29 El aprendiz
A la semana siguiente el coronel Song estaba de vuelta, esa vez acompañado de sus superiores: el gobernador provincial de Shirojima y sus representantes del ejército yammanka. El imbécil del intérprete del coronel, Chou Kyung-tek, estaba allí para presentarlos en un torpe dialecto de Shirojima.
—Les presento al general Chun Chang-ho, al teniente Bek Jin-kyu y al gobernador de la prefectura, Lo Dong-soo. Imagino que ya conocerán al coronel Song Byung-woo.
Takeru hizo una reverencia educada a cada uno.
—También me gustaría presentarles a los representantes de nuestros aliados yammanka: el general Burema Kende, el teniente general Lansana Wagadu, y a su intérprete y consejero, el Jali Seydu Tirama.
—Un segundo jaseli, más joven que el primero y con un ropaje más austero, también acompañaba a los yammankalu.
Misaki solo pudo suponer que era el aprendiz jaseli, ya que, a juzgar por su edad y nerviosismo, era bastante nuevo; sin embargo, no lo presentó.
—Es un placer conocerlos —saludó Takeru a los yammankalu en kaigengua, y el Jali Tirama tradujo sus palabras con soltura al yammaninke—. Gracias por venir. —Entonces, Takeru alargó el brazo al estilo yammanka y le sujetó la mano al general Kende entre las suyas.
Misaki había repasado el saludo tajaka con Takeru y lo había convencido de que practicasen hasta que le saliese solo.
Lo único que pretendía era que Takeru pareciese más culto frente a los visitantes extranjeros.
Más que nada, Misaki quería que los yammankalu sinti eran con quién estaban tratando.
Funcionó. Observó unas expresiones sutiles de asombro en los rostros de los tajakalu cuando sus dedos tocaron los de Takeru y se llevaron los nudillos de este a los labios.
Takeru era más frío y visiblemente más fuerte que los representantes del emperador y, si algo respetaban los yammankalu, era la fuerza.
—Nos alojará en su casa, Matsuda, claro —dijo el general Chun.
—Sí —contestó Takeru con rigidez—. Por supuesto.
Estupendo, pensó Misaki. Como a cada uno de los oficiales importantes se le asignaría una habitación individual, no quedaría espacio para los propios Matsuda en el recinto medio derruido.
Como era lógico, se esperaría que Misaki y Setsuko estuviesen disponibles para servir té y comida a la que en realidad no podían permitirse renunciar, pero la familia tendría que buscar otro sitio donde dormir.
—¿Tiene algo que añadir, Manga… quiero decir, Koroyaa?
—preguntó el jaseli más joven. Koroyaa. Misaki se quedó desconcertada al darse cuenta de que se lo estaba preguntando a ella.
Era una forma respetuosa de dirigirse a una mujer de clase guerrera.
La pregunta fuera de lugar indicaba la inocencia del jaseli; en Yamma, una esposa y un esposo eran iguales y gestionaban todos los asuntos importantes juntos.
Debía de ser su primera vez en Kaigen si los roles de género lo incomodaban tanto.
No solo eso, sino que además también había llamado claramente a Misaki Manga koroyaa, un título reservado a una mujer de un clan gobernante.
En otro país, una familia noble como los Matsuda habría ostentado el estatus de manga koro, pero en Kaigen, la única familia oficial de manga koro era la casa imperial.
Kaigen no se parecía a Yamma, donde se les permitía a muchas familias poderosas hacer alarde de fuerza y competir por el trono si así lo querían.
El emperador de Kaigen no quería que otro linaje salvo el suyo reclamase el derecho inherente de gobernar cualquier parte de su Imperio, por pequeña que fuese.
—Ah, no te preocupes por mí, Jalike —respondió Misaki con el mismo respeto—. Solo estoy aquí para apoyar a mi marido.
Era degradante, pero Misaki se dio cuenta de que estaba sonriendo. Había aprendido de su época como espía que un jaseli sin experiencia era como un tesoro mal protegido. Solo que los jaseliwu custodiaban algo mucho más valioso que el dinero: información.
—Necesito pedirte un favor, Setsuko —dijo Misaki en cuanto los oficiales militares y sus intérpretes estuvieron asentados en el recinto de los Matsuda.
—Claro.
—Necesito que me sustituyas durante un rato como anfitriona.
—¿A dónde vas?
—A hacer una excursioncita —contestó a la vez que se crujía el cuello—. Voy a comprobar si soy tan lista como creía.
—¿Debería ir a buscar a mi sobrina? —Fue Setsuko quien había empezado a llamar así a Siradenyaa, desde que Misaki le explicó el origen de la espada pequeña y del nombre «la Hija de la Sombra».
—No. —Misaki se rio—. Pero voy a llevarme a este sobrino tuyo. —Sacó a Izumo del cajón, ya que de todas formas iban a tener que cederles esa habitación a sus invitados, y lo envolvió en el portabebés.
—¿Te lo llevas de excursión? —preguntó Setsuko con curiosidad.
—Él es más mono que yo —contestó Misaki—. Me hace parecer más agradable y menos amenazante. A que sí, ¿chiquitín? —Le dio un toquecito a Izumo en la nariz.
—¿Qué…?
—Ya te contaré qué tal me ha ido a la vuelta… si es que hay algo que contar. Con suerte, habrá bastante.
Misaki aguardó en las sombras detrás de la choza de Hyori, oculta desde el sendero que atravesaba la aldea. Los maestros casi siempre mandaban a sus aprendices a hacerles los recados. El joven jaseli acabaría saliendo a solas tarde o temprano, y entonces ella tendría su oportunidad.
Cuando escuchó el sonido de sus pasos y un castañeteo de dientes en el apacible aire primaveral, salió de detrás de la choza y se chocó con él «sin querer».
—Vaya —dijo el chico, sorprendido. Entonces, por gracioso que fuese, intentó hablar en kaigengua—: Yo… Lo cierto es que estaba de camino a… de camino a la dirección del sitio para hablar su amante…
— I nyuman, Jaliden —espetó Misaki, y se esforzó por no echarse a reír—. N’ye yammaninke muku.
—Oh. —Al jaseli parecieron relajársele los hombros del alivio—. Se me olvidaba que usted hablaba mi lengua. Como iba diciendo, o eso intentaba, voy de camino a darle un mensaje a su marido. —Se sacó un rollo de kayiri de la parte delantera de la túnica.
—En este momento, mi marido está ocupado —respondió Misaki—, pero yo estaría dispuesta a entregárselo de su parte.
—Eh… —El muchacho titubeó y después le pasó la carta—. Está bien. Se lo agradezco.
—No se preocupe. Lo siento, pero no me he enterado de su nombre, jaseli.
—Vaya… Disculpe, Koroyaa. Me llamo Moriba Gesseke.
Gesseke. El muchacho provenía de una familia prestigiosa.
Lo más seguro era que así hubiese conseguido convertirse en aprendiz de un jaseli tan diestro a pesar de su falta de astucia y de carisma.
Si se le atropellaban tanto las palabras en Yamma, puede que su clan lo hubiese enviado a estudiar en el extranjero para evitar que los avergonzase.
Misaki habría dicho que estaba al final de la adolescencia o a principios de la veintena, la edad adecuada para desempeñar su primer trabajo serio como aprendiz.
—En realidad, me alegro mucho de que esté aquí —dijo Misaki—. Quería hacerle un par de preguntas a su maestro, pero ya que usted es un Gesseke y parece tan competente, me pregunto si podría echarme una mano.
—Puedo intentarlo, Koroyaa —respondió el chico, era evidente que se sentía halagado—. ¿De qué se trata?
—Es solo que he estado recibiendo información contradictoria de los soldados kaigeneses con los que he hablado. Me preguntaba si usted podría arrojar algo de luz, dada la posición tan exclusiva e informada que ocupa.
—Eh… Mmm… —Gesseke parecía inquieto—. No sé si puedo hacerlo.
—¿De verdad? —Misaki adoptó una expresión desolada—. Creía que, como aprendiz del jaseli principal de los yammankalu, puede que sepa lo que le ocurrió en realidad a la aldea.
—Lo sé, Koroyaa. Aunque no estoy seguro de si puedo contárselo. No sin permiso de mis superiores.
—¿Necesita que sus superiores le den permiso para acabar con las dudas de una mujer que sufre?
—No es que no quiera contárselo. Solo que dudo de que su Imperio quiera que lo haga… No puedo arriesgarme.
—¿Que no puede arriesgarse? —repitió Misaki con una voz calculada y temblorosa por culpa de un miedo incrédulo.
—¿Disculpe?
— Tengo familia, jaseli. —Misaki dejó que le temblara la voz para sonar vulnerable. No se le fue de las manos, sino que adoptó el punto justo de vulnerabilidad—. Un bebé. ¿Cree que quiero que todos ellos acaben muertos?
—Yo… eso no era lo que pretendía insinuar…
—Si le preocupa disgustar al Imperio kaigenés, no tiene nada que temer de mí.
Lo único que quiero es mantener a salvo a mi familia.
Además, aquí, en Kaigen, estar a salvo significa seguir los planes del Imperio a rajatabla.
Usted no parece entenderlo, pero la única forma que tengo de hacerlo es conociendo la historia al completo.
—No lo sé, Koroyaa…
—Si no quiere que se lo repita a nadie, no lo haré. Pero necesito saberlo.
—Pero…
—Usted proviene de una maravillosa estirpe de artesanos de la palabra, Moriba Gesseke.
—Misaki probó con una táctica jaseli—. De cantores y confidentes de reyes y reinas.
—Los jaseliwu de la Academia del Alba siempre afirmaban que la mente de un hombre era más maleable si la tenía cargada de alabanzas—.
Durante generaciones, los miembros de su familia han ayudado a la élite yammanka, han apaciguado su ira, han avivado su fuerza y los han guiado a través de muchas épocas peligrosas.
Usted, más que nadie, debería entender la importancia de que un líder disponga de buenos consejeros.
—Sí —coincidió Gesseke, aunque parecía confundido.
—Usted entiende los peligros que puede suponer un koro poderoso sin un confidente leal que lo frene.
—Por supuesto.