La espada de Kaigen 28 El desconocido #3
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28 El desconocido #3

—¿Quién creen que lo envió? —preguntó uno de los hombres de Kazu—. ¿Los ranganeses o…? —No podía decirlo en voz alta, pero todo el mundo estaba pensando lo mismo: el Imperio.

—Ese hombre no era de Namindugu —respondió Takeru—. Era blanco.

—Hay personas blancas viviendo en Namindugu, en la Unión Ranganesa —señaló Chul-hee. Era algo que la mayoría de los duneses desconocía.

—¿En serio? —preguntó Hakuyu, sorprendido.

—Viven a lo lejos, al oeste —explicó Misaki—, cerca de la frontera con Hades. Sus orígenes se remontan a una tribu hadeana llamada Malikovish, pero políticamente forman parte de la Unión Ranganesa. Jamás había escuchado que tuviesen littigiwu entre sus filas, pero es posible.

Aunque también era igual de posible que una organización hubiese contratado a un asesino extranjero para despistar a alguien. De todas formas, si los ranganeses habían sido los responsables de enviar a ese hombre…

—¿Quién está con mi familia? —Takeru formuló la pregunta que acababa de venírsele a la cabeza a Misaki.

—Su cuñada está con los niños —contestó el cabeza de los Ameno—. Un par de mis hombres están echando una mano en la casa. Deberían estar a salvo.

Misaki ya estaba subiendo la pendiente a toda velocidad.

—Estad alerta —ordenó Takeru a los hombres—. Volved a la aldea cuando hayáis investigado lo que os plazca. —Y se puso a correr a su lado.

Cuando llegaron a la aldea, todo parecía en orden, e intercambiaron un suspiro de alivio al ver a Setsuko y a todos los niños a salvo en el patio de los Matsuda. Setsuko se levantó y se apresuró a ir a su encuentro.

—¿Va todo bien? —preguntó con impaciencia—. Hemos escuchado un sonido parecido al de una explosión y… Takeru… ¡Matsuda-sama, está herido!

—Estamos bien —contestó Takeru—. Ameno-san —se dirigió a uno de los hombres que estaban trabajando en el recinto, un voluntario llamado Ameno Kentaro—.

Ve corriendo al resto de las casas. Dile a todo el mundo que compruebe si toda su familia está a salvo y si la tienen localizada.

Asegúrate de que cada líder de voluntarios haga lo mismo con su grupo.

Si alguien ha visto a una persona sospechosa, que venga a comunicármelo de inmediato.

—¿Qué…?

—Ya habrá tiempo de hacer preguntas más adelante —lo interrumpió Takeru—. ¡Ve!

—Sí, Matsuda-dono. —El hombre dejó la viga que había estado levantando y echó a correr.

—¿Qué ocurre? —preguntó Setsuko cuando le pasó a Misaki a Izumo y ella se puso a hacerlo rebotar suavemente contra la cadera.

—Han intentado acabar con nuestras vidas —respondió Takeru cuando Hiroshi y Nagasa se acercaron a los adultos para escuchar con curiosidad—. Ninguno tiene heridas graves, pero necesitamos confirmar que no hayan atacado a nadie más de la aldea.

—¿Cómo? ¿Quién ha intentado mataros? —preguntó Setsuko.

—En este momento, los pormenores no tienen importancia —dijo Takeru—. Por ahora, solo me tranquiliza que mi familia esté a salvo.

Misaki habría esperado que Setsuko hiciese más preguntas, pero la otra mujer se había callado y estaba mirando a Takeru.

Era evidente que se había dado cuenta de que algo en él había cambiado, de la forma en la que su voz mostraba un ápice de emoción.

La expresión confusa de Setsuko se convirtió en una conmocionada cuando Takeru se agachó y levantó en brazos a Nagasa.

Misaki no recordaba que Takeru hubiese tenido en brazos a ninguno de sus hijos. Hasta el propio Nagasa pareció desconcertado cuando vio que de repente estaba tan lejos del suelo.

—Acabo de visitar a tu hermano, Nagasa-kun —dijo Takeru.

—¿Mamoru? —preguntó Nagasa con una vocecita.

—Sí.

—Tou-sama… ¿ver Mamoru? —Nagasa todavía parecía muy confuso.

—Así es.

—¿Dónde está? —preguntó mientras se aferraba al hombro de su padre con las manos—. ¿Dónde está Mamoru?

—Ahora está en el Laaxara —respondió Takeru—. Prometió que no volvería a molestarte más. Quiere que su hermano pequeño pueda dormir.

—¿Puedo dormir? —No estaba claro si Nagasa entendía del todo lo que había querido decir su padre, pero las palabras parecieron calmarlo.

—Puedes dormir —afirmó Takeru, y volvió a dejar a Nagasa en el suelo—.

También quiso que te recordase otra cosa.

—Le sujetó la pequeña barbilla entre el índice y el pulgar—.

Un guerrero no llora. —Nagasa asintió—. Mamoru no quiere que llores.

—Takeru le apoyó una mano en la cabeza y le revolvió el pelo antes de volverse hacia su segundo hijo—. Hiroshi…

—¿Sí, Tou-sama?

Takeru observó a su segundo hijo durante un momento, al pequeño que se erguía con una tensión lo bastante grande en los hombros para quebrar a un adulto. No lo levantó en brazos, ni siquiera cuando era pequeño le había hecho mucha gracia que lo sostuviesen, pero se arrodilló para mirarlo a la cara.

—Cuando Mamoru tenía tu edad, me negué a enseñarle. ¿Lo sabías?

—No, Tou-sama.

—Ahora me arrepiento —contestó Takeru con serenidad—. Era fuerte, como solo puede serlo un Matsuda, y necesitaba que un Matsuda lo entrenase. A ti te pasa lo mismo, ¿verdad?

Hiroshi se quedó mirando a su padre durante un momento y entonces, como si un dolor espantoso se le derramase desde dentro, suspiró:

—Sí, Tou-sama.

—Puedo enseñarte a dominarlo. —Takeru le colocó las puntas de los dedos contra el pecho—.

Ese poder frío que parece demasiado grande para tu cuerpo.

Puedo enseñarte a dominarlo y a usarlo si estás preparado.

A tu hermano Mamoru, a tu tío Takashi y a mí…

a ninguno nos entrenaron como correspondía cuando éramos pequeños.

Eres tan fuerte como nosotros en ese momento, pero yo te volveré más todavía, si estás preparado para que te enseñe.

Te convertiré en el Matsuda más fuerte que haya vivido jamás. ¿Estás listo, Matsuda Hiroshi?

—Sí, Tou-sama.

—Entonces, te veré mañana por la mañana en el dojo antes de que amanezca.

Misaki observó asombrada cómo la tensión se le derretía de los hombros a Hiroshi. Seguía teniendo una postura demasiado recta para ser un niño tan pequeño, pero ya no parecía como si algo en su interior fuese a partirse.

—Alabado sea Nagi, Misaki —le susurró Setsuko al oído con los ojos abiertos de par en par—. ¿Qué le has hecho a ese hombre?

—Es difícil de explicar —contestó Misaki con una sonrisa.

La mirada de Setsuko le recorrió el pelo desordenado, el hakama prestado y la espada negra que llevaba en la cintura. Si se hacía una idea de lo que había pasado, no intentó sonsacárselo. En vez de eso levantó la mano y le metió un dedo en la mejilla, en el hoyuelo.

—Bienvenida de nuevo, preciosa.

Los hombres que habían acudido a la explosión regresaron poco después.

Si creyeron que la historia de Takeru era descabellada, las dudas se disiparon en cuanto descubrieron los trozos sangrientos del littigi desperdigados por la montaña, así que en ese momento estaban ansiosos por que les contase la historia con más detalle.

Sin embargo, antes de que Takeru pudiera responder al aluvión de preguntas, Ameno Kentaro cruzó el patio con dificultad.

—¡Matsuda-dono! —dijo, y Misaki pudo ver por su expresión que algo no iba bien.

—¿Qué ocurre?

—Nos falta una persona.

—¿Qué? ¿Quién?

—Una niña de cinco años llamada Ginkawa Yukimi —contestó el hombre.

Yukimi era una de las pequeñas que habían quedado huérfanas tras el ataque de los ranganeses. Su joven padre y sus tíos aún más jóvenes habían muerto intentando defender el paso del norte. Su madre, una de las primas de Yukino Dai, sufrió el impacto de una de las bombas durante el bombardeo.

—Que todo el mundo la busque en sus hogares —indicó Takeru—.

Movilizad a los hombres para dispersarse y buscar por la montaña, solo a los hombres —añadió— y solo quienes sean guerreros.

Los herreros, monjes y mujeres se quedarán dentro o en las inmediaciones de sus casas hasta que hayamos confirmado que nuestro asesino no tiene ningún aliado acechando en la montaña.

—¿Y los padres de la niña? —preguntó uno de los voluntarios más nuevos—. ¿Dónde están?

—No tiene padres —contestó Takeru—, pero es de nuestra familia.

El padre de Ginkawa Yukimi murió defendiendo esta aldea.

Su madre era una de las primas del Relámpago Dai, de la misma rama de los Yukino que mi madre.

Esa niña es de nuestra sangre. Nos pertenece, así que nos corresponde dar con ella sana y salva.

—¿Cree que la persona que la raptó es la misma que hizo estallar la bomba? —preguntó uno de los Ameno—. ¿O cree que sus aliados se la llevaron?

—No estoy seguro. —Takeru echó un vistazo repentino a Misaki al pensar que igual podía saber algo, pero estaba igual de perdida que él.

¿Y si el terrorista no estaba solo? ¿Y si había más littigiwu?

De repente, se le vino a la cabeza una imagen repugnante de una persona desconocida adoptando la cara de la madre o del padre de Ginkawa Yukimi.

Si el hombre de los tatuajes había observado y memorizado los rasgos de Mamoru, seguramente habría hecho lo mismo con otros de los habitantes de Takayubi.

Takeru y Misaki estuvieron a punto de creerse la ilusión de su atacante; una niña de cinco años traumatizada sería incapaz de resistirse.

—La persona que mi mujer y yo nos hemos encontrado antes utilizó ilusiones para adoptar la apariencia de nuestro hijo —explicó Takeru—. Mi mujer tiene experiencia con esa clase de subtheonita. Os explicará cómo distinguir las ilusiones.

Misaki les dijo a los hombres que estuviesen atentos a luces parpadeantes u ondulantes, como las que se reflejan en la superficie del agua.

—Prestad atención a quien no abra la boca —añadió—. Los littigiwu no pueden imitar voces. Conque intercambiéis unas palabras cada vez que os crucéis con los miembros de vuestras respectivas partidas de búsqueda, bastará.