La espía de Boston Capítulo 8 El fantasma de Saint-Nazaire
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Capítulo 8 El fantasma de Saint-Nazaire

Abril de 1935. El vapor Le Léviathan surcaba las aguas grises del golfo de Vizcaya tras seis días de travesía trasatlántica.

En la cubierta de primera clase, envuelta en un abrigo de piel de zorro y con unas gafas de sol oscuras que ocultaban la frialdad de su mirada, viajaba Mademoiselle Hélène Duprat, una joven e influyente herediera franco-canadiense.

Nadie a bordo sospechaba que tras esa fachada de lujo y elegancia se ocultaba la Agente Shadow-9.

Anie observaba el horizonte francés con los brazos cruzados. Regresar a su patria no le provocaba nostalgias ni remordimientos. Francia ya no era la tierra donde su madre había muerto de hambre; era un tablero de ajedrez geopolítico al borde del colapso.

Su primera misión en Europa no la llevaría a las luces de París, sino a los sombríos astilleros navales de Saint-Nazaire, en la costa bretona.

Allí, una facción extremista de la ultraderecha francesa, financiada clandestinamente por los servicios de inteligencia de Berlín, preparaba un atentado masivo contra los nuevos acorazados de la Marina Francesa.

El objetivo era provocar una crisis de gobierno que desestabilizara la alianza defensiva entre París y Londres.

A las once de la noche, la elegante Mademoiselle Duprat desapareció de la suite del hotel Grand Océan.

En su lugar, una figura vestida con pantalón de cuero negro, jersey de cuello alto y botas tácticas se descolgó por la tubería de servicio del callejón trasero.

Anie llevaba consigo el maletín de cuero con su equipo de infiltración: la Colt con silenciador, el juego de ganzúas suecas, dos cargas de C-4 de desarrollo experimental y su inseparable navaja de muelle marsellesa.

El complejo de los astilleros de Saint-Nazaire estaba fuertemente custodiado por guardias privados y simpatizantes paramilitares. El viento del Atlántico rugía contra las estructuras de hierro de las grúas gigantescas, enmascarando los sonidos de la noche.

Anie superó el perímetro exterior utilizando las técnicas de cerrajería furtiva aprendidas en Camp Blackwood. Cortó el alambre de espino de la cerca secundaria y se escurrió entre los enormes bloques de granito del dique seco.

Su objetivo era la nave número tres, donde se ensamblaba el sistema de propulsión del acorazado Dunkerque.

Al llegar a la pasarela superior de la nave, Anie escuchó las voces en alemán y francés que resonaban en la penumbra del taller. Se agazapó sobre una viga de acero a doce metros de altura, activando el protocolo de perfilado psicológico.

Abajo, tres hombres rodeaban un cilindro metálico cargado con detonadores de mercurio. El líder de la célula, un antiguo capitán del ejército francés llamado Vallon, revisaba el temporizador con un cronómetro de bolsillo.

—La carga detonará a las cuatro de la mañana, cuando cambie la guardia —dijo Vallon en voz baja—. La culpa recaerá sobre los sindicatos comunistas del puerto. Para cuando París reaccione, el gobierno habrá caído.

Anie no esperó a que terminaran de ajustar el mecanismo. Sacó su Colt con silenciador de la funda axilar y calculó los ángulos de tiro utilizando la técnica de disparo instintivo.

Tres disparos contenidos, casi imperceptibles sobre el rugido del viento exterior.

Las tres balas impactaron con precisión milimétrica en el centro de masa de los dos guardias armados que custodiaban la entrada de la nave. Ambos cayeron al suelo sobre el serrín sin emitir un solo gemido.

Vallon, sorprendido por la repentina caída de sus hombres, echó la mano al bolsillo de su gabardina para sacar un revólver, pero Anie se dejó caer desde la viga, utilizando la cuerda de tensión para amortiguar el impacto.

Aterrizó a un metro del capitán francés. Antes de que el hombre pudiera reaccionar, Anie le asestó una patada lateral al nervio ciático poplíteo de la rodilla derecha. El hueso cedió con un chasquido seco y Vallon cayó de rodillas soltando el arma.

Anie le presionó la tráquea con el cañón del silenciador.

—El temporizador se apaga ahora mismo, Vallon —dijo la joven con su voz baja y acerada en un francés impecable.

—¡Maldita sea! ¿Quién eres? ¿La policía de París? —balbuceó el capitán, sangrando por la boca y temblando de dolor.

—Soy el fantasma que viene a recordarte lo que les pasa a los traidores —respondió Anie.

Con la mano izquierda, Anie manipuló el temporizador del explosivo utilizando la ganzúa plana. Desconectó el cable primario del detonador de mercurio en menos de doce segundos, neutralizando la amenaza.

A continuación, registró el bolsillo interior de la gabardina de Vallon y extrajo la libreta de contactos con las claves de cifrado que vinculaban a la célula con la embajada alemana en París.

—La misión ha terminado, capitán —dijo Anie.

Le asestó un golpe certero con la culata de la pistola en la arteria carótida, dejándolo inconsciente en el suelo.

Anie colocó una de sus cargas químicas de retardo en la caja de registros de la nave para destruir los planos de sabotaje sin dañar la estructura del acorazado. Corrió hacia la salida, escaló el muro del dique seco y desapareció en la oscuridad de las callejuelas del puerto bretón.

A las seis de la mañana, mientras las alarmas de Saint-Nazaire comenzaban a sonar y la policía francesa descubría al capitán Vallon encadenado a una bita del puerto junto a la lista de traidores, Mademoiselle Hélène Duprat tomaba un café espresso en la primera clase del tren exprés rumbo a París.

Anie miraba por la ventanilla el paisaje verde de la campiña francesa. Llevaba la libreta de cifrado a salvo en su bolso de mano y una nueva certeza en el corazón. La Gran Depresión la había puesto a prueba, pero la guerra que se avecinaba en Europa encontraría en ella a su ejecutora más implacable.