31 Robin #10
Nunca había tenido la fuerza suficiente como para arrastrar a Robin de un lado a otro, pero durante los últimos meses había aprendido a mandarse jiya por la sangre a su antojo.
Lo levantó como si no fuese más grande que Izumo y lo sacó de la sala.
No lo soltó hasta que se detuvieron en el porche que daba al patio.
Mientras los numuwu trabajaban en el restaurante, Nagasa, Ayumi y Daniel estaban jugando sobre la hierba primaveral.
—Mira. —Misaki señaló a Daniel por el patio—.
Míralo. —Robin obedeció—. Ese es tu hijo —dijo Misaki, con la voz de pronto sobrecogida por la emoción—.
Ahora bien, no tengo ni idea de lo desafortunadas que fueron las circunstancias que rodean su nacimiento y tampoco sé qué mal te persigue, pero no tiene importancia.
Aunque su vida sea dura, aunque todo esto acabe de forma tan espantosa como te imaginas, no vas a arrepentirte de él. Nunca vas a arrepentirte de él.
Robin se quedó mirando el patio sin responder. Nagasa estaba manipulando una bola de nieve y moviéndola en zigzag mientras Ayumi y Daniel se apresuraban a atraparla, trastabillaban el uno con el otro y se reían a gritos.
—No puedo asegurarte que todo vaya a salir bien —dijo Misaki—.
Ninguno de los dos seguimos siendo tan ingenuos, pero lo que sí puedo decirte es que disfrutes del tiempo que tengas con ese niño en vez de malgastarlo con la preocupación y el arrepentimiento.
Puede que te queden veinte años con él. Quizá solo sean dos.
Si malgastas ese tiempo, si te lo pierdes, entonces cuando acabe te sentirás el mayor imbécil que jamás haya existido.
—Misaki tardó un momento en darse cuenta de que estaba llorando.
Había pasado mucho tiempo desde que había llorado por Mamoru.
Ver a Robin allí con su hijo volvió a sacar esa emoción a flote.
Él no alargó el brazo hacia ella. Esa versión nueva y adulta de Robin no era tan lanzada, pero notó su calor tirándole de la piel—.
¿ Qué… eh…? —Tragó saliva y se secó los ojos con la manga—. ¿ Qué tal tu dedo?
—¿Cómo?
—Déjame que le eche un vistazo. —Le arrebató la mano antes de cambiar de opinión.
—Oh… —soltó Robin en cuanto sus pieles se tocaron—. N-no hace falta que…
—Mi marido me pidió que comprobase si habías sufrido algún daño —respondió Misaki con voz pastosa.
Apenas se estaban tocando, Misaki le estaba sujetando el meñique entre el índice y el pulgar, pero quemaba.
—¿Y bien? —preguntó Robin—. ¿Mis vasos sanguíneos están en orden?
—Eso parece —contestó Misaki, pero no lo soltó.
Le rodeó el meñique con el índice y los entrelazaron, oscuro y claro, caliente y frío.
En ese momento, supo que habría otra cosa que no desaparecería jamás.
Siempre amaría a Robin, de la misma forma en que siempre echaría de menos a Mamoru.
Por mucho que hubiesen cambiado las cosas, eso seguía igual.
Dolía. Por los Dioses de las Profundidades, dolía, pero no la consumió.
Después de tanto tiempo, había aprendido a soportarlo como una mujer.
—Pasé mucho tiempo arrepintiéndome —admitió—.
Tenía un hijo brillante, unas amigas que me querían y una familia entera que fue creciendo a mi alrededor.
Pero estaba demasiado obcecada en mi arrepentimiento como para valorarlo.
No tomé las riendas de esa vida hasta que todo empezó a escapárseme de las manos y fue demasiado tarde.
—Lo siento mucho —dijo Robin—. Ojalá pudiera hacer algo para…
—No lo sientas —contestó Misaki con firmeza—.
Tú solo prométeme que no cometerás el mismo error que yo.
Eso es lo que puedes hacer por mí. Es lo único que te pido, Robin Thundyil.
—Al otro lado del patio, Daniel estaba soltando unos grititos de alegría mientras Nagasa lanzaba otra bola de nieve y corría para atraparla—.
Si ese niño se perdiese tenerte como padre, sería el mayor desperdicio del universo.
Robin se marchó de Takayubi al día siguiente.
Observar a Daniel despedirse de los niños Matsuda fue una distracción bastante entretenida del amasijo de emociones que se enredaron en el interior de Misaki.
Una de las cosas que había olvidado sobre los niños tajaka era lo mucho que les gustaban los abrazos.
Nagasa, Izumo y Ayumi se lo tomaron razonablemente bien, solo se quedaron petrificados un instante por la sorpresa antes de lograr esbozar una sonrisa y darle unas palmaditas a Daniel en la espalda.
Hiroshi se quedó recto como el palo de una escoba, con los labios entreabiertos por una indignación absoluta, cuando el pequeño tajaka lo abrazó con fuerza.
Por un momento, a Misaki le preocupó que una estaca de hielo estuviese a punto de atravesarle el pecho a Daniel, pero al final Setsuko rescató a Hiroshi y levantó a Daniel para abrazarlo con entusiasmo.
—¡Hasta pronto, cosita extraña! —Le revolvió el pelo corto a Daniel, que se le quedó levantado en un montón de ángulos raros—. Vuelve pronto, ne?
Setsuko dejó a Daniel a los pies de su padre y se despidió de Robin de forma más reservada; luego se llevó a Ayumi y a los hermanos para concederles un momento a Misaki y a Robin.
—Volveré a visitaros —declaró Robin mientras se peleaba con Daniel para meterlo en el portabebés de tela—. Si seguís dispuestos a recibirme… y si sigo en el reino de los vivos.
—¿Cómo que « si » ? —preguntó Misaki con brusquedad—. Me hiciste una promesa, ¿no te acuerdas?
—¿Qué?
— Hace años, en Livingston, el día que luchamos contra Yaotl Texca, me prometiste que no dejarías que te matasen. Bueno, pues me da igual en lo que te hayas metido, pienso obligarte a cumplirlo. ¿Te queda claro, Thundyil?
—Como el agua. —Robin le dedicó una sonrisa, pero se desvaneció un instante después—. Ojalá tuviese igual de claro qué hacer ahora.
—Te diré lo que vas a hacer. Vas a volver a casa, usarás esos millones de la empresa Thundyil para construir una vida buena y estable para tu hijo y te pondrás manos a la obra.
—¿Manos a la obra?
—Sí. Imagino que tendrás que ponerte al día de muchas cosas para pelear contra el crimen.
—¿Estás segura de que esa es la solución?
—No —admitió—, pero una vez vi cómo la idea del Pájaro de Fuego convertía a un chico en un hombre. Cuando regreses a esas calles y recuperes el motivo por el que empezaste a recorrer este camino, creo que recobrarás tu fuerza.
—Gracias —musitó.
Un dolor familiar volvió a alzarse entre ambos, una necesidad ardiente de abrazarse, reprimida por el saber que no podían hacerlo.
Se quedó ahí, tirando de ambos cuando se miraron a los ojos.
No temblaron, ni tampoco gritaron o se echaron a llorar como cuando eran adolescentes.
Soportaron su peso como el hombre y la mujer que habían llegado a ser.
—Maduremos más para la próxima vez que nos veamos —dijo Misaki con determinación.
—¿Cómo?
—No me refiero solo a en edad. Seamos mejores, más sabios y listos para la próxima.
Robin asintió y volvió a intentar meter a Daniel en el portabebés.
—¡No, Pita ! —protestó Daniel mientras intentaba apartarle los brazos a Robin de un manotazo—. ¡No, no!
—Yah jaand ka samay hai —le respondió Robin a Daniel con seriedad en disaninke—. Bobito, está demasiado lejos como para que vayas andando.
—Arriba —dijo Daniel tras hacer un puchero y levantar los brazos hacia su padre.
—¿Te vas a sujetar?
—Sí —aceptó el niño.
—Vale. —Robin se guardó el portabebés de tela en el morral y se subió a Daniel a los hombros—. Agárrate fuerte, pequeñín —le recordó, y Daniel se apresuró a sujetarle el pelo a Robin—. Que el nyama sea contigo, Matsuda Misaki.
—Y contigo, Pájaro de Fuego.
—Di «adiós», Daniel —indicó Robin, e hizo el gesto de despedirse.
—¡Adiós! —exclamó el pequeño a la vez que meneaba la mano en algo parecido a una despedida—. ¡Adiós! —no dejó de repetir conforme Robin salía del recinto de los Matsuda y descendía el camino de la aldea hacia el cielo rojizo—. ¡Adiós!
La última vez, Misaki le había hecho daño a Robin. Había sentido como si le hubiese partido las alas y lo hubiese despeñado para precipitarse a las brumas de la memoria. Esa vez, con Daniel sobre los hombros, sintió como si lo estuviese dirigiendo hacia el futuro. Como si tuviese alas.
Misaki los observó hasta que Robin y su hijo desaparecieron por la ladera.
Al verlo partir hacía dieciséis años, lo había hecho con un nudo en el interior, los puños apretados y tensa por el dolor.
Cuando se marchó, había sentido una sensación de que se quedaría completamente sola.
Esa vez, unos pies descalzos cruzaron el porche en su dirección y una mano suave le sujetó el índice.
—Gracias, Izumo —murmuró.
Su hijo pequeño estiró los brazos hacia ella, Misaki lo levantó y le apoyó la mejilla en la cabeza a medida que el cielo se teñía de rojo. Izumo estaba dando cabezadas con un dedo metido en la boca para cuando un aura más fría se materializó detrás de Misaki.
—¿Ya se ha ido? —preguntó Takeru. Misaki se las apañó para asentir con rapidez, con la mirada todavía clavada en el sol que se hundía—. Lo siento, quería estar aquí para despedirme.
—Sueles volver más pronto —afirmó ella—. ¿Dónde estabas?
—He ido a visitar a Kwang Tae-min. ¿Sabías que Robin Thundyil acaba de pagar a Comunicaciones Geomijul para reemplazar todas las torres de comunicación que fueron destruidas?
—¿Que ha hecho qué?
—También le preguntó a Kwang Tae-min qué empresas de construcción le recomendaría para asfaltar buenas carreteras y erigir un orfanato nuevo. Y después las contrató.
—Supongo que no me sorprende —suspiró Misaki.
—Ah, ¿no?
—Siempre ha tenido debilidad por los huérfanos. Como hemos rechazado su dinero, tenía que hacer algo con él.
—Sabía que era pudiente —respondió Takeru—, pero parece que lo he subestimado.
—Este tipo de cosas son propias de él —respondió Misaki—. Incluso antes de que pudiese permitírselo, era generoso hasta decir basta.
—No solo es generoso. —Takeru negó con la cabeza—.
También es listo. La construcción dará trabajo a los numuwu y koronu que no lo tienen a corto plazo.
Y a largo plazo, las torres y las carreteras serán de gran ayuda para traer clientes y suministros a los negocios que estamos intentando poner en marcha.
—Qué bien —afirmó Misaki—. En el futuro podremos saldar la deuda.
No le sorprendió que Robin hubiese encontrado una forma de ayudar a sus espaldas; de todas formas, seguían siendo Matsuda. Seguían teniendo su orgullo.
—Por supuesto —contestó Takeru—. Me… —Pareció escoger las palabras con cuidado—. Me pareció importante que hablásemos con Robin Thundyil en persona sobre lo que ocurrió tras la tormenta. Siento si te ha incomodado que estuviese aquí.
—No —respondió Misaki con sinceridad—. No, es un viejo amigo. No he estado incómoda. Solo que me sorprende que le permitieses volver después de… después de la última vez que lo vimos.
—Eso pasó hace mucho tiempo —afirmó Takeru—. Aun así, siento si te resultó doloroso.
—¿P-por qué habría de…? —Misaki miró a su marido, sorprendida.
—No soy estúpido —contestó él con suavidad.
—¿Y aun así has dejado que viniera? —Apretó los labios y notó que las mejillas se le sonrojaban por la culpabilidad.
—Confío en ti.
Con los últimos vestigios del sol rozándole la piel a un lado y el frío de Takeru al otro, Misaki se quedó fascinada por el abanico de emociones que podía sentir.
No solo le había sorprendido darse cuenta de que todavía amaba a Robin.
Lo que le parecía extraño era que pudiese estar enamorada de él y de Takeru a la vez.
A lo largo del último año se había quedado perpleja al percatarse de cuánto dolor podía albergar dentro; sin embargo, hasta que no estuvo de pie en el porche de entrada con Takeru a su lado e Izumo en brazos, nunca había estado llena de tanto amor.
Quizá fuera esa la «razón» que había estado buscando Robin, esa magia simple que la mantuvo entera. El amor por lo que tenía y por lo que había perdido. El amor a pesar del dolor.
—¿Habéis… disfrutado de poneros al día? —preguntó Takeru.
—Sí. Siento que al final no tuviese información más concreta sobre nuestro asesino.
—No le pedí que viniese solo por eso.
—Ah, ¿no?
—Yo… no quise abandonarte al silencio. —Takeru pareció escoger las palabras con cuidado—. Dieciséis años y ni siquiera pudiste despedirte.
Misaki se volvió hacia su marido con una sonrisa.
Era distinta de la sonrisa del frenesí del combate que solía iluminarle la cara al recorrer los callejones a toda velocidad, persiguiendo las llamas de Robin; era una más serena.
En esa época, lo único que quería era bullir, quemar, volar y sentir.
Eso era antes de haber conocido el dolor, antes de haber visto arder el cuerpo de su hijo.
Ahora, apreciaba la fría estabilidad del poder de Takeru.
—Todavía tengo trabajo por hacer —declaró Takeru, e hizo amago de irse—. Te dejaré con… —Misaki le sujetó la manga entre el índice y el pulgar.
—Quédate —respondió en voz baja, y tiró de él hasta que sus cuerpos se apoyaron el uno contra el otro—. Quédate a ver conmigo el atardecer.
El rojo se desvaneció del cielo como la sangre que se destiñe con el mar, dejando solo el azul de las olas vespertinas.
Las sombras se acurrucaron en los contornos de la ladera y, en lugar de tensarse al sentir el nyama de Takeru, Misaki se sumergió en él y dejó que la enfriase a medida que la luz del día se transformaba en el crepúsculo.
Espiró y los últimos vestigios de los fantasmas se disiparon.
No solo el de Mamoru. Ahí también había habido otros espíritus: el de una adolescente salvaje y el del chico al que amó, que también desaparecieron en ese momento y se trasladaron al reino de la memoria al que pertenecían, donde podrían descansar.
Conforme los espíritus se desvanecían, también lo hicieron las últimas ataduras que la habían encadenado al horizonte durante tantos años, que se disolvieron como hilillos de sangre en el agua.
Misaki se dio la vuelta hacia su casa y su marido. Izumo parpadeó en sus brazos y le dedicó una sonrisa. Por primera vez en su vida, el futuro no ardía en un horizonte distante. Estaba ahí, en un corazón que latía con suavidad y en la brillante promesa de unos ojos negros.