La espada de Kaigen 31 Robin #4
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31 Robin #4

—Ahora, cada vez que pienso en él, pienso en todos esos cadáveres que Kalleyso dejó a su paso…

eran hijos e hijas de alguien. Nunca lo reconocí.

—Se había portado igual de mal que el coronel Song y sus soldados, que vieron a los guerreros caídos de Takayubi como meras piezas perdidas en un juego—.

Así que necesito disculparme. Siento haberme tomado tu vida como un juego.

—Nunca te lo he echado en cara, Misaki.

—¿Cómo es posible? —preguntó, incapaz de creerle—. ¿Cómo puedes ser tan indulgente?

—No había forma de que pudieses haberlo entendido. Es imposible hasta que lo vives en tus propias carnes. Lo sé.

—Eso no hace que esté bien.

—No, pero así son los seres humanos. Desde que empecé a concebir la idea del Pájaro de Fuego, supe que nadie lo entendería.

Pero daba igual. Tenía que hacerlo. Tuviste suficiente fe en mí como para adentrarte conmigo en el peligro, incluso sin entender el porqué. Y siempre te estaré agradecido por eso.

—Sabes que no era solo cuestión de fe —contestó Misaki en voz baja.

—De todas formas, me siento halagado.

Era lo más cerca que se atrevían a aludir a lo que había ocurrido entre ellos, a lo que habían sido.

—Misaki, ya que estamos intercambiando disculpas, siento no haber…

—Pero claro, Robin no podía decirlo. No podía decir que debería haberla sacado de allí.

Suspiró—. Para ser alguien cuyo trabajo a tiempo completo es intentar ayudar a la gente, a veces…

se me da de pena dar con la mejor forma de hacerlo. Siento haberte fallado de algún modo.

Misaki no sabía qué decir. No podía repetirle las cosas que le había dicho a Robin la última vez que se habían visto: que no lo quería, que era inferior, que había malinterpretado su relación.

No podía volver a ser tan cruel con él, sobre todo cuando nada de eso era cierto.

Y, sin embargo, ¿no sería igual de cruel contarle la verdad?

Que lo había deseado más que a su próximo aliento, que habría dado cualquier cosa para que la sacase de ahí, que se había aferrado a la agonía durante años. En su lugar, no dijo nada.

—Daniel —dijo Robin al darse cuenta de que su hijo estaba trepando por una de las vigas—. Creo que deberías bajarte de ahí.

—Arriba —contestó Daniel con una sonrisita traviesa, y siguió subiendo.

—Abajo —respondió Robin con firmeza, y cruzó la sala para despegar al niño tozudo de la viga.

—Ya se le da mejor que a ti trepar —afirmó Misaki, impresionada. Ninguno de sus hijos había sido capaz de trepar así, ni siquiera Mamoru, al que le había encantado.

—Sí —contestó Robin tras poner en el suelo a Daniel e intentar alejarlo del entramado de vigas descubiertas—. Lo ha sacado de su madre.

Misaki apretó los labios y trató de sonreír.

—Bueno, le vendrá bien cuando tenga que perseguirte por los tejados de Livingston.

—Puede.

—¿Cómo que «puede»?

—Venga, tampoco vamos a fingir que la habilidad de saltar por los tejados garantiza tu supervivencia.

Por primera vez desde que habían empezado a hablar, a Misaki la abrumó la sensación de estar hablando con un desconocido.

—Oye —empezó a decir, confusa—. ¿Qué ha sido del eterno optimista al que conocí?

—Maduró. —Robin se encogió de hombros.

Algo en su tono, en la derrota absoluta que traslucía su voz, la conmocionó.

—Robin… ¿Qué te ha pasado?

—Es una historia muy larga. —Se limitó a negar con la cabeza—. Larga y triste. Además, parece que tú ya has sufrido demasiada tristeza desde la última vez que te vi.

—Oye. —A Misaki le sorprendió cuán a la defensiva se puso—. No todo ha sido malo. —Robin levantó las cejas y ella alzó la barbilla a modo de respuesta—. Perdona, pero ¿has visto a este niño? —Misaki le sujetó la cara a Izumo entre el índice y el pulgar—. ¿Has visto lo mono que es?

Robin esbozó una sonrisa que no se le reflejó en los ojos.

Misaki le pasó la mano por el pelo a Izumo con un suspiro y dijo con más seriedad:

—Han pasado cosas espantosas, sí. Mi suegro me odiaba, tuve dos abortos, una de mis amigas más cercanas se suicidó y perdí a mi primogénito.

—Le sostuvo la mirada a Robin sin titubear—.

Pero si algo aprendí del Pájaro de Fuego, es que la tragedia de una persona no la define ni anula lo bueno que hay en su vida.

Aquí hay más cosas buenas de las que jamás habría esperado.

He tenido cuatro hijos maravillosos a los que quiero.

Todavía me quedan tres, y ahora, después de todos estos años, resulta que tengo un buen marido.

—Misaki jamás pensó que acabaría pronunciando esas palabras, y mucho menos a Robin Thundyil—.

Sé que, a juzgar por lo que sabes de él, te resultará difícil de creer…

—Lo creo.

—Supongo que, si has venido desde tan lejos con la esperanza de que te dejase verme, debiste tener esperanza —dijo Misaki.

—No la tenía —contestó Robin.

—¿A qué te refieres?

—Fue él quien me invitó.

—¿Cómo?

—Dijo que quizá nos gustaría ponernos al día ahora que los dos somos padres, y que me estaría agradecido si pudiese sacar un poco de tiempo para venir a verte. Me contó que había habido alguna clase de incidente después de que los rang… —Se detuvo—. Después de la tormenta.

—Sí —respondió Misaki—. Fue muy raro. Nos atacó un littigi asesino.

Robin palideció. Nunca había visto el brillo desaparecerle así de la piel y dejarlo macilento.

—¿Un littigi?

—Creía que habías dicho que mi marido te lo había contado.

—Lo único que dijo fue que quería preguntarme por un «incidente» que había ocurrido después de la «tormenta» y que su yammaninke no era lo bastante bueno como para explayarse más. Quería que viniese para que lo hablásemos en persona.

—Ya veo. —Así que Takeru había tenido un motivo práctico para pedirle a Robin que viniese de visita. Pues claro que sí. Era Takeru—. Hablemos pues.

Misaki acompañó a Robin de vuelta a la sala de estar y se arrodillaron frente a la mesa. Le pidió que le repitiese la descripción del asesino tres veces. A la tercera, se sacó un bloc de dibujo del morral y empezó a dibujar.

—Has dicho que los tatuajes tenían un patrón que no habías visto nunca, ¿verdad? —preguntó Robin mientras garabateaba el kayiri de manera febril con el boli ígneo—. Vuelve a describirlos. ¿Qué pinta tenían exactamente?

—No lo sé. —Misaki se encogió de hombros—. Parecían espirales. No eran angulares como los diseños yammanka ni tampoco ondulados como el arte kaigenés. Supongo que eran más… enroscados. No lo sé, no soy una artista.

—¿Algo así? —Robin le enseñó el boceto.

—Sí —contestó Misaki, sorprendida—. Creo que no podría haberlos dibujado tan bien, pero sí, eran justo así.

—¿Estás segura?

—Bastante.

—¿Y llevaba una capa gris con capucha?

—Sí, ya te lo he repetido tres veces.

—Dioses…

—¿Qué ocurre, Robin? ¿Qué significa eso?

—Bueno. Puede que todos mis temores descabellados al final no lo sean tanto. Todo está relacionado. Él está detrás de esto.

—¿Quién?

—Tiene varios nombres. Aún sigo intentando adivinar el de verdad. —Se volvió hacia Misaki—. El littigi que os atacó… Cuando estuvo por aquí, ¿hubo más incidentes raros? ¿Desapareció algún niño? ¿Algún huérfano?

—Sí —contestó Misaki, sorprendida—, una niña pequeña. ¿Cómo lo has sabido?

—Sus capas grises suelen cazar en este tipo de sitios —respondió Robin, parecía enfermo—, llenos de theonitas fuertes pero apartados del tejido de la sociedad moderna. Le gusta rebuscar en las zonas de guerra, donde puede encontrar a huérfanos poderosos e indefensos deambulando por ahí.

—Un momento. Entonces, el hombre que envía a los capas grises —dijo Misaki—, ¿es alguien al que Rakesh y tú conocisteis en Disa?

—En cierto modo.

—Vale. Me alegro de que no hayas perdido la capacidad de ser enigmático y exasperante.

—No pretendo ser enigmático. Es solo que… no estoy completamente seguro de a quién nos enfrentamos. Lo que sí sé es que tiene planes minuciosos a largo plazo; está construyendo un ejército.

—¿Un ejército?

—Sí —contestó Robin—, o lo que acabará siendo un ejército dentro de más o menos trece años.

—No solo está amasando soldados. También va a criarlos. —A Misaki casi no se le ocurría nada más aterrador.

—Por eso solo se lleva niños, nunca mayores de seis. —Robin asintió.

—Entonces, ¿rapta a jijakalu jóvenes para criarlos y convertirlos en su ejército personal?

—No se trata solo de jijakalu —dijo Robin—.

Niños theonitas y subtheonitas han estado desapareciendo de zonas de guerra, barrios pobres y aldeas pequeñas en Hades, Disa y las islas Taiyang, y puede que de demasiados otros sitios como para llevar la cuenta.

Como he dicho, los capas grises se centran en zonas que no están amparadas por sus gobiernos.

—¡Dioses! —Así que ese ejército misterioso, cuando alcanzase la mayoría de edad, ¿tendría varios poderes? Dependiendo de cómo se llevase a cabo, podía convertirse en la fuerza de combate más peligrosa del mundo.

—Lo único que tienen en común los niños que secuestran es que su poder está por encima de la media —declaró Robin—. Imagino que la niña que desapareció era fuerte para su edad.

—Sí —contestó Misaki.

Ahora que lo pensaba, Ginkawa Yukimi era la candidata perfecta para algo tan espantoso como lo que estaba describiendo Robin.

Si alguien hubiese escuchado estallar la bomba del littigi, si tenían que raptar a un niño rápidamente y salir inadvertidos, la habrían elegido a ella.

Era más pequeña que otros huérfanos, fácil de subyugar físicamente; sin embargo, la sangre de dos clanes poderosos le corría por las venas.

—Hasta donde yo sé, intentan escoger a los niños más prometedores que puedan llevarse sin llamar la atención —indicó Robin—.

Gracias a los dioses que no fueron detrás de tus hijos o de tu sobrina.

Estoy seguro de que es lo que habrían querido.

Puede que por eso ese littigi intentase asesinaros a tu marido y a ti.

—¿En serio? —preguntó Misaki, horrorizada.