las autoridades.
—Es el cortafuegos de este país, señor embajador —contestó Pendelton con una sonrisa de orgullo absoluto—. Es la Agente Shadow-9.
Anie guardó la navaja en su bolsillo, se ajustó la chaqueta y miró por el gran ventanilla de la embajada las luces del amanecer que comenzaban a iluminar las torres de la catedral de Notre-Dame.
La niña que un día huyó de las cenizas de Marsella y sobrevivió a los monstruos del Atlántico había conquistado el corazón de las sombras en dos continentes.
No importaba cuán oscura fuera la época que se avecinaba; Anie sabía que su mente, su voluntad y su fuerza de acero eran insuperables.
Su nombre no figuraría en los libros de historia, pero el mundo continuaba girando gracias a su coraje indomable.