29 El aprendiz #4
—Parece estar muy seguro —respondió el coronel Song, y frunció el ceño con desdén.
—Aquí somos guerreros, no mendigos, así que para la próxima vez que vengan, nos habremos puesto en pie.
De hecho, los invito a que vuelvan a venir cuando tengan tiempo.
Hablando del tema, quiero disculparme por el alojamiento tan pobre.
Para cuando regresen, estará a la altura de sus elevados estándares.
—Bueno… —titubeó el general Chung, mirándolo con sospecha, pero no pareció encontrar nada malo en las palabras de Takeru—. Supongo que no puedo negarme. Tendremos que volver para nombrar a un nuevo alcalde.
—No será necesario.
—¿Cómo dice?
—No soy solo el sucesor del linaje de los Matsuda después de mi hermano.
También me pasé varios años trabajando en la oficina del alcalde fallecido, haciendo presupuestos y organizando proyectos como la construcción de las torres de comunicación que nos permitieron contactar con tanta rapidez con la capital durante el ataque.
Si rebuscasen entre los escombros de la oficina, verían mi letra en cada documento importante desde hace seis años.
—Vaya…
—Claro está, si el emperador siente la necesidad de nombrar a su propio alcalde, no osaría objetar.
No obstante, estoy bastante seguro de que puedo encargarme de esta aldea de una forma que le complazca.
Si cuando regresen no están conformes con mi liderazgo, cederé el puesto de buena gana al candidato que hayan escogido.
—¿De verdad cree que puede reconstruir esta aldea? —se mofó el coronel Song.
Takeru lo miró a los ojos con calma.
—He prometido que lo haré.
—¿Y cree estar cualificado para cumplir con esa promesa?
—Ya les he explicado mis cualificaciones…
—Disculpen la interrupción, Koro Matsuda, Koro Song —espetó el general Kende en yammaninke.
Era la primera vez que el imponente tajaka había hablado.
Su jaseli fue más rápido que Chou y tradujo las palabras con soltura al kaigengua—.
Estoy confuso —admitió el general Kende mientras se dirigía al general Chun y al coronel Song—.
Acaban de quejarse de que no disponen de los recursos ni del personal para ayudar a estas gentes.
Me cae bien este hombre. —Señaló a Takeru—.
Parece una persona competente. Si está seguro de que puede ocuparse de su aldea, ¿por qué no dejar que lo haga?
Estuvieron un rato discutiendo; no obstante, por extraño que resultara, el general yammanka y su jaseli parecían tener más poder en esa situación que cualquiera de los kaigeneses.
Era un inquietante signo de debilidad por parte del Imperio.
Era evidente que el Imperio kaigenés se había deteriorado hasta llegar a unos extremos en los que era más débil que su vecino hostil, así que Yamma estaba tomando las riendas de la situación.
Misaki agradeció por partida doble haberse molestado en enseñarle a Takeru el saludo yammanka.
Casi siempre se podía confiar en un yammanka para reconocer y respetar al theonita más fuerte de la sala.
Antes de que Misaki pudiese observar nada más, el coronel Song la despachó para que fuese a buscar más té.
Cuando volvió con una tetera recién hecha, la conversación había dejado atrás el tema de Takayubi.
Todo eso era agua pasada: nadie debía mencionar el ataque, ni dentro ni fuera de sus casas, y no se identificaría la fosa común de ninguna forma.
Para cuando despacharon a los Matsuda de su propia casa ya era de noche, aunque Misaki, como era lógico, tendría que madrugar para servirles un buen desayuno a los opresores.
Takeru no medió palabra cuando regresaron a casa de los Mizumaki.
Necesitaban esos suministros, pero Takeru había hecho todo lo que pudo.
Si hubiese insistido, el general simplemente se habría limitado a aplastarlo aún más bajo el yugo del Imperio y lo habría humillado.
Si hubiese alzado la voz o el jiya, o si hubiese hecho cualquier cosa que pudiese verse como una amenaza, entonces quizá se habría condenado a sí mismo y a lo que quedaba de su familia.
Había mantenido a salvo a Takayubi y había conseguido guardar un poco las apariencias. Nadie podría haberlo hecho mejor.
Misaki anduvo a una distancia respetable de su marido y levantó la vista hacia él a la luz de la luna.
La noche estaba despejada, la luz blanca le iluminaba el rostro lo suficiente como para que Misaki viese que no estaba enfadado.
Ella podía haber creído que estaba lejos, meditando, evitando cualquier clase de emoción, de no haber sido porque frunció el ceño con suavidad. Estaba pensando.
—¿Va todo bien? —preguntó en voz baja.
—Cuando tenga la oportunidad de trazar un plan, sí —contestó él.
—¿Un plan?
—Ahora que ya no estoy tan ciego, puedo diseñar uno —afirmó Takeru.
Pasaron unos instantes y Takeru retrocedió un par de pasos para que Misaki y él fuesen a la par.
—La aldea ya no dispone de una buena academia theonita —declaró—. Incluso en el improbable caso de que el gobierno cambie de opinión en los años venideros y nos eche una mano para reconstruir la Academia Kumono de alguna forma, no será lo mismo sin los instructores que hemos perdido.
—Mmm —coincidió Misaki de forma respetuosa.
—Cuando Hiroshi haya crecido lo suficiente, asistirá a tu Academia del Alba. Si le va bien, igual podríamos mandar a los tres chicos.
—¿Lo dices en serio, Takeru-sama? —preguntó, boquiabierta.
—No pienso criar una generación que esté tan ciega como yo.
Como era de noche y no había nadie que los viese, Misaki alargó el brazo y encontró los dedos encallecidos por la espada de su marido. Llevaban quince años casados. Era la primera vez que se daban la mano.