31 Robin #9
—Coloca la mano sobre la mesa. —Robin levantó el brazo derecho—. La izquierda —indicó Misaki—. No sé hasta qué punto es seguro. No quiero causarte daños permanentes en tu mano dominante.
La advertencia era un último recurso desesperado para que Robin se achantara, pero no lo hizo.
Asintió y apoyó la mano izquierda sobre la mesa, con la palma hacia arriba.
Misaki no lo tocó, simplemente dejó la mano suspendida sobre la de Robin y extendió su jiya hacia ella.
No estaba segura de si fue Robin o ella quien emitió ese sonido, pero se escuchó un fuerte grito ahogado cuando su hielo se topó con el calor interno de Robin.
Fue ahí, en las profundidades del poder entrelazado de ambos, cuando de verdad se dio cuenta de lo mucho que había cambiado Robin.
De joven, el nyama de él había saltado y crepitado contra el suyo de forma dolorosa, pero placentera.
En algún punto de su camino, Robin se había topado con un sufrimiento que no pudo transformar en alegría, algo que lo había destrozado.
Ese algo seguía alojado en lo más hondo de su interior, era pesado como el metal fundido, más ardiente que el fuego, pero carecía del resplandor jubiloso de una llama.
El Robin Thundyil que conocía se había ido.
Misaki, claramente, también había cambiado.
Su poder, que solía danzar por la superficie del mundo de forma libre y superficial, se sumergió entonces en las profundidades de las venas candentes de Robin y adoptó la misma intensidad que ellas.
La mayoría de jijaka no podían controlar un líquido tan caliente como la sangre de un tajaka; sin embargo, Misaki siempre había recibido el calor con los brazos abiertos, así que hizo que su jiya penetrase en la circulación de Robin para apropiarse de sus venas.
—Ahora… —Misaki notó que le temblaba la voz—. Intenta cerrar el puño.
Robin obedeció y ella tiró de su dedo meñique con todas sus fuerzas. Durante un espantoso momento, sintió los músculos de Robin forcejear y luego convulsionar, se le retorció el meñique y ella le liberó la sangre con un grito ahogado.
En cuanto Robin echó la mano hacia atrás, Misaki se desplomó hacia delante.
Se había quedado agotada debido al esfuerzo, pero por la cara de Robin, vio que había funcionado.
Se sujetó al borde de la mesa con los brazos temblorosos y Takeru le apoyó una mano en el hombro.
Su roce la calmó y mitigó los llameantes espasmos de dolor que le recorrieron el cuerpo; no obstante, no apartó la mirada del rostro de Robin.
—Fue justo eso —dijo—. Eso fue lo que me hizo… en todo el cuerpo.
—¿En todo el cuerpo? —preguntó Misaki con incredulidad. Solo se había apoderado del meñique de Robin y había acabado hecha polvo.
— Creía que vuestras casas eran lo más cerca que podían estar unos theonitas de los dioses. —Robin levantó la vista hacia Misaki y Takeru.
—Y lo somos —contestó Misaki.
—Entonces, creo que… —Robin bajó la mirada a su mano—. Creo que puede que haya cabreado a un dios. —Daba la sensación de que iba a vomitar.
—Robin… —soltó Misaki con reticencia, fue casi una súplica, como si pudiese hacer regresar al chico que había conocido, que nunca había parecido tan aterrado. Quería disculparse por haber sacado ese miedo a la superficie. Él se lo había pedido, pero aun así lo lamentaba—. Robin, yo…
—Disculpad. —Robin se levantó demasiado rápido, sus movimientos, por lo general elegantes, fueron inestables—. Gracias por su ayuda, Koro Matsuda. —Hizo una reverencia sin dejar de aferrarse a la mano que Misaki había controlado—. Solo necesito… Disculpad. —Salió de la habitación.
—Tu amigo es muy raro —soltó Takeru a la vez que lo seguía con la mirada.
—Sí.
—Deberías ir a buscarlo.
—¿Takeru-sama?
—No sabemos qué efectos puede causarle esa técnica. Asegúrate de que no le haya pasado nada, por favor.
Misaki asintió y se levantó para seguir a Robin.
Se lo encontró en la sala de estar, arrodillado frente al santuario de la familia, con las fotos de Mamoru y Takashi mirándolo desde arriba.
La foto de Takashi era antigua, del día que se casó con Setsuko.
Tenía un porte majestuoso, aunque Misaki sospechaba que cuando se la sacaron estaba un poco piripi, pues un indicio de sonrisa nada característica de los Matsuda le tiraba de una comisura de los labios.
La foto de Mamoru era reciente, del que nadie supo que sería el último día de la foto escolar en la Academia Kumono.
Estaba sentado con la espalda recta, llevaba el uniforme del colegio y se estaba esforzando demasiado por parecer serio.
Misaki creía que era una representación perfecta de su hijo: un chico con talento suficiente como para no tener que esforzarse mucho en nada, pero que aun así se había esforzado en todo más que cualquiera, hasta el final.
Robin no había conocido a Mamoru ni a Takashi.
Eso bastaba para crear un agujero extraño en el universo, un fantasma por derecho propio.
Robin ya había visitado el santuario y había rezado el primer día que pasó en Takayubi.
No tenía motivos para estar allí arrodillado, observando las fotos.
Ni siquiera los había conocido. Aun así, se quedó mirándolas con una intensidad ardiente a medida que se sujetaba la mano izquierda con la derecha para frotarse el dedo que Misaki había manipulado.
—¿Y si vuelve a ocurrir? —preguntó en voz baja—. ¿Y si no puedo proteger a Daniel?
Misaki apretó los labios durante un instante antes de responder.
—Quizá no puedas hacerlo.
—¿Cómo vivo con eso? —Robin levantó la vista hacia ella—. ¿Cómo pudiste hacerlo tú? ¿Cómo lo hicisteis todos vosotros?
— No existe un «cómo», Robin —suspiró Misaki—. No se trata de un duelo ni de una pelea callejera. No existe un método decisivo para salir ileso, ningún hielo que te proteja de ello, ningún fuego que pueda consumirlo. Lo sabes. Ya has perdido familia antes.
—No como tú… —Robin negó con la cabeza—. He sido un mal amigo. Debería haberte preguntado por él antes. Incluso aunque no quisieras hablar del tema, al menos podría haberte preguntado, como hiciste tú con mi mujer. Debería haberte preguntado cómo era.
A Misaki no le molestó que se le hubiese pasado por alto. No es como si no pudiese hablar de Mamoru, pero aún dolía. Siempre dolería.
—Si tanto te arrepientes de no haber preguntado, ¿por qué no lo has hecho? —inquirió a la vez que ponía los brazos en jarras.
—Porque tengo miedo —contestó Robin mientras se daba la vuelta para mirar la foto de Mamoru—. Tengo miedo de que haya sido increíble. Tengo miedo de que haya sido tan brillante como tú, y fuerte y valiente y todo lo que podía ser.
—Lo era —contestó Misaki con suavidad.
—¿Y no importó? —preguntó Robin.
—Sí que importó —respondió ella con ferocidad—. Al final, él hizo que importase. En esta aldea hay gente que solo sigue viva gracias a que él fue todo lo que podía ser, y aun así…
Aun así, él seguía muerto.
No tuvo que pronunciarlo en voz alta. La idea quedó flotando a su alrededor.
Misaki había aprendido a cargar con ese peso, a seguir adelante con su vida, a cocinar, a limpiar y a jugar con sus hijos que seguían vivos mientras esa idea continuaba flotando, callada pero presente. Robin pareció ceder bajo su peso.
—Misaki… —Cuando se giró para mirarla, tenía los ojos cálidos empañados de lágrimas—. Lo siento mucho.
—Venga, Robin. —Trató de sonreír—. Ya eres mayorcito. No llores.
—Esto no tendría que haberte pasado a ti.
—No tendría que haberle pasado a nadie. —Misaki negó con la cabeza.
—¿Qué he hecho, Misaki? —preguntó Robin conforme una lágrima le bajaba por la mejilla—. ¿Qué he hecho?
— No lo sé —respondió ella, e intentó mantener un tono desenfadado—.
No pareces estar dispuesto a explayarte.
Lo único que he oído son tonterías sobre un dios Titiritero de Sangre.
Siempre has sabido que en tu profesión te enfrentarías al peligro.
Incluso entendías, hasta cierto punto, que eso afectaría a quienes tuvieses a tu alrededor. Esto es…
—No pretendía tener un hijo —confesó Robin—. Ya había decidido que no lo tendría.
—¿De qué hablas? Siempre quisiste hijos. —Incluso a los dieciséis, Robin había mencionado que quería tenerlos.
—Esto no va sobre lo que yo quiera, Misaki; mi vida, mis responsabilidades, se han vuelto demasiado peligrosas para un crío.
—¿No lo han sido siempre? —preguntó Misaki. Solo que él no había querido verlo. Ninguno de los dos había querido verlo.
—Puede ser —suspiró—, pero hasta hace poco, por irónico que suene, hasta que Daniel nació, creí que podría adquirir la fuerza suficiente como para proteger a mis seres queridos de cualquier cosa.
Ahora veo que no es cierto. Y es demasiado tarde.
—Se sujetó la cabeza, hundió los dedos en el pelo corto y apretó las manos en un puño—.
Fue un error. No pretendía dejarla embarazada.
No pretendía que hubiese un niño. Todo esto ha sido un error.
—No digas eso.
—Pero…
—¡Va en serio! —exclamó Misaki, que ahora sí que estaba enfadada—.
Ni se te ocurra repetirlo. No delante de mí y mucho menos delante de Daniel.
—Robin alzó la vista y la miró sorprendido a medida que continuaba—.
Puede que tengas razón. Puede que hayas tomado las peores decisiones posibles, pero eso no va a cambiar el hecho de que ahora estás aquí, igual que tu hijo.
¿De verdad crees que tratar su existencia como un error os va a hacer un favor a cualquiera de los dos?
—Yo…
—Levanta —suspiró Misaki.
—¿Qué…?
— Sígueme. —Le sujetó la parte delantera del kimono.