La espada de Kaigen 31 Robin #6
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31 Robin #6

—Decirle a la gente que estábamos casados es más fácil, suscita menos preguntas —suspiró Robin—.

No fue más que una ceremonia local en el pueblo en el que nos estábamos ocultando en ese momento.

No entendí ni la mitad de las palabras. Ni siquiera sé si fue jurídicamente vinculante.

—Negó con la cabeza como si estuviese intentando deshacerse de los recuerdos—.

Aunque he de decir que me alivia estar aquí y ver que estás empezando a congeniar con tu marido.

—Lo siento —respondió Misaki—. Siento que no tuvieses la oportunidad de hacer lo mismo.

Robin soltó una aproximación dolorosa de su risa de siempre.

—Hablo como si hubiese tenido planes de construir una vida con la madre de Daniel, pero tampoco creo que hubiera podido hacerlo con ella. Era… una persona particular, no le iba mucho eso de asentarse y tener una familia.

—Ya veo. —Al notar el dolor de Robin, Misaki trató de cambiar de tema—. Entonces, si te fuiste de Hades el año pasado, ¿dónde has estado entretanto?

—Por ahí. —Robin se encogió de hombros. Intentó explicarse sin especificar mucho, dijo algo sobre despistar a gente para que no lo siguieran e investigar eso o aquello en Yamma, Disa y las islas Taiyang.

Era evidente que había estado de aquí para allá desde que había nacido Daniel, como un pájaro que acababa de toparse con un peligroso depredador en tierra y ya no estaba dispuesto a posarse en ningún sitio.

Tenía miedo—. Me siento mal —confesó—. Tu marido llevaba intentando contactar conmigo desde hace un tiempo antes de que recibiese uno de sus mensajes. Puede que no sea el único…

—Robin, tienes que volver a casa —espetó Misaki.

—¿En serio? —Robin levantó las cejas—. Cuando vine me había hecho a la idea de que no tardarían en echarme, pero no creía que ibas a ser tú quien lo hiciera.

—No seas crío —replicó Misaki con más aspereza de la que pretendía—. No me refiero a ahora mismo. Por lo que a mí respecta, aquí siempre eres bienvenido y puedes quedarte todo lo que quieras, pero este no es tu hogar. Livingston sí.

—Técnicamente, mi patria es Disa.

—Pero en Livingston renaciste, te sentiste pleno, al igual que yo renací aquí.

—¿Y tú, te sientes plena? —No había ningún desafío o resentimiento en la pregunta, solo preocupación.

—Sí. Me siento plena —respondió Misaki, y lo decía en serio. Por primera vez en su vida, cuando miró a Robin a los ojos y lo dijo, fue cierto.

La plenitud, como había aprendido, no era la ausencia de dolor, sino la capacidad de soportarlo.

—Livingston te convirtió en quien eres. Y nunca serás tan tú como cuando estás en esas calles. No sé qué haces correteando por todo el mundo como si esperases encontrar fuerzas en otro sitio.

—Puede que tengas razón —suspiró—. No debería haber ido a Hades. Solo se puede hacer un número limitado de buenas acciones en un lugar que en realidad no te pertenece.

—Mira —dijo Misaki—. Voy a hablar con mi marido y te dejaremos hacer todas las preguntas que quieras con una condición.

—¿Cuál?

—Que cuando acabemos vuelvas a casa, a Livingston, y te serenes.

—Robin no dijo nada, sino que se limitó a asentir.

Los dos se quedaron un rato en silencio.

Izumo se había dormido en el regazo de Misaki—.

¿Quieres hablarme de ella? —A Misaki le resultó más sencillo de lo que creía pronunciar esas palabras.

—Ojalá pudiera.

—¿A qué te refieres?

—Ojalá tuviera cientos de historias que contarte sobre ella. —La voz de Robin sonaba tranquila y distante—. Pero apenas la conocía. Planeaba hacerlo. Al menos, pensaba intentarlo…

—Entonces, ¿qué pasó? —preguntó Misaki—. ¿Padecía alguna enfermedad?

—No. Murió como una koro.

—Maldita sea, Robin. —Misaki se percató de que había soltado un suspiro.

—¿Qué?

—Es solo que… durante todos estos años, pocas cosas me consolaban.

Solía mirar hacia allí. —Señaló con la cabeza el horizonte visible a través de la puerta de la sala de estar—.

Al sol. E imaginaba que, en algún sitio, eras feliz.

Que, de algún modo, lo estabas consiguiendo.

Que habías encontrado a una chica lo bastante buena como para tratar tu corazón con ternura y lo bastante dura como para seguir el ritmo de todo lo que contenía, y que tenías la familia que siempre habías querido.

—Vaya. —Por un instante, Robin pareció conmovido y luego le dedicó una sonrisa divertida a Misaki—. Bueno, pues no era una suposición muy razonable.

—Pero me hacía feliz.

—Santo Falleke, Misaki. —Robin soltó una risa—. ¿Qué ha sido de mi amiga la cínica empedernida?

—Maduró —contestó Misaki con la barbilla levantada con obstinación.

—Ja, ja. Ya lo veo.

—¡Misaki! —Setsuko la llamó desde el pasillo y después se presentó en la puerta de la sala de estar—. Oye, siento interrumpir, pero ¿te importaría ayudarme con la cena? Lo haría yo misma, pero tenemos compañía y no quiero que sea un desastre.

—Claro. —Misaki se disculpó, se recolocó a Izumo en la cadera y se levantó. —Cuando salió de la sala de estar, Daniel pasó a toda prisa y Misaki lo sujetó por la parte trasera del kimono rojo—. Daniel —susurró, agachándose hacia él—. Tengo que encargarte una tarea importante.

—¿Cuál?

—Ve y dale un abrazo a tu padre.

Daniel pareció quedarse desconcertado un momento, pero fue y le rodeó los hombros a Robin con los brazos.

Esa noche, Misaki entró en su dormitorio con ganas de preguntarle a Takeru en qué demonios había estado pensando al invitar a Robin a su casa.

Como era de esperar, no estaba allí. Entrenar a alumnos en el dojo significaba que Takeru tenía que terminar su trabajo en el ayuntamiento bien entrada la noche.

Misaki no conseguía recordar cuándo fue la última vez que se había acostado antes que ella.

En ese momento estaría en su despacho, trabajando con ahínco.

Como sabía que no se tomaría bien que lo interrumpieran, decidió esperarlo para que pudiesen hablar.

Se acercó el farol, sacó sus labores y empezó a coser en busca de algo que la mantuviese despierta.

No funcionó. Unos waatinu después, apenas fue consciente de unas manos frías quitándole el hilo y la aguja de los dedos y dejándolos a un lado antes de apagar el farol.

La oscuridad cayó y un frío familiar la envolvió como un manto de nieve.

Cuando se despertó con la luz del amanecer, Takeru estaba profundamente dormido a su lado.

El canto de los pájaros resonó entre la niebla en el exterior cuando se arrodilló y pensó en despertar a su marido.

Takeru era una persona inteligente, pero solía tener puntos ciegos en lo referente a las emociones humanas.

¿De verdad no sabía lo que sentía por Robin?

Apoyó la mano sobre su corazón que latía de manera constante y decidió que él tenía que saberlo.

Había visto la forma en la que Robin y ella se habían mirado aquel día, hacía dieciséis años, y no era estúpido.

Su mente retrocedió a ese momento vertiginoso en el que había bajado la Espada Susurrante y dejado su cuello al descubierto. ¿Esa situación era igual? ¿Era algún tipo de prueba?

—¿Qué estás haciendo, mi amor? —murmuró en la quietud de la mañana.

Su marido, que seguía profundamente dormido, no tenía respuesta.

Takeru estuvo tres días hasta arriba de trabajo administrativo y con el dojo.

Robin se pasó buena parte de ese tiempo tratando de ayudar a los hombres numu con la construcción.

Al ser un koro, no se le daba muy bien emplear su taya para soldar, y además tenía que enfrentarse a la barrera lingüística.

Cuando sintió que estaba entorpeciendo, empezó a seguir a Misaki y a Setsuko por ahí y les preguntó con qué podía echar una mano, algo que a Setsuko no dejaba de hacerle gracia.

—Soy padre soltero —explicó cuando Misaki le pasó un poco de cebollino para que lo cortase en rodajas y a Setsuko le dio un ataque de risa—. Y, si Daniel se parece en algo a mí, cuando crezca se convertirá en un pozo sin fondo. Tendré que aprender a cocinar en condiciones más tarde o más temprano.

Misaki se lo tradujo a Setsuko y eso solo hizo que se riera aún más.

— Kare ippai kane ga aru jyanai ka?

—¿Qué acaba de decir?

—Pero ¿tú no estás forrado? —interpretó Misaki.

—¿Los ricos no tienen permitido cocinar?

—Bueno, los hombres ricos, no.

—¡Si ni siquiera sabe sujetar el cuchillo! —Setsuko se partió de risa.

—No le hagas caso a Setsuko —siguió Misaki de forma tranquilizadora—. Tu comida no puede ser tan espantosa como la suya.

Cuando hubieron mezclado las verduras, el huevo, la harina y la carne con la masa, Setsuko seguía negando con la cabeza.

—Creía que nunca vería a un noble cocinar.

—Bueno, pues te lo has estado perdiendo —espetó Misaki a medida que vertía la masa en una sartén—. Atenta. —Le tendió la sartén a Robin, que colocó la palma debajo del metal y empezó a cocinar el okonomiyaki con cuidado.

—¿Quéééé? —exclamó Setsuko, pasmada, y luego le dio un manotazo a Robin en el brazo sin hacer caso a la sartén ardiendo que tenía en las manos—. ¡Debería quedarse para siempre, Thundyil-san! ¡Nos ahorraríamos una fortuna en gas!

Ver a Setsuko ligar con Robin era una de las cosas más raras que Misaki había tenido que procesar últimamente. Aunque Setsuko ligaba con mucha gente, así que Misaki decidió que no iba a darle importancia.

—Mantén eso a cuarenta y seis grados Koumbia —le indicó a Robin—. Voy a llamar a los niños. Ahora vuelvo.

A Nagasa, que en ese momento tenía cuatro años, le habían encomendado que vigilase de cerca a Daniel y que lo extinguiese si echaba a arder, pero por ahora no había hecho falta. El pequeño takaja estaba jugando a pasarse una pelota con Ayumi.