31 Robin
P ara cuando llegó la primavera siguiente, Takayubi volvía a ser una aldea. Más pequeña y pobre que antes, pero sin duda una aldea, con casas, tiendas y gente que se despertaba cada mañana para ir a trabajar.
Del suelo fértil donde habían quemado los cadáveres había brotado una hierba alta y los comienzos de una arboleda, más exuberante que cualquier otro lugar de la montaña.
A Misaki le transmitía una sensación de paz y de satisfacción contemplar el crecimiento del intenso verdor.
Puede que el Imperio les hubiese negado a las gentes de Takayubi señalar las tumbas de los muertos, pero la montaña no los olvidó.
Misaki se detuvo a orar, como hacía cada mañana al subir la montaña cuando volvía del mercado.
Apartó a un lado las cestas de pescado y de verduras y vadeó entre las olas de hierba, y se dio cuenta de que se estaba formando un sendero sutil, una abertura entre la hierba, que sus pies, los de Takeru, los de Hiroshi y los de Nagasa habían transitado muchas veces durante los últimos meses.
Ese día, por primera vez, Misaki se sacó a Izumo del portabebés que llevaba atado al pecho y lo puso de pie en el suelo para que anduviese con ella.
Su hijo pequeño aún no había cumplido los dos años y miraba la hierba con los ojos como platos, era evidente que no sabía muy bien qué pensar del mundo verde intenso que de repente se alzaba a su alrededor.
Mamoru, Hiroshi y Nagasa habían mostrado vestigios de la grandeza de sus antepasados para cuando empezaron a andar: Mamoru en su espíritu salvaje, Hiroshi en su calma revestida de hielo, y Nagasa en su energía y vocabulario. Izumo carecía de todas ellas.
De algún modo, era más dulce que sus hermanos.
Pese a provenir de un par de asesinos; su madre era una depredadora que peleaba sucio y tendía emboscadas, y su padre, un depredador alfa incontestable; él tenía un comportamiento inquieto más característico de una presa.
El agua se movía, pero jamás se congelaba cuando la tocaba, y tenía una preocupación constante en los ojos, mucho más redondos y abiertos que los de cualquier Matsuda que Misaki hubiese visto.
Sin apartar la vista de la hierba, se acercó a su madre sin darse cuenta y levantó una mano diminuta hacia ella.
Misaki le tendió el índice y el pequeño se aferró a él a medida que avanzaban al centro del follaje.
Allí crecía un pino negro, igual de joven que el resto de la arboleda, aunque fibroso y fuerte.
Ahí fue donde se arrodilló Misaki y apoyó las palmas en el suelo.
Otras personas tenían su propia zona donde rezar en ese bosque.
Siguiendo la voluntad del emperador, nadie en Takayubi mencionó dónde rezaba ni por qué; sin embargo, esas gentes tenían un entendimiento que iba más allá de las palabras.
Todos en Takayubi sabían que, cuando Matsuda Takeru primero rediseñó el emblema y el sello familiares para adaptarse a una nueva era, escogió los caracteres que significaban «la tierra que espera», «para dotar de algo profético al nombre», tal y como les había explicado a sus descendientes.
Todo el mundo sabía que, antes de eso, el apellido Matsuda se había escrito con caracteres más antiguos que significaban «terreno de pinos».
Al igual que la sangre de los dioses, los conocimientos de Takayubi databan de miles de años y emitirían un eco sordo en la campana del templo durante mil años más.
Perdurarían como raíces, sin importar el viento y las bombas que se encontrasen con la montaña.
Puede que los yammankalu necesitasen que los jaseliwu les cantasen su historia para sobrevivir al paso de los siglos.
Puede que los hadeanos necesitasen dejar la suya por escrito en libros.
La verdad de Takayubi era algo que se sentía desde las profundidades del océano y hasta las raíces de los árboles.
Misaki acumuló vapor en las manos, lo transformó en líquido y creó dos bloques rectangulares de hielo. Grabó unos caracteres en ambos; en el primero, un ensalmo de purificación, en el segundo, uno de amor maternal.
La mayoría de los kaigeneses escribían sus plegarias en trozos de tela y de kayiri, que luego ataban a los árboles o a las vigas de los templos de sus lugares sagrados.
Como esa clase de plegarias habría contravenido las órdenes del emperador de no marcar el área, el pueblo de Takayubi había recurrido a otra forma de honrar a sus muertos, a una plegaria anterior al Falleya moderno.
Misaki pronunció los ensalmos en voz baja, con los ojos cerrados. Luego, extendió los talismanes de hielo y dejó que se derritieran entre sus dedos y se vertieran en el suelo para regar el joven pino y el verdor que lo rodeaba.
Que el nyama sea contigo, Mamoru.
Cuando se levantó para marcharse, Misaki vio que Izumo estaba a gatas, observando a una hormiga deslizarse de la raíz de un árbol y trepar por una brizna de hierba.
Durante todo el tiempo que había estado rezando, no había hecho ningún ruido.
Exceptuando a Hiroshi, Misaki nunca había visto un niño tan callado.
A diferencia de Hiroshi, daba la sensación de que la cabeza de Izumo siempre estaba llena de un clamor incesante de pensamientos.
Daba igual lo que estuviese ocurriendo a su alrededor, siempre parecía encontrar alguna nimiedad que lo fascinase: el gotear del extremo de un carámbano, las costuras que le sujetaban las mangas, el lento camino de una hormiga que seguía el olor de sus compañeras al subir por una brizna de hierba.
A diferencia de Nagasa, él no formulaba media docena de preguntas nada más toparse con algo que no entendía.
En vez de eso, se sentaba y observaba, observaba y observaba…
—¿Izu-kun? —preguntó Misaki con dulzura; puede que al final no pareciese del todo una presa.
Las presas levantaban la vista cuando escuchaban un ruido, pero Izumo parecía demasiado ensimismado para oírla.
Alargó un solo dedo que controló con demasiada delicadeza para ser un niño tan pequeño y le rozó las antenas que daban vueltas a la hormiga—.
Izu-kun —repitió, y esa vez él levantó la vista y la miró desconcertado.
—¿Agua? —preguntó a la vez que señalaba la hormiga sobre la brizna de hierba—. ¿Agua dentro?
—En la hierba, sí —contestó Misaki—. El insecto tiene otra cosa dentro.
—¿Sangre?
—No exactamente —respondió—. No como la tuya y la mía. Su cuerpo está lleno de otra sustancia… —Se esforzó por recordar la palabra un momento e intentó pensar en las clases de jiya químico—. Hemolinfa, creo.
En la práctica, a la mayoría de los jijakalu les resultaba inútil esa información, puesto que no tenían la capacidad para manipular otras sustancias que no fuesen agua dulce o salada.
Sin embargo, si Izumo ya podía percibir la diminuta pizca de líquido extraño que contenía el cuerpo de una hormiga, puede que él fuese uno de esos pocos que, como Misaki, podían manipular un gran abanico de sustancias.
—Es hora de irse. —Le tendió la mano e Izumo le agarró los dos primeros dedos con mucha más suavidad y ternura que el resto de sus hermanos.
Por lo general, Misaki no sentía más que desdén por la debilidad, en sí misma o en los demás.
Para un koro de Shirojima era normal. Takeru ya había empezado a mirar a su hijo pequeño con desagrado, se le intensificaba cada vez más el ceño fruncido a cada semana que Izumo pasaba sin manifestar el mismo poder que sus hermanos.
Por extraño que fuese, Misaki se percató de que ella sentía lo opuesto por su Izumo.
Jamás había visto a nadie inspeccionar los alrededores con tanto detenimiento como a su cuarto hijo, nadie salvo quizá Koli Kuruma, el mejor inventor de su generación.
Misaki estaba comenzando a sospechar que Izumo tenía algo de lo que carecían sus hermanos. Sospechaba que podía ser un genio.
Cuando Izumo se levantó, las ramas del joven pino le rozaron el pelo y Misaki esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
Daba igual en lo que se convirtiese al crecer, ella tenía ganas de verlo.
Esa vez, no se perdería ni un solo instante.
Le hizo una última reverencia al pino negro mientras le daba la mano a Izumo.
Hasta mañana, Mamoru.
Nada más salir de la arboleda, volvió a atarse a Izumo al pecho, recogió las cestas y subió por el sendero que conducía al recinto de los Matsuda.
Al llegar a casa, todo parecía seguir como siempre.
El silencio que había impregnado el lugar había desaparecido en los últimos meses para dejar espacio a los ruidos que invadieron el aire esa mañana: la risa de Nagasa y de Ayumi persiguiéndose por los pasillos, el golpe de las espadas de entrenamiento de madera a medida que los estudiantes de Takeru calentaban en el dojo, el martilleo de los numuwu que trabajaban en el último añadido a la parte delantera de la casa.
Se estaba quitando los tabi cuando vio un par de zapatos desconocidos en el genkan: negros, con unos broches magnéticos de estilo yammanka.
Ese no era el calzado de alguien oriundo de Shirojima.
Se le contrajo el estómago de la inquietud.
¿Habría venido un representante del gobierno?
¿Quizá el Imperio había decidido volver y entrometerse después de todo?
Levantó la vista al escuchar unos pasos y se topó con Setsuko doblando la esquina a toda velocidad para salir a su encuentro.
—¡Misaki! —Setsuko tenía una expresión rara, entre emocionada e inquieta—. ¡Has vuelto!
—Sí. —Misaki le lanzó una mirada de confusión a su cuñada—. ¿Qué ocurre? ¿Va todo bien?
—Eh… No estoy muy segura… —contestó Setsuko, que aún jadeaba. A pesar de los nervios, no parecía enfadada.
—¿Qué…?
—Tú ven. —Setsuko le hizo señas para que entrase y le arrebató las cestas pesadas de los hombros—. Ven y compruébalo tú misma.
—¿Quién ha venido? —preguntó a la vez que les echaba un vistazo a las zapatillas negras.