28 El desconocido
S egún las leyendas de Takayubi, un Matsuda jamás había abandonado un duelo sin antes haber derramado en el suelo la sangre de su oponente. Aquel día, Takeru y Misaki acabaron con esa tradición.
Misaki atrapó las gotas de sangre al vuelo y le apoyó la mano con suavidad en el corte del cuello. Takeru no se la apartó, ni siquiera cuando su jiya tiró de la herida abierta para cerrarla y crear una costra con el líquido.
—Eres más fuerte de lo que pensaba —declaró Takeru.
—Ha sido un golpe de suerte. He estado en mejor forma —contestó Misaki tras hacer un sonido de desdén con la garganta.
—No me refería a tu destreza con la espada, eso siempre lo he sabido.
Misaki pestañeó, sorprendida, y la nieve se desprendió revoloteando de sus pestañas.
—¿En serio? —Después, suspiró—. Supongo que subestimé tus dotes de percepción.
—No. Tu padre lo mencionó cuando te describió por primera vez.
—Nunca me lo contaste. —Misaki hizo una pausa—. ¿Por qué no me dijiste nada?
—No lo sé… —Esa arruga reflexiva apareció en el ceño de Takeru—. Siento no habértelo preguntado nunca.
—Yo tampoco te lo conté. —En vez de eso, había sellado su verdadero yo tras una apariencia rígida, con la esperanza de poder convertirse en otra cosa de algún modo—.
Lo siento. —Misaki le recorrió el cuello a Takeru con la palma una última vez antes de bajarla para apoyarla contra su pecho.
Se había formado una costra en el corte que detuvo el flujo de sangre.
—Gracias por haberlo hecho ahora —respondió Takeru.
Levantó la mano para tocarse el corte del cuello, no el que acababa de cerrarle Misaki, sino el que el fantasma de Mamoru le había dejado en esa última pesadilla—.
Creo que debería quedarme un poco más —declaró—, y despedirme de mi hermano y de mi hijo.
—Por supuesto. —Misaki asintió. Pero se dio cuenta de que la idea de dejar a Takeru a solas en la montaña le molestaba.
Ya había pasado demasiado tiempo solo en la nieve, ¿no?
Meditando para despojarse de su humanidad, hundiéndose aún más en un refugio que ahora estaba manchado con la sangre de su familia—.
¿Te parece bien que me quede contigo, Takeru-sama? —preguntó en voz baja.
Takeru se quedó un momento en silencio. Después, asintió.
—Por favor.
Para cuando se levantaron y se dispusieron a emprender el camino de vuelta, ya estaba anocheciendo. Misaki había congelado las dos mitades de la vaina de Siradenyaa para guardar la espada. Hacía bastante frío como para que el hielo no se derritiera, pero al final necesitaría una vaina nueva.
—Le pedí a Setsuko que vigilase a los niños mientras estuviésemos fuera —dijo Misaki—. Le dije que igual tardábamos, pero espero que no se haya preocupado.
—Yo creo que sí —respondió Takeru—. Parece haber mandado a alguien a buscarnos.
—¿Qué?
—Alguien está bajando la montaña hacia nosotros. —Takeru ladeó la cabeza como si estuviese escuchando—. Dos personas.
—Deberíamos ir a su encuentro —declaró Misaki mientras se limpiaba la nieve de las rodillas—, para que sepan que no hemos desaparecido. —Le parecía raro que todavía no le doliese nada el cuerpo, incluso después de haber peleado y de haberse pasado tanto tiempo sentada sobre las piernas.
Apenas habían empezado a subir el paso del sur cuando los ojos de Misaki se toparon con una silueta que bajaba deslizándose por la montaña con cautela en su dirección.
Kwang Chul-hee había adquirido más destreza para no tropezarse por las laderas de Takayubi, aunque seguía yendo más despacio que cualquiera de los aldeanos nacidos allí.
—¡Vaya! —exclamó el chico cuando vio a Misaki y a Takeru entre la nieve—. Son ustedes.
—Kwang —dijo Takeru, y acortó sin esfuerzo y a paso ligero la distancia que lo separaba del chico tambaleante—. ¿Qué haces aquí?
—Setsuko-sama dijo que llevaban mucho tiempo fuera y estaba empezando a preocuparse. Me preguntó si podía venir a buscarlos.
—Estamos sanos y salvos y de camino a casa, como puedes ver —contestó Takeru, aunque Misaki se dio cuenta de que la mirada de Chul-hee le había recorrido los cortes recientes que llevaba en el cuello.
—Vale. Yo… —Chul-hee frenó en seco. Sus ojos habían ido a parar a la espada que Misaki llevaba en la cintura—. ¿Qué es eso?
—Eso es asunto de mi mujer —respondió Takeru con algo de aspereza—. Como dama de una casa noble, puede portar una espada si ella…
—No, ya he visto a mujeres con espadas antes —aclaró Kwang—, pero no con espadas como esa. Matsuda Misaki-dono-sama… —balbuceó los honoríficos de Shirojima con torpeza debido a la emoción—. ¿Eso es lo que creo que es?
—Tienes buen ojo —contestó ella tras bajar la vista hacia Siradenyaa.
—Se refiere a que es…
—¿Cristal zizalen? —replicó Misaki—. Así es.
—¡No puede ser! —exclamó Kwang, que cambió a su kaigengua nativo de la incredulidad—. ¡Kotetsu dijo que no existían katanas de cristal zizalen!
—¿Quieres verla con tus propios ojos? —le sugirió en kaigengua.
—¿Me lo permite? —Chul-hee parecía haberse quedado sin aliento.
Misaki se desató a Siradenyaa con una sonrisa y le pasó el arma envainada a Chul-hee. Él hizo una reverencia y la sujetó con ambas manos.
—Ten cuidado —advirtió Misaki cuando él aferró la empuñadura y la sacó a medias de la vaina—. Es más afilada que la mayoría de las espadas, pero no se oxida, así que puedes tocar la parte plana sin preocuparte de mancharla con la grasa de los dedos.
—Vaya —soltó Chul-hee conforme le daba vueltas—. La vaina será también de cristal zizalen, ¿verdad?
—Eh… —Misaki vaciló, pero se dio cuenta de que resultaría difícil mentirle al chico cuando tenía la vaina en las manos—. El interior, sí.
—Entonces, ¿qué le ha pasado? —preguntó Chul-hee a la vez que apoyaba las puntas de los dedos sobre el hielo con el que Misaki la había reparado.
Puede que no fuese un guerrero de Takayubi, pero seguía siendo un jijaka competente; lo más probable era que pudiese percibir que habían cortado la vaina.
Misaki echó un vistazo a Takeru.
—Por desgracia, ha sufrido daños —dijo.
Los dedos de Chul-hee seguían descansando sobre el hielo de la vaina y frunció el ceño, confuso.
—Parece como si la hubiesen cortado en dos.
—Qué interesante. —Misaki sonrió, le quitó la espada y se la volvió a meter en el cinturón del hakama.
—¡Pero está cortada! —exclamó Chul-hee, confuso—.
Nada puede atravesar el cristal zizalen…
—Dejó la frase en el aire y levantó la vista hacia Takeru.
Su mirada regresó a los cortes que tenía en el cuello y luego al pelo y la ropa revueltos de Misaki, y luego de nuevo a Takeru.
Movió la boca sin emitir sonido alguno durante un instante, aunque sería inapropiado formular las preguntas que tenía en la punta de la lengua.
—Deberíamos volver a la aldea. —Takeru le hizo un gesto a Chul-hee y a Misaki para que lo siguieran y continuaron subiendo la montaña—. Busquemos a la otra persona y volvamos.
—¿A la otra persona? —repitió Chul-hee.
—Habéis venido dos personas a buscarnos, ¿no?
—He venido solo. —Chul-hee negó con la cabeza.
—No… —Takeru frenó en seco, de repente estaba preocupado—. Alguien te estaba siguiendo.
—¿Está seguro, Takeru-sama? —preguntó Misaki. A veces, un uso excesivo de jiya, como sucedía en una pelea, podía afectar los sentidos de un theonita—. Puede que…
Dejó la frase en el aire cuando un movimiento más adelante captó su atención. Una silueta les cerraba el paso. Llevaba el kimono azul de los Matsuda que ondeaba suavemente con el viento y una espada entretejida de verde azulado en la cadera.
Mamoru.
Misaki chilló y se llevó las manos a la boca. Aterrada de que hubiese empezado a alucinar, echó un vistazo a Takeru y a Chul-hee, pero ellos también se habían quedado petrificados donde estaban, con la mirada clavada de forma incrédula en la aparición.
—¿C-c-cómo? —tartamudeó Chul-hee mientras temblaba—. ¿Qué hace él aquí?
Mamoru desenvainó la katana… y eso fue lo que lo delató. Un brillo parpadeó por la silueta durante un instante, como una luz moteada en el suelo de un bosque. Misaki ya había visto ese tipo de ondas brillantes antes y sabía justo lo que significaban.
Ese no era Mamoru ni tampoco su fantasma.
Cuando la imitación de Mamoru los atacó, Takeru dio un paso vacilante hacia atrás y levantó un brazo para protegerlos.
Sin embargo, Misaki avanzó un paso y formó una lanza de hielo con su jiya.
Aunque sabía que en realidad no era él, no podía lanzarle hielo al corazón a su hijo. No podía matar su imagen.
Chul-hee soltó un chillido de alarma cuando disparó el proyectil.
El hielo se le clavó en el hombro al impostor, lo tiró al suelo de espaldas y la ilusión se hizo añicos.
Unas pecas se le esparcieron a Mamoru por las mejillas, el pelo negro se volvió castaño y el kimono azul se convirtió en una ondeante capa gris.
La katana salió despedida de su mano y al caer en la nieve se convirtió en un cuchillo largo de estilo hadeano.
Incluso a pesar de la conmoción, Takeru actuó con cautela y alzó el hielo para congelarle los brazos y las piernas al desconocido en el sitio.
—¿Qué es esa cosa? —exigió saber, más alterado de lo que Misaki lo había visto nunca. Era normal, puesto que nunca había conocido a Elleen Elden—. ¿Es algún tipo de demonio?
—No es un demonio. —Misaki se acercó a la criatura del suelo—. Es un littigi.
—¿Un qué?
—Un tipo de subtheonita —explicó Misaki cuando se colocó al lado del hombre—. Parecen adyns indefensos, pero tienen la capacidad de manipular la luz para crear ilusiones. Conocí a un par en Carytha. —De todas formas, ¿qué demonios hacía ahí uno de ellos?