30 El futuro
L a comitiva militar partió al día siguiente y se despidió de los lugareños que se habían reunido con un par de amenazas veladas y palabras de ánimo vacías. Takeru fue el siguiente en dirigirse a la multitud; creó una plataforma de hielo para dedicarle unas palabras igual de vacías al general Chun.
Las palabras de Takeru no dijeron mucho, pero había colocado la plataforma de forma minuciosa.
Para los oficiales del gobierno, no significaba nada.
Sin embargo, los aldeanos de Takayubi y de las áreas colindantes sabían que allí era donde Matsuda Takeru primero se había enfrentado a Yukino Izumi hacía mil años.
Ese era el lugar en el que el fundador de su sociedad había declarado un nuevo orden.
—Y ahora, tengo algunas cosas que anunciar —declaró en cuanto terminó de dirigirse a los oficiales militares—.
A partir de mañana, esta aldea empezará a poner en práctica una nueva serie de costumbres fundamentales para que sobrevivamos.
Hoy, se llevará toda la comida al recinto de los Matsuda y todos los materiales de construcción a la choza de Kotetsu Katashi. Sin excepciones.
—¿Son órdenes suyas o del Imperio? —preguntó alguien con descaro.
—Mías —contestó Takeru—. He prometido al general Chun que, para cuando regresen, habríamos reconstruido toda la aldea. El proceso dará comienzo hoy. Mañana por la mañana, os reuniréis aquí a la espera de más instrucciones. Gloria a Kaigen —terminó diciendo—. Larga vida al emperador.
—Larga vida al emperador —coreó la aldea sin entusiasmo.
Misaki y Setsuko supervisaron la recolección de los víveres mientras Takeru repasaba los planes con Kotetsu Katashi y Kwang Tae-min. Para cuando Misaki entró en el despacho de Takeru, ya era por la tarde.
—Hemos almacenado toda la comida en el mismo sitio —declaró. Si se tratase de otro grupo de gente, Misaki habría sospechado que algunas familias o personas podrían estar ocultando suministros, pero ellos no.
—Bien —contestó Takeru—. Necesitaré que Setsuko y tú echéis una ojeada a los suministros y hagáis un inventario detallado de todo lo que tenemos.
—Vale.
—Necesito que dividáis el inventario en artículos que haya que consumir esta semana, este mes y los que puedan conservarse hasta que se derrita el hielo.
—Sí, señor.
A Misaki y Setsuko les llevó el resto del día completar la tarea; tuvieron que terminar a la luz de los faroles y acunar a los niños para que se durmiesen mientras repasaban el último recuento.
—¿Estás segura de que está bien y no os habéis dejado nada? —preguntó Takeru cuando Misaki le llevó el resultado al despacho.
—Sí. —Misaki lo había repasado a conciencia.
—Bien.
—También te he traído un té.
—Bien —respondió, aunque no pareció oírla. Sus ojos ya estaban revisando el inventario, aunque a juzgar por sus ojeras, necesitaba la cafeína.
—Voy a dejarlo… —Misaki tuvo que escudriñar el escritorio un instante antes de encontrar una superficie que no estuviese hasta arriba de listas y notas—, justo aquí.
Misaki estaba de camino hacia la puerta cuando escuchó un tenso:
—Gracias.
—De nada.
—¿Te importaría cerrar la puerta? El viento está haciendo ruido e intento concentrarme.
—Eh… —Misaki echó un vistazo a la puerta, de la que solo quedaban un par de astillas después de que Takeru la hubiese destrozado… después de que ella lo hubiese atacado y encerrado en la habitación.
—Ah… —Takeru se quedó perplejo, algo inusual en él—. No te preocupes.
—Lo siento —se disculpó Misaki porque sentía que debía hacerlo.
—Fui yo quien la echó abajo —contestó él a la vez que negaba con la cabeza. Apartó la mirada y se bebió la taza de té caliente de un trago, con la misma desesperación con la que su hermano solía tragarse el sake—. Vete. Duerme un poco.
—Sí, señor —murmuró Misaki, y se retiró al dormitorio.
Mamoru había dejado de invadir sus sueños, pero aquella noche se vio incapaz de pegar ojo.
La habitación estaba… ¿demasiado caliente?
Era imposible. Estaban en invierno. Sacó un brazo y vio que el futón estaba vacío a su lado.
¿Todavía? Se levantó, se recolocó el kimono para asegurarse de que estuviera decente y cruzó el pasillo.
La luz de un farol se vertía del despacho de Takeru y lamía con suavidad los tablones del pasillo.
—¿Sigues despierto? —murmuró al acercarse al umbral.
—Sigo ocupado —respondió Takeru sin despegar la vista del escritorio. Se le habían acumulado unas cuantas capas más de kayiri encima, cada fajo con una combinación apretujada de texto, diagramas y ecuaciones.
Sus ojos hojearon una página tras otra con la velocidad y la violencia febriles de la espada de un guerrero que pasa de una muerte a la siguiente. Siempre había visto la cara angular de su marido como algo eterno y pulcro, pero a la luz del farol de verdad parecía un hombre en la cuarentena.
—Vete —dijo poco después—. Estoy intentando concentrarme.
Misaki estuvo tentada de obedecer. Era lo que habría hecho cuando todavía se decía que su marido no era responsabilidad suya.
—Mañana tienes que hablar delante de tu pueblo —le recordó—. ¿Seguro que quieres hacerlo sin haber dormido nada?
La expresión normal de Takeru ya era bastante enfadada sin esas ojeras tan aterradoras.
A Misaki le preocupaba que, si no dormía, iba a conseguir que la población restante de Takayubi huyese de la montaña.
Levantó la vista hacia ella, macilento, entornó los ojos y, por un momento, Misaki estuvo segura de que le soltaría que no le cuestionase.
—No quiero hacerlo sin antes tener un plan —dijo sin más—. Lo entiendes, ¿verdad?
Misaki asintió. Entonces, alargó el brazo, le deslizó una mano por los hombros, se la bajó por la espalda pasando por el emblema de cuatro diamantes de los Matsuda y los músculos tensos que tenía debajo.
Takeru se tensó un momento y echó los hombros hacia atrás, como si quisiese librarse de la mano.
Después, pareció recapacitar y se quedó inmóvil.
¿Siempre estaba así de tenso? ¿Así de frío?
Como si estuviese hecho de cables de acero helado recubiertos de piel humana…
Le apretó un punto de presión con los dedos.
Por un instante, tuvo el mismo efecto que intentar pellizcar una roca. Entonces, mandó un pulso de jiya por las puntas de los dedos y sonrió cuando sintió una tensión casi imperceptible abandonar los hombros de Takeru.
—¿Puedo ayudarte con algo? —preguntó Misaki.
—¿Se te dan muy bien los números?
—No —respondió con sinceridad.
—Mmm. —Takeru frunció el ceño—. En ese caso, le diré a Kwang que les eche un vistazo por la mañana.
Echó los hombros hacia atrás para apartar la mano de Misaki. Ella se tomó ese pequeño movimiento como un rechazo y estuvo a punto de marcharse cuando Takeru estiró la mano por el escritorio y se apoderó de un par de hojas de kayiri.
—Repasa esto.
Misaki le arrebató el kayiri y le sorprendió darse cuenta de que esas páginas no contenían números, sino columnas y columnas de palabras. Las pinceladas de Takeru eran tan elegantes e impecables como las de cualquier calígrafo, pero había tachado muchas frases y las había reescrito.
—A mi hermano… se le daba bien inspirar a los demás —explicó Takeru—. A mí no se me da tan bien como a él tratar con la gente. Si no planeo lo que voy a decir de antemano, me quedaré en blanco.
—¿Y… quieres que yo…?
—Que eches un vistazo. Tú eres buena con la gente. ¿Por favor?
—Claro. —Misaki se arrodilló en el escritorio frente a Takeru y empezó a leer el discurso.
Takeru tenía la letra que más aprovechaba el espacio que había visto nunca; cuando podía, sustituía los caracteres fonéticos alargados por ranji compacto.
A Misaki le avergonzó que le costase leerlo.
A pesar de que su kaigengua hablado era mucho mejor que el de Takeru, era evidente que él estaba más versado en el uso de caracteres antiguos.
Cuando el alba tiñó el cielo, le devolvió el kayiri.
—¿Crees que debería decir esto?
—Sí.
—Entonces, lo memorizaré. Yo… —Bajó la vista hacia el kayiri y se detuvo—. Has tachado toda la página. —Echó un vistazo a las otras hojas—. Las has tachado todas.
—Así es —dijo Misaki—. Al principio, me puse a escribir notas y a añadir cosas. Pero luego cambié de opinión.
—No lo entiendo.
—Creo que no te hace falta decir todo esto.
—Vale… —Takeru pestañeó y se frotó un ojo con el pulpejo de la mano—. Entonces, ¿qué…?
—¿Tienes algún plan que presentarles, Takeru-sama?
—Sí.
—¿Uno bueno?
—Eso creo.
—Pues eso es lo único que importa —respondió Misaki con firmeza—. Estoy harta de escuchar «Gloria al Imperio» y palabras de consuelo vacías, no me refiero a que las tuyas no fuesen bonitas. No tienes que fingir que eres tu hermano.
—Entonces… ¿Qué se supone que tengo que contarles?
—Tu plan —contestó Misaki—. Ni más ni menos.
Eres un koro, Takeru-sama; tus actos siempre van a valer más que tus palabras.
Todo el mundo sabe cuánto tiempo estuviste trabajando para el alcalde, sabe que te preocupas por ellos y ha sido testigo de tu fuerza.
Lo único que necesita saber es que todo saldrá bien.
—Alzó la vista al escuchar a Izumo llorar al otro lado del pasillo—.
Debería ocuparme de eso. —Se levantó para marcharse, pero se detuvo y bajó la mirada hacia su marido.
Se agachó y le dio un beso en la cabeza sin pensarlo, justo en la arruga del entrecejo.
—¿Qué? —La contempló, confuso…
Y entonces, Misaki lo besó en la boca. Takeru no se apartó, así que deslizó los dedos entre su pelo y le sujetó la nuca para acercarlo más a ella.
Estaba igual de gélido que siempre, pero de algún modo el beso no fue duro. No le molestó. En aquel beso glacial, Misaki descubrió una sutileza que nunca había visto en su marido. En ese momento, no era un solo bloque de hielo rígido. Era una montaña de hielo, un mar en constante cambio.
Cuando se apartó, Takeru se quedó en silencio, aunque ya no parecía confundido. Pareció entender lo que había significado.