Capítulo 7 El último tren a la libertad
La victoria en el Ritz-Carlton no significó el descanso para la Agente Shadow-9.
El análisis del microfilme recuperado del conde Bellini no solo reveló la identidad del senador traidor —quien fue arrestado discretamente en su residencia de verano en Cape Cod—, sino que sacó a la luz una conspiración mucho mayor.
Una última pieza del rompecabezas amenaza con desestabilizar la red de defensa de los Estados Unidos en pleno pico de la Gran Depresión.
El documento cifrado mencionaba la Operación Fénix: el traslado clandestino de un prototipo de giroscopio de navegación submarina que la Inteligencia alemana pretendía sacar del país a través del ferrocarril trasatlántico hacia Canadá, con destino final en Hamburgo.
El cerebro tras la operación no era otro que el coronel Hans Ziegler, un veterano de la Gran Guerra reclutado por los servicios secretos germánicos para supervisar la fuga de activos estratégicos en la Costa Este.
Ziegler era un hombre de una astucia despiadada, famoso por no dejar testigos en sus operaciones.
—El tren exprés de Montreal sale de la estación del Norte de Boston a las cuatro de la mañana —explicó Arthur Pendelton en la penumbra del coche oficial, mientras la lluvia torrencial de noviembre azotaba los cristales—.
Ziegler viaja en el vagón privado de cola, protegido por cuatro mercenarios fuertemente armados.
Si ese tren cruza la frontera canadiense al amanecer, habremos perdido el prototipo para siempre.
Anie se ajustaba las correas del chaleco de cuero reforzado bajo su abrigo oscuro. En sus manos balanceaba con familiaridad la Colt M1911, comprobando el resorte del cargador antes de encajarlo con un chasquido seco.
—No cruzará la frontera, Pendelton —aseguró la joven con esa voz tranquila que helaba la sangre de sus enemigos—. ¿Qué hay de los pasajeros civiles?
—El vagón de cola está aislado del resto del convoy por una puerta blindada.
Ziegler pagó una fortuna a la compañía ferroviaria para asegurarse de que nadie interfiriera en su trayecto.
Si la policía intenta abordar el tren en la estación, matarán a los rehenes que llevan en el vagón restaurante para ganar tiempo.
Debe ser una operación limpia y en marcha.
Anie esbozó una pequeña sonrisa de lado.
Un tren en movimiento a través de los bosques congelados de Massachusetts.
Una puerta blindada. Mercenarios armados.
Para cualquiera de dieciséis años, la misión habría parecido un suicidio; para ella, era simplemente otro tablero donde calcular velocidades, ángulos y vulnerabilidades.
A las tres y cuarenta y cinco de la mañana, la imponente locomotora de vapor Hudson 4-6-4 exhalaba nubes de humo blanco en la estación del Norte de Boston. Los silbatos rechinaban entre el vapor acumulado bajo el techo de hierro fundido.
Anie no subió por los andenes iluminados.
En lugar de eso, corrió por las vías secundarias del patio de maniobras, manteniéndose oculta entre las sombras de los vagones de carga estacionados.
Vestida con ropa técnica de combate de color negro y botas de suela de goma antideslizante, esperó a que el gran monstruo de hierro comenzara a rodar.
El silbato resonó con un bramido sordo y las ruedas de acero rechinaron contra los rieles. La locomotora fue ganando velocidad paulatinamente, dejando atrás las luces agónicas de la ciudad.
Cuando el último vagón —el coche privado de lujo con los cristales blindados y las cortinas echadas— pasó frente a su posición a más de cuarenta kilómetros por hora, Anie saltó.
Enganchó los dedos en el soporte de hierro de la escalera de emergencia del vagón de cola. El impacto casi le desencaja los hombros por la fuerza de la inercia, pero la joven apretó los dientes, flexionó sus piernas y se izó con un esfuerzo atlético brutal hasta el techo del convoy.
El viento de la noche congelada le azotó el rostro a medida que el tren se adentraba en la campiña salvaje. El suelo de chapa metálica vibraba furiosamente debajo de sus botas y el ruido de las ruedas contra las vías era ensordecedor.
Anie se arrastró sobre el techo del vagón de cola hasta alcanzar la trampilla de ventilación superior.
Sacó de su estuche un pequeño cortador de acetileno de bolsillo, encendió la llama azulada y comenzó a fundir los pasadores de seguridad de la escotilla.
Las chispas saltaron al aire nocturno, desapareciendo en la oscuridad.
Tres minutos después, el marco de hierro cedió. Anie apagó el cortador, ajustó el silenciador de su Colt y se dejó caer sin hacer ruido al interior del corredor del vagón privado.
El ambiente dentro era cálido, perfumado con humo de puros puros de la Habana y madera de roble barnizada. Anie cayó en posición de cuclillas sobre la alfombra de terciopelo verde.
Apenas se incorporó, un mercenario que patrullaba el pasillo con un subfusil en bandolera dobló la esquina. Sus ojos se abrieron con sorpresa absoluta al ver a la figura vestida de negro emerger del techo.
El hombre no tuvo tiempo de gritar. Anie se lanzó hacia adelante, desviando el cañón de la arma enemiga con la mano izquierda mientras clavaba el pulgar de la mano derecha en el plexo solar del mercenario.
El guardia perdió el aire con un ahogo gutural.
Antes de que se desplomara, Anie le giró el cuello con un movimiento seco y preciso, agarrando su cuerpo antes de que tocara el suelo para no generar ruido.
Arrastró el cadáver hasta un lavabo contiguo y cerró la puerta.
Avanzó por el pasillo hasta la suite principal. A través del cristal esmerilado de la puerta doble, vio dos siluetas: la figura erguida del coronel Hans Ziegler y la de su último guardaespaldas, un gigante con el rostro marcado que custodiaba una maleta metálica reforzada sobre la mesa central.
Anie no perdió tiempo intentando negociar. Agarró una granada cegadora de su cinturón, retiró el anilla con los dientes y de una patada derribó la puerta de madera.
Lanzó el artefacto al interior de la estancia.
—¡Ataque! —gritó el guardaespaldas, sacando una pistola de gran calibre.
La granada detonó con una luz cegadora y una onda expansiva de sonido que retumbó en las paredes de chapa del vagón. El mercenario soltó el arma llevándose las manos a los ojos cegados, completamente desorientado.
Anie atravesó la humareda como un espectro. Efectuó dos disparos certeros que atravesaron el tórax del gigante, dejándolo sin vida sobre el sillón de cuero.
El coronel Ziegler, sin embargo, era un veterano de mil batallas.
A pesar del destello, se cubrió tras el escritorio de roble, desenfundó su propia arma y abrió fuego ráfaga contra la puerta.
Las balas atravesaron los paneles de madera, rozando el hombro derecho de Anie y abriéndole un rasguño sangrante.
Anie se arrojó tras la columna de carga del vagón. La sangre caliente comenzó a empapar la tela de su uniforme, pero su ritmo cardíaco no se aceleró. La adrenalina sustituyó al dolor.
—¡Sé quién eres! —gritó Ziegler desde su escondite, en un inglés masticado con rabia—. ¡La chiquilla de los muelles! ¡El fantasma de Pendelton! ¡No saldrás viva de este tren, fräulein! Mis hombres en el resto del convoy vendrán en cualquier momento.
—Tus hombres ya están muertos, coronel —respondió la voz de Anie desde las sombras, fría y resonante—. Y este tren no llegará a Canadá.
Anie sacó de su cinturón la última carga explosiva de su arsenal: un bloque de plástico de alto impacto con detonador remoto. Lo adhirió al acople del vagón de cola a través del registro del suelo y ajustó la frecuencia.
Acto seguido, salió de la cobertura rodando sobre la alfombra. Ziegler disparó dos veces, pero las balas solo impactaron en la madera vacía. Anie se incorporó desde el costado, le desvió el brazo de un golpe contundente y le clavó su estilete directamente en la muñeca con la que sostenía la arma.
El coronel lanzó un alarido de dolor insoportable y soltó la pistola. Anie le asestó una patada en el estómago que lo estampó contra el ventanal del vagón. El cristal blindado se agrietó bajo el impacto del cuerpo del oficial.
Anie recogió la maleta metálica de la mesa, comprobó que el sello del giroscopio estuviera intacto y miró al coronel con la fría distancia de una jueza implacable.
—La Gran Depresión destruyó a muchos inocentes en mi país y en el tuyo —dijo Anie, ajustándose la maleta al hombro—. Pero personas como tú usaron el hambre de los demás para alimentar su propia codicia. Se acabó el juego, coronel.
Anie accionó la palanca de emergencia de la puerta trasera del vagón, abriéndola de par en par. El viento glacial del invierno de Massachusetts irrumpió en la estancia, haciendo volar los papeles sobre el escritorio.
Ziegler, agarrándose la muñeca sangrante, la miró con odio puro.
—¡Si me matas, la Inteligencia enviará a diez como yo! —amenazó el oficial.
—Que vengan —contestó Anie.
La joven activó el detonador remoto. Una pequeña explosión destruyó el enganche de hierro que unía el vagón de cola con el resto del tren.
Con un rechinar metálico escalofriante, las cadenas se partieron.
El vagón de lujo comenzó a perder velocidad rápidamente, separándose del convoy principal que continuó su marcha hacia el norte.
Anie caminó hacia la plataforma trasera del vagón desenganchado.
Miró hacia las vías oscuras que se extendían tras ellos.
A pocos metros, el vagón desacelerado comenzó a adentrarse en la vía muerta del depósito de carga de Fitchburg, donde los frenos de emergencia mecánicos saltaron automáticamente debido a la descompresión de las mangueras de aire.
Con un chirrido ensordecedor que levantó chispas sobre la nieve, el vagón de cola se detuvo por completo en mitad de la noche solitaria, lejos de cualquier frontera y con el coronel Ziegler atrapado en su interior para ser recogido por los agentes del FBI que ya cercaban la zona.
Anie saltó del vagón a la nieve virgen antes de que la estructura se detuviera del todo. Cayo sobre la rodilla, se incorporó despacio y ajustó el agarre de la maleta metálica sobre su hombro.