Capítulo 6 Noche de gala y puñales en el salón
El otoño de 1933 tiñó de dorado los árboles de Public Garden, pero el viento que bajaba del Atlántico traía un filo helado.
A sus dieciséis años recién cumplidos en la clandestinidad, Anie miraba su reflejo en el espejo de cuerpo entero del piso franco de Back Bay.
No veía a la muchacha demacrada de Marsella, ni al muchacho de cara sucia que saltaba entre los vagones del puerto.
Frente a ella se alzaba una joven deslumbrante, enfundada en un vestido de seda borgoña de corte al bies que caía con elegancia hasta el suelo.
El escote en la espalda, diseñado meticulosamente por los sastres del Servicio de Inteligencia, dejaba al descubierto una piel pulcra, ocultando por milímetros las cicatrices del cuchillo de Mercier y las marcas de su travesía marítima.
Un collar de perlas falsas adornaba su cuello y unos guantes largos de terciopelo cubrían sus manos, curtidas pero ahora suavizadas con cremas caras.
Sin embargo, bajo la seda, la preparación mortal permanecía intacta. En la liga de encaje de su pierna izquierda llevaba sujeta una pequeña daga de acero de estilete; en el pliegue interior de su bolso de mano, una pistola de bolsillo Derringer de dos cañones cargada con munición de alto impacto.
Esa noche, el peligro no vestía monos de trabajo manchados de grasa ni olía a alcohol barato de estraperlo. Vestía de frac, bebía champán francés y bailaba el waltz en los salones del hotel Ritz-Carlton.
—Recuerda el objetivo, Anie —dijo Arthur Pendelton desde el sillón del fondo, ajustándose la pajarita del esmoquin—.
El conde Luigi Bellini no es un criminal común.
Es el enviado personal de la Inteligencia militar del gobierno italiano.
Oficialmente está en Boston para recaudar fondos para los inmigrantes italianos afectados por la Gran Depresión.
En realidad, ha venido a comprar los códigos de encriptación del radar naval estadounidense a un grupo de traidores del Senado.
Anie se puso los pendientes de zafiro frente al espejo. Su rostro no mostraba el menor signo de nerviosismo.
—¿Quién es el contacto del Senado? —preguntó ella, probando la movilidad de los brazos con el vestido de seda.
—No lo sabemos —admitió Pendelton con pesar—.
La transacción se realizará esta noche durante la gala benéfica.
Bellini lleva los códigos en un microfilme dentro de una petaca de plata que nunca se quita del bolsillo del chaleco.
Tu misión es infiltrarte como la sobrina de un diplomático canadiense, ganarte su atención, sustraer el microfilme e identificar al senador traidor antes de que el documento salga del hotel.
—Fácil —dijo Anie con esa frialdad característica que desarmaba a los veteranos del departamento.
—No te confíes —advirtió Pendelton, poniéndose en pie y ofreciéndole el brazo—. Bellini es un seductor nato, pero también es un tirador experto y un paranoico de primera clase. Lleva consigo a tres guardaespaldas de la policía secreta de Roma. Si descubren quién eres, no saldrás viva de ese salón.
Anie miró al agente gubernamental a los ojos. En sus pupilas grises no había temor; solo la luz afilada de la determinación.
—Pendelton, he sobrevivido a tres hombres que intentaron matarme en mitad del océano cuando solo tenía una navaja oxidada. Un conde italiano en un salón de baile no va a ser el que me detenga.
El hall del hotel Ritz-Carlton era un estallido de lujo que chocaba de frente con la miseria que se vivía a solo unas calles de allí.
Lámparas de araña de cristal de Bohemia iluminaban la pista de baile de mármol, donde la alta sociedad bostoniana reía, bebía y bailaba ajena al hambre que devoraba al resto del país.
Anie entró del brazo de Pendelton, que interpretaba el papel del tío maduro y millonario.
En cuanto sus pies pisaron la alfombra roja, la presencia de la joven atrajo las miradas de varios caballeros.
Su belleza afilada, combinada con una postura erguida y una mirada de absoluta autoconfianza, la convertían en una figura magnética.
—Allí está —murmuró Pendelton al oído de Anie, simulando una sonrisa de etiqueta.
En la zona del ambigú, rodeado por mujeres elegantes y políticos locales, se encontraba el conde Luigi Bellini.
Era un hombre de unos treinta y cinco años, de cabello negro engominado hacia atrás, bigote fino y sonrisa calculadora.
En la solapa de su esmoquin lucía la condecoración de la corona italiana.
Anie observó su entorno en cuestión de segundos.
Localizó a los tres guardaespaldas: uno situado cerca de la orquesta, otro junto a las puertas del balcón y el tercero apostado en las escaleras que conducían a las suites privadas.
Los tres llevaban la mano derecha dentro del saco de sus trajes, con la postura rígida de quienes esperan un ataque en cualquier momento.
Anie tomó una copa de champán de la bandeja de un camarero.
—Es hora de trabajar, tío Arthur —susurró con una gracia natural.
Se deslizó entre los invitados con la elegancia de una pantera vestida de seda.
Calculó la trayectoria y, al pasar junto al conde Bellini, fingió tropezar ligeramente con el dobladillo de su propio vestido.
La copa de champán se inclinó, derramando un par de gotas sobre la manga del traje del aristócrata.
—Oh, lo siento muchísimo, signore... —exclamó Anie en un italiano pulcro y fluido, llevando la mano a su pecho con gesto de genuina consternación.
El conde Bellini se giró, dispuesto a reprender al responsable del incidente, pero al ver el rostro de Anie y escuchar su impecable pronunciación de su idioma natal, su expresión cambió de inmediato a una sonrisa fascinada.
—Por favor, signorina, no hay nada que perdonar —dijo Bellini, tomando la mano de Anie y rozando sus nudillos con un beso galante—. Unas gotas de champán sobre mi manga son un precio muy bajo por tener la dicha de conocer a la mujer más hermosa de la estancia.
Anie sonrió con la mezcla justa de timidez y coquetería. Su mente, mientras tanto, trabajaba a mil revoluciones. Notó que, en efecto, el bulto de la petaca de plata se marcaba en el lado izquierdo del chaleco del conde.
—Es usted muy generoso —respondió Anie, bajando levemente la mirada—. Soy Mademoiselle Anette de la Tour. Mi tío y yo acabamos de llegar de Quebec. Confieso que las fiestas en Boston son un poco abrumadoras para mí.
—En ese caso, permítame tener el honor de salvarla del aburrimiento —dijo el conde, ofreciéndole su brazo—. La orquesta está a punto de tocar un vals.
Durante los siguientes diez minutos, Anie giró sobre la pista de baile en brazos del diplomático italiano.
Mientras Bellini intentaba impresionarla con historias exageradas sobre su vida en la corte de Roma, Anie utilizaba la cercanía de los pases de baile para estudiar la estructura del bolsillo de su chaleco y medir los tiempos de reacción de los guardaespaldas que no les quitaban los ojos de encima.
—Su tío parece muy entretenido con los senadores en la barra —comentó Bellini con voz baja y sugerente al oído de Anie—. Quizá le gustaría respirar un poco de aire fresco en los jardines del balcón privado, signorina.
Anie sintió un chispazo de alerta. El balcón privado del piso superior era el lugar perfecto para sustraer la petaca sin ser vista, pero también era el terreno ideal para una emboscada si el conde sospechaba algo.
—Me encantaría, conde —contestó ella, mirando fijamente a sus ojos con una fascinación fingida—. En el salón hace demasiado calor.
Subieron por la gran escalera de mármol.
El guardaespaldas de la escalera los siguió a una distancia discreta de cinco pasos.
Bellini abrió la puerta de madera tallada que conducía a una terraza privada con vistas a los jardines iluminados por la luna.
El aire frío de la noche golpeó el rostro de Anie, refrescando su piel caliente por el baile.
—Es una noche maravillosa, ¿verdad, Anette? —dijo Bellini, acercándose a la balaustrada de piedra y sacando una pitillera de oro.
—Preciosa —respondió Anie, acercándose a él por la espalda.
Mientras el conde encendía su cigarrillo, Anie metió la mano izquierda en su bolso, sacó un pañuelo impregnado en un potente anestésico químico desarrollado en Camp Blackwood y, con la mano derecha, deslizó la navaja de muelle fuera de su liga con una rapidez invisible.
—Dígame, conde... ¿suele llevar siempre documentos secretos de la Marina americana en su petaca de plata? —preguntó Anie con voz dulce.
Bellini se congeló. El cigarrillo se detuvo a milímetros de sus labios. La sonrisa del aristócrata desapareció por completo, reemplazada por la mirada asesina de un agente entrenado.
Antes de que el italiano pudiera girarse y llevar la mano a su arma, Anie actuó con la velocidad que la caracterizaba. Se pegó a su espalda, le rodeó el cuello con el pañuelo impregnado y presionó el estilete contra su garganta, apenas rozando la piel para que sintiera el filo helado.
—Un solo movimiento en falso y le corto la yugular antes de que pueda gritar —siseó Anie en su oído, abandonando por completo el tono coqueto e imprimiendo la ferocidad de la cazadora.
El conde intentó luchar, pero el químico del pañuelo comenzó a hacer efecto de inmediato.
Sus piernas comenzaron a temblar y su respiración se volvió pesada.
Con la mano libre, Anie introdujo los dedos en el chaleco del diplomático y extrajo la petaca de plata.
La abrió con un rápido movimiento de pulgar: en el fondo, oculto tras un falso compartimento de licor, brillaba el pequeño rollo de microfilme.
—¿Quién... quién eres? —balbuceó Bellini con la vista nublada, sintiendo cómo el conocimiento y la fuerza abandonaban su cuerpo.
—Soy la pesadilla de los hombres que creen que pueden comprar este país —respondió Anie al oído.
El conde se desplomó inconsciente sobre los cojines de mimbre del balcón. Anie guardó el microfilme en su bolso de mano y acomodó el cuerpo del italiano como si estuviera durmiendo plácidamente tras haber bebido demasiado.
Sin embargo, cuando se disponía a regresar al salón para identificar al senador que debía recibir el microfilme, la puerta del balcón se abrió de golpe.
El guardaespaldas italiano que los había seguido por las escaleras entró en la terraza. Al ver a su jefe tendido en el sofá y a la joven ajustándose los guantes con absoluta serenidad, el agente sacó un revólver con silenciador del hombro.
—¡Maldita perra! —gruñó el hombre en italiano, apuntando directamente a la cabeza de Anie.
Anie no dudó un solo milisegundo. No había tiempo para sacar la pistola del bolso. La distancia entre ellos era de apenas tres metros.
Aprovechando el vuelo de su vestido de seda borgoña, Anie pivotó sobre su talón derecho y lanzó una patada giratoria ascendente. La punta de su zapato de tacón de aguja impactó con una precisión devastadora contra la muñeca armada del guardaespaldas.
El tiro se desvió, estrellándose contra el suelo de baldosa. El revólver salió volando por encima de la balaustrada hacia los jardines oscuros.
El guardaespaldas, un gigante de más de noventa kilos, lanzó un puñetazo directo al rostro de la muchacha.
Anie flexionó las rodillas, esquivando el golpe por debajo del brazo del hombre.
Se colocó a su espalda, extrajo la daga de su liga y le asestó dos puñaladas rápidas y profundas en los músculos del hombro y el muslo.
El hombre lanzó un gemido sofocado y cayó sobre una rodilla.
Anie no le dio oportunidad de recuperarse: agarró la cabeza del agente con ambas manos y estrelló su cara con violencia contra la balaustrada de piedra.
El guardaespaldas quedó despatarrado en el suelo, inconsciente y sangrando por la nariz.
Anie respiró hondo. Se arregló un mechón de cabello que se había desprendido de su peinado, comprobó que su vestido no tuviera manchas de sangre y recogió su bolso del suelo.
Ajustó la sonrisa en sus labios, abrió la puerta de madera y regresó al brillante salón de baile del Ritz-Carlton.
Bajó las escaleras con la misma distinción con la que había subido. Localizó a Pendelton cerca de la barra, quien la miraba con una mezcla de tensión y expectación. Anie se acercó a él, le ofreció el brazo y le guiñó un ojo de forma imperceptible.
—El conde se ha quedado dormido en el balcón por exceso de champán —dijo Anie en voz alta para que los invitados cercanos la escucharan—. Creo que es hora de volver a casa, tío Arthur.
—Una excelente idea, sobrina —respondió Pendelton, comprendiendo que la misión había sido un éxito rotundo.
Diez minutos después, el Packard negro del Servicio de Inteligencia se alejaba a toda velocidad por las calles de Boston. En el asiento trasero, Anie entregó el microfilme a Pendelton.
El agente examinó el pequeño rollo a la luz de una linterna y dejó escapar un largo suspiro de alivio.
—Los códigos están a salvo. Y con las huellas de la petaca, podremos rastrear al contacto del Senado antes del amanecer —dijo Pendelton, mirando a la muchacha con una admiración desbordante—. Has vuelto a hacerlo, Anie. Una operación impecable.
Anie se quitó los pendientes de zafiro y se recostó contra el cuero suave del asiento. Miró por la ventanilla las luces temblorosas del puerto de Boston.
Pensó por un segundo en la niña de dieciséis años que lloraba a su madre en una buhardilla helada de Marsella.
Esa niña ya no existía. En su lugar, el fuego de la adversidad había esculpido a una mujer indestructible, una sombra que caminaba entre los imperios de la noche, victoriosa y dueña absoluta de su propio destino.