La espada de Kaigen 29 El aprendiz #3
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29 El aprendiz #3

Respiró hondo, dispuesta a decirle que no necesitaba que le diese permiso para hacer lo que le diese la gana, pero en ese momento se dio cuenta de que algo había cambiado.

Su ira ya no estaba ligada al silencio, ya no la asfixiaba.

Esa respiración insolente le llenó los pulmones con facilidad y ya había abierto la boca para soltarle un rapapolvo sin miedo.

Y eso, el mero hecho de que no le diese miedo discutir, sentaba de maravilla.

Notó que una sonrisa de oreja a oreja se le extendía por el rostro al percatarse de que acabarían discutiendo.

Si no era hoy, entonces al día siguiente volverían a pelear.

Para muchas personas, puede que eso no fuese un indicio de un matrimonio feliz, pero Misaki nunca se había sentido conectada con alguien de un modo tan visceral como en mitad de un enfrentamiento.

Había peleado con su padre y sus hermanos, con Koli, con Elleen y Robin, con todos aquellos a quienes había querido de verdad.

Le dedicó una sonrisa deslumbrante a su marido, como una lunática.

—¿Por qué sonríes? —Takeru parecía incómodo.

—Es complicado.

—Da miedo.

Misaki soltó una risa y luego hizo lo que pudo por parecer arrepentida. Takeru ya había tenido demasiadas preocupaciones ese día como para que volviese a atacarlo. En otra ocasión. En un futuro que ya no parecía tan frío y vacío.

—Lo siento. —Iba en serio, aunque puede que la sonrisa que se le quedó en los labios no sirviese de mucho para proyectar sinceridad—. De verdad que no quería faltarte al respeto.

—No me molesta que hayas hablado con el jaseli —dijo Takeru—. Me molesta que hayas actuado por tu cuenta.

—Ya te he dicho que lo siento. La próxima vez, obedeceré.

—¿Que obedecerás? Misaki, eso no es lo que… —Takeru dejó escapar un soplido de exasperación e, incluso en pleno invierno, su aliento era tan gélido que produjo vaho y se hundió en la oscuridad.

—Entonces, ¿qué? —preguntó Misaki cuando la tensión entre ellos se había alargado demasiado.

—Me gustaría que fueses sincera conmigo y confíes en que te protegeré.

—Confío en ti —contestó ella con sinceridad mientras asentía—. Lo siento.

—Lo que has hecho ha sido bastante peligroso. ¿Y si te hubiesen descubierto?

—Tampoco había mucho riesgo, Takeru-sama —afirmó Misaki—. El chico no era un jaseli de verdad, solo un aprendiz incapaz de gestionar la situación. Sabía que podía apañármelas con él.

—¿Cómo ibas a saberlo?

—Cuando estaba en la Academia del Alba solía quedar con algunos jaseliwu yammanka. Aprendí a identificar a los más débiles.

—¿Al igual que aprendiste a identificar los tornados de los fonyaka?

Misaki asintió.

—¿Crees que los demás estamos ciegos?

—¿Cómo?

—Los que crecimos en esta aldea y creímos firmemente en todo lo que nos decía el gobierno —dijo Takeru—. Debes creer que estamos ciegos.

—Takeru-sama… —Misaki quería negarlo, pero, aun así, ¿no acababa de disculparse por no haber sido sincera?

—. No es culpa vuestra. —Suspiró—. Yo tuve suerte.

Mis padres me permitieron convertir mi educación en una aventura extraña en el extranjero, a sabiendas de que lo único que tenía que hacer era conseguir un matrimonio ventajoso al acabar los estudios, y eso finalmente dio fruto en forma de conocimientos útiles.

Cuando has recorrido el mundo y has presenciado todo tipo de mentiras, es mucho más fácil ver lo que esconden.

No os culpo por haber recibido información incorrecta.

—¿No?

—Mi padre te eligió a ti frente a cualquier otro porque creyó que no me casaría con un hombre estúpido. Y tenía razón. —Levantó la vista y miró a Takeru a los ojos—. No lo haría.

El ceño fruncido de Takeru no había desaparecido.

—Castigué a Mamoru por cuestionar al Imperio —dijo un buen rato después.

—Le pediste que defendiera sus palabras, que pensara en lo que acababa de decir —contestó Misaki—. No creo que te equivocases.

—Pero sí que me equivoqué en lo referente al Imperio. Entiendo por qué no ibas a confiar en mí…

—Sí que confío en ti —insistió Misaki—. Ahora, cumple con tu palabra, Matsuda Takeru. Protégenos.

Misaki no estaba invitada a la reunión entre Takeru y los representantes militares de la capital. No obstante, al ser la mujer del nuevo patriarca de los Matsuda, se le permitía entrar a la sala para servirles té a los hombres.

Los oficiales del ejército kaigenés fueron quienes dirigieron la mayor parte de la conversación a medida que el intérprete jaseli se lo susurraba a los oficiales yammanka y los mantenía al tanto de lo hablado.

En general, esperaban que Takeru se limitase a escuchar y asentir.

En cuanto Misaki entró para servir una segunda ronda de té, consiguió encontrar un hueco para formular la pregunta que más urgía a Takayubi:

—¿Cuándo recibiremos ayuda?

— Cuando los hombres del emperador estén disponibles —contestó el general Chun.

En realidad, no era una respuesta—. Soy consciente de que al ser un civil y no un hombre del ejército no lo entenderá, pero al emperador no le sobran tropas para distribuir comida y suministros cuando están ocupadas protegiendo sus provincias de invasores extranjeros.

—Con el debido respeto, general, no fueron las tropas del emperador quienes protegieron a esta provincia —replicó Takeru—. Fuimos nosotros.

Quizá no fuese la respuesta adecuada, pero Misaki se dio cuenta de que tuvo que esforzarse por no sonreír.

Se preguntó si Takeru era consciente de que nunca había sido tan atractivo.

Puede que no se lo hubiese planteado hasta ese momento, pero quizá, para ella, la cualidad más atractiva de un hombre nunca había sido la fuerza.

No había sido el peligro. Era la valentía.

Y, su marido, al enfrentarse a esos embusteros en una lengua que no era la suya, fue más valiente que cualquier Matsuda enfrentándose a un ejército en el campo de batalla.

Su mirada fue a parar al otro lado de la mesa y no pudo evitar sentir una oleada de satisfacción al ver la expresión incómoda que pusieron los oficiales.

El general Chun, que hasta ese momento había hecho todo lo posible por mantener la compostura, se inclinó hacia delante y dobló las manos sobre la mesa con los ojos entornados.

—Le haré saber que el ejército kaigenés es más fuerte que nunca y está de sobra preparado para proteger el Imperio. Aunque los ataques no se hayan hecho públicos para evitar que cunda el pánico, los ranganeses asaltaron varias bases militares.

—Ah, ¿sí? —Takeru levantó las cejas y demostró ser un mentiroso de primera cuando dijo—: No tenía ni idea.

—Sí. En todos esos fuertes militares, repelieron a los ranganeses y a sus tornados con muy pocas bajas. Sé que le resultará incomprensible dado lo que les costó a usted y a sus conciudadanos pelear contra los ranganeses; por eso mismo, el ejército está aquí para protegerlos.

A medida que el Jali Tirama se lo interpretaba a los representantes Yammanka, Misaki se percató de que Gesseke los miraba a ella y luego a Takeru con nerviosismo.

Lo más probable era que se estuviese preguntando si Misaki había faltado a su acuerdo y le había contado la verdad a su marido.

Por suerte para todo el mundo, Takeru reaccionó a las mentiras del general Chun con calma.

—Ya veo. Al parecer, lo que he dicho estaba fuera de lugar. Lo lamento. —La voz monótona de Takeru era tan insulsamente sincera que al general pareció costarle decidir si se estaba riendo de él.

Takeru podía haber rebatido la mentira del general, incluso sin la información que Misaki le había sonsacado a su ingenuo amigo jaseli.

Un theonita como Takeru podía percibir la fuerza y la destreza de otro, y ninguno de ellos estaba a su nivel, como tampoco al de Misaki.

Un dragón sabía cuándo tenía delante gusanos y serpientes.

A esos hombres, el uniforme les sentaba de maravilla, pero cederían al enfrentarse a un jiya de verdad.

Llevaban el poder divino en sus ropajes; sin embargo, no tenían ni un ápice de él dentro. Esos hombres estaban vacíos.

—Quiero dejarle una cosa muy clara, Matsuda. Su apellido, por mucho poder que crea que ostenta en esta área, no significa nada para el Imperio. El Imperio no les tiene a usted y a su familia en menor o mayor estima. ¿Le queda claro?

Takeru clavó la vista en la mesa que tenía frente a sí.

Su jiya se había quedado inmóvil, completamente en calma.

«Cuando ser un hombre se vuelve insoportable, me convierto en la montaña».

El temor le hizo un nudo en el estómago a Misaki.

Takeru solo tenía dos alternativas: podía ceder y doblegarse ante ese hombre, o podía asesinar a todos los que había en la sala.

De un modo u otro, Takayubi estaba condenado. De un modo u otro, fracasaría.

—Matsuda —repitió el general Chun—. ¿Le queda claro?

Takeru levantó la cabeza. Cuando volvió a hablar, había algo más que calma en su voz. Había fuerza.

—Como el agua.

—Estupendo. —El general sonrió.

—Tengo otra petición —dijo Takeru—, si me lo permite.

El general Chun le hizo un gesto para que continuase.

—Por favor, dígale al emperador que no preste ayuda a Takayubi, ni ahora ni en ningún momento a futuro.

—¿Disculpe? —Los militares intercambiaron miradas de desconcierto.

—Si las tropas del Imperio están librando una guerra en secreto, no querría que desperdiciasen sus esfuerzos en cosas innecesarias.

—Pero, Matsuda —interpuso el gobernador Lo con una expresión perpleja—. Esta aldea ha quedado casi arrasada. Sin el apoyo del gobierno…

—Sobreviviremos, gobernador —contestó Takeru—, al igual que hemos hecho en cientos de guerras en el pasado.

Como dice el general Chun, somos ciudadanos leales del Imperio.

Jamás podríamos arrebatarle recursos al ejército imperial cuando somos más que capaces de cuidar de nosotros mismos; si lo hiciéramos, no nos quedaríamos con la conciencia tranquila.