La espía de Boston Capítulo 3 Las calles de la Gran Depresión y la sombra del destino
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Capítulo 3 Las calles de la Gran Depresión y la sombra del destino

El SS Champlain avanzaba a escasa velocidad por las aguas gélidas de la bahía de Boston.

La niebla matutina, espesa como una cortina de humo, apenas dejaba entrever los contornos de los muelles de Charlestown.

Para Anie, encaramada en la plataforma de ventilación junto a la chimenea auxiliar, el aire olía distinto: una mezcla penetrante de carbón dulce, agua salobre y el tufo metálico de una gran urbe industrial.

Era el olor de Estados Unidos en 1932, una nación que se ahogaba en su propia miseria económica, pero que para ella representaba la única oportunidad de no ser sepultada.

Sabía que no podía desembarcar por la pasarela principal.

El capitán Breton y el oficial Vaneau, tullido y furioso por la pérdida de un ojo y la misteriosa desaparición de su sicario Mercier, habrían apostado a marineros en cada salida para atraparla antes de que pusiera un pie en suelo americano.

Tenía que actuar rápido, mientras la nave realizaba las complejas maniobras de atracado junto a las gabarras de carga.

Se ajustó la prenda raída que cubría su pecho ensangrentado.

La herida del costado le escocía con rabia a cada paso, pero su mente ignoraba el dolor.

Calculó la distancia entre la amura de babor y el muelle de madera carcomida que se aproximaba.

Cuando la embarcación estuvo a apenas cuatro metros del espigón, Anie no lo dudó.

Corrió sobre la cubierta resbaladiza, saltó la barandilla con la agilidad de una acróbata y se lanzó al vacío.

Voló sobre el agua helada y cayó de rodillas sobre las tablas húmedas del muelle.

El impacto le recorrió la columna como una descarga eléctrica, desgarrándole la piel de los nudillos, pero se puso en pie al instante.

Sin mirar atrás, ignorando los gritos lejanos de un oficial que la atisbó desde el puente de mando, la joven se internó en el laberinto de almacenes de aduanas, contenedores de madera y vagones de ferrocarril abandonados.

Treinta minutos después, Anie emergía a la luz grisácea de la ciudad de Boston.

Lo que encontró no era la tierra prometida de abundancia que vendían las postales comerciales en Europa.

Era un escenario de desolación urbana. La Gran Depresión había golpeado la Costa Este con la violencia de un cataclismo.

A lo largo de la calle Atlantic, cientos de hombres desempleados, con los abrigos raídos y los rostros marcados por la desesperanza, hacían colas kilométricas frente a los comedores sociales benéficos.

Familias enteras se hacinaban en las esquinas rodeando bidones de hierro donde quemaban basura para calentarse las manos.

Anie caminó despacio, mimetizándose con la multitud de desheredados.

Su aspecto —el cabello corto, la cara sucia de hollín, los pantalones de pana holgados y la mirada fría— la hacía pasar por un muchacho más de los barrios bajos.

Nadie le prestaba atención; en el Boston de 1932, una cara hambrienta más era invisible.

Durante los primeros tres días, la supervivencia volvió a ser su única ocupación. Sin un solo centavo de dólar en los bolsillos, la joven de dieciséis años recurrió al único recurso que nunca la fallaba: su astucia y su capacidad de observación.

Se instaló en los márgenes del distrito de North End, una zona dominada por la inmigración italiana y la sombra omnipresente de la mafia local, empoderada por los últimos coletazos de la Ley Seca.

Anie no mendigó ni una sola vez. En lugar de eso, observó la dinámica de los mercados de calle.

Descubrió que los camiones de reparto de verduras dejaban caer cajas desperdiciadas en los callejones traseros; aprendió a deslizarse entre los puestos del mercado para adueñarse de manzanas o pedazos de pan sin que los comerciantes sospecharan siquiera de su presencia.

Sin embargo, Anie no buscaba solo comida; buscaba información.

Aprendió rápido el inglés de la calle, absorbiendo las conversaciones de los estibadores, los periódicos tirados en la basura y los murmullos de los callejones.

Comprendió cómo funcionaba la ciudad: por un lado, las autoridades corruptas e impotentes ante la crisis; por otro, las redes de crimen organizado que controlaban el estraperlo de alcohol y el contrabando pesquero; y en medio,

una población desesperada dispuesta a cualquier cosa por un pedazo de pan.

Fue al quinto día cuando la rutina de la supervivencia dio un giro imprevisto.

Ocurrió en un callejón oscuro cercano al puerto fluvial del río Charles.

Anie reposaba sobre un montón de cartones en la penumbra de un almacén textil abandonado, intentando coser la herida de su costado con un hilo extraído de su propia chaqueta.

El silencio de la noche fue interrumpido por el sonido de pasos apresurados y el choque metálico de un forcejeo.

Asomándose con precaución por detrás de un contenedor de basura, Anie observó la escena.

Dos hombres corpulentos, vestidos con elegantes trajes oscuros y sombreros Fedora, tenían acorralado contra la pared a un hombre maduro de aspecto distinguido.

El tipo vestía una gabardina de buena calidad, llevaba gafas de montura de carey y sujetaba con desesperación un maletín de cuero negro apretado contra el pecho.

—Entrégalo, Miller —siseó uno de los matones, sacando del interior de su chaqueta un revólver con silenciador—. El jefe no tiene paciencia para diplomáticos de tres al cuarto. Sabíamos que los planos de la naviera salían hoy de la embajada.

—No sabéis lo que estáis haciendo... esto es alta traición —protestó el hombre maduro, cuya voz denotaba un pánico absoluto.

Anie analizó la situación en cuestión de milisegundos.

Los dos hombres del sombrero eran profesionales: uno apuntaba al corazón del diplomático mientras el otro se acercaba para arrebatarle el maletín.

El hombre de las gafas no tenía ninguna oportunidad de salir vivo; en cuanto le quitaran el documento, lo ejecutarían en aquel callejón sin dejar rastro.

A Anie no le importaba la política de los grandes despachos, pero vio una oportunidad única.

Aquel hombre distinguido no era un mendigo ni un estibador del puerto; era un pez gordo.

Salvando a ese hombre, podría conseguir lo que más necesitaba en Estados Unidos: protección, dinero y un papel de identidad real.

Su mente calculó los tiempos con una precisión matemática. Se agachó, recogió una botella de cristal vacía que yacía en el suelo y, sin hacer el menor ruido, rodeó el contenedor para aproximarse a la espalda del matón que sostenía la pistola.

El hombre del revólver estaba completamente concentrado en el maletín, confiado en que nadie interferiría en un callejón olvidado de los barrios bajos. No escuchó los pasos ligeros de la muchacha.

Anie se impulsó hacia adelante. Con un movimiento seco y brutal, estrelló la botella de cristal contra la base del cráneo del tirador. El cristal se hizo añicos con un sonido sordo. El hombre soltó un gemido ahogado, sus rodillas cedieron y el revólver cayó al suelo de adoquines.

El segundo matón, sorprendido por el ataque repentino, reaccionó intentando meter la mano en el bolsillo para desenfundar su propia arma.

Pero Anie ya estaba en movimiento. Se tiró al suelo, recogió el revólver con silenciador del caído y, antes de que el agresor pudiera sacar su pistola, le asestó un golpe tremendo con la culata pesada de acero en el tabique nasal.

El chasquido del hueso rompiéndose resonó en el callejón. El matón chilló de dolor, llevándose las manos a la cara sangrante, lo que Anie aprovechó para asestarle una patada certera en la rótula. El hombre se desplomó torpemente sobre su compañero inconsciente.

Anie puso el pie sobre el pecho del agresor herido, manteniéndolo encañonado con el revólver. Su mano no temblaba en absoluto. Tenía los ojos fijos en la presa, con la misma mirada calculadora y fría con la que había derrotado a los marineros en el SS Champlain.

El hombre del maletín, petrificado contra la pared, miraba la escena sin poder dar crédito a lo que sus ojos veían.

Un muchacho raído y escuálido, de no más de dieciséis años, acababa de desarmar a dos de los asesinos más peligrosos de las redes de espionaje que operaban en Massachusetts en menos de diez segundos.

—Dios santo... —balbuceó el hombre de la gabardina, reajustándose las gafas con manos temblorosas—. Has... lo has dejado fuera de combate. ¿Quién eres, chico?

Anie no bajó el arma. Miró al hombre detenidamente, midiendo cada uno de sus movimientos.

—No soy un chico —contestó ella en inglés, con un marcado y elegante acento francés que contrastaba violentamente con su atuendo podrido—. Y si quiere seguir respirando, le sugiero que salgamos de este callejón antes de que los amigos de estos dos vengan a buscar el maletín.

El diplomático parpadeó sorprendido al escuchar la voz femenina, pero la lucidez del peligro lo hizo reaccionar. Asintió rápidamente, estrechando el maletín de cuero contra su cuerpo.

—Tienes razón. Mi coche está a dos manzanas de aquí, en la avenida principal. Sígueme.

Anie recogió la segunda pistola del suelo, la guardó en su chaqueta y siguió al hombre manteniendo una distancia de seguridad, con la mano aferrada al gatillo de la que llevaba en el bolsillo.

Caminaron a paso ligero hasta llegar a un imponente coche Packard negro estacionado bajo una farola. Un chófer de hombros anchos abrió la puerta de inmediato al ver llegar a su jefe, pero se llevó la mano a la axila al ver a la muchacha desarrapada que lo acompañaba.

—Tranquilo, Thomas —ordenó el diplomático, haciendo un gesto con la mano—. Esta joven me ha salvado la vida. Sube, muchacha. Aquí estaremos a salvo.

Anie dudó un segundo, mirando la tapicería de cuero del vehículo. Era el contraste absoluto con las cloacas del SS Champlain y los cartones de North End. Finalmente, se deslizó dentro del coche, sentándose en el borde del asiento, en una postura de alerta constante.

El coche se puso en marcha, alejándose en silencio por las avenidas iluminadas por la luz del gas.

El hombre se quitó el sombrero, revelando un cabello canoso y unos ojos azules e inteligentes que no se apartaban de Anie.

—Me llamo Arthur Pendelton —dijo, extendiendo una mano curtida que la joven no estrechó—.

Trabajo para la División de Inteligencia Militar del Departamento de Guerra de los Estados Unidos.

O al menos, para la sección civil que se encarga de vigilar a las potencias extranjeras que intentan desestabilizar el país durante esta dichosa crisis.

Anie permaneció en silencio, observándolo con frialdad.

—Aquellos hombres —continuó Pendelton, señalando hacia atrás— eran agentes de una red internacional que intenta apoderarse de los planos de construcción de las nuevas bases navales en la costa este. Pensaban que yo era un blanco fácil. Se equivocaron... gracias a ti.

Pendelton se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas.

—He visto a muchos soldados en la Gran Guerra, muchacha. He visto a hombres entrenados congelarse bajo el fuego enemigo. Pero tú... te has movido con la precisión de un profesional consumado. Tu técnica no es de academia; es de pura supervivencia. ¿Cómo te llamas?

—Anie —respondió ella simplemente.

—¿Anie qué?

—Solo Anie.

Pendelton sonrió levemente, fascinado por la determinación que emanaba de la joven. Miró sus manos, desgastadas y sucias de hollín, la venda sangrante que se intuía bajo la chaqueta raída y la forma instintiva en que mantenía el control de la situación.

—Anie... no tienes papeles, no tienes dinero y has entrado en este país de forma ilegal, ¿me equivoco? —preguntó el agente gubernamental.

—Eso a usted no le importa —replicó ella con voz firme—. Le he salvado la vida. Cumpla con su parte y deme algo de dinero para comer, o bajaremos de este coche ahora mismo.

Pendelton soltó una pequeña risotada, admirado por la audacia de la chica.

—El dinero se acaba en dos días, Anie. En las calles de Boston, una chica sola con tu carácter terminará muerta o en la cárcel antes de que acabe el mes. Pero yo puedo ofrecerte algo mucho mejor.

Anie entornó los ojos, desconfiada.

—¿Qué cosa?

—Una vida. Una identidad real como ciudadana americana, un techo sobre tu cabeza, comida caliente y un propósito —Pendelton se volvió hacia ella con expresión seria—.

El gobierno de este país necesita personas como tú.

Gente que no exista en ningún registro, que sepa moverse en la penumbra, que hable francés perfectamente y que tenga la capacidad mental de mantener la calma en medio del infierno.

La Gran Depresión no solo ha traído hambre; ha traído buitres internacionales que quieren despedazar a esta nación.

Necesitamos agentes que puedan ir a donde nuestros hombres de corbata no pueden entrar.

Anie escuchó las palabras del hombre. Por primera vez en meses, su mente fría analizó un escenario donde no tenía que huir, donde no tenía que ocultarse entre la basura para no ser violada o vendida como esclava.

Era un camino peligroso, sí, pero era un camino de poder.

Un camino donde ella dejaría de ser la presa para convertirse en el cazador.

—¿Qué tendría que hacer exactamente? —preguntó la joven.

—Completar misiones especiales para el gobierno de los Estados Unidos —contestó Pendelton sin rodeos—.

Entrenarás duro durante seis meses. Aprenderás tiro de precisión, sabotaje, criptografía, combate cuerpo a cuerpo y el arte del engaño.

Y a cambio, serás libre. Serás intocable para la policía, para la aduana y para los criminales de este puerto.

El coche se detuvo frente a un imponente edificio de ladrillo rojo en las afueras de la ciudad, rodeado por altas verjas de hierro y custodiado por guardias armados.

Anie miró por la ventanilla las luces del edificio y luego miró a Pendelton.

Recordó la buhardilla miserable de Marsella, el intento de secuestro de Vaneau, la violencia de Grosz y el cuchillo de Mercier en mitad del Atlántico.

Toda su vida había sido una preparación inconsciente para este momento.

No tenía miedo a la violencia ni al peligro; tenía la fortaleza mental para dominar ambos.

—Si acepto —dijo Anie, apoyando la espalda contra el asiento de cuero—, yo pongo una condición.

Pendelton arqueó una ceja, divertido.

—¿Cuál?

—Nadie me da órdenes como a una sirvienta. Yo analizo el terreno y ejecutó el trabajo a mi manera. Si algo sale mal, la responsabilidad es mía, pero la decisión también.

Arthur Pendelton la miró fijamente durante un largo instante. Vio en los ojos grises de la joven de dieciséis años una resolución de acero que no había encontrado en docenas de reclutas masculinos del ejército.

—Trato hecho, Anie —dijo el agente, extendiendo de nuevo la mano—. Bienvenida al Servicio de Inteligencia de los Estados Unidos.

Anie miró la mano del hombre y, esta vez, la estrechó con un agarre firme y decidido. La niña huérfana de Marsella había muerto en las aguas del Atlántico; la espía más peligrosa de Boston acababa de nacer.