La espía de Boston Capítulo 2 El terror en las profundidades
8%

Capítulo 2 El terror en las profundidades

Tres días en alta mar convirtieron el SS Champlain en una prisión flotante de hierro, óxido y sombras.

Lejos de la costa, el Océano Atlántico mostraba su cara más hostil: olas monumentales de agua plomiza golpeaban los costados del buque con el estruendo de cañonazos, haciendo crujir los remaches del casco.

En las profundidades de la bodega, ocultada entre la penumbra y los sacos de grano, Anie aprendió a medir el tiempo por las vibraciones continuas de las máquinas y por los cambios bruscos de temperatura.

Su pequeña cantimplora de hojalata estaba prácticamente vacía, y los escasos pedazos de queso rancio que traía consigo se habían terminado la noche anterior.

El hambre era un animal mordaz que le atenazaba el estómago, pero la sed era infinitamente peor; le quemaba la garganta y le agrietaba los labios.

Sabía que no podía permanecer oculta por más tiempo sin arriesgarse a morir por deshidratación antes de avistar la costa americana.

Aprovechando la guardia de la medianoche, cuando el cansancio adormecía a los marineros y el rugido de la tormenta ahogaba cualquier ruido fortuito, Anie se escurrió fuera de su escondite en el pañol.

Se ajustó la gorra raída sobre el cabello corto y caminó pegada a la mampara metálica de la galería inferior.

El aire allí abajo era caliente, sofocante y saturado de un hedor rancio a grasa quemada y sudor acumulado.

Avanzó con sigilo por el pasillo estrecho iluminado por la luz tenue de las bombillas protegidas por rejillas.

Su objetivo era localizar una toma de agua potable cerca de la cocina o de los comedores de la tripulación de máquinas.

Cada paso lo daba con la precisión de un felino, apoyando primero la puntera de sus desgastadas botas para evitar crujidos en las planchas de hierro flojas.

Sin embargo, el destino en alta mar no perdona la menor imprudencia.

Al doblar un recodo cercano al taller de mantenimiento, una mano enorme y tosca emergió de la penumbra y la agarró con fuerza del brazo.

El impacto la estampó contra la pared de chapa.

Anie ahogó un grito de sorpresa mientras unos dedos gruesos como salchichas le aprisionaban la garganta, aplastándole la tráquea lo suficiente como para cortar el aire.

—Vaya, vaya... ¿pero qué tenemos aquí? —retumbó una voz grave y desagradable, con un marcado acento marsellés.

La luz de la bombilla iluminó el rostro de su captor.

Era un hombre de mediana edad, corpulento, de hombros anchos y rostro marcado por la viruela.

Vestía un mono de trabajo sucio de aceite y lucía el galón de segundo oficial de cubierta.

Se llamaba Vaneau, un individuo conocido en las tabernas de la costa francesa por sus turbios negocios de contrabando y tráfico de personas.

Vaneau apretó el agarre, haciendo que a Anie se le nublara la vista.

Con la otra mano, el oficial rebuscó con rudeza entre las ropas de la joven buscando dinero u objetos de valor.

Pero al tocar las vendas apretadas que cubrían su pecho, los ojos del hombre se abrieron de par en par con una mezcla de sorpresa y malicia podrida.

—Una rata escabullida... y resulta que es una rata hembra —se burló Vaneau, esbozando una sonrisa torcida que dejó al descubierto una dentadura mellada—.

Los polizones suelen terminar por la borda, niñita.

Pero contigo... contigo puedo hacer un negocio estupendo cuando lleguemos a los muelles de Baltimore.

Un tipo que conozco paga muy buena plata por muchachas jóvenes y sin papeles.

Anie sintió cómo un chispazo de adrenalina helada le recorría las venas.

La idea del encierro o de convertirse en mercancía humana activó de inmediato su instinto de supervivencia más primario.

La pánico duró solo una fracción de segundo; en su lugar, tomó el control una frialdad matemática.

Sabía que no podía vencer a aquel hombre mediante la fuerza bruta.

Pesaba el doble que ella y la superaba ampliamente en estatura. Tenía que usar la astucia.

Relajó el cuerpo de forma deliberada, simulando que se desmayaba por la falta de oxígeno.

Sus ojos se pusieron en blanco y sus brazos cayeron flácidos a los costados.

Vaneau, confiado en su aplastante superioridad, aflojó ligeramente la presión sobre su garganta y aflojó el agarre de su brazo para agarrarla por la cintura e izarla sobre su hombro.

Ese milisegundo de exceso de confianza fue su ruina.

Con la rapidez de una víbora, Anie abrió los ojos.

Introdujo la mano derecha en el bolsillo de su chaqueta, sacó la navaja de muelle y presionó el botón.

La hoja saltó con un chasquido metálico.

En lugar de apuñalar al oficial en el pecho —donde la gruesa tela del mono de trabajo podía frenar el impacto—, clavó la punta de acero con todas sus fuerzas en la muslo derecho del hombre, retorciendo el metal con rabia.

Vaneau soltó un alarido gutural de dolor y aflojó los brazos.

Anie no perdió un segundo: aprovechando la cercanía, le propinó un codazo feroz en la tráquea y, acto seguido, sacó del bolsillo interno una gruesa aguja de coser sacos de lona que llevaba guardada.

Con un movimiento certero y frío, le clavó la aguja en la parte inferior del ojo izquierdo.

El hombre lanzó un rugido desgarrador, llevándose las manos al rostro cubierto de sangre. Tambaleándose por la pérdida de visión y el dolor insoportable, cayó de rodillas contra el suelo de chapa.

Anie arrancó la aguja, guardó la navaja y corrió como el viento hacia la zona de ventilación.

Se escurrió por una estrecha escotilla metálica que conducía a los conductos internos de aire, desapareciendo en la oscuridad justo cuando los pasos apresurados de otros marineros comenzaban a resonar por el pasillo al escuchar los gritos de Vaneau.

Durante las siguientes doce horas, Anie no descansó.

Se arrastró por los angostos tuneles de ventilación del barco, con la cara pegada a la chapa fría y el corazón latiéndole en las sienes.

El oficial Vaneau había dado la alarma, inventando que un polizón armado y peligroso andaba suelto por la nave. La tripulación estaba en alerta.

Sin embargo, el hambre y sobre todo la necesidad de agua seguían estando presentes.

A la noche siguiente, la tormenta alcanzó su punto álgido.

El SS Champlain rodaba furiosamente entre olas de más de diez metros.

Los crujidos del casco eran tan intensos que parecía que la nave se fuera a partir en dos en cualquier momento.

Anie logró salir de los conductos y se refugió en la sala de máquinas auxiliar, un espacio abarrotado de tuberías de vapor a alta presión, bielas gigantescas y bombas de achique.

El estruendo de los motores era ensordecedor.

Pensó que allí estaría a salvo por unas horas, pero el destino tenía reservada otra trampa.

Oculto entre la penumbra de los tanques de combustible, la esperaba un segundo marinero: un gigante polaco llamado Grosz, cargador de carbón y compinche de Vaneau. Había estado vigilando los accesos inferiores por orden del oficial herido.

Antes de que Anie pudiera reaccionar, Grosz saltó sobre ella.

La derribó contra el suelo de rejilla metálica.

El impacto le sacó todo el aire de los pulmones.

El hombre, borracho de ginebra barata y cegado por la brutalidad, se abalanzó sobre ella, desgarrándole la chaqueta con sus manos sucias de hollín.

—A ver si te mueves tanto ahora, maldita rata —gruñó Grosz, aprisionándole las muñecas contra el suelo con una sola mano mientras intentaba desabrocharse el cinturón con la otra.

El hedor a alcohol y a sudor agrio sobre la cara de Anie era sofocante. El miedo intentó paralizarla, pero la voz interna de la muchacha gritó con fuerza: ¡Lucha, Anie! ¡No dejes que te toque!

El barco sufrió en ese instante una sacudida brutal. Una ola gigantesca golpeó el babor del carguero, haciendo que la nave se escorara peligrosamente más de treinta grados. La rejilla del suelo se inclinó y varios barriles de aceite sueltos rodaron violentamente.

Grosz perdió el equilibrio por un instante, desplazando su peso hacia un lado para no caerse.

Anie aprovechó el bandazo del barco. Reuniendo la fuerza de todo su cuerpo, flexionó las piernas y le asestó una patada brutal con el tacón de su bota en los testículos.

El marinero emitió un gemido sofocado y se dobló de dolor.

Liberando las manos, Anie estiró el brazo deseperadamente hacia su derecha.

Sus dedos rozaron el mango de hierro de una pesada llave inglesa de mantenimiento que yacía olvidada junto a una tubería.

Agarró la herramienta con ambas manos, se incorporó sobre sus rodillas y, aprovechando el movimiento de recuperación del buque, propinó un golpe seco y contundente con la llave en la sien izquierda del gigante.

El sonido del metal contra el hueso fue sordo, apenas audible sobre el estruendo de los motores. Grosz se desplomó hacia adelante como un saco de patatas, quedando inconsciente sobre el charco de aceite del suelo.

Anie se levantó temblando, respirando con dificultad. Se arregló la ropa destrozada, recogió la llave inglesa por si acaso y miró al hombre caído. No estaba muerto, pero no se levantaría en varias horas.

Sin embargo, el verdadero peligro aún no había pasado.

El capitán del SS Champlain, un tipo despótico y despiadado llamado Breton, había comprendido que la presencia de la joven polizón amenazaba con destapar las actividades ilegales que la plana mayor del barco realizaba en el puerto de Marsella.

Si la chica llegaba a suelo americano y hablaba con las autoridades de aduanas, todos irían a la cárcel.

Breton envió a su hombre de confianza, un sicario a sueldo llamado Mercier, con órdenes estrictas: encontrar a la muchacha y tirarla al mar antes del amanecer.

Esa misma noche, mientras la tormenta empezaba a amainar pero la visibilidad seguía siendo nula debido a la densa niebla marina, Anie tuvo que subir a la cubierta superior.

Necesitaba desesperadamente llegar a las balsas de salvamento o a la zona de carga donde sabía que había bidones de agua de reserva.

Al salir al aire libre, el viento helado le azotó la cara. La cubierta resbalaba por la mezcla de agua de mar y hielo.

De pronto, una silueta elegante y silenciosa emergió de detrás del puente de mando. Era Mercier. Vestía un gabán oscuro y sostenía en su mano derecha un largo cuchillo de caza con la hoja mella y afilada.

—Se acabó el juego, pequeña —dijo Mercier con una tranquilidad escalofriante. No había furia en su voz, solo la frialdad de un profesional de la muerte—. El océano es muy grande. Nadie echará de menos a una mocosa huérfana.

Mercier avanzó despacio, cortándole el paso hacia la escala que bajaba a las bodegas. Anie retrocedió paso a paso, midiendo la distancia con los ojos. A su espalda solo estaba la borda del barco y el abismo del Atlántico embravecido.

—No tienes a dónde ir —añadió el asesino, dando un paso rápido y lanzando un estocada directa al abdomen de la joven.

Anie realizó una finta hacia la izquierda. La hoja de acero le rasgó la tela de la camisa a la altura de las costillas, rozándole la piel. El dolor fue agudo, pero no la detuvo. La muchacha no intentó huir; sabía que en aquella cubierta resbaladiza el sicario la alcanzaría tarde o temprano.

Uso la propia arquitectura del barco en su favor. Se desplazó hacia la zona de las cadenas del ancla de popa, donde la cubierta estaba llena de cabrestantes, tensores de acero y poleas pesadas.

Mercier se lanzó de nuevo sobre ella, esta vez con una puñalada descendente destinada a atravesarle el cuello.

Anie no se echó hacia atrás: se dejó caer de rodillas sobre el suelo helado.

La hoja del cuchillo cortó el aire vacío sobre su cabeza.

Desde el suelo, Anie agarró el extremo de una gruesa maroma de maniobras que estaba enrollada en el tambor del cabrestante y la tiró con todas sus fuerzas entre las piernas del asesino.

Mercier tropezó con el cabo tenso. Perdió el equilibrio debido al balanceo del buque y cayó de bruces contra la maquinaria pesada.

Su rostro impactó de lleno contra el borde de hierro de una de las poleas.

El golpe fue devastador. El cuchillo salió volando de sus dedos, cayendo por la borda hacia las profundidades del mar.

Desorientado y sangrando copiosamente por la nariz y la boca, Mercier intentó incorporarse. Pero Anie no le dio opción. Con una determinación feroz, la joven empujó con el pie la palanca de liberación del freno del cabrestante de la cadena auxiliar.

La pesada estructura de hierro se desplazó con violencia, golpeando de lleno al sicario en el tórax y empujándolo hacia la abertura de la borda.

Mercier lanzó un grito ahogado mientras su cuerpo salía despedido por encima de la barandilla, desapareciendo en medio de la oscuridad y de las aguas heladas del océano.

El silencio volvió a adueñarse de la cubierta, roto únicamente por el silbido del viento y el golpe de las olas.

Anie se apoyó contra el trinquete, jadeando. Se tocó el costado sangrante y miró hacia el horizonte oscuro. Estaba herida, exhausta y al límite de sus fuerzas físicas. Pero estaba viva. Había sobrevivido al secuestro, a la agresión y al intento de asesinato. Nadie la había quebrado.

Permaneció escondida los siguientes cuatro días en la chimenea auxiliar fuera de servicio, alimentándose de pequeñas galletas rancias que logró sisar de la despensa durante un descuido del cocinero y bebiendo el agua de la condensación.

Al decimotercer día de viaje, el silbato del SS Champlain resopló tres veces.

Anie se asomó por una pequeña rendija de la superestructura.

A través de la niebla matutina, la silueta majestuosa pero sombría de los rascacielos de Boston comenzó a emerger en la distancia.

El puerto americano se abría ante ella: un laberinto de grúas, chimeneas de fábricas y barcos de todos los rincones del planeta.

Había dejado atrás las cenizas de Francia y había vencido al Atlántico. A sus dieciséis años, Anie pisaría tierra firme como una superviviente absoluta, lista para enfrentar las sombras de la Gran Depresión y el destino inesperado que la aguardaba en las calles de la Costa Este.