29 El aprendiz #2
—Bueno, pues en esta aldea no tenemos jaseliwu.
—Misaki siguió insistiendo antes de que el joven pudiera perderse sin remedio—.
Los únicos jaseliwu que teníamos eran los Hibiki, pero exterminaron a toda la familia en el ataque.
Mi marido no dispone de consejeros. Solo me tiene a mí.
Seguro que habrá percibido el nyama que emana mi marido. No conviene subestimar su temperamento.
—Koro Matsuda, ¿me está amenazando?
—¡No! —Misaki fingió estar escandalizada y dolida—.
¡Eso nunca, jaseli! Le estoy… suplicando.
Si mi marido es incapaz de deshacerse de la rabia, si ataca, entonces toda mi familia estaría en peligro.
Por favor. Ayúdeme a salvar a mi familia.
—El muchacho parecía en conflicto—. Mi marido es un gran hombre, pero también es tradicional.
No puede conciliar las culturas e ideas kaigenesas, yammanka y ranganesas del mismo modo que yo.
Ahora bien, puedo conseguir que siga trabajando de acuerdo a los planes de sus superiores, pero para eso, necesito saber cuáles son. Necesito entender qué está ocurriendo.
—No estoy seguro de si debería hablar de ese tipo de cosas con los residentes… —Gesseke parecía reticente.
A Misaki le sorprendió que no le hubiesen prohibido explícitamente revelar secretos a la gente de Takayubi hasta que se dio cuenta de que lo más probable era que no contasen con que nadie de la aldea tuviese un nivel de yammaninke suficiente como para hablar con él.
—Lo comprendo —respondió con rapidez—, pero créame, no pretendo desperdiciar sus conocimientos.
Lo juro. —Adoptó un tono solemne—: Jaseli Gesseke, juro por el Falleke que jamás le repetiré ni una sola palabra de esto a nadie.
—Más del noventa por ciento de la población de Duna profesaba el Falleke.
Como era de esperar, a ese jaseli nacido en Yamma no se le ocurrió que Misaki pudiese no ser una de ellas.
Echó un vistazo a su alrededor y le hizo una señal para que se escondiese.
Cuando estuvieron a salvo detrás de la choza de Hyori, miró a Misaki a los ojos—.
No debe decirle a mi fankama que he hablado de forma tan sincera con usted.
—Por supuesto —le aseguró Misaki—. Jamás me entrometería entre los jaseliwu.
—Como habrá deducido por el ataque, el ejército ranganés ha progresado a pasos agigantados desde la Keleba en lo que al entrenamiento de sus tropas se refiere.
—Nos hemos dado cuenta.
—A pesar de eso, Ranga sigue siendo un poder relativamente joven en el panorama mundial.
Todavía pretenden volver a entrar en guerra con Kaigen y destruir el Imperio por completo, aunque no confían demasiado en sus tropas.
Nuestros espías ranganeses han determinado que los ataques eran una especie de prueba.
— ¿ Una prueba? —preguntó Misaki, y se le revolvieron las tripas.
—Parece usted una mujer inteligente, así que seguro que se habrá percatado de los puntos que tienen en común las zonas que ha atacado Ranga.
—Son las antiguas potencias de combate, lugares donde más bajas sufrieron los ranganeses durante la Keleba —afirmó Misaki.
—Lo que le ocurrió a su aldea y al resto de las áreas atacadas fue un experimento para comprobar si Ranga era lo bastante fuerte como para declararle una guerra abierta a Kaigen —respondió Gesseke tras asentir.
—¿Y cuál fue el resultado? —A Misaki se le hizo un nudo en el estómago del temor y estrechó a Izumo contra ella.
Si Kaigen debía librar otra guerra, entonces todos estaban muertos.
En ese momento, comprendió con una certeza absoluta lo que no había podido aceptar hasta entonces.
No habría escapatoria. Se había casado en la punta de la Espada de Kaigen, y allí había creado su familia—. ¿Habrá una guerra, jaseli?
—No, pero ha estado a punto de desencadenarse, Koro Matsuda. Los ranganeses probaron su fuerza en ocho objetivos en total.
—¿Ocho? —preguntó Misaki, sorprendida. Solo se habían informado de tormentas en Heibando, Yongseom e Ishihama antes de que atacasen Takayubi.
—Atacaron cuatro grandes casas y cuatro fuertes militares —declaró Gesseke.
—Ya veo. —Era más fácil encubrir un ataque en el que se hubiesen visto involucrados pocos civiles—. ¿Y qué les ocurrió a los fuertes militares?
—Todos ellos fueron invadidos —contestó el jaseli—. En tres ocasiones, el ejército kaigenés pudo resistir el ataque de los soldados rasos de Ranga, pero esas fuerzas de élite… no tuvieron rival.
Misaki apenas podía culpar a los soldados kaigeneses. Se necesitaba algo más que un par de años de entrenamiento militar para enfrentarse a guerreros tan fuertes como los ranganeses de negro.
—No sé si se da cuenta de que lo que hicieron aquí fue extraordinario —afirmó el jaseli.
—No —contestó Misaki de forma inocente, aunque por supuesto que sabía lo extraordinario que había sido. Por eso tener que acatar órdenes de unos oficiales militares kaigeneses incompetentes era tan insultante—. Quiero decir, solo estábamos intentando sobrevivir.
—Bueno, pues es posible que hayan mantenido con vida a todo su Imperio como consecuencia —afirmó Gesseke—.
La Unión Ranganesa aún teme a los guerreros de las antiguas casas como la suya, y con razón.
Supongo que debe resultar aterrador pensar que un puñado de civiles pueda acabar con cientos de tus mejores soldados.
Es precisamente ese temor el que su emperador y los yammankalu estamos intentando transmitirle a Ranga para forzarla a firmar una tregua.
¿Entonces, el emperador nos utiliza para intimidar a sus enemigos, pero no nos ayuda?, pensó Misaki con amargura.
—Nosotros… no les hemos mencionado a los ranganeses a cuántos de ustedes consiguieron llevarse consigo.
Misaki vio la sombra de la llama de una antorcha lamer la nieve mientras le daba vueltas a esa nueva información.
—Eso explica por qué los ranganeses no usaron bombas, asesinos o tácticas más encubiertas —musitó—. Querían que sus guerreros más fuertes se enfrentasen directamente contra los nuestros…
—Así es. Dudo mucho de que supiesen que aquí había theonitas capaces de disipar sus tornados o de enfrentarse a sus soldados Sheng y Tian en un combate cuerpo a cuerpo. Según tenemos entendido, enviaron aquí a algunos de sus mejores soldados.
—Cuando el tornado se desvaneció —dijo Misaki—, enviaron oleadas de soldados a atacarnos. ¿Pretendían llevar la cuenta y descubrir cuántos hacían falta para destruirnos?
—Eso pensamos.
—Ya veo. Entonces, los soldados ranganeses también eran meras piezas de ajedrez.
—No del todo.
—¿A qué se refiere?
—Según los Jamuttaana con quienes ha estado trabajando mi fankama, la mayoría de los soldados ranganeses implicados en el ataque no vinieron por obligación. Se ofrecieron voluntarios.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Al parecer, los Jamuttaana creen que algunos querían vengarse por lo que habían sufrido sus padres y abuelos a manos del Imperio kaigenés. Otros creían que los estaban liberando. La gran mayoría ansiaba la gloria de acabar con las mejores casas guerreras de Kaigen.
»Cuando recogimos los cuerpos, los médicos militares del Imperio hicieron un reconocimiento aproximado de cuántos habían muerto por culpa de las bombas y las balas y cuántos por heridas provocadas por jiya.
Hemos enviado bastantes pruebas fotográficas a los ranganeses, cientos de ellas, para demostrarles que fueron los jijakalu quienes asesinaron a la mayoría de sus hombres antes de que el apoyo aéreo yammanka llegase aquí.
—¿Y se fiaron de su palabra?
—Unos agentes de la Jamu Kurankite mediaron durante todo el proceso para que hubiese más transparencia.
Está siendo un debate en curso entre Yamma, Kaigen y Ranga.
Ojalá hubiera un modo de que les permitieran que su marido y el resto lo supieran…
Deberían estar increíblemente orgullosos de lo que hicieron aquí.
Al luchar con tanto ahínco, protegieron su Imperio.
Cualquier jaseli debería enorgullecerse de cantar sus hazañas a la próxima generación.
—Pero deberán permanecer en secreto —replicó Misaki.
—Koro Matsuda… —empezó a decir el joven jaseli después de asentir—. Lamento mucho lo de su hijo.
Misaki se limitó a negar con la cabeza. Había hecho un buen trabajo al tomar las riendas de la conversación. Si se permitía pensar en Mamoru, las perdería.
—Gracias, jaseli. Se lo agradezco mucho.
—Ojalá su gente pudiera saberlo, de verdad.
—No se preocupe —contestó en voz baja—. Gracias por hablar conmigo.
El jaseli parecía como si quisiese decir algo más, pero antes de darle la oportunidad, Misaki estrechó a Izumo contra su pecho y se fundió con las sombras.
Aquella noche, más tarde, Misaki hizo que Takeru la acompañase a la oscuridad del exterior; como había dos familias enteras apretujadas en casa de los Mizumaki, era la única forma de disfrutar de algo de privacidad, y le contó lo que le había dicho el jaseli.
Él la escuchó con un suave ceño fruncido hasta que acabó.
—Entonces, los ranganeses no suponen una amenaza inminente —dijo—. Tenemos tiempo para reconstruirnos.
—Sí.
—Bien. Me alegro de que tengamos esa información. Dicho lo cual, no deberías haberlo hecho sin antes consultármelo.
Misaki frunció el ceño, molesta. ¿Es que no sabía lo difícil que podía ser sonsacarle información a un jaseli sin amenazarlo? ¿Y así era como se lo agradecía?
—Vaya, no pretendía faltarte al respeto, Takeru-sama, pero tu yammaninke no es muy bueno. No sé si hubieses podido…
—Soy tu marido, Misaki. No vuelvas a actuar sin mi permiso.
Misaki debería haberse cabreado. En realidad, estaba cabreada.
Después de todo lo que la había visto hacer, Takeru seguía siendo incapaz de dejar atrás décadas de sexismo y arrogancia en una semana.
Seguía menospreciándola de forma casual.
Seguía esperando que obedeciese. Como si nada hubiese cambiado.