31 Robin #8
—Mira que eres raro, Robin. —Misaki se sacudió el agua de las manos y se bajó las mangas—. Jamás entenderé cómo puedes perdonar a la gente con la que discrepas tanto.
—Es fácil —declaró Robin—. Si tú, mi hermano y Elleen no fueseis como sois, entonces yo no estaría vivo para discutir con ninguno de vosotros.
Al tercer día, Misaki y Takeru por fin sacaron tiempo para sentarse y hablar con Robin en privado. Los estudiantes de Takeru se habían ido a casa y Setsuko estaba vigilando a los niños en el patio, lista para apagar a Daniel si sus poderes amenazaban con prenderle fuego a algo.
—Thundyil-san quiere hacernos unas preguntas a los dos sobre una de sus investigaciones —explicó Misaki a su marido—. ¿Estás de acuerdo?
—Es nuestro invitado. Por supuesto.
—Adelante. —Misaki asintió a Robin.
—Me gustaría saber más sobre los poderes de las grandes casas de Shirojima.
Misaki se lo tradujo y, si había alguien lo bastante acostumbrado para identificar las sutiles variaciones en las expresiones de Takeru, ese era Robin. Percibió el temor del hombre mayor antes de que empezase a hablar siquiera.
—No pretendo inmiscuirme en sus secretos —se apresuró a decir—. Jamás intentaría arrebatarle información que pertenezca a su linaje o al de Misaki. Lo cierto es que mi investigación se centra más en averiguar si otra persona ya lo ha hecho.
—Mochiron, Thundyil-san wa watashitachi no kettou-jutsu no himitsu wo nusumu tsumori wa nai desu —interpretó Misaki—. Kare wa hokano dareka ga sudeni sono kettou-jutsu wo nusanda kamo shirenai to omotteimasu.
Takeru accedió a escuchar las preguntas de su invitado.
Cuando Misaki terminó de traducir, Robin se sacó dos paquetes del morral y los desenvolvió para revelar la plancha de metal que contenía cada uno.
Al dejarlas sobre la mesa, ella se dio cuenta de que eran las dos mitades de la cabeza de un hacha tosca que parecían haberse partido en dos.
— La primera técnica sobre la que me gustaría preguntarle es la Espada Susurrante —anunció Robin—. ¿Alguna vez alguien ajeno a su familia ha sido capaz de replicar ese hielo, uno capaz de atravesar metal?
Misaki sabía que la respuesta era «no»; aun así, se lo tradujo a Takeru por educación.
— Kare, saisho ni kiita no wa Sasayaiba desu. Matsuda igai ni Sasayaiba ga tsukaeru hito imasuka?
—Mochiron, imasen desu —respondió Takeru—. Nanto bakana shitsumon desuka.
— No —contestó Misaki, sin hacer caso al «Qué pregunta tan estúpida» que había añadido Takeru al final—. El hielo capaz de atravesar metal es exclusivo del linaje Matsuda.
— Kore wa sono kinzoku hen to nani ka kankei arimasuka?
— Siente curiosidad por saber qué tiene eso que ver con esos trozos de metal.
—Conocía al hombre a quien pertenecía esta hacha —declaró Robin—. Soy consciente de que está hecha de un metal inferior, que dista mucho del acero Kuruma o Kotetsu, pero fue el hielo lo que la partió en dos. Lo vi con mis propios ojos.
— Kono ono wa kouri de kirimashita —repitió Misaki a medida que Robin deslizaba los dos trozos de metal por la mesa para que Takeru pudiese examinarlos—. Thundyil-san wa jishin no me de mimashita.
— Al hombre que la empuñaba también lo partieron en dos, por si es relevante —informó Robin mientras Takeru recorría el metal con los dedos—, era un fankatigi descomunal. Era un buen hombre. Un buen guerrero.
— Sono ono wo tsukatta-hito mou sono kouri de kiranakatta. Sono hito wa fankatigi deshita. —Hizo una pausa y luego añadió—: Fankatigiwu wa hagane yori kirunoga muzukashii. — Explicó que, de acuerdo a su experiencia, por lo general costaba más atravesar músculo de un fankatigi que cortar metal.
Takeru miró el metal que sostenía entre las manos con el ceño fruncido.
—Kore wa Sasayaiba no shiwaza jyanai desu.
Misaki echó un vistazo a su marido y luego se volvió hacia Robin.
—Dice que ese corte no es obra de una Espada Susurrante.
—¿Está seguro? —preguntó Robin.
—Honki desuka? —tradujo Misaki.
Takeru le echó una mirada un tanto ofendida a Robin como respuesta. Después, lanzó un trozo de la cabeza del hacha al aire. A medida que bajaba, la Espada Susurrante apareció en su mano y la partió en dos.
—¡Guau! —exclamó Robin, sorprendido.
Cuando la Espada Susurrante se evaporó, una mitad de la cabeza aterrizó hábilmente en la palma de Takeru. La otra salió disparada hacia Robin, que logró atraparla en el aire sin cortarse con el filo.
Con una mirada burlona, Takeru le enseñó su trozo a Robin para que viese la superficie completamente lisa producida por el corte de la Espada Susurrante.
—Oh… —Robin pasó la vista del trozo de metal que sostenía Takeru al que tenía él. El corte de la Espada Susurrante había creado una superficie semejante a un espejo, mucho más limpio que el original—. Ya veo.
— Aru jutsu kono mura de futsuu ni tsukawanai… —respondió Takeru.
—Existe una técnica jijaka que no suele practicarse en esta aldea —interpretó Misaki conforme su marido continuaba— en la que el combatiente usa agua o hielo para impulsar una hoja de metal. ¿Puede que el asesino hubiese empleado algo así?
—Puede…
— Toui minami ni sono jutsu wo umaku tsukaeru jijaka ga sundeiru. Yongseom ni iru to omoimasu.
— Si quieres encontrar a personas que dominen esa técnica, tendrás que adentrarte mucho más al sur. Mi marido te recomienda que vayas a la ciudad de Yongseom.
—Gracias —respondió Robin—. Lo investigaré. También quería preguntar por otra técnica.
—Claro. ¿De qué se trata?
—Háblame sobre el Títere de Sangre.
— ¿ Cómo? —Misaki se quedó mirándolo, estupefacta.
— Kare ima donna kettou-jutsu kikimashita? — preguntó Takeru al observar la expresión de su mujer. «¿Qué acaba de preguntar?».
—Tsusano Kettou-jutsu… Chiningyo —contestó Misaki.
— Sou desuka? —Takeru puso una expresión divertida antes de sugerirle que le explicase a su amigo la diferencia entre una técnica ancestral y una historia de terror.
— Hai — titubeó Misaki, y luego se giró hacia Robin—. Los Titiriteros de Sangre son un mito.
—Lo sé —dijo Robin—, pero tú dame el gusto, aunque sea por el bien de la discusión, ¿vale? Si existiera, ¿podría surtir efecto en un tajaka? —Había empezado a masajearse el brazo sin darse cuenta—. ¿O en un fonyaka?
— Oh, sí. —Misaki no tenía que preguntarle a Takeru por la técnica, la que podía manipular sangre era ella—. Supongo que funcionará como cualquier otra técnica de sangre. Surten más efecto en quienes no son jijakalu, con personas que tienen un control limitado sobre su líquido corporal.
—Estupendo.
—No obstante, como ha dicho Takeru, es imposible. Mi padre es el manipulador de sangre más diestro desde hace generaciones, y hasta él dice que no es más que un cuento. Nunca se ha documentado ningún caso, solo rumores.
—Lo sé.
—En alguna parte hay un «pero», ¿verdad? —preguntó Misaki—. Robin, ¿qué viste?
—No se trata de algo que haya visto u oído —declaró—; de lo contrario, no estaría molestándoos con estas preguntas. Me ocurrió a mí. Yo mismo la sentí.
—Kare nanto iimashita? —preguntó Takeru, y Misaki lo puso al día de la conversación. Como era lógico, compartía su escepticismo, pero no era propio de Robin inventarse cosas. Se lo comentó a Takeru.
—Esto va a sonar raro… —Robin miró a ambos jijakalu—. ¿A alguno le importaría darme su mejor golpe?
—¿Disculpa?
— Por favor —contestó Robin—. Necesito que uno de los dos intente dominar mi sangre. Necesito volver a sentirlo para estar seguro de que eso fue lo que me pasó.
—Yo no… —Misaki se volvió hacia Takeru, inquieta e insegura, y se lo tradujo para ver qué le parecía la petición.
— Sonna koto suru to wa sugoku abundai desu. Shinakute ga iinjyanai desune —respondió Takeru y frunció el ceño con fuerza—. Aku no jutsu desu.
— Mi marido dice que es mejor no jugar con esa clase de cosas —tradujo Misaki— y… Robin, me temo que estoy de acuerdo con él. Esa técnica encierra maldad.
—Por favor —suplicó Robin—. Creo… —Inspiró—. Creo que así fue como mató a mi esposa.
Misaki se quedó callada y con la vista clavada en Robin hasta que Takeru la animó a hablar. Se lo tradujo de forma vacilante y Takeru le pidió que se explayase.
—Era una de las guerreras más rápidas que he visto nunca —explicó Robin—. No podría haberla golpeado a no ser que estuviese inmovilizada. Yo debería haber podido levantarme y hacer algo, pero fui incapaz de moverme. Por favor, necesito saber por qué no pude moverme.
—Oh… —Misaki tuvo que tragar saliva con fuerza antes de traducir.
Takeru se quedó mirando a Robin durante un buen rato y poco después dijo:
—Ayúdalo.
—¿Cómo? —Misaki abrió los ojos de par en par.
—Si ese poder yace en alguna parte de ti, si tienes un ápice de titiritera de sangre, creo que deberías hacer lo que te pide.
—Pero…
—Lo intentaría yo mismo, pero ambos sabemos que no está dentro de mis capacidades. Mi jiya está limitado al agua más pura. —Misaki asintió.
»Nunca te obligaría a hacer esto —añadió Takeru—, pero si es tu amigo, creo que deberías intentarlo. Tu habilidad para manipular la sangre es comparable a la de cualquier Tsusano antiguo. Si no le echas una mano, puede que nadie más sea capaz de hacerlo.
—Tienes razón —contestó.
—¿Y bien? —Robin pasó la vista entre Misaki y Takeru.
— Sigo pensando que no es buena idea —declaró Misaki—, pero mi marido cree que debería ayudarte.
—Ah, ¿lo vas a hacer tú ? —preguntó Robin, sorprendido.
—Takeru no puede manipular sangre. Si vamos a seguir adelante con esto, tengo que ser yo quien se encargue.
Robin parecía inquieto.
—¿Todavía sigues queriendo intentarlo? —preguntó Misaki.
Pareció armarse de valor antes de responder:
— Si se puede, sí.
—Para serte sincera, no estoy muy segura —contestó Misaki—. Tendrás que darme tiempo para prepararme y voy a necesitar que te quedes muy quieto.
Decidió intentarlo con una parte del cuerpo que no tuviese mucha sangre para apoderarse del control de la circulación con facilidad. Tenía que ser una extremidad lo bastante alejada del corazón de Robin, donde su nyama era más fuerte.