28 El desconocido #2
El hombre fulminó a Misaki con la mirada, pero ambos sabían que en ese momento él no podía hacerle nada.
El único peligro que entrañaban los littigiwu como él estaba en lo que podían hacerle ver a una persona; carecía de la fuerza física para librarse del hielo de Takeru.
Puede que un fogonazo de luz hubiese cegado temporalmente a Misaki, pero, de todos modos, ella peleaba mejor a ciegas.
Como estaba segura de que estaba a salvo, Misaki se tomó un momento para observar al hombre.
Parecía estar en la veintena o la treintena, siempre le había costado averiguar la edad de la gente blanca, tenía unos ojos verdes apagados y llevaba el pelo marrón en un corte de estilo hadeano.
Las líneas de un tatuaje formaban un patrón extraño y retorcido entre el puñado de pecas marrones.
Hizo memoria en busca de alguien que se pareciera a ese hombre, pero no conseguía recordar haberse topado con un littigi de ojos verdes, y mucho menos con unos tatuajes tan extraños.
Misaki ni siquiera había visto una tinta así, brillante y metálica.
Con un movimiento de mano, Misaki le quitó la nieve que tenía en la cara, solo para asegurarse de que no se hubiera imaginado el brillo plateado.
Tenía algo en la piel. Era como si un metal se entretejiese con los tatuajes, pero cuando Misaki extendió su jiya, la sustancia brillante casi pareció líquida.
—Eres bastante hábil —dijo. La réplica de Mamoru había estado a la altura de las ilusiones de Elleen.
Era casi perfecta—. ¿Quién eres? —Takeru, que lo más probable es que jamás hubiese visto a una persona blanca, se acercó con más cautela, con Chul-hee pisándole los talones—.
No pasa nada, Takeru-sama —dijo Misaki—.
Es un ser humano, como tú y como yo, solo que más débil. Mira.
Le colocó un tabi sobre el brazo al hombre, hizo un poco de presión y se le partió el hueso.
Al hombre blanco se le tensó el cuerpo e hizo una mueca, pero no gritó.
El único sonido que emitió fue un gruñido que amortiguó con valentía.
Misaki levantó las cejas. Esa clase de compostura férrea indicaba un entrenamiento intenso, aunque percibió cómo se le aceleraba el corazón por el dolor.
—Vale, como no sé si hablas bien el dialecto de Shirojima, probemos con el yammaninke —dijo Misaki—.
¿Quién eres y quién te envía? —Por lo general, no habría disfrutado de torturar a alguien más débil que ella, ni siquiera a alguien que había intentado matarla.
Pero ese hombre le había robado el rostro a su hijo, así que le partiría todos y cada uno de los huesos del cuerpo con gusto—.
¿No hablas yammaninke, pedazo de xuro? Sin problema.
—Volvió a cambiar de idioma—. También sé lindés.
Ahora, responde. ¿Quién eres? ¿Has venido desde Carytha?
A Robin siempre le había preocupado que sus antiguos enemigos lo persiguiesen, pero Misaki nunca se había ganado muchos enemigos en Livingston.
Había cortado a unas cuantas personas, claro, pero por lo general solo había actuado como refuerzo de Robin y de Elleen.
La mayoría de la gente pensaba en el Pájaro de Fuego y no recordaba a su Sombra.
La capa con capucha gris de pronto le recordó a Kalleyso y a sus seguidores, pero a pesar de los adornos extraños y horripilantes que solía llevar Kalleyso, Misaki no había escuchado nunca que el mafioso les tatuase la cara a sus secuaces.
¿Quizá fuera una nueva costumbre? ¿O puede que las marcas fuesen un adorno hadeano que no tenía nada que ver con las afiliaciones de ese hombre?
—¿Es sobre Livingston? —Hizo más fuerza con el pie y le sacó otro gruñido de dolor al littigi tumbado—. ¿Tuviste un encontronazo con la Sombra hace quince o dieciséis años? No parece que te falte ningún miembro… aunque estaré encantada de remediarlo.
—¿Lo reconoces? —preguntó Takeru, incapaz de entender el lindés de Misaki.
—No, Takeru-sama. ¿Y usted?
—¿Kwang? —preguntó Takeru tras negar con la cabeza y girarse al chico.
—A-a mí no me mire, Matsuda-dono —tartamudeó—. Hasta ahora, ni siquiera había conocido a un littigi.
—Bueno, pues este debe llevar un tiempo por aquí, espiando. —Misaki miró al intruso atrapado y entornó los ojos.
—¿A qué se refiere?
—Los littigiwu no poseen magia. Tienen memoria fotográfica, pero no pueden sacar las caras del éter. Solo pueden reproducir lo que han visto, lo que significa que…
—Este hombre vio a Mamoru cuando seguía con vida —contestó Takeru con un terror silencioso—, hace semanas. ¿Por qué?
—Eso es precisamente lo que va a contarnos.
—Misaki bajó la vista hacia el extranjero y volvió a hablar en yammaninke, la lengua que un espía internacional tenía más probabilidades de entender—.
¿A que sí, littigi? Vas a contarnos todo lo que queremos saber mientras todavía conservas las cuatro extremidades y la lengua.
—Vaya —soltó Chul-hee, preocupado—. M-matsuda-dono, estoy bastante seguro de que eso infringe los códigos internacionales de…
—Por suerte esos solo incumben a operarios militares —contestó Misaki—. Yo soy una civil.
—Pero…
—Silencio, Kwang —ordenó Takeru con brusquedad.
—¿Y bien? —preguntó Misaki mientras bajaba la vista hacia el littigi—. ¿Quieres hablar o prefieres que te corte?
La luz parpadeó. El pelo del hombre se volvió negro y, por un instante, la cara de Mamoru se solapó sobre la suya con una expresión suplicante en la mirada.
La atravesó una punzada de sufrimiento y lo pisoteó con fuerza.
Le partió el fémur y la ilusión cruel al hombre con un solo crujido de un talonazo.
Esa vez, el hombre sí que gritó.
—No, no —soltó Misaki con ternura cuando Chul-hee dio un respingo—. De verdad que no quieres desperdiciar concentración en ilusiones manipuladoras. No, más vale que te concentres bien en decirme lo que quiero saber antes de que esto se vuelva de lo más desagradable.
El hombre tensó la mandíbula y empezó soltar unos jadeos de sufrimiento con los dientes apretados. Se le aceleró el corazón, pero no contestó.
—Oye, tampoco seas así. —Misaki desenvainó a Siradenyaa y Chul-hee se tapó los ojos—. Si no hablas conmigo, no podrás decirme de qué partes del cuerpo prefieres despedirte primero. Tendré que adivinarlo…
Entonces, el hombre habló con el acento yammaninke más extraño que Misaki había escuchado jamás.
—Activación por voz.
A Misaki se le paró el corazón.
—¡Alejaos! —chilló.
—Detonar.
Misaki creó un muro de hielo entre ella y el littigi sin pensar que jamás habría soportado el impacto, y sus piernas tampoco la habrían llevado lo suficientemente lejos como para escapar.
Sin embargo, el jiya de Takeru se alzó con el suyo para triplicar el tamaño del muro a la vez que un brazo le rodeaba la cintura y la apartaba.
Se estrellaron juntos sobre la nieve y la explosión sacudió la montaña.
Cuando el pitido que escuchó en los oídos se disipó lo bastante como para que pudiese pensar con claridad, Misaki se apoyó sobre los codos y sacudió la cabeza.
Su espalda chocó contra algo más frío que la nieve que tenía debajo y se dio cuenta de que tenía encima el brazo de Takeru.
La había tapado con su cuerpo para protegerla de los restos que cayeron.
—¿Estás bien? —preguntó ella con una voz que parecía retorcida y distante.
Takeru respondió algo que sonaba afirmativo. Debajo del otro brazo, Chul-hee gruñía mientras se tapaba la cabeza con las manos. Misaki extendió su jiya en busca de sangre, preocupada por si estaba herido.
—Está bien —contestó Takeru, exasperado, justo cuando los gruñidos de Chul-hee se solidificaban en un par de palabras: «¡Menudo estruendo!».
Takeru se levantó para ayudar a Misaki a ponerse en pie y dejó a Chul-hee acurrucado en el suelo.
—Pero ¿qué reinos ha sido eso? —preguntó Misaki a la vez que se giraba hacia donde el littigi había estado tumbado.
—Esperaba que tú pudieses decírmelo.
No quedaba nada del hombre salvo un cráter y un par de jirones de tela gris y de carne esparcidos por la ladera.
—Nunca me he cruzado con nadie como él. —Misaki negó con la cabeza—.
Con otros littigiwu, sí. Con otras personas con capas grises, sí, pero nunca con gente con unos tatuajes o un acento como los suyos.
—Fue a recuperar a Siradenyaa de donde había caído en la nieve después de salir despedida de su mano.
—¿De verdad ibas a cortarlo? —preguntó Takeru mientras tiraba de un tembloroso Chul-hee para ponerlo en pie.
—Solo si seguía negándose a colaborar —contestó Misaki a la vez que devolvía la espada con cuidado a la vaina.
Hubo una pausa.
—Lo has disfrutado. —No la estaba juzgando; Takeru solo parecía estar haciendo un apunte.
—Mis amigos y yo solíamos hacer ese tipo de cosas cuando estaba en Livingston. —Misaki se encogió de hombros.
—¿En el colegio? —Takeru parecía confuso.
—Bueno, más bien al salir —contestó Misaki—. Por la noche. No acostumbrábamos a dormir mucho.
—¡Matsuda-dono! —exclamó una voz, y Misaki y Takeru alzaron la vista para encontrarse a los hombres de Kazu y a algunos de los koronu Ameno descender la pendiente a toda prisa en su dirección.
—Hemos escuchado un ruido como el de una bomba. ¿Qué ha pasado?
—Han intentado acabar con nuestras vidas —explicó Takeru cuando los hombres se detuvieron en el lugar de la explosión—. Con la mía y la de mi mujer.
—¿Cómo?
Takeru fue contando lo que había ocurrido poco a poco, lo que, como era lógico, sonaba ridículo.
—Así que ¿cree que era un asesino? —preguntó uno de los koronu Ameno.
—Es evidente que era un asesino —respondió Misaki.
Un littigi no se enfrentaba a un par de theonitas poderosos salvo que tuviese un plan para zanjar rápidamente la pelea.
Lo más seguro era que ese esperase que la ilusión de Mamoru inmovilizaría a sus objetivos durante el instante que tardase en matarlos con ese cuchillo, y eso puede que le hubiese permitido escapar con vida. La bomba había sido su plan B.