La espada de Kaigen 28 El desconocido #5
85%

28 El desconocido #5

—Quizá no tenga importancia —suspiró Misaki—. Kalleyso fue el primer sospechoso que se me vino a la mente al ver la capa gris, pero el resto no cuadra. Sekhmet, Kalleyso, ni siquiera debería saber quién soy en realidad. La única vez que combatimos, ambos íbamos con máscara.

—¿Peleaste contra esa persona?

—No muy bien. Me tiró de un edificio.

—¿Tú… peleabas contra el crimen? —preguntó Takeru.

—Ayudaba a pelear contra el crimen —explicó Misaki—. Mis amigos solían encargarse de la mayor parte del trabajo.

—Tus amigos.

—Sí. Eh… en realidad, conociste a uno de ellos. —Misaki clavó la vista en el regazo, incapaz de mirar a Takeru a los ojos.

—El chico que vino a buscarte —contestó Takeru—. Robin Thundyil.

—Sí. —Misaki dio un respingo. Se le tensaron los hombros, pero Takeru no hizo ningún comentario más sobre Robin.

—Creía que solo habías entrenado en el uso de la espada con tu padre —respondió en su lugar—. No me había dado cuenta de que tenías tanta experiencia en la práctica.

—Pues claro que no —replicó Misaki, demasiado cansada como para disimular la frustración, pero igual de cansada como para enfadarse de verdad—. Me dijiste que no mencionase la época que pasé en la Academia del Alba.

—Ah, sí. Supongo que… a la luz de las circunstancias, puede que debamos repasar esa orden.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó sin poder evitarlo. No estaba segura de si estaba tentando a la suerte. Ese nuevo Takeru no le resultaba familiar, y no sabía hasta dónde llegaría su paciencia con ella, pero dolía, así que tenía que preguntárselo—. ¿Por qué no me dejabas hablar sobre mi pasado?

—No lo sé —murmuró, y unos ojos serios la examinaron a la luz del farol—. Puede que tuviese miedo.

—¿Miedo de qué?

—No lo sé.

—Mi madre… cada vez que mencionaba su vida antes de nosotros, se ponía triste… o se enfadaba.

Misaki creía que nunca había escuchado a Takeru hablar sobre su madre. Parecía perturbado.

—¿Estás bien, Takeru-sama?

—Solo estoy cansado.

—Entonces, deberías acostarte —contestó—. Recuerda que le prometiste a Hiroshi que entrenaríais antes de que amaneciese.

—Ah. —Una expresión vagamente abatida le recorrió el rostro—. Es verdad. —Hizo una pausa y miró a la pared opuesta con el ceño fruncido—. ¿De verdad mató a un hombre con tu espada?

—Sí —contestó Misaki con la vista agachada hacia el suelo—. Ojalá no hubiese sido así, las cosas se descontrolaron. Lo siento…

—No deberías ser tú quien se disculpase.

Debería haber estado aquí para protegeros a todos.

Además, por mucho que no hubiese estado aquí, no tenías motivos para pensar que un niño de cinco años abandonaría la seguridad de su escondite para unirse a la matanza.

Ningún niño de cinco años normal lo intentaría y mucho menos lo lograría.

No es culpa tuya que ese chico se parezca tanto a mí.

—¿A ti?

—Que no sea del todo humano. Creo que mezclar linajes poderosos como hacemos en esta familia puede ser peligroso. Junta a dos personas demasiado fuertes y sus vástagos empezarán a volverse menos humanos y más como dioses.

—¿No es ese el objetivo? —preguntó Misaki—. ¿Sacar a relucir esa valiosa sangre de los dioses y concebir los hijos más poderosos que podamos?

—Sí, pero eso no quita que no sea peligroso para los niños y sus madres. Tan solo me alegro de que Hiroshi no te matase.

—¿Cómo?

—No me refiero a con la espada —aclaró Takeru—. Antes de eso…

—Takeru-sama, ¿de qué hablas?

Dejó la mirada perdida en algún punto que Misaki no pudo ver, y la titilante luz del farol le acentuó las ojeras.

—Ya sabes, ni siquiera a una mujer fuerte suele irle bien intentar dar a luz a un dios.

—No te estoy entendiendo, Takeru-sama.

—Mi madre, Yukino Tatsuki, era una jijaka increíblemente poderosa.

Como es lógico, al ser mujer, no tuvo muchas ocasiones de emplear su jiya a gran escala; aun así…

recuerdo que podía despejar el patio entero de nieve con apenas un gesto de la mano.

Las mujeres hablaron sobre una ocasión en la que un niño pequeño se cayó al río y la corriente lo hundió.

Antes de que la madre del niño tuviese tiempo de lanzarse al agua a por él, mi madre levantó el río y lo devolvió a la orilla.

—Santa Nami, Takeru-sama —contestó Misaki con sorna—. Me estás haciendo sentir muy incompetente.

—No. —Takeru negó con la cabeza—. Creo que casar a los Matsuda con los Yukino puede ser un error. Que seres con un poder tan descomunal, con la misma clase de poder, se casen puede tener consecuencias desastrosas.

—Pero tu padre no era… —Misaki se mordió la lengua antes de poder pronunciar el comentario irrespetuoso.

Puede que esa nueva costumbre de hablar con sinceridad con su marido le hubiese nublado el sentido del decoro; no obstante, tenía que recordarse que estaba hablando con Takeru.

No podía echar pestes sobre Matsuda Susumu.

—Mi padre no era un maestro de la Espada Susurrante —admitió Takeru, que sabía perfectamente lo que había querido decir Misaki, pero no parecía enfadado—, ni tampoco alcanzó ninguna clase de gloria como jijaka; sin embargo, continuó con el linaje de los Matsuda.

Esa sangre, al combinarse con la fuerza de mi madre, produjo unos vástagos tan antinaturalmente poderosos que incluso tuvo problemas para concebirlos, para concebirnos.

—Takeru bajó la vista y una sombra de culpa le tocó las facciones—.

Casi hasta parece que las limitaciones humanas se resisten a nuestra existencia, así que quizá…

los dioses sean esa clase de padres que no quieren que su descendencia los supere.

Misaki observó a su marido durante un instante.

Había trazado las líneas de su rostro perfecto tantas veces mientras se preguntaba si de verdad era de carne y hueso, cuando parecía una criatura esculpida por los dioses, hecha de puro invierno.

Jamás se le había pasado por la cabeza preguntarse qué se sentiría al ser aquella criatura, al ser consciente de que eras una creación tan extraña.

—Me contaron que el parto de Takashi-nii-sama debilitó e hizo enfermar a mi madre.

Mi propio parto estuvo a punto de matarla; la dejó un año en cama.

Sufrió un aborto a finales de su tercer embarazo, cuando yo aún era muy joven.

Puede que se hubiese recuperado después, pero mi padre insistió en que volvieran a probar suerte.

Murió pocos meses más tarde, durante el cuarto embarazo.

—Lo lamento, Takeru-sama. No tenía ni idea.

Lo único que le habían contado a Misaki sobre su suegra era que había fallecido por culpa de una enfermedad persistente.

No sabía que los abortos y la muerte eran comunes en la familia Matsuda.

Se preguntó si su padre lo habría sabido.

De haber sido así, ¿la habría casado con alguien de esa casa?

Hizo a un lado esos pensamientos. No tenía importancia.

Ya estaba hecho. Había pasado hacía muchos años.

Además, Misaki en ese momento seguía viva, con su marido. Era lo único que importaba.

—No hablábamos del tema —dijo Takeru—. Si Takashi o yo lo sacábamos a colación… Si hablábamos de nuestra madre, Tou-sama nos daba una paliza.

Esa idea también le resultó nueva a Misaki.

Durante años, había visto a Matsuda Susumu como su tirano; jamás llegó a plantearse lo que habrían sufrido Takeru y Takashi al ser sus hijos.

Y nunca se le había ocurrido agradecer que ninguno de los hermanos hubiese heredado las tendencias violentas de su padre.

Takeru le había levantado la mano a Mamoru en ocasiones contadas.

Puede que solo en una, aquel día tan extraño en el que Mamoru había cuestionado su Imperio y todo por lo que se guiaba.

Por supuesto, estaba el dojo, donde Takeru le golpeaba el costado o los nudillos al entrenar cuando dejaba una apertura, cuando había algo que aprender.

No obstante, Takashi y Takeru habían aprendido su excelente dominio de la espada de su abuelo, Matsuda Mizudori.

Susumu nunca había tenido nada que enseñarles. Nada salvo resentimiento.

—Creo —empezó a decir Takeru muy despacio— que no era un buen padre. Está claro que no era un buen marido. —Misaki lo miró y se quedó pasmada—. ¿Qué pasa? —preguntó al ver que tenía los ojos como platos.

—Es que… Creo que nunca te había escuchado criticar a tu padre.

No pretendía causarle la expresión avergonzada que le cruzó el rostro.

—Sé que no debería faltarle al respeto. Pero…

—¿Pero?

—Le hizo daño a mi madre.

A Misaki no le sorprendió, sobre todo si la madre de Takeru había sido tan poderosa como había descrito. Si había algo que Susumu odiase por encima de cualquier otra cosa era que le recordaran sus propias carencias.

—Ella también le pegaba —prosiguió Takeru despacio, como si estuviese retrocediendo mentalmente en busca de cosas que lo más probable era que nunca hubiese expresado, cosas que seguramente había intentado olvidar—.

No dejaban de discutir. En compañía de otras personas, mi madre estaba bien, era amable, pero era imposible que mi padre y ella se pusiesen de acuerdo en nada, y se hacían muy infelices.

Si él hablaba con ella, lo hacía a gritos.

Si ella hablaba con él, se echaba a llorar.

Takashi-nii-sama me contó mucho después que tenía una sonrisa maravillosa.

—Takeru negó con la cabeza—. Yo no recuerdo haberla visto sonreír.

—Lo siento —contestó Misaki en voz baja—. No lo sabía. —¿Por qué se lo estaba contando en ese momento? Parecía agotado. Lo más seguro era que ya hubiese desenterrado dolor suficiente por un día.

—Cuando te casaste conmigo, era evidente que no querías estar aquí —afirmó Takeru—, así que por eso intenté guardar una distancia respetuosa contigo. Estaba convencido de que, si hablabas de tu vida antes de llegar y de todo lo que habías dejado atrás, discutiríamos.

Tenía razón. Si Misaki se hubiese permitido darles vueltas a Livingston y a Robin, si se hubiese permitido hablar del tema, habría discutido con él. De todas formas, ¿tan malo habría sido? ¿Habría sido peor que diez años de soledad absoluta?

—No quería que las cosas entre nosotros fuesen iguales que entre mis padres —confesó Takeru—.

No quería que nuestros hijos creciesen como yo…

sin ser del todo humanos. —Conforme Misaki miraba a su marido a la luz del farol, todo comenzó a cobrar sentido.

Takeru jamás había visto un matrimonio sin violencia.

Había estado tratando de evitar que cayeran en lo mismo de la única forma que sabía.

Con silencio. De una manera retorcida, tenía sentido—.

La primera vez que sufriste un aborto, me preocupó pensar que correrías el mismo destino que mi madre. Creí que te estaba matando.

—Pero no lo hiciste —contestó Misaki, enternecida y confundida a la vez por la idea de que Takeru se culparía a sí mismo por la debilidad de su cuerpo—. Fui yo quien fracasó, no tú.

—No fracasaste —dijo Takeru—. Sigues viva.

—Pero… —Misaki se quedó sorprendida—. Perdí a tus hijos.

—Como he explicado, es algo común entre las mujeres Matsuda.

Aunque sobrevivir, aunque sea a un solo aborto, no es tan común.

Debiste estar protegida por los dioses… o puede que se debiera a la sangre mágica que otorga esa fuerza a tu familia.

Puede que tu dominio inconsciente de la sangre purgase a tus vástagos peligrosos antes de que el embarazo acabase con ambos.

—Crees que maté a tus hijos —respondió Misaki—, igual que solía decir tu padre.

—Creo que salvaste a mi mujer —contestó Takeru—. Tu sangre Tsusano te ayudó a sobrevivir cuando mi madre no pudo. En ese sentido, supongo que nuestros padres acertaron al casarnos.

—Eso es un pelín morboso, Takeru-sama —jadeó Misaki con una sonrisa torcida.

Takeru no se la devolvió. Todavía llevaba esa expresión dolorida y arrepentida que tan novedosa le resultaba a Misaki, tan difícil de contemplar, por mucho que llevase bastante tiempo esperándola.

—Sé que sufriste después de perder a esos niños —declaró Takeru—, igual que mi madre antes de morir. Pero he de confesar, por mucho que me avergüence, que no supe cómo actuar. Sigo sin saber qué hacer…

—Estás hablando conmigo. Lo único que quise en ese momento era que hablases conmigo para no sentirme tan sola.

—Pensaba que, si intentaba acercarme a ti, me alejarías. Pensaba que, si hablaba contigo, acabaría en una pelea. —Takeru negó con la cabeza.

—De todas formas, hay cosas peores que discutir —afirmó Misaki—. Disfruto de un poco de discusión. Lo que no soporto es el silencio.

—Entonces, soy el peor marido de todo Kaigen.

—No… —contestó Misaki con dulzura—. Yo también podría haber roto el silencio. —Pero no había tenido el valor necesario.

Gran parte de su enfado provenía de que Takeru la tratase como a una muñequita, pero tampoco era como si ella lo hubiese hecho mejor. Lo había tratado como un bloque de hielo con forma de persona sin tener en cuenta que ese hielo podría haberse formado por razones completamente humanas.

—Siento haberte dejado en silencio durante todo este tiempo. No sé si lo entiendo… pero me alegro de que hoy hayamos peleado.

—Yo también —concordó Misaki.

Los hombres como Matsuda Takeru primero solo existían en las leyendas, hombres capaces de acabar con los problemas de un reino con un movimiento de espada.

La pelea entre Misaki y Takeru no les infundió amor y comprensión por arte de magia.

No curó la ausencia de Mamoru. Pero era algo, como el principio de una costra.

Era la primera señal de que las cosas podían mejorar.

Cuando Misaki y Takeru se tumbaron en el futón emitieron una oleada de frío que extinguió la llama del farol y solo dejó la mezcla azul grisácea de la luz de la luna y las sombras.

Las pesadillas ya no acechaban en la oscuridad porque Misaki ya no estaba sola.

Pareció natural que Takeru hiciese amago de tocarle el hombro… pero se detuvo.

—¿Qué ocurre? —susurró Misaki.

—Odias que te toque —respondió él. No era una acusación, sino un hecho—. Siempre lo has odiado.

Misaki no se molestó en negarlo.

No sabía si podría obligarse a que le gustara, pero se estiró y le colocó una mano en el brazo. Estaba frío, pero ¿qué más daba? Ella también. Se acercó y le apoyó la cabeza en el hombro. Takeru jamás tendría la calidez que le despertaría deseo, pero cuando cerró los ojos no tuvo pesadillas.

En brazos de su marido y envuelta en el sonido de su respiración constante, Misaki durmió a pierna suelta por primera vez en un mes.