La espía de Boston CAPÍTULO 22 El búnker del León
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CAPÍTULO 22 El búnker del León

El suelo de la capital británica retumbaba bajo el impacto sordo de los bombardeos de la aviación germana.

Sin embargo, a diez metros bajo el asfalto de Whitehall, en el complejo subterráneo de las Cabinet War Rooms, el tiempo parecía discurrir a un ritmo ajeno al pánico exterior.

El aire olía a humo de puros, papel antiguo y humedad filtrada a través de los muros de hormigón reforzado.

Anie caminaba flanqueada por Arthur Pendelton y el coronel Evans por el pasillo central del búnker.

Sus pasos, firmes y acompasados sobre la moqueta verde, marcaban la postura de una veterana consagrada.

A sus veinte años, la mirada gris de la Agente Shadow-9 ya no reflejaba la desesperación de la huerfana de Marsella, sino la determinación helada de una ejecutora estratégica de alcance global.

Al fondo del pasillo, dos guardias de la Guardia Coldstream cuadraron el saludo frente a una pesada puerta de roble macizo con herrajes de bronce.

—El Primer Ministro la espera, Agente Shadow-9 —dijo el guardia, franqueándole el paso.

El gran despacho de mapas estaba dominado por una mesa rectangular atestada de cartas náuticas, teléfonos de línea directa de colores y carpetas clasificadas.

De pie frente a la enorme representación de la Europa continental, con un grueso puro entre los dedos y los tirantes ajustados sobre el chaleco, Winston Churchill observaba la línea del frente oriental.

Churchill se giró despacio, escudriñando a la joven con sus ojos penetrantes.

—Así que usted es la muchacha que ha vuelto loco al mando de la Gestapo desde Lille hasta Lisboa —dijo el Primer Ministro con su característica voz cavernosa y pausada—.

Alan Turing me ha dicho que sin la máquina Enigma que usted sacó del Atlántico, estaríamos a ciegas frente a los lobos marinos de Doenitz.

Y el general De Gaulle insiste en que Francia le debe la vida a su navaja.

Anie mantuvo la vista al frente, con los brazos cruzados a la espalda en postura de descanso militar.

—Solo he hecho cumplir el entrenamiento que la agencia invirtió en mí, señor —contestó Anie en un inglés neutro e impecable.

Churchill dejó una leve voluta de humo en el aire y apoyó la palma de la mano directamente sobre la región central de Checoslovaquia en el mapa.

—La fase defensiva de esta guerra ha terminado, Anie —dijo el líder británico, tornando su tono grave—.

El Reich ha puesto los ojos en el Este, pero en el centro de la Europa ocupada se alza un monstruo que debemos decapitar.

Me refiero al SS-Obergruppenführer Reinhard Heydrich, el "Protector" de Bohemia y Moravia y arquitecto jefe del terror en el continente.

Pendelton dio un paso al frente y desplegó un expediente con la estampilla TOP SECRET - OPERACIÓN ANTROPOS.

—Heydrich ha comenzado la erradicación sistemática de la resistencia en Praga —explicó Pendelton—.

Además, nuestros servicios de inteligencia indican que está coordinando el desarrollo de armas químicas avanzadas en las fábricas armeras de Škoda.

Si Heydrich consolida su control en el Este, la retaguardia alemana será inexpugnable.

Churchill miró fijamente a Anie, apoyando ambos puños sobre la mesa de mapas.

—Hemos entrenado a dos partisanos checos de la brigada especial, Jan Kubiš y Jozef Gabčík, para ejecutar un atentado contra su vehículo en Praga —dijo el Primer Ministro—.

Pero no podemos permitirnos el menor margen de error.

Heydrich cuenta con la red de escoltas más feroz de las SS, dirigida personalmente por el mayor Von Kessel, a quien usted ya conoce bien.

Anie rozó con la yema del pulgar la empuñadura de su navaja marsellesa, oculta en el bolsillo de su chaqueta militar. Un chispazo de fuego helado recorrió sus facciones.

—¿Cuál es mi papel en la Operación Antropos, señor? —preguntó la joven.

—Usted será la sombra que garantice la ejecución —sentenció Churchill—.

Infiltrará Praga cuarenta y ocho horas antes que el equipo de salto, desmantelará el perímetro de seguridad de Von Kessel y se asegurará de que Heydrich no salga con vida de esa ciudad.

Si la operación fracasa, el coste para la causa Aliada será irreversible.

Anie dio un paso al frente y saludó con una inclinación de cabeza precisa.

—Heydrich no saldrá de Praga, Primer Ministro —afirmó la Agente Shadow-9 con esa serenidad mineral que imponía respeto absoluto—. Se lo garantizo yo.

Churchill sonrió con severidad y levantó su copa de whisky en un brindis en silencio hacia la joven combatiente.

Doce horas después, en el aeródromo militar de Tempsford, Anie revisaba la correa de su mochila de salto frente al morro negro de un bombardero Handley Page Halifax.

La operación más sangrienta y decisiva de la Segunda Guerra Mundial abría sus puertas, y la Agente Shadow-9 estaba lista para internarse de nuevo en el corazón mismo de las tinieblas.