La espada de Kaigen 30 El futuro #3
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30 El futuro #3

—Eso… no tiene importancia —respondió Takeru—. Como ya he explicado, no vamos a necesitarla.

La aldea entera pareció revitalizarse después del discurso de Takeru y la gente se puso a recoger leña con entusiasmo de las laderas más bajas para construir el edificio que acogería a la escuela nueva.

La excepción notable fue Hyori. Mientras que otras personas habían salido adelante a pesar del dolor, Hyori no parecía haber superado los horrores del ataque.

Tenía un vacío en la mirada que le provocaba una sensación de angustia a Misaki, como si su amiga hubiese muerto en algún punto de esa noche de viento y balas.

Una noche, Misaki se despertó con el sonido de unos piececitos descalzos por el tatami.

—¿Kaa-chan? —preguntó una voz, y se incorporó para toparse con Nagasa en la puerta.

—¿Naga-kun? ¿Qué pasa?

—Hay un fantasma fuera.

—¿Qué? —murmuró Misaki a la vez que se frotaba los ojos. Las dotes para expresarse de Nagasa habían mejorado durante el último mes; aunque eso no significaba que siempre tuviesen sentido, pero llevaba meses sin despertarse por culpa de una pesadilla.

—Hay un fantasma fuera —repitió Nagasa con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad—. Puedo oírlo.

Takeru dormía plácidamente al lado de Misaki. Había acabado tan hecho polvo que lo más probable era que no se despertase salvo que la montaña empezase a hacerse pedazos bajo sus pies. Misaki se deslizó de debajo de las mantas procurando no despertarlo y se acercó a Nagasa.

—Venga, Naga-kun. Vamos a llevarte de vuelta a…

Se detuvo cuando captó el sonido que había despertado a su hijo.

—Fantasma —insistió Nagasa con solemnidad.

El viento distorsionó el sollozo, pero cualquier madre podría distinguirlo…

—Eso no es un fantasma, Naga-kun —afirmó Misaki—. Es un bebé.

—¿Un bebé?

—Sí. —El sonido provenía de casa de Hyori—. Naga-kun, quédate aquí. Vuelve a la cama. Kaa-chan no tardará.

Misaki se apresuró hasta el genkan, se puso los tabi, se los ató a toda velocidad y se hizo con el abrigo al salir. Cuando salió por la puerta principal, vio que Setsuko ya estaba fuera.

—Misaki —dijo—. ¿Has oído…?

—Sí —contestó mientras terminaba de ponerse el abrigo encima del pijama. Los sollozos del bebé salían de la choza de Hyori—. ¿Crees que habrá dado a luz? ¿No es pronto?

Setsuko estaba contando los meses y las semanas con los dedos, gesticulando para sus adentros.

—Sí, un poco. —Se irguió—. Puede que sea una buena señal. ¿Sabes? Puede que…

Puede que el bebé fuese de Dai.

—Vamos —Misaki asintió.

A las mujeres Matsuda se les unieron Fuyuko, Fuyuhi y un par de hombres de las casas vecinas que se habían despertado con el sonido.

Las mujeres Mizumaki llevaban faroles y Misaki se percató de que dos de los hombres, Ginkawa Aoki y el voluntario llamado Ameno Kentaro, portaban sus espadas.

Parecía extraño llevar armas para ver a una madre que acababa de parir y a su bebé, pero había algo inquietante en esos berridos.

Los muros de la choza gimieron cuando el grupo se congregó en la puerta.

—¿Hyori-chan? —Setsuko llamó con entusiasmo—. ¿Podemos pasar?

No hubo respuesta, solo los chillidos frenéticos y monótonos del bebé, ininterrumpidos, como si allí no hubiese nadie más.

—¡Yukino-san! —exclamó Ginkawa Aoki un poco más alto—. ¿Está ahí?

—¡Hyori! —El tono de Setsuko se había vuelto más impaciente—. ¡Hyori, contesta, por favor! ¿Estás bien?

—Disculpe la intrusión, Yukino-san —espetó Aoki por fin—, vamos a entrar. —Y echó la puerta abajo.

Setsuko fue la primera en entrar corriendo, seguida muy de cerca por Misaki y las mujeres Mizumaki con los faroles.

Hyori estaba tumbada de costado sobre uno de los kimonos de Yukino Dai que había conseguido recuperar de su antigua casa, sujetando la tela en un puño con una mano. Takenagi le atravesaba el cuerpo, la hoja plateada le sobresalía por la espalda.

Estaba muerta.

—¡No! ¡No! —Setsuko se abalanzó sobre el cuerpo de Hyori, sollozando, a la vez que a Fuyuko le cedieron las rodillas por la impresión y Fuyuhi apartaba la vista—.

¡Vamos, Hyori! —suplicó Setsuko a medida que las lágrimas le bajaban por las mejillas—.

Vamos, cielo, abre esos ojos tan bonitos. ¡Hyori! ¡No! ¡No!

Misaki no se acercó al cuerpo. Ya no le quedaban más lágrimas. No podía explicarlo, pero, de algún modo, había sabido antes de tirar esa puerta que Hyori se había ido. Hacía tiempo que se había marchado.

—Misaki, ¡haz algo! —lloró Setsuko mientras se colocaba la cabeza de Hyori en el regazo—. ¡Detén el flujo de sangre!

Misaki se limitó a negar con la cabeza. Aunque el corazón de Hyori hubiese seguido latiendo, era imposible salvar a alguien de una herida como esa. Hyori debió de haber apoyado a Takenagi contra algo y lanzarse sobre la espada con todas sus fuerzas, un final definitivo.

—Lo siento, Setsuko —susurró Misaki—. Se ha ido.

Pasó al lado de Setsuko con suavidad y se acercó a la cuna, donde los sollozos no se habían detenido.

El bebé era una niña enroscada entre las mantas, con los ojos bien cerrados y la cabeza echada hacia atrás mientras berreaba.

Era el bebé más pequeño que Misaki había visto nunca; no obstante, cuando meneó las manos diminutas, el aire del interior de la choza se movió y le acarició el pelo y las mangas a Misaki.

Alabada sea Nami. Ningún niño, ni siquiera un Matsuda, manifestaba poderes el día de su nacimiento. Era algo inaudito. Misaki recordó el fonya moribundo y aterrador del violador de Hyori… fue tan abrumador que había lanzado a Misaki contra la pared y había destruido la sala.

—Ese bebé no es de Yukino-dono —declaró Ameno Kentaro con un susurro de espanto—. No es uno de los nuestros.

El bebé sangraba por culpa de un corte fino como una cuchilla en el cuello que solo podía ser producto de una hoja Kotetsu.

Misaki se dio cuenta con un escalofrío de que Hyori debió de haberle puesto a Takenagi contra la garganta al bebé…

aun así, no pudo asestarle el corte definitivo.

Al final, había sido incapaz de matar a su propia hija.

Ameno Kentaro se llevó la mano hasta la katana.

—No. —Misaki rodeó la cuna con rapidez y se interpuso entre el guerrero y el bebé.

—Apártese, Matsuda-dono. —Kentaro empezó a desenvainar.

La sangre de Misaki se alzó, le sujetó el brazo al guerrero y lo obligó a envainar la espada de un golpe.

—Basta.

—M-Matsuda-dono… —A Kentaro se le abrieron los ojos de par en par por su fuerza. Se quedó observando la mano diminuta que le sujetaba la muñeca sin comprender—. ¿Q-qué?

—No le hará daño a este bebé —siseó Misaki.

—Es fonyaka —protestó al mismo tiempo que intentaba zafarse del agarre de Misaki sin éxito—. Mire ese corte. La propia Yukino estaba preparada para matarlo.

—¡Pero no lo hizo! —replicó Misaki con violencia—. Sujetó la espada y tomó una decisión. Su última decisión en este mundo fue que este bebé viviese. ¿Quiénes somos nosotros para arrebatársela?

—Pero… es un bebé ranganés…

—Es el bebé de Hyori —siseó Misaki mientras lo apartaba de un empujón—, y eso quiere decir que nos pertenece a todos. Aléjese.

—Matsuda-dono —empezó a decir Ginkawa Aoki—. No creo que…

—He dicho que se aleje , Ginkawa-san.

Misaki se agachó sobre la cuna, le apoyó la mano en el cuello al bebé y le curó el corte lo mejor que pudo. Pese a ser fino, era profundo. Aun con la mejor costra, acabaría dejándole una cicatriz.

Cuando Misaki se sintió lo bastante segura de que la costra iba a aguantar, arropó a la niña diminuta con cuidado y los lloriqueos y la brisa que los acompañaba cesaron.

—Matsuda-dono —intentó Aoki de nuevo—. Sé que es una mujer y que está sujeta a sus instintos maternales, pero hemos de pensarlo de forma racional. Esa cosa es un fonyaka.

Misaki hizo oídos sordos a las quejas de Ginkawa, levantó a la niña en brazos y la estrechó a la vez que le acariciaba la cabeza suave. Era tan diminuta, y los dos hombres seguían con las manos apoyadas en la espada.

—Más vale que se marchen ya, caballeros.

—No vamos a irnos, Matsuda-dono.

—Pues yo creo que sí.

—Pero…

—Hay que darle de comer a esta niña —dijo Misaki, y eso los hizo cerrar el pico.

Ginkawa Aoki, que había trepado sobre cadáveres en la oscuridad y le había hecho un torniquete en el brazo a uno de sus compañeros con la cuerda de su espada, clavó la vista en los pies, avergonzado.

Ameno Kentaro se había puesto como un tomate—.

Salgan —dijo, y esa vez, ninguno protestó.

Al final, el bebé de Hyori no aceptó el pecho de Misaki, pero acabó dejando de llorar. A la mañana siguiente, Misaki se llevó a la recién nacida al orfanato.

—La criarán con el resto de los niños que quedaron huérfanos tras el ataque —les indicó a los finawu que estaban allí—. Yo no puedo acogerla, pero esta niña está bajo mi protección. No quiero enterarme de que le ha pasado algo malo. ¿Entendido?

—Sí, Matsuda-dono.

Al día siguiente, incineraron a Hyori. A la casa, mancillada por el inefable acto del suicidio, también hubo que quemarla. Y así, los Yukino de Takayubi desaparecieron del todo. A fin de cuentas, el bebé no era una de ellos.

Aunque no se les permitiese hablar del tema, todo el mundo tuvo el entendimiento tácito de que esa niña había llegado con el mismo viento que tanto les había arrebatado.

A medida que fue creciendo, se volvió evidente que no tenía ni una gota de jiya en el interior, aunque el aire que la rodeaba nunca estaba en calma.

Casi parecía que hubiese nacido con el dolor de su madre.

Tenía unos ojos enormes, antiguos e inquietantes.

Nadie le puso un nombre oficial, pero la aldea y sus murmullos la llamaron Kazeko, la Hija del Viento, por el hecho tan terrible que la había traído hasta ellos.

Puede que por eso Takayubi tolerase su presencia: era un recuerdo viviente.

Los cadáveres podían quemarse y enterrarse.

La sangre de los muertos podía limpiarse de una hoja.

Sin embargo, esa criatura que poseía los ojos de Yukino Hyori y el poder de un fonyaka, era algo irrefutable.

Puede que la temieran y la odiaran, pero era un testimonio viviente de todo lo que el Imperio había intentado borrar.

Mientras estuviese en Duna, nadie olvidaría lo que había ocurrido en la Espada de Kaigen.