La espada de Kaigen 31 Robin #7
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31 Robin #7

Pese al riesgo de incendio, tener a Daniel por allí fue una maravilla.

La mayoría de los niños se quedaban por lo menos un rato inquietos e incómodos al estar en un sitio lleno de extranjeros, pero parecía que vivir con Robin lo había acostumbrado a estar con gente y en lugares que no conocía.

Para cuando acabó el primer día, el pequeño tajaka ya estaba jugando con Nagasa y Ayumi como si fuese un primo más.

A Izumo, que era dolorosamente vergonzoso, le costó un día más hacer migas con él, pero Daniel insistía tanto en ser simpático y en balbucearle en una mezcla de lindés y disaninke que Izumo no entendía, que al final tiró la toalla y salió de su cascarón.

El único a quien no llegó a caerle en gracia el alegre hijo de Robin fue Hiroshi. No le dirigió la palabra a Daniel, sino que se limitó a mirarlo como si fuese una especie de animal callejero que tenía que tolerar en casa por obligación.

—Al menos podrías intentar ser amable con él —sugirió Misaki una mañana durante el desayuno—. Es solo un niño, como tú.

—Huele raro —contestó Hiroshi sin emoción—, como un numu sin asear.

—Así es como huelen todos los tajakalu —afirmó Misaki—. No es más que humo.

—Es un humo raro —respondió él—. No me cae bien.

—Ese no es motivo para ser grosero, Hiro-kun.

—Se parece a un fonyaka. —Hiroshi frunció el ceño aún más.

—Somos nosotros los que nos parecemos a los fonyakalu, Hiro-kun. —Misaki se rio—. Daniel tiene la piel oscura como un tajaka y el pelo liso y corto como un carythio. No se parece en nada a un fonyaka.

—¿De qué habláis? —preguntó Robin al haber escuchado el nombre de su hijo en la conversación.

—De nada importante —contestó Misaki a la vez que hacía un movimiento con la mano para restarle relevancia—. Por algún motivo, Hiroshi cree que tu hijo se parece a un fonyaka.

—Oh. —Robin le levantó las cejas a Hiroshi—. Chico listo.

—¿Qué?

—No pensaba sacar el tema… por razones obvias —respondió con arrepentimiento—, pero…

—Bajó la voz—. Daniel es un fonyaka, o al menos es un cuarto de fonyaka.

Su madre era medio fonyaka… y él ha sacado su nariz.

—Le dedicó una sonrisa a Hiroshi que el gélido niño de seis años no le devolvió—. Buen ojo, chico.

— Él tampoco me cae bien —soltó Hiroshi sin rodeos, lo bastante consciente como para saber que Robin no podía entenderle.

La sonrisa de Robin se atenuó cuando miró a Hiroshi a los ojos, pero no su amabilidad. Misaki no pudo disculparse en condiciones por el comportamiento de su hijo hasta bien entrada la tarde, cuando los niños se habían acostado.

—No es un niño especialmente simpático, pero por lo general suele tratar con respeto a sus mayores —dijo mientras apilaba los palillos, las sartenes y los boles de arroz sucios—. No sé qué mosca le habrá picado hoy.

—Da igual —la tranquilizó Robin a medida que dejaba en el suelo la palangana que le había pedido que fuese a buscar.

—Bueno, pues a mí no. —Misaki se retiró las mangas, se las ató y tiró con fuerza de los trozos de tela, frustrada—. No pretendo criar niñatos.

—Qué dura —respondió Robin cuando Misaki abrió la ventana de la cocina y extrajo agua del depósito para pasarla a la palangana.

Mientras Takeru, Kwang Tae-min y Kotetsu Katashi se estaban dejando la piel para devolverle el agua corriente a Takayubi, el fregadero de la cocina de los Matsuda seguía siendo demasiado inestable como para lavar los platos.

Cuando el cubo estuvo lleno, Robin calentó el agua con una mano.

Con la otra, fue levantando los platos de la pila de uno en uno y los metió en el cubo.

Misaki hizo girar el agua caliente con la mano derecha.

Cuando percibía que un plato del fondo del cubo estaba limpio, lo recuperaba con la izquierda, le sacudía el agua y lo dejaba en la pila de platos limpios.

—Si está demasiado caliente, avisa —indicó Robin a medida que el vapor ondulante se elevaba del cubo—. No quiero quemarte.

—Por favor —contestó Misaki, irritada—. Tampoco te hagas ilusiones.

Esos breves instantes en los que sumergía la mano en busca de un plato hicieron que estuviesen más cerca de tocarse de lo que habían estado en quince años.

Casi demasiado cerca. A Misaki le habría preocupado el rubor que adquirieron sus mejillas, aunque lo más probable es que apenas hubiese luz suficiente para verlo.

Además, era una reacción normal al calor.

Después de que Robin llevase un buen rato en silencio, Misaki levantó la vista para mirarlo a la cara y lo sorprendió con los ojos clavados en sus antebrazos. Normalmente, el kimono tapaba las cicatrices, pero llevaba las mangas recogidas.

—Dan miedo, ¿eh? —Esbozó una sonrisita de satisfacción mientras sacaba un bol de arroz del cubo—. ¿A que parezco peligrosa?

—¿Son de cuchillos? —preguntó él al mismo tiempo que ladeaba la cabeza en dirección hacia las líneas zigzagueantes.

—Abanicos con cuchillas. —Misaki lanzó el bol en el aire y transformó las gotas de agua en vapor a medida que daba vueltas—. Si puedes creerlo. —Atrapó el bol de arroz al vuelo y lo apiló con el resto. Por un momento, el único sonido que hubo entre ambos fue el suave murmullo del agua que giraba.

— ¿ Cuánto vio? —preguntó Robin al fin.

— ¿Qué?

— Hiroshi… Durante la «tormenta»… ¿Vio la pelea?

—Peor —contestó Misaki, y le contó a Robin lo que Hiroshi había hecho durante el ataque—.

No entiendo a ese chiquillo —admitió con cansancio—.

Llevo sin hacerlo desde que era un bebé.

A todos los Matsuda se los cría para convertirse en guerreros, pero es como si él ya hubiese nacido preparado para matar.

Ya sabes cómo soy; siempre he tenido una faceta violenta, un pequeño ápice de oscuridad dentro que quiere matar.

Pero Hiroshi… no sé qué más lleva dentro .

Me preocupa que lo único que tenga sea ese impulso fuerte y violento.

—¿Eso crees?

—Si no, ¿por qué iba un niño de cinco años a asesinar a un hombre?

—¿Para proteger a su madre? —sugirió Robin en ese tono tan característico de él, como si creer en lo mejor de los demás fuese sencillo y evidente.

—No lo sé…

—Te acuerdas de mi hermano Rakesh, ¿verdad?

—Claro. —El gemelo idéntico de Robin nunca había formado parte de su grupo de amigos, pero había asistido a varias clases con Misaki.

—Hizo cosas inconcebibles para que los dos sobreviviésemos en Disa, cuando éramos pequeños. No creo que se pueda juzgar a un niño con demasiada dureza al ser tan joven y estar bajo tanto estrés…

—Nunca he dicho que lo culpase —contestó Misaki—. Por lo que respecta a todo el mundo, él hizo lo correcto; cometió una acción que cualquier koro adulto estaría orgulloso de reclamar. Es solo que… me da miedo, Robin. No consigo evitar sentir que le he fallado de algún modo.

—¿A qué te refieres? Conociéndote, estoy seguro de que hiciste todo lo posible por protegerlo.

—No, no es… Quiero decir, pues claro que me arrepiento de haber sido débil.

Como todo guerrero. Pero va más allá. Mi marido es un luchador extraordinario, pero no creo que se recree con la violencia.

No del mismo modo que hago yo o… que hacía cuando era joven.

Si Hiroshi siente alguna clase de inclinación arraigada hacia la violencia, la ha heredado de mí.

Debería ser yo quien lo ayudase a dominarla.

Por otro lado, también es insensible y distante como su padre, así que en realidad nunca he podido conectar con él.

Ahora ha matado a un hombre y no sé qué hacer al respecto.

Lo miro y es como si siguiese tumbada debajo de ese fonyaka…

sigo sin poder hacer nada para salvarlo.

—¿Le has dicho que lo perdonas? —preguntó Robin—. ¿Que, a pesar de eso, lo quieres?

—¿Por qué iba a necesitar que lo perdonase? Me protegió. Con lo mucho que se parece a un Matsuda en miniatura, puede que acabase tomándoselo como un insulto.

—Quizá. Aun así, necesita saber que lo perdonas.

—¿Eso crees?

—Sabes que sí.

En el silencio que siguió, Misaki se dio cuenta de que Robin tenía razón. Cuando ella creía que era una asesina, fue la firme creencia que tuvo Setsuko en su bondad lo que la había sacado de la oscuridad. Seguro que, hasta cierto punto, todo el mundo compartía esa necesidad.

—Tú no dejes de quererlo —dijo Robin—. Yo hice lo mismo con mi hermano y acabó convirtiéndose en una persona normal… —Ladeó la cabeza—. Bueno… casi.

A Misaki se le escapó una risa al recordar cómo los gemelos Thundyil solían discutir con saña sobre cualquier cosa, desde dinero hasta política y técnicas de combate.

—No puedes fingir que estás de acuerdo con cómo ha salido.

—Aun así, le debo la vida —contestó Robin con seriedad—, en todos los sentidos. No solo pude crecer gracias a él… También pude hacerlo con las manos limpias. Da igual lo insoportable que fuese, da igual lo mucho que nos peleásemos, sabía que le estaba agradecido. Tengo que pensar que eso ayudó.

—Bueno, pues nosotros somos Matsuda —respondió Misaki a la vez que recuperaba otro plato—. Ninguno hemos salido de esto sin mancharnos las manos.

—¿A cuántos mataste?

—Para cuando acabó la noche, a nueve. —Levantó la vista hacia Robin y el agua del cubo giró más despacio—. ¿Qué, no me vas a soltar un sermón?

—Tenías que proteger a tu familia.

Misaki asintió con rigidez. Se preguntó si él sabría lo mucho que significaban esas palabras para ella… saber que no la despreciaba. Santa Nami, tenía razón, ¿no? El perdón sí que ayudaba.

—En realidad, creo que debería darte las gracias.

—¿A mí? —preguntó Misaki. La había tomado desprevenida.

—Siempre insistías en que habrías matado a alguien para protegerme, y ahora sé que iba en serio. Valoro que mantuvieses a raya ese impulso durante todo nuestro trabajo en Livingston. Debió de haber sido difícil, teniendo en cuenta la tesitura en la que te puse.