Capítulo 4 La forja del fantasma
El complejo militar de Camp Blackwood, oculto tras la espesa masa forestal a las afueras de Cambridge, no se parecía a nada que Anie hubiera visto.
No era una prisión ni un cuartel convencional; era un laboratorio de hombres y mujeres invisibles.
Durante seis meses, las instalaciones de ladrillo rojo y los campos de maniobras embarrados se convirtieron en la cúpula de hierro donde la muchacha de Marsella limó los últimos vestigios de debilidad que pudieran quedarle.
Allí no existían los nombres reales. Anie pasó a ser la Agente Shadow-9.
Desde el primer día, el régimen de entrenamiento diseñado por el Departamento de Guerra fue implacable.
Mientras la ciudad de Boston continuaba ahogándose bajo los efectos del crack bancario y las colas del hambre, Anie aprendía a matar con las manos desnudas, a descifrar códigos navales en tiempo récord y a disparar con una precisión quirúrgica en la penumbra.
Su instructor principal era el Mayor Gallagher, un veterano de la Gran Guerra con el rostro surcado de cicatrices de metralla y la mirada de un hombre que había olvidado cómo sonreír. Gallagher no creía en las excepciones por edad ni por sexo.
—En el campo de operaciones no hay reglas de caballerosidad, muchacha —le espetó el Mayor durante su primera semana, arrojándole un cuchillo de combate que se clavó vibrando en la mesa de madera—.
Tus enemigos no van a tener piedad de ti porque tengas dieciséis años o porque seas mujer.
De hecho, usarán eso en tu contra. Tu única ventaja es que te subestimen.
Haz que esa falsa confianza sea su último error.
Anie no necesitó que se lo repitieran. Su mente, habituada a la supervivencia pura desde que tenía uso de razón, absorbió las lecciones con una voracidad pasmosa.
Aprendió a dominar la pistola Colt M1911, desarmándola y volviéndola a ensamblar con los ojos vendados en menos de treinta segundos.
Estudió criptografía y telegrafía, memorizando manuales enteros de claves enemigas.
Aprendió a forzar cerraduras complejas con un simple alfiler de sombrero y a preparar explosivos caseros utilizando ingredientes que podían encontrarse en cualquier farmacia comercial.
Pero, sobre todo, perfeccionó la técnica del camuflaje social: podía transformarse, en cuestión de minutos, en una humilde lavandera, en un muchacho mensajero o en una joven refinada de la alta sociedad bostoniana.
Las heridas del viaje en el SS Champlain cicatrizaron, dejando marcas imborrables en su piel, pero por dentro, Anie se convirtió en una estructura de puro acero.
En la primavera de 1933, Arthur Pendelton volvió a hacer aparición en el complejo de Camp Blackwood.
Entró en el galería de tiro en el preciso instante en que Anie vaciaba el cargador de un subfusil Thompson contra una hilera de siluetas de madera.
Cada impacto estaba concentrado en el centro del pecho y en la cabeza de los blancos.
—Veo que el entrenamiento ha dado sus frutos —dijo Pendelton, esperando a que el eco de las detonaciones se disipara en la sala.
Anie dejó el arma sobre la mesa, retiró los protectores de oído y miró al veterano agente con la misma serenidad calculadora de siempre.
—Estoy lista, Pendelton —dijo la joven, limpiándose una mancha de pólvora del pómulo—. ¿Cuál es la misión?
Pendelton sacó una carpeta de cuero marrón con el sello de "CLASIFICADO" en letras rojas y la extendió sobre el mostrador.
—Ha llegado el momento de que pagues tu billete de entrada, Anie —explicó el agente, abriendo la carpeta para mostrar una serie de fotografías en blanco y negro—. La Gran Depresión ha abierto las puertas a monstruos que operan desde las sombras. Esta es la Operación Marea Negra.
Anie examinó las fotografías. En la primera aparecía un hombre de mediana edad, de postura erguida y bigote recortado, vestido con un elegante traje a medida.
—Barón Erich von Stauffen —dijo Pendelton—.
Oficial de la inteligencia militar alemana enviado a Boston bajo la fachada de un diplomático comercial.
Ha estado coordinando una red clandestina con la mafia de North End y con ciertos industriales norteamericanos simpatizantes del nuevo régimen que ha tomado el poder en Berlín.
—¿Qué buscan? —preguntó Anie, pasando a la siguiente foto, que mostraba los muelles militares del puerto de Boston.
—Sabotaje y espionaje —contestó Pendelton con tono sombrío—.
Han instalado una estación de radio de alta frecuencia oculta en algún lugar del distrito portuario.
Desde allí, están transmitiendo información confidencial sobre las rutas de los cargueros estadounidenses, los movimientos de la flota del Atlántico y los nuevos prototipos de radares navales.
Si esa información llega a Europa, la seguridad nacional de los Estados Unidos quedará seriamente comprometida.
Anie alzó la mirada, conectando los puntos al instante.
—Quieren que localice la emisora y la destruya.
—Y algo más —añadió Pendelton—. Von Stauffen guarda en la caja fuerte de su consulado privado una libreta con los nombres de todos los traidores americanos que están vendiendo información a los nazis.
Necesitamos esa lista. Pero el edificio está custodiado por guardias armados y cuenta con sistemas de alarma de última generación.
Ningún agente masculino ha logrado acercarse sin levantar sospechas.
—Un hombre llama la atención —asintió Anie, con una leve sonrisa en los labios—. Una muchacha joven que busca trabajo como sirvienta o que se pierde por el jardín, no.
—Exacto. Tu primera misión especial comienza esta misma noche. Se te proporcionará una identidad falsa, equipo de infiltración y una cápsula de cianuro que llevarás oculta en el dobladillo de tu chaqueta... por si caes en manos del enemigo.
Anie miró la carpeta, luego miró a Pendelton y empujó la cápsula de cianuro hacia atrás sobre la mesa.
—Guárdese la pastilla, Pendelton —dijo la joven con voz helada—. No voy a suicidarme. Si las cosas se complican, seré yo quien deje los cadáveres en el suelo.
A las diez de la noche, una niebla espesa y fría volvió a cubrir las calles de Boston.
Anie descendió de un coche sin distintivos a dos manzanas de la mansión que albergaba el consulado privado de Von Stauffen, en el exclusivo barrio de Beacon Hill.
Vestía un conjunto discreto de color negro, pantalón ajustado de cuero suave que no producía ruido al moverse y una chaqueta oscura donde llevaba ocultos su navaja de muelle, un juego de ganzúas de acero templado y una pistola Colt con silenciador.
Se deslizó entre las sombras de las grandes casonas victorianas, esquivando a las patrullas nocturnas de la policía local.
Llegó a la verja de hierro forjado que rodeaba la propiedad de Von Stauffen.
Dos guardias armados con fusiles patrullaban el patio delantero, mientras que los perros doberman daban vueltas por los jardines laterales.
Anie no intentó entrar por abajo. Su mirada analizó la fachada de la mansión: una gruesa tubería de desagüe de cobre subía desde el suelo hasta el balcón del segundo piso, justo donde se encontraba el despacho principal del barón.
Esperó a que la patrulla de guardias pasara de largo y que el viento hiciera crujir las ramas de los robles para enmascarar cualquier sonido.
Con la agilidad que había perfeccionado en las bodegas del SS Champlain y en los campos de entrenamiento de Blackwood, trepó por la tubería de cobre sin hacer el menor ruido.
Llegó al balcón, sacó las ganzúas de su bolsillo e introdujo las finas varillas de acero en la cerradura de la puerta cristalera. Con dos giros precisos del muñeca, los pistones cedieron con un leve "clic". Se coló en el interior del despacho y volvió a cerrar la puerta tras de sí.
La habitación olía a tabaco caro, madera de caoba y cuero. Anie sacó su pequeña linterna de petaca y enfocó el haz de luz hacia la pared principal. Detrás de un gran óleo que retrataba un paisaje alpino, encontró la caja fuerte encastrada en el muro de ladrillo.
Se arrodilló frente al mecanismo de combinación. Pegó la oreja a la puerta de hierro y comenzó a girar el dial con extrema lentitud, sintiendo las imperfecciones de los engranajes a través de las yemas de sus dedos.
Tres giros a la izquierda... dos a la derecha... uno a la izquierda.
Un chasquido sordo indicó que el mecanismo se había liberado. Anie tiró de la puerta de hierro. Dentro reposaban fajos de billetes de dólares, pasaportes falsos y, en el fondo, una libreta de tapas de cuero negro con el águila imperial estampada en la portada.
Agarró la libreta y comenzó a guardarla en su chaqueta. Pero en ese preciso instante, la puerta del despacho se abrió de golpe y la luz del techo se encendió, cegándola por un segundo.
—No te muevas, pequeña rata —resonó una voz grave.
En el umbral de la puerta estaba el barón Erich von Stauffen, flanqueado por dos guardias alemanes que la encañonaban con pistolas Luger.
—Sabíamos que la Inteligencia Americana intentaría algo esta noche —dijo Von Stauffen con una sonrisa helada, avanzando hacia el centro de la habitación—. Lo que no esperaba es que enviaran a una niña para hacer el trabajo de un soldado.
Anie no entró en pánico. Permaneció de rodillas junto a la caja fuerte, manteniendo las manos a la vista, mientras su mente fría calculaba las distancias y los tiempos de reacción de los tres hombres.
—Deje la libreta en el suelo y levántese despacio —ordenó el barón, sacando su propia arma—. No vas a salir de esta casa con vida.
—Se equivoca, barón —respondió Anie con una voz tan tranquila que hizo dudar por un milisegundo a los guardias—. El problema de ustedes es que siguen pensando que soy solo una niña.
En una fracción de segundo, Anie agarró con la mano izquierda la pesada puerta de la caja fuerte abierta y la cerró de golpe contra la pared con un estruendo metálico que hizo retumbar la estancia. Al mismo tiempo, se arrojó al suelo rodando hacia la izquierda.
Los guardias dispararon por instinto. Las balas atravesaron la madera del escritorio y destruyeron el cuadro de la pared, pero Anie ya no estaba allí. Desde el suelo, desenfundó su Colt con silenciador y efectuó dos disparos consecutivos.
Los dos impactos atravesaron los pechos de los guardias, que cayeron desplomados sobre la alfombra.
Von Stauffen, aterrorizado por la velocidad diabólica de la muchacha, intentó apuntar su Luger, pero Anie se incorporó como un muelle, le desvió el brazo de un golpe seco con el antebrazo y le asestó una patada brutal en el mentón.
El barón cayó de espaldas contra la mesa de caoba, soltando el arma y sangrando por la boca.
Anie lo encañonó directamente entre los ojos.
—La libreta me la llevo —dijo la joven de dieciséis años, con la mirada de un depredador—. Y la emisora de radio que tienen en el muelle siete va a volar por los aires dentro de una hora. Si intenta seguirme, la próxima bala irá a su cabeza.
Sin esperar respuesta, Anie recogió la libreta, saltó por la ventana del balcón hacia las ramas del roble más cercano y desapareció en la niebla de Boston antes de que las alarmas de la mansión comenzaran a sonar.
Aquella noche, la red de espionaje germana en la costa este fue desmantelada por completo. La emisora clandestina del puerto saltó en pedazos en una explosión controlada, y la libreta entregada por Anie permitió al FBI arrestar a más de una docena de saboteadores y traidores en altas esferas.
A la mañana siguiente, en el despacho de Arthur Pendelton, el veterano agente contemplaba el informe de la misión con una mezcla de asombro y orgullo.
—Has cumplido la misión a la perfección, Anie —dijo Pendelton, cerrando el expediente—. El Presidente y el Departamento de Guerra están impresionados. A partir de hoy, eres oficialmente la agente más valiosa de este servicio.
Anie, sentada frente a él con una taza de café caliente entre las manos y vestida con un elegante traje a medida que ocultaba las cicatrices de su cuerpo, miró por la ventana los rascacielos de Boston bañados por la luz del sol.
Había atravesado el infierno del Atlántico, había vencido a los hombres que intentaron destruirla y había conquistado su lugar en una tierra extraña en medio de la peor crisis de la historia. Nadie volvería a acorralarla. Nadie volvería a tratarla como a una víctima.
—¿Cuál es la siguiente misión, Pendelton? —preguntó Anie, dejando la taza sobre la mesa y esbozando una sonrisa de acero.
El juego apenas acaba de comenzar.