31 Robin #2
—Tú… ve a ver. —Setsuko señaló con la cabeza la entrada de la sala de estar que habían construido hacía poco.
—Pero…
—Tu hombre ha estado sufriendo un poco. Ya sabes que no se le da demasiado bien hablar en yammaninke.
—¿En yammaninke? Pero ¿qué…?
—Ve. —Setsuko le dio un golpe con la cadera ancha a Misaki en la suya, más pequeña, que la mandó dando tumbos hasta la sala de estar.
Misaki echó un último vistazo a Setsuko, completamente desconcertada pero intrigada, que asintió para darle ánimos.
Entonces, se irguió y fue al umbral de la sala de estar.
El comportamiento tan raro de la otra mujer hizo que estuviese preparada para lo peor, para ver allí al coronel Song o a cualquier otro representante del Imperio dispuestos a destrozar todo cuanto habían construido.
No obstante, se topó con algo mucho, mucho más extraño.
Robin Thundyil estaba arrodillado sobre un cojín en la mesa baja de la sala de estar, enfrente de Takeru.
Estaban tomando un té.
El mundo de Misaki se partió en dos y se estrelló contra sí mismo. Un cisma vertiginoso separó sus recuerdos más vívidos y la realidad viviente de la escena que tenía delante. Robin estaba ahí, en medio de su sala de estar; ese rostro familiar había envejecido quince años.
Apoyó una mano en el marco de la puerta para estabilizarse. Con la otra se aferró a Izumo y estrechó al niño contra su pecho para notar el latido de su corazón, para confirmar que seguía en el mundo real. Izumo estaba bastante vivo y era sólido. Eso estaba pasando de verdad.
Takeru fue el primero en verla.
—Misaki —dijo con su tono apacible y neutral de siempre—. Me alegro de que hayas vuelto.
Robin bajó la taza de té y se giró para mirarla; sus abrasadores ojos negros eran tan cálidos como lo habían sido hacía dieciséis años.
Aquellos ojos habían quedado grabados a fuego en sus recuerdos, lo que provocó que verlos en persona le resultase del todo desconcertante.
Incapaz de sostenerle la mirada a Robin, buscó la de Takeru.
—Disculpe la falta de respeto, Thundyil-san. He de volver para entrenar a mis hijos —se excusó Takeru a la vez que se levantaba de la mesa—. Lo siento. —Le hizo una reverencia rápida a Robin y se dirigió hacia la puerta, donde su mujer seguía de pie, estupefacta.
—¿Q-qué e-está pasando? —susurró Misaki, levantando la vista hacia Takeru—. ¿Qué ocurre?
—Tu viejo amigo ha recorrido un largo camino para visitarte.
—Pero… ¿qué…?
—Mis estudiantes me esperan. Asegúrate de prepararle más té a nuestro invitado.
Ya casi se ha terminado la tetera que ha hecho Setsuko.
—Fue lo único que dijo Takeru antes de deslizarse por el pasillo y abandonar a Misaki a la situación más desconcertante a la que se había enfrentado desde hacía tiempo.
Robin se levantó y sonrió, y, alabada sea Nami, esa sonrisa. Le resultaba tan familiar. Aunque también era la sonrisa de un desconocido, acentuada por unas arrugas y unos ángulos que no pertenecían del todo al Robin de sus recuerdos.
— Mírate —dijo, y el sonido de su lindés tiró de un sentimiento en el pecho que hacía tiempo había olvidado—. Al final te has convertido en una dama.
Misaki soltó una risita débil. Había lavado tantas veces ese kimono desteñido que llevaba, uno de los tres que le quedaban, que había empezado a desgastarse.
Entre la reconstrucción y sus tareas del hogar de siempre, se había dado por vencida de intentar arreglarse el pelo.
Nunca había tenido menos aspecto de dama.
—Mira quién fue a hablar —contestó con una mirada de diversión al kimono negro y rojo de Robin y al morral que llevaba a la espalda—. Vas hecho un pincel.
—Cállate.
Se burló de él, pero sabía que a Robin siempre se le había dado bien estar cómodo con cualquier ropa, con cualquier persona que conocía.
La disposición a cambiarse de atuendo no era más que su amplitud de miras característica.
Si Robin se sentaba con alguien, siempre daba la sensación de que esa persona encajaba con él y viceversa.
Al ser huérfano, había aprendido a construir una familia dondequiera que fuese.
A sabiendas de que se había quedado mirándole la ropa fijamente hasta el punto de parecer maleducada, Misaki se obligó a levantar la vista hacia su cara y esa sonrisa abierta.
Era como estar viendo a un fantasma; bien podría haber sido uno después de que ella se hubiese resignado a la idea de que nunca volvería a verlo.
Una parte de ella quería retroceder. Otra parte igual de fuerte quería abalanzarse hacia delante y correr hacia él.
Atrapada entre ambas opciones, se tambaleó y se le doblaron los dedos de los pies en el umbral.
No podía tocarlo. Ambos lo sabían. Una simple palmadita en el hombro se consideraría inapropiada, y si le tocaba la piel… puede que acabase desmoronándose.
Izumo rompió el silencio con un balbuceo confuso.
—He conocido a tus dos hijos mayores al llegar. ¿Este quién es?
—Vaya —jadeó Misaki, agradecida por algo que disipase la tensión—.
Este es Izumo. —Se desató el portabebés y le dio la vuelta a su hijo pequeño para ponerlo de pie frente a Robin—.
Le… —Se detuvo y puso los ojos en blanco con ternura cuando Izumo se escondió detrás de ella y le rodeó la rodilla con los brazos—.
Le da vergüenza estar con gente que no conoce.
Casi agradeció tener el pequeño cuerpo de Izumo aferrado a la pierna.
Evitó que se tambalease. Estaba tan ocupada tratando de recobrar la compostura que ni siquiera se dio cuenta de que el morral que llevaba Robin a la espalda había empezado a moverse hasta que una manita morena salió del interior.
La mano se agarró al hombro de Robin y luego apareció una cabeza de pelo revuelto por el sueño y un par de ojos de color carbón.
Él también tenía un hijo.
No cabía duda de que era hijo de Robin. Tenían los mismos ojos, el mismo pelo, y la piel del niño, a pesar de ser un tono más oscuro que la de Robin, emitía el mismo fulgor abrasador. Robin puso una sonrisa de oreja a oreja mientras el niño, aún grogui, se frotaba los ojos.
—Daniel —dijo Robin—, te presento a la tía Misaki.
—¿Qué…? —La voz de Misaki se había vuelto inusualmente estridente y entrecortada—. Pero… ¿Y esto cuándo ha pasado?
—Es una larga historia —contestó Robin.
Es posible que Misaki no pudiera tocar a Robin, pero…
—¿Puedo? —Le tendió los brazos.
—Pues claro. —Robin se desató la tela de la espalda con tanta elegancia como cualquier ama de casa kaigenesa—. Debería advertirte —dijo mientras se ponía al pequeño en el hombro y doblaba la tela azul moteada—, está en esa edad en la que a veces entra en combustión espontánea.
—Claro. —Misaki recordaba ese dato sobre los niños tajaka.
—Si se calienta demasiado, no dudes en soltarlo.
—¿Cómo?
—Es lo que suele hacer Elleen. Normalmente, aterriza de pie.
Misaki se rio y estiró los brazos para aceptar al hijo de Robin. Un olor dolorosamente evocador a humo y a especias la envolvió en cuanto la calidez del chico le llenó los brazos.
—Hola, Daniel —saludó con ternura para disimular la emoción que la embargó de golpe.
—Me llamo Daniel —contestó el pequeño tajaka con alegría.
—Eso he oído.
—Ahora tienes que decir: «¿Y tú cómo te llamas?» —sugirió Robin con dulzura.
En lugar de eso, Daniel le sujetó una de las pinzas del pelo a Misaki y soltó:
—¿Qué es esto?
—Es una pinza para el pelo. —Misaki echó el brazo hacia atrás y le apartó la manita del accesorio—. Yo que tú no la tocaría, está un pelín afilada.
—¿Qué es «afilada»?
— Nukeela. —Le tradujo Robin a una lengua que Misaki no entendía—. Puede hacerte daño. Auh .
— Auh —repitió Daniel con alegría, y se llevó el dedo a la boca.
—Tu nyama es igualito al de tu padre. —Misaki fue incapaz de contenerse.
—Ese es mi padre. —Daniel se sacó el dedo de la boca y señaló a Robin.
—Lo sé. —Misaki se rio.
—Yo me llamo Daniel.
—Sí, ya me lo has dicho. Qué nombre tan interesante. —Estaba claro que no era disanka. Echó una ojeada a Robin—. ¿De dónde salió?
— Lo eligió su madre. —La sonrisa de Robin no desapareció, pero perdió algo de brillo.
—Oh. —Misaki se detuvo—. Y, eh… ¿dónde está su madre?
—Murió.
—Ay, Robin. Lo… lo siento. No tenía ni idea…
—Bueno, yo no tenía ni idea de lo que había ocurrido aquí hasta que tu antigua compañera de habitación, Guang Ya-li, me rastreó y me sugirió que viniese a verte. Los dos debemos admitir que tenemos que esforzarnos más por mantener el contacto.
—Sí. —Misaki trató de sonreír, pero vio que le costaba demasiado—. Yo… —Intentó pensar en algo que decir—. Eh… —Daniel la salvó al sujetarle el flequillo e intentar subírsele a los hombros—. ¿Te gusta trepar? —Soltó una risita cuando Robin le echó la bronca a su hijo en una lengua que no reconocía.
—Se me da bien trepar —respondió Daniel.
—Mi Mamoru era igual cuando tenía tu edad.
—También me enteré de lo de tu primogénito —dijo Robin—. Lo siento muchísimo. Ojalá hubiera podido estar aquí para… Ojalá hubiera podido conocerlo.
—Uy, no sé yo si hubiese sido buena idea —contestó Misaki al mismo tiempo que apartaba la oleada de emoción que amenazaba con salir con una risa—.
Os parecíais muchísimo. Seguro que lo habrías metido en toda clase de líos.
—Volvió a darse cuenta de que no podía mirarlo a la cara—.
Bueno, eh… —Se agachó para dejar en el suelo a Daniel—. ¿Te han enseñado la casa?
—Todavía no.
—Estupendo —dijo Misaki—. Entonces, permíteme que lo haga.
—Giró para guiar a Robin fuera de la sala y, como estaba distraída, estuvo a punto de tropezar con Izumo, que se había dado la vuelta para aferrarse al otro lado del kimono—.
Ara…! —exclamó mientras se sujetaba al marco de la puerta—. ¡Izu-kun! ¿Qué haces?
Izumo parecía estar escondiéndose de Daniel, que estaba decidido a saludarlo.
—Me llamo Daniel —dijo el tajaka diminuto en lindés, una lengua que por supuesto Izumo no entendía—. ¿Quieres jugar conmigo?