27 El duelo #5
Una Espada Susurrante de verdad requería una concentración y una determinación absolutas. Las espadas que estaba creando en ese momento podrían cercenar carne y hueso. Incluso podrían atravesar metal, pero no eran Espadas Susurrantes perfectas. Les faltaban un par de moléculas.
La espada negra se estampó contra la guardia de Takeru y él trastabilló.
Nunca había tenido problemas para centrar el jiya.
Desde que era adolescente, su hoja siempre había sido perfecta.
Había sido perfecta cuando se enfrentó a los ranganeses, había sido perfecta cuando peleó contra Mamoru aquel día en el dojo y lo tachó de débil.
Lo irónico era que Mamoru había tenido razón sobre el Imperio, sobre los Kwang y sobre los ranganeses, y Takeru lo había tachado de débil.
En la incertidumbre de la juventud, Mamoru había estado más cerca de la claridad real de lo que nunca había estado su padre.
Takeru le había exigido a su hijo que se levantase y pelease para defender su verdad.
Ahora, su mujer le estaba pidiendo que se levantase, pero lo único que podía hacer era quebrarse, quebrarse y quebrarse.
Misaki no aminoró, no le cedió ni un koyin de terreno.
Se había producido algo en el interior de esa mujer, alguna profunda magia de sangre Tsusano que Takeru era incapaz de entender, que le otorgó una fuerza inhumana.
Sin embargo, era imposible que un combatiente se moviera con tanta elegancia solo con fuerza.
A medida que la mujer diminuta igualaba sus movimientos, Takeru se vio obligado a reconocer que había pasado quince años durmiendo al lado de una guerrera con una destreza casi igual a la suya sin darse cuenta.
¿Cómo era posible que no lo hubiese notado? ¿O lo había hecho, pero había decidido hacer la vista gorda, igual que con todo lo que lo perturbaba? Se había perdido tanta parte de su vida aturdido entre la nieve, la niebla y la meditación que ni siquiera lo sabía.
La Sasayaiba se resquebrajó al recibir un impacto brutal de la espada de Misaki.
En vez de tomarse un instante para recuperarse del golpe, ella aceleró con una furia renovada e hizo un giro para apuñalarlo.
Takeru lo bloqueó y el hielo se partió, esquivando por los pelos la espada de obsidiana antes de que pudiese atravesarle el pecho.
No iba a matarlo de verdad… ¿no?
Nunca había llegado a conocer a la mujer que vivía dentro de la muñeca, y no era fácil pelear contra un enemigo que no conocías. Trató de hacer un corte ofensivo con otra Sasayaiba, solo para que se partiese, cuando recibió el contrataque más decidido de su mujer.
Matsuda Takeru primero había descubierto su Espada Susurrante gracias a una claridad absoluta.
Había investigado cada rincón de su mundo, desde un castillo koro hasta una forja numu, desde una religión antigua hasta una nueva, y lo entendió todo a la perfección.
A diferencia de su antepasado, Takeru solo lograba concentrarse lo suficiente para formar una Espada Susurrante al refugiarse en la recóndita blancura de la montaña, donde no era consciente de su país, de su mujer ni, incluso, de sus propias emociones.
¿Qué clase de hombre le daba la espalda al mundo y llamaba a eso «claridad»?
Lo único que Takeru entendía sobre esa mujer era que estaba enfadada, y cada vez que algo se resquebrajaba o se rompía, parecía echar más leña al fuego: sus movimientos eran más erráticos, más salvajes, más difíciles de predecir.
Había dolor en su forma de luchar, que iba de la mano de la fuerza y subía y bajaba con cada golpe de espada.
Estaba sufriendo, y era culpa suya. Jamás había pretendido hacerle daño, pero con cada movimiento, Takeru solo parecía empeorar la situación, y fue incapaz de soportarlo.
En el gruñido de su mujer, escuchó la amargura de su padre, sintió las lágrimas de su madre. Mamoru ardía en su mirada.
Takeru tenía que detenerlo.
Buscó una apertura para sujetarla, pero ella era demasiado rápida y no mostraba indicios de cansarse.
Si seguía insistiendo con esa Sasayaiba imperfecta, la hoja de obsidiana le acabaría cercenando el brazo.
Takeru cambió de táctica e hizo que Misaki dirigiera los ataques hacia su cuerpo a la vez que levantaba la nieve alrededor de ella para atraparla.
Con el toque de su nyama, el frenesí de nieve se precipitó para responder a su maestro.
Pese a la fuerza física que había demostrado Misaki, seguía teniendo una percepción leve del agua que la rodeaba en comparación con la de un Matsuda de nacimiento.
En el confuso torbellino de nieve, no notó las moléculas de agua acumularse detrás de ella.
Takeru dejó que su espada se hiciese añicos contra la de Misaki, abrió las palmas y tiró del agua en su dirección, que se convirtió en una gran ola.
Misaki soltó un grito de sorpresa cuando la ola la sumergió de hombros para abajo.
Reaccionó con la rapidez de un guerrero entrenado y soltó la espada para usar las dos manos en un intento por apartarse el agua del cuerpo.
Pero Takeru ya estaba congelando el líquido y el jiya de su mujer era insignificante al lado del suyo. La ola formó un bloque y la inmovilizó.
—Ríndete —espetó Takeru, que disimuló el agotamiento con un tono autoritario.
Misaki lo atravesó con la mirada: no se parecía a una espada, sino a unas garras que se le clavaron y lo sujetaron con fuerza, de las que era imposible librarse.
—Qué golpe tan sucio, Matsuda Takeru —siseó cuando sus miradas se encontraron; ambos estaban igual de inmóviles—. Si no fuera porque es un indicio evidente de debilidad, estaría impresionada. No te había tomado por un tramposo.
—No pusiste ninguna condición para combatir —contestó Takeru. Era una excusa muy pobre. Solo existían un par de condiciones que permitiesen atrapar a un oponente. Aun así, las condiciones de un combate jijaka no estaban pensadas para duelos entre cónyuges—. No quiero hacerte daño.
—¿Hacerme daño ? —La respiración de Misaki, por muy fría que fuese, emitió vaho en el aura bajo cero de Takeru.
Parecía, si es que acaso era posible, más dolorida que durante el frenesí de la lucha—.
Así… —Bajó la vista hacia el hielo que le recubría el cuerpo—.
¿ Así es como intentas mitigar mi dolor?
—Yo… —Takeru tenía la sensación de que se le estaba escapando algo—. No puedo traer de vuelta a Mamoru —dijo.
—Pero puedes ser mejor. —Le lanzó una mirada fulminante y, por el amor de Nami, ¿es que no pensaba aflojar las garras? —. Puedes ser mejor que el hombre que no pudo salvarlo.
—Lo seré —prometió Takeru—. No volveré a hacerte daño.
—Si no quieres hacerme daño, entonces te enfrentarás a mí como un guerrero de verdad. —Misaki apretó los dientes y gruñó—: Con respeto.
Takeru estaba acostumbrado a que el nyama de otros theonitas se calmara cuando estaban envueltos en su hielo.
Como no podían mover las extremidades, a la mayoría les costaba emplear sus poderes para influir en el mundo que los rodeaba.
Sin embargo, el poder de Misaki no estaba a su alrededor; sino que venía de dentro, otorgándole a ese cuerpo tan pequeño una fuerza semejante a la de un dios mientras se debatía contra su prisión.
Su dolor le chirrió al igual que unas garras contra una piedra, e intentó no encogerse.
—La pelea ha terminado, mujer —insistió, como si pronunciar esas palabras en voz alta hiciese que fueran ciertas—. Te has quedado sin armas. Ríndete.
—No. No puedo. Aún no has aceptado mi desafío.
—Ya he…
—No has peleado contra mí como un Matsuda.
Sacudió el cuerpo en el hielo y lo quebró .
El estallido hizo que a Takeru se le sacudiese el alma.
Era un niño pequeño, hecho un ovillo de costado, que temblaba por las secuelas que le habían dejado los puños de su padre, que no podía comprender a dónde había ido su madre, por qué se había marchado, por qué su padre lo odiaba tanto.
Tou-sama lo había pisoteado dos veces y le había dejado un moratón del tamaño del talón en la mejilla, y un dolor lacerante en las costillas.
Como sabía que no podría levantarse, se puso de costado y se arrastró.
Fue vagamente consciente de que su hermano debió de haber intervenido para defenderlo, lo cual quería decir que lo más probable era que Takashi estuviese peor que él.
La idea no le resultó tranquilizadora. La culpa se entrelazó con la confusión y los vasos sanguíneos rotos para dar lugar a un dolor distinto y peor.
Sabía que, si se quedaba quieto y aguzaba el oído, oiría llorar a Takashi, sentiría el dolor de su hermano respondiendo al suyo como un eco.
Así que, en lugar de prestar atención, Takeru se arrastró más rápido y arañó el tatami con las uñas con desesperación.
Puso una mano detrás de otra y avanzó a rastras, hasta llegar al porche que daba al patio cubierto de nieve.
Se aupó y rodó por el borde hacia el abrazo blanco de debajo.
Aterrizó de costado con fuerza, lo más probable era que se hubiese empeorado los moratones, pero en ese momento todo iba bien.
En cuanto cayó al suelo, la nieve se apresuró para acunarlo como si fuera los brazos de su madre, y se sintió a salvo.
Estiró los dedos por la blancura y lo vertió todo en la montaña.
El dolor se dispersó en miles de copos de nieve, luego en diez mil, y raleó como la niebla al amanecer.
Durante toda su vida, Takeru había estado seguro de que estaba haciendo lo correcto al cederle su dolor a la montaña, de que no había otra forma… Si no, ¿cómo se podía albergar tanto sufrimiento en algo tan pequeño como un cuerpo humano?