La espada de Kaigen 27 El duelo #6
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27 El duelo #6

Y a pesar de eso, ahí estaba esa mujer, que lo contenía todo dentro de un cuerpo pequeño de carne y hueso sin quebrarse.

Era como si todo ese dolor se hubiese condensado en su pequeña silueta, del mismo modo que las moléculas de una Espada Susurrante o que una hoja de acero plegada cien veces a martillazos para convertirla en una espada en una forja.

Había soportado cada gota de dolor como si de un golpe de martillo se tratase hasta transformarlas en fuerza, y era más fuerte que Takeru. Lo estaba quebrando.

—Para —ordenó, pero ella siguió forcejeando. El hielo chilló con la voz de Takashi y de Mamoru, con todo lo que se había esforzado tanto para alejar, al quebrarse. Colocó la palma en vano delante de él—. ¡Para! —aulló. Su voz ya no era una orden. Era una súplica—. ¡Para! ¡Para!

Una de las manos de Misaki se liberó con un estallido.

Los bordes afilados del hielo le hicieron cortes en los brazos, rojo sobre unas cicatrices blancas de la pelea contra los fonyakalu.

Se zafó de sus ataduras de golpe y salió disparada hacia delante.

No llevaba ningún arma, pero aun así arremetió contra él.

En aquel momento de asombro Takeru se percató de lo mucho que le debía a esa mujer, que le había dado hijos, que había luchado y luchado sin descanso por una familia que nunca había pedido.

Era una mujer que le había ofrecido su vida sin pedirle nada a cambio.

La fuerza de Mamoru no había salido de su padre. Provenía de ella.

Puede que fuese más fuerte que él. Puede que Takeru fuese incapaz de vencer a esa mujer que parecía tener la fuerza de un ejército dentro. No obstante, tenía razón. Un Matsuda no se rendía ante lo imposible.

Takeru extendió su jiya para formar una espada, pero Misaki se le adelantó.

Se arrancó la vaina de la cadera y se la estampó en la cara.

La vaina debía de estar hecha del mismo cristal zizalen que la hoja porque el impacto fue más fuerte que el de cualquier hielo o metal con el que se hubiese topado Takeru jamás.

Mientras se tambaleaba, Misaki le propinó una patada en el estómago.

Hacía décadas desde que alguien lo había golpeado con la fuerza suficiente como para tumbarlo, pero en el estado monstruosamente poderoso en el que estaba Misaki, la patada le arrebató el aliento del cuerpo y lo mandó rodando por la nieve.

Misaki estaba delante de él, jadeando, con el pelo a merced del viento cuando se incorporó y apoyó las manos y las rodillas en el suelo.

Había recuperado la espada negra, aunque seguía empuñando la vaina en la izquierda como si fuese una segunda espada.

A pesar de las punzadas de dolor en las costillas, Takeru reconoció una postura similar a la de Takashi y se preguntó dónde habría aprendido a blandir dos espadas a la vez…

¿De dónde había sacado tanta fuerza? Nadie salvo su padre le había dado con tantas ganas.

La nieve tiró de él y le ofreció despojarlo de su dolor con delicadeza. Alargó los dedos hacia el frío que lo llamaba, dispuesto a obedecer, pero Misaki seguía mirándolo expectante. Esa mirada se aferró a él como unas garras o un par de brazos y lo sujetó.

Así que, en lugar de rendirse a la nieve, Takeru enterró las manos en ella con fuerza.

Apretó el puño y la nieve se apresuró hacia él.

Con una oleada tortuosa, pareció devolverle todo lo que él le había arrojado desde hacía más de cuarenta años: los moratones de su hermano, las lágrimas y los gritos impotentes de rabia de su madre, su novia de diecinueve años sosteniéndose la cara con las manos mientras se debatía por reprimir los sollozos, su padre sujetando una vara de bambú y estampándosela encima.

La vara le golpeó la oreja y se convirtió en el estallido de las bombas en la ladera de Takayubi.

Le golpeó la espalda y se convirtió en los puños de Kotetsu Atsushi que le suplicaba dar la vuelta para rescatar a su padre: «¡Por favor!

Matsuda-dono, ¡por favor!». Le golpeó el brazo y se convirtió en la Aguja de Sangre de Misaki.

Le golpeó los nudillos y sintió cómo se estrellaban contra los dientes de Mamoru y le ensangrentaban la boca al muchacho.

«Defiende la línea», le había dicho a su hijo cuando lo miró aterrado.

Y eso fue justo lo que hizo Mamoru. Había protegido a Takayubi con todo lo que tenía que ofrecer.

Ahora, era el turno de Takeru.

Se aferró a la verdad de su vida con las manos y se puso en pie.

Cuando Misaki se abalanzó hacia él, Takeru los vio a los dos tal y como eran: como una mujer que necesitaba a su marido y un marido que necesitaba a su mujer.

Esa claridad se agudizó hasta formar un filo.

La Espada Susurrante se topó con la vaina de obsidiana de Misaki y la atravesó. Ella abrió los ojos de par en par y sonrió, por los Dioses de las Profundidades, sonrió; esbozó una sonrisa pura y deslumbrante, y fue la cosa más hermosa de toda Duna.

La espada de Misaki impactó contra la parte ancha de la Espada Susurrante de Takeru y la desvió, pero esa vez el hielo no se quebró. Ni siquiera se resquebrajó.

Misaki descartó la mitad de la vaina y arremetió contra Takeru con una energía renovada. Por primera vez se encontraron, no como una montaña helada y una muñeca, sino como un hombre y una mujer de carne y hueso. La sonrisa de Misaki se ensanchó. Le había dado lo que necesitaba.

Sin embargo, gracias a esa nueva claridad, Takeru se dio cuenta de que, como hombre, él necesitaba algo más de ella. Misaki giró para hacerle un corte en el cuello y él bajó el brazo.

MISAKI

Atacó con todas sus fuerzas, a sabiendas de que allí estaría la Espada Susurrante para encontrarse con ella, preparada para destrozarla o romperse en el intento.

Pero el impacto no llegó.

Notó una sacudida de terror pese al frenesí del combate.

Incluso en el estado en el que estaba, con unos reflejos aumentados, por poco no pudo frenar de golpe antes de separarle la cabeza de los hombros a Takeru con la espada.

La espada de cristal negro le rozó el cuello y el mundo dejó de girar, hasta la propia nieve pareció detenerse, estupefacta.

Misaki se quedó ahí, sin aliento, con el corazón desbocado a medida que dos gotas de sangre le salpicaban el cuello blanco a Takeru. Dos gotas. No lo había matado. Aunque por los pelos.

¿Por qué?, pensó, furiosa. ¿Por qué no lo ha bloqueado?

A Takeru debería haberle dado tiempo, así que ¿por qué no lo había hecho? ¿Había estado intentando engañarla para que lo matase? ¿Había estado poniéndola a prueba?

No obstante, cuando miró a su marido a la cara, no tenía una expresión engreída o de complicidad. Sino de pura sorpresa. Entonces, conforme lo observaba, la sorpresa se derritió hasta convertirse en algo más suave que el triunfo.

Alivio.

Se miraron, con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo y la hoja de Misaki todavía apoyada contra el cuello de Takeru. Entonces, la Espada Susurrante se transformó en nieve que revoloteó hasta descansar a sus pies. Los dedos de Takeru le tocaron la mano con la que blandía la espada.

—Acepto —dijo, y por una vez, tenía la voz plena, rebosaba gratitud, fuerza y la dentellada decidida del invierno.

Y, de algún modo, Misaki entendió por qué le había cedido esa última apertura.

Si de verdad quería matarlo, entonces él estaba solo.

Estaba dispuesto a levantarse y pelear, pero preferiría morir antes que hacerlo a solas.

Al tocarle la mano con la suya, Takeru no solo estaba aceptando el desafío de la responsabilidad, también la estaba aceptando a ella.

Unos dedos fríos le recorrieron la mano que sostenía la espada a Misaki, le subieron por la manga y le apartaron el pelo de la cara. En la nieve que caía, Takeru observó a la mujer con la que se había casado y la vio por primera vez.

—Acepto.