28 El desconocido #4
Mientras los hombres se disponían a organizar la búsqueda, Takeru mandó a Setsuko a reunir a las mujeres y los niños para que pudiesen hacer un segundo recuento y Misaki les enseñase a distinguir las ilusiones de un littigi.
Cuando todos los hombres se hubieron marchado, Takeru se arrodilló fuera del recinto de los Matsuda y colocó las palmas contra la nieve.
—¿Qué hace? —preguntó una de las mujeres.
—Voy a encontrar a Ginkawa Yukimi —respondió Takeru a la vez que cerraba los ojos.
Se quedó completamente inmóvil durante casi un waati y Misaki tuvo que explicarles a los aldeanos y voluntarios desconcertados lo que estaba haciendo.
Algunos parecían escépticos, pero ninguno estaba dispuesto a cuestionar las habilidades de Takeru, por excéntricas que pareciesen.
Cuando por fin abrió los ojos, tenía el ceño fruncido.
—Decidles a los hombres que vuelvan —indicó en voz baja.
—¿Cómo? ¿Por qué, Matsuda-dono?
—Los intrusos ya no están en la montaña, y Ginkawa Yukimi tampoco.
—¿A qué se refiere? ¿Está muerta?
—No he percibido ningún cadáver en la nieve ni en el río y, si estuviese fuera, encima de alguna roca, nuestros exploradores la habrían encontrado. Ya no está en la montaña.
—Entonces, ¿alguien se la ha llevado? —preguntó una de las mujeres a la vez que estrechaba a su pequeña contra el pecho—. ¿Por qué iban a hacer algo así?
Una oleada de teorías corrió por la aldea durante el resto de la tarde.
A lo largo de esa semana, las gentes de Takayubi habían estado almacenando alimentos en los restos de lo que antaño había sido el cuarto de estar de los Matsuda.
Cuando llegase la primavera, la media sala carecería de la estructura suficiente para estar allí, pero, por el momento, los refuerzos de hielo de Takeru la habían convertido en un comedor decente; la mitad congelada hacía de nevera mientras que la otra mitad de madera, disponible para el resto de la aldea, se transformó en una cocina.
Cada noche, Misaki reunía a un puñado de mujeres y juntas se ponían a cocinar en unas ollas grandes.
Al no haber electricidad suficiente para una parrilla o la única arrocera que quedaba, lo más eficiente era cocinar para toda la aldea a la vez.
Esa noche, un número inaudito de mujeres se presentó a echar una mano con la cena, casi la mitad de las mujeres de Takayubi.
Algunas acudieron a hablar. Otras, a hacer compañía.
Pero todas tenían las manos ocupadas ayudando.
—¿Creéis que esta es la forma que tiene el gobierno de intentar intimidarnos? —preguntó Mayumi mientras le pasaba el cazo que había pedido a Misaki.
—Lo primero, decir ese tipo de cosas es peligroso —afirmó Misaki—. Tenéis que tener cuidado con quién os escucha. Y lo segundo, lo dudo mucho.
—Pero, Matsuda-dono, fue usted quien sugirió que el emperador podría mandar asesinos…
—Lo sé —contestó Misaki—, pero hay ciertas tácticas que un gobierno tiránico emplea para intimidar a sus súbditos.
Por ejemplo, le gusta dejar ver quiénes son: soldados uniformados, no extranjeros con ropa rara.
Además, creo que, si de verdad fuese un intento de intimidarnos, los captores habrían raptado a un niño cuyos padres siguiesen con vida.
Eso era… —Eso era lo que solían hacerles los yammankalu a los baxarianos nativos para mantenerlos a raya, pero Misaki decidió que ya había soltado demasiadas traiciones contra el Imperio sin tener que arrastrar por el fango a sus aliados más queridos.
Negó con la cabeza—. Si quisiesen causar el mayor impacto psicológico posible, no habrían escogido a una huérfana.
—Pero no es cualquier huérfana —protestó Fuyuhi, parecía dolida—. Es hija de Takayubi, es de nuestra sangre. Es tal y como dijo su marido: nos pertenece a todos nosotros.
—El gobierno no lo entendería —declaró Misaki.
Hizo una pausa mientras removía la sopa y dejó un puñado de especias suspendido sobre las burbujas.
Con el calor del agua hirviendo recorriéndole la piel, recordó algo que le había dicho Robin hacía mucho tiempo, en aquel tejado, cuando ella se había cuestionado si quienes vivían en los suburbios del norte de Livingston merecían salvarse.
«En esta zona de la ciudad, las potencias theonitas de las que depende el resto del mundo han oprimido o dejado a todos en la estacada, y, aun así, ellos no se rinden.
En su lugar, se han construido una vida y una cultura por sí mismos.
No son perfectas, pero vale la pena protegerlas; aunque los gobernantes theonitas, los políticos y la policía hayan decidido lo contrario».
Jamás había esperado entender esa parte de Robin, nunca había creído que esas palabras fuesen a cobrar sentido.
—¿Matsuda-dono? —preguntó Fuyuhi—. ¿Se encuentra bien?
—Sí. —Misaki abrió la mano para dejar caer las especias—.
Solo estaba recordando una cosa… —Negó con la cabeza—.
Da igual. El asunto es que visteis cómo eran el coronel Song y sus hombres.
Ellos jamás entenderían el funcionamiento de nuestra aldea, cómo cuidamos los unos de los otros.
Esto no lleva el sello de un gobierno que intenta asustar a sus súbditos para obedecer.
—Entonces, ¿cree que se trata de los ranganeses? —preguntó Fuyuko.
—No lo sé —respondió Misaki—, y no entiendo por qué esperáis que tenga todas las respuestas, señoras. Sabéis que soy un ama de casa y no una espía, ¿verdad?
—A veces suena como una. —Fuyuko se encogió de hombros.
—Y muchas veces tienes razón —replicó Hyori.
—Mi marido y el resto de los hombres seguirán haciendo todo lo que esté en su mano por averiguarlo. Entretanto, lo único que podemos hacer es protegernos los unos a los otros —contestó tras negar con la cabeza.
La desaparición de Yukimi hizo que la aldea se uniese aún más.
En otra ciudad, es posible que la desaparición de una huérfana se hubiese pasado por alto, pero estaban en Takayubi, así que la pérdida reverberó en cada padre y hogar.
Kotetsu Katashi y sus hijos crearon un conjunto de antorchas de pie que los koronu repartieron por la aldea para que todo estuviese iluminado por la noche y, con suerte, también para disuadir a los intrusos.
Mizumaki Fuyuko y un par de voluntarios más se mudaron al orfanato para asegurarse de que hubiese más pares de ojos vigilando a los niños, dos hombres Ameno subieron al templo Kumono para proteger a los monjes que se habían alojado allí y todo el mundo cambió sus patrones de sueño para garantizar que en todo momento hubiese al menos tres personas apostadas en distintos puestos de vigilancia repartidos por la aldea.
Salvo por el puñado de hombres que Takeru mandó preguntar por Yukimi en los pueblos pesqueros cercanos, todos, tanto residentes como voluntarios, permanecieron en la aldea o en sus alrededores.
Misaki no había conocido a Ginkawa Yukimi ni a sus padres, pero se compadeció de la pequeña cuando acostó a sus hijos. Todos los habitantes de la aldea sintieron lo mismo, como si fuese un fracaso colectivo.
Cuando Misaki deslizó la puerta del dormitorio, se encontró a Takeru arrodillado sobre el tatami, de espaldas a ella.
—Perdón —susurró cuando reconoció la quietud de la meditación—. No pretendía molestar.
—No pasa nada —contestó él—. Se ha ido. —Negó con la cabeza y se volvió hacia Misaki con una expresión vacía y agotada a la luz del farol—. No tiene sentido.
—¿Llevas todo este tiempo intentando dar con ella?
—Te prometí que nos mantendría a todos a salvo.
—Has hecho todo lo que has podido —respondió Misaki con ternura—. Nadie podría haberlo predicho.
Se arrodilló frente al tablón de madera que entonces usaba como tocador, se quitó las pinzas del pelo y dejó que le cayera sobre los hombros.
—Entonces, ¿no sabes qué ha podido ocurrir? —preguntó Takeru mientras ella se pasaba los dedos por el pelo para mitigar la tensión del cuero cabelludo.
—Lo siento, Takeru-sama —contestó mientras negaba con la cabeza.
—¿Quién es Kalleyso?
—¿Perdón? —Esa pregunta la hizo frenar en seco, con los dedos todavía en el pelo.
—Le preguntaste al littigi por alguien llamado Kalleyso —explicó Takeru—. Ese nombre me resulta familiar.
—Puede que lo hayas escuchado en algún momento por la tele.
Es líder de una mafia de Livingston. En Carytha era bastante famoso cuando yo era…
cuando era una adolescente. Sus seguidores llevaban túnicas grises, pero nunca llegaron a tener tatuajes en la cara…
Ni tampoco bombas que se activasen por voz.
—Pero se te ocurrió preguntarle por él casi al instante —dijo Takeru—. ¿Qué iba a querer un líder de una mafia local de Takayubi, que está al otro lado del mundo?
—Bueno, puede que no se le haya perdido nada aquí. —Misaki deslizó los dedos hasta las puntas de su pelo para intentar desenredarse un nudo—. Igual es por mí.
—¿Cómo? —preguntó Takeru—. ¿Qué tienes tú que ver con él?
Misaki inspiró y le dio la espalda al tocador improvisado para mirar a su marido a la cara.
—Pasé mi último año en la Academia del Alba luchando contra él.
—¿Qué?
—A ver, no directamente. —Se corrigió a la vez que seguía intentando deshacerse el nudo—.
Creo que solo tuvimos una pelea física. Por lo general, mis compañeros del colegio y yo solíamos pelear contra sus seguidores mientras intentábamos que no se comiese el terreno de las otras bandas de Livingston.
Takeru la miró con la expresión desconcertada de un hombre que estaba demasiado saturado de vivir tantas experiencias nuevas en un solo día.
En los últimos veinte waatinu lo habían atacado su propio subconsciente, su mujer, un ilusionista y una bomba, por no mencionar todas las conversaciones que había mantenido, algo que debía haber sido agotador para una persona que donde más a gusto estaba era en la quietud de su despacho o en el dojo.
Seguramente había llegado al límite de cosas raras que podía asimilar.