La espada de Kaigen 31 Robin #3
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31 Robin #3

Izumo enterró la cara en el muslo de Misaki con un sonido de terror.

—Creo que a Izumo no le apetece jugar, Daniel —declaró Robin a la vez que le sujetaba la espalda de la camiseta a Daniel con dos dedos y tiraba de su hijo para que retrocediese un par de pasos—. Vamos a dejarlo un rato tranquilo.

—¿Por qué? —preguntó Daniel mientras Misaki se disponía a soltarse a Izumo de la pierna.

—Pues porque no le apetece jugar.

—¿Por qué?

—No lo sé. Eso es cosa suya. Igual podemos preguntárselo más tarde.

Izumo no soltó la pierna de su madre hasta que Robin no levantó a Daniel y se lo puso sobre los hombros. Cuando estuvo seguro de que el niño aterradoramente simpático no podría llegar hasta él, se soltó y se conformó con sujetarle el dedo a Misaki.

—Cuidado con la cabeza —advirtió Robin a Daniel cuando se agachó con prudencia para que ambos pasasen por el marco de la puerta de la sala de estar y siguiesen a Misaki hasta el pasillo.

—En la cabeza —contestó Daniel como si eso significase algo.

—No, «cuidado con la cabeza» —repitió Robin—. Kisee bhee cheez par apana sir mat maaro. No te golpees la cabeza con nada.

—¡Golpear cabeza! ¡Golpear cabeza! —canturreó Daniel con alegría mientras le daba palmadas en la coronilla a Robin como si fuese un tambor.

Misaki se echó a reír y se dio cuenta de lo agradecida que estaba de que Daniel estuviese allí. La idea de que Robin tuviese un hijo, de que estuviese allí con sus hijos, todavía le parecía rara, pero había algo sobre un niño de dos años feliz que simplificaba las cosas.

—¿Siempre tiene tanta energía? —preguntó Misaki cuando el pequeño tajaka se arrancó a cantar una canción incoherente que no parecía estar en ningún lenguaje discernible.

Robin le lanzó una mirada de tortura conforme Daniel seguía usando su cabeza como un tambor.

—No te haces una idea.

Puede que se hubiese sentido avergonzada por el estado tan deteriorado en el que estaba el recinto de los Matsuda, en el pasado tan imponente, pero si sabía de alguien que nunca juzgaría a otra persona por sus posesiones materiales, ese era Robin.

—Y por aquí se va al dojo —murmuró.

Se quedaron en silencio, observando un rato mientras Takeru soltaba instrucciones y sus alumnos respondían entrechocando los bokken de madera.

Hasta Daniel se había quedado mudo de la fascinación, estaba inclinado sobre la coronilla de su padre para observar a los jijakalu que entrenaban e iban haciendo sus ejercicios al unísono, bueno, no del todo.

De vez en cuando, Kwang Chul-hee seguía yendo medio dinma rezagado, pero estaba mejorando.

Los treinta y tantos estudiantes de Takeru estaban entrenando en parejas por tamaños salvo uno, que hacía los ejercicios por su cuenta.

Los movimientos de Hiroshi eran tan precisos y limpios como los de cualquier adulto, pero era demasiado pequeño como para ponerse con cualquiera de los adultos o adolescentes.

—No deberíamos perturbar la clase —susurró Misaki, e hizo una señal a Robin para que la siguiese por el pasillo—. Ya volveremos a echar un vistazo cuando esté vacía.

—¿Ese de ahí era tu hijo Hiroshi? —Robin se quedó en la entrada del dojo durante un instante antes de seguirla.

—Sí.

—Creía que solo tenía seis años.

—Y los tiene.

—¿Entrena con los adultos? —preguntó Robin, perplejo.

—Bueno, es que no es un niño de seis normal.

La última parada fue el añadido que habían empezado a construir los nuevos aprendices de Kotetsu en un lateral del recinto. Los numuwu se estaban tomando un descanso, pero Misaki se alegró de ver que ya estaban trabajando en el muro exterior.

—¿Y esto qué es? —preguntó Robin mientras levantaba la vista hacia la estructura desnuda.

—Esto —respondió Misaki a la vez que tocaba una de las vigas— va a ser mi restaurante.

—¿Tu qué?

—Voy a abrir un restaurante.

Takeru se había negado en rotundo a la idea de que su mujer tuviese un trabajo normal como si fuese una campesina; no obstante, después de haberle señalado a su marido que podría contratar a algunos de los aldeanos y de haber repasado un plan de negocio, había cedido.

Al final, parecía que ni siquiera el orgullo de Matsuda Takeru podía vencer a su sensibilidad financiera.

Gracias a la recomendación estelar del gobernador Lo, Takeru conservó su puesto como alcalde de Takayubi.

Con el modesto salario gubernamental y la pequeña cantidad que le pagaban sus estudiantes de espada, había mantenido a la familia a flote durante los últimos meses, aunque con eso no bastaba.

Si querían mantener la propiedad y labrarles un buen futuro a los niños y a Ayumi, necesitaban más.

A medida que Robin echaba un vistazo al espacio, una sonrisa amplia se le iba extendiendo por el rostro. Los hombres de Shirojima no sonreían así.

—¡Misaki, es increíble!

—¿No crees que es una estupidez?

—¡Es una idea maravillosa! Aunque quizá se quede un poco corta.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, en cuanto la gente de la provincia pruebe tu comida, ¿crees que solo con las cinco o seis mesas que caben aquí podrás acoger a todos tus clientes?

—Creo que has olvidado cómo cocinaba. —Misaki se cruzó de brazos, incapaz de reprimir una sonrisa.

—Qué va —contestó Robin—. Sí que lo recuerdo. De todas formas, ¿de dónde sacaste la idea?

—Después de la tormenta, Takeru me encargó racionar la comida.

Me di cuenta de que no solo se me daba bien cocinar para mucha gente, resulta que también soy bastante hábil para distribuirla de manera eficiente.

Setsuko y yo echamos de menos a las chicas en la cocina.

Supusimos que contratar a algunas podría ser una buena forma de conservarlas.

— Pita! Pita! —exclamó Daniel a la vez que le golpeaba las sienes a su padre.

—Ay. ¿Qué pasa, Daniel? —preguntó Robin.

—¡A volar!

—Vale. —Robin echó la mano hacia atrás para sujetar el pequeño kimono rojo de Daniel en un puño y lo lanzó a través del tejado abierto, bien arriba.

El takaja diminuto soltó una carcajada, aunque Misaki dio un grito asustado.

Se le había olvidado que Robin tenía muy buenos reflejos.

Atrapó al chico por el tobillo al caer—.

¿Y ahora qué, peque? —preguntó mientras su hijo, que colgaba por el tobillo, soltaba una risita—. ¿Arriba o abajo?

—¡Abajo!

—Hecho. —Robin bajó a Daniel bocabajo hasta el suelo y le soltó el tobillo.

Misaki observó al pequeño gatear un par de pasos con las manos antes de ponerse en pie tambaleándose y seguir con su camino.

—No te alejes mucho —indicó Robin. Daniel levantó la vista hacia su padre, confuso. Robin se agachó y se lo dijo en la otra lengua—. Bahut door bhaago mat , ¿vale?

— Kyoon kar?

—Yah hamaara ghar nahin hai. Main Tunken khona nahin chaahata , ¿vale?

—Vale, Pita .

Misaki se dio cuenta de que esa lengua preciosa y ondulante en la que hablaban Robin y Daniel debía ser disaninke, una lengua que Robin no había tenido mucha oportunidad de emplear desde que lo obligaron a huir de su país natal, Disa, cuando era pequeño.

Pese a haberse pasado la mayor parte de su vida en Carytha, un país donde se hablaba en lindés y yammaninke, Robin estaba criando a Daniel para que supiese hablar su lengua materna.

Quizá no fuese muy práctico, pero era tierno.

—Tiene una pinta increíble, Misaki, en serio —dijo Robin cuando Daniel se alejó a explorar—. Ya sabes que, si necesitas cualquier cosa, puedo echarte una mano.

—Le preguntaré a los numuwu si tienen trabajo para ti.

—Me refería a que…

—Sé a qué te referías —contestó Misaki—. Te lo agradezco, pero no hace falta. Además, ni hablar. La casa Matsuda tiene su orgullo.

—No tendría por qué ser una donación —declaró Robin—. Puedo invertir…

—Estaremos bien —respondió Misaki, negando con la cabeza.

A Misaki no se le había pasado por alto la ironía de la situación: cuando Robin y ella se habían conocido, ella venía de una familia rica y él no había tenido dónde caerse muerto…

—¿Robin?

—¿Hmm?

—Tengo que decirte una cosa. —Llevaba dándole vueltas desde que lo había visto en su sala de estar. La sonrisa de Robin se atenuó. Lo más probable era que hubiese reconocido la tensión en la voz de Misaki y se hubiese preparado—. Siento…

—No lo hagas —la interrumpió, también con voz tensa—. Por favor, Misaki. No te disculpes…

—No me refería a eso. —Ni siquiera ella era lo bastante cruel como para sacar a colación ese tema—. En realidad… no me refería solo a eso. Es más complicado. Solo quiero disculparme por… haber actuado como una turista en tu vida.

—¿Qué? —Robin parecía sorprendido de verdad—. ¿De qué hablas?

—Cuando éramos jóvenes, llegué a tu país sin entender lo que tú o Elleen, o cualquier persona de Carytha en realidad, habíais sufrido, y fui muy irrespetuosa.

—Yo no creo que lo fueses.

—Pero lo fui —afirmó Misaki con tristeza—. Era una chica rica y egoísta que no tenía ni idea de lo que estabais intentando hacer ni de su importancia. Os utilicé a ti y a tu trabajo para saciar mi sed de peligro, y eso estuvo mal. Fui despreciable.

—Yo nunca te habría definido como despreciable —respondió él con mucha más compasión de la que merecía—. Quizá demasiado entusiasta.

—¿Cómo puedes decir eso? Traté las vidas de tu gente como si fuesen menos que la mía.

Vi su sufrimiento y simplemente… me dio igual.

Soy una persona tan fría que hasta que no me sucedió a mí no me importó…

hasta que no le pasó a mi hogar, a mis vecinos, a mi…

—Apretó los labios y le apoyó una mano en la cabeza a Izumo, acercándose al niño que se aferraba a ella contra la cadera.

—¿A tu hijo? —terminó Robin con suavidad.