La espía de Boston Capítulo 5 Sombras sobre el puerto de hierro
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Capítulo 5 Sombras sobre el puerto de hierro

El verano de 1933 llegó a Boston envuelto en un calor sofocante que hacía hervir el asfalto de las avenidas y multiplicaba el hedor a pescado podrido en los muelles de la zona sur.

Sin embargo, para la Agente Shadow-9, el clima era un factor secundario.

Tras el desmantelamiento de la red de Von Stauffen, Anie no tuvo tiempo para celebrar su victoria.

La Gran Depresión continuaba devorando la moral del país, y en ese caldo de cultivo de miseria y corrupción, nuevos actores buscaban sacar tajada.

En su piso franco del distrito de Back Bay —un espacio sobrio, decorado únicamente con un mapa táctico de la Costa Este y un escritorio de roble donde limpiaba concienzudamente sus armas—, Anie leía el nuevo dossier remitido por Pendelton.

La amenaza esta vez provenía de dentro. Un sindicato del crimen conocido como los Caballeros de Acero, liderado por un antiguo magnate industrial caído en desgracia llamado Harrison Vance, había comenzado a extorsionar a los astilleros navales de Massachusetts.

Vance no solo vendía protección a los dueños de los muelles; estaba interceptando los cargamentos de níquel y tungsteno destinados a la fabricación de los nuevos navíos de guerra del gobierno para venderlos en el mercado negro internacional.

—Vance no es un ideólogo como Von Stauffen —le había advertido Pendelton esa misma mañana en la cafetería subterránea de la estación del norte—.

Es un buitre patriótico. Conoce las leyes, tiene a la mitad de los inspectores de aduanas en su nómina y sus hombres son matones curtidos en la guerra de bandas del alcohol.

Si intentamos detenerlo con una orden judicial, los documentos desaparecerán y los testigos terminarán flotando en la bahía con bloques de cemento en los pies.

—Entonces no usaremos órdenes judiciales —había respondido Anie sin pestañear.

A las dos de la madrugada, la zona de los almacenes del muelle número nueve estaba sumida en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el golpeteo rítmico del agua contra los pilotes de madera.

Dos focos potentes iluminaban la entrada del almacén central, donde una docena de hombres armados con subfusiles Thompson cargaban lingotes de metal robado en la parte trasera de varios camiones pesados.

Anie observaba la escena desde la estructura de hierro de una grúa de carga abandonada, a quince metros de altura.

Llevaba un mono de trabajo ajustado de color azul oscuro, botas de suela de goma silenciosa y la cara manchada de grasa para evitar cualquier reflejo de la luz.

En la espalda portaba una pequeña mochila con dos cargas de dinamita de acción retardada y en la funda de su axila descansaba la Colt con silenciador.

A sus dieciséis años, su cuerpo se había adaptado por completo a la exigencia física del espionaje. Mantenía una respiración pausada, casi imperceptible, regulando el ritmo cardíaco mientras analizaba los patrones de movimiento de los guardias.

—Cuatro en el perímetro exterior, dos en la plataforma de carga y tres dentro de la oficina de control —calculó en voz baja.

El objetivo de la misión era triple: neutralizar a Vance —que se encontraba supervisando la operación personalmente desde la oficina del segundo piso—,

recuperar los libros de contabilidad que vinculaban a los inspectores corruptos con la red y destruir el cargamento ilegal antes de que el barco de transporte zarpara hacia aguas internacionales.

Anie se descolgó por el cable de acero de la grúa con la fluidez de una sombra.

Cayó sobre el techo de madera del almacén sin emitir el menor sonido.

Usando una navaja de cristalero, cortó un círculo perfecto en uno de los tragaluces de la cubierta y descendió mediante una cuerda de cáñamo hasta las vigas del techo interior.

Desde allí, la vista era privilegiada. Abajo, Harrison Vance —un hombre obeso, de tez rojiza y puro en la boca— reía abiertamente mientras contaba fajos de billetes de cien dólares sobre el escritorio de la oficina acristalada.

Anie sacó de su mochila los dos cartuchos de dinamita.

Ajustó los detonadores a tres minutos exactos.

Con un movimiento ágil, se desplazó por la viga hasta quedar justo encima del cuadro eléctrico principal del almacén.

Dejó caer una de las cargas sobre la caja de fusibles y la otra junto a los depósitos de combustible de los camiones.

Acto seguido, inició la cuenta atrás en su mente.

Cincuenta... cuarenta y nueve... cuarenta y ocho...

Se descolgó de la viga y cayó justo detrás del guardia que custodiaba la puerta trasera de la oficina de Vance.

Antes de que el hombre pudiera darse la vuelta, Anie le aplicó una llave de estrangulamiento alrededor del cuello, presionando la arteria carótida.

El guardia se agitó desesperadamente durante cuatro segundos antes de quedar inconsciente en sus brazos.

Anie lo dejó en el suelo con cuidado y le arrebató el subfusil.

Diez... nueve... ocho...

Entró en la oficina con la agilidad de una pantera. Vance levantó la cabeza, sorprendido al ver a una muchacha joven armada colándose en su despacho.

—¿Pero qué diablos...? —alcanzó a articular el magnate.

—Silencio, Vance —ordenó Anie, encañonándolo directamente al rostro mientras abría la bolsa de cuero que estaba sobre la mesa y guardaba los libros de contabilidad—. El Departamento de Guerra cancela sus contratos.

En ese instante, el tiempo se agotó.

Una explosión ensordecedora sacudió los cimientos del almacén.

La caja eléctrica reventó en una lluvia de chispas azules, sumiendo todo el recinto en una oscuridad absoluta, interrumpida solo por el fuego secundario que comenzó a devorar los depósitos de combustible de los camiones.

Los gritos de pánico de los matones abajo en el puerto ahogaron cualquier conato de reacción organizada.

Vance intentó aprovechar la confusión para sacar una pequeña pistola del cajón de su escritorio, pero Anie fue más rápida. Le asestó un golpe seco con la culata del subfusil en la muñeca, fracturándole los huesos y haciendo caer el arma al suelo.

—¡Espera! ¡Tengo miles de dólares! ¡Puedo hacerte rica, niñita! —suplicó Vance, arrastrándose hacia atrás por el suelo mientras el fuego del exterior iluminaba las paredes del despacho.

—Ya tengo lo que quiero —contestó Anie con frialdad, ajustándose la bolsa con los documentos al hombro.

Sin perder un segundo, agarró al magnate por la solapa de su costosa chaqueta y lo empujó hacia las escaleras de incendios exteriores.

Abajo, la patrulla de la policía fluvial y los agentes de Pendelton, alertados por la detonación, comenzaban a cercar el muelle, respondiendo al fuego de los últimos criminales desconcertados.

Anie entregó a un encogido y aterrorizado Harrison Vance a los agentes del gobierno que irrumpieron por la puerta trasera.

—Buen trabajo, Shadow-9 —dijo el oficial al mando, mirando con asombro la calma de la joven en medio del infierno de llamas y sirenas de policía que envolvía el puerto.

Anie no respondió. Se limitó a ajustar el embozo de su chaqueta, se encasquetó la gorra sobre el cabello corto y se alejó caminando despacio hacia la niebla de la avenida principal, dejando atrás las ruinas del imperio criminal de Vance.

Mientras caminaba bajo la lluvia fina que comenzaba a caer sobre Boston, Anie se llevó la mano al bolsillo y sintió el tacto frío de su vieja navaja de muelle marsellesa.

Había recorrido miles de millas desde las calles hambrientas de Le Panier y había sobrevivido a cada monstruo que la historia le había puesto en el camino.

Ya no era una refugiada, ni una víctima de la Gran Depresión.

Era el fantasma que velaba en las sombras de una nación en reconstrucción, una mujer que, a pesar de sus jóvenes dieciséis años, había demostrado que la verdadera fuerza no reside en las armas ni en el dinero, sino en la capacidad inquebrantable de la mente para no rendirse jamás.