27 El duelo #4
—No puedo confiar en que aceptarás mi ayuda cuando lo único que has hecho desde que me casé contigo ha sido hacer oídos sordos a mis consejos y a mis sentimientos —contestó con frialdad—, y tampoco puedo confiar en que protegerás a Takayubi cuando ni siquiera eres capaz de levantarte para defenderte a ti mismo.
—¿Qué quieres de mí?
Misaki le puso la parte plana de Siradenyaa contra la mejilla a modo de respuesta.
—¿Sabes qué es esto? —preguntó.
—¿Obsidiana yammanka? —contestó tras echar un vistazo a la hoja negra que tenía apoyada contra la piel clara.
—Es cristal zizalen. La experiencia, la ciencia y la antigua religión yammanka dicen que ningún arma puede hacerle un solo rasguño.
Cuando te levantes, vas a demostrar que estás a la altura de ese desafío.
Demuestra que estás listo para hacer lo imposible.
Si no te ves capaz… — Nami, espero saber lo que hago —, entonces, no le sirves de nada a esta aldea, y a mí, tampoco.
Misaki hizo un corte hacia abajo.
Takeru se movió tan rápido que bien podría haber sido un reflejo.
Misaki apenas pudo ver la Espada Susurrante antes de que el arma de hielo chirriase contra Siradenyaa y la desviase de su objetivo.
El choque del hielo contra el cristal fue tan intenso que Misaki no tuvo ni idea de cómo se las apañó para no soltar la espada.
Takeru se puso en pie.
Conforme la nieve se levantaba a su alrededor, el jiya de Misaki también lo hizo, aunque no la rodeó, sino que se alzó en su interior.
Seguía en los pasillos oscuros del recinto de los Matsuda, peleando para defender a su familia. En su cabeza, jamás había salido de allí. Se dio cuenta de que no podría hacerlo hasta no haberse enfrentado a su último oponente, el más peligroso de todos.
El enemigo que se cernía ante ella no era el propio Matsuda Takeru, sino el silencio amargo que se había ido acumulando entre ambos durante quince años.
Lo combatiría, acabaría con él. Y, cuando terminase, tendría un marido.
Sus hijos tendrían un padre. Takayubi tendría un líder. Y Mamoru podría descansar.
Sus espadas entrechocaron y Misaki sintió una satisfacción momentánea al darse cuenta de que Takeru no se había contenido; al revés, había asestado un golpe quebrantahuesos con todas sus fuerzas.
Después, hubo un instante de sorpresa absoluta cuando se dio cuenta de que no le había roto los huesos.
Ella y la pequeña Siradenyaa habían resistido un golpe de la Espada Susurrante de Takeru.
No solo eso, sino que, además, la guarda de cristal zizalen se atascó en la de hielo de la Sasayaiba, Misaki dio un paso adelante e hizo retroceder a Takeru de un empujón con un estallido inhumano de poder.
Se recuperó con soltura y sus pies no tardaron en volver a ponerse en posición sobre la nieve que se acumulaba; sin embargo, parecía aturdido. Debería haber sido imposible que una fuerza tan prodigiosa saliese de una theonita tan diminuta.
—¿Qué eres ? —susurró Takeru.
Soy algo más grande que yo misma , se percató Misaki.
—Soy Matsuda Misaki —declaró con un orgullo y una sinceridad que hasta entonces jamás había relacionado con esas palabras—. Soy tu mujer.
Y arremetió contra él.
La velocidad que tenía cuando era joven pareció apoderarse de sus extremidades, pero era algo más.
Ella era algo más que Tsusano Misaki o que Sirawu, la Sombra.
Peleaba por algo más importante que una, cinco o diez vidas.
Las ganas de vivir de Takeru, el alma de Mamoru, el futuro de su familia, la supervivencia de la propia Takayubi, todo pendía del extremo de su espada.
Eso era algo que la Sombra, con todo su amor ciego y su crueldad, jamás habría entendido.
Tal y como Kazu, Tou-sama y el gigante, Tsusano Raiden, habían soportado el peso de Anryuu en batallas pasadas, ella resistió los ataques de Takeru y lo obligó a retroceder.
Él contratacó con una técnica impecable, sin dejar ni una sola apertura, aunque adoptó una postura defensiva cuando Misaki siguió avanzando.
Durante todos los años que pasó en la Academia del Alba, Misaki nunca había tenido la destreza como para equipararse a un espadachín excepcional en combate.
No obstante, al haberse librado del kimono ceñido y de la cobardía infantil que llevaban apresándola desde hacía años, se había convertido en una criatura nueva, más fluida e ilimitada que una chica, pero más sólida que una sombra; una mujer de fuerza relampagueante y sangre rugiente.
Por una vez en su vida, su cuerpo iba a la misma velocidad que su mente.
Nada más visualizar un corte, ahí estaba la espada.
Nada más ver una apertura, ya estaba dentro.
Si quería mantener la postura, la mantenía.
Estaba jadeando, pero se dio cuenta de que, por primera vez desde el Tirón del Alma, jadear no hacía que le doliesen los pulmones.
La Espada Susurrante se resquebrajó tres veces, pero Takeru no tardó en recomponerla.
Bien . Si podía resistir a Siradenyaa, si podía aguantar la pelea, entonces todavía quedaba esperanza para Takayubi.
La nieve que daba vueltas a su alrededor aceleró cuando Misaki arremetió por cuarta vez contra la Espada Susurrante… y la hizo añicos.
Fue un momento estremecedor. Como la sangre estaba actuando como una extensión de su voluntad, Misaki no notó el impacto en los músculos y articulaciones.
En vez de eso, lo notó en el alma, y le resultó antinatural.
Se suponía que la Espada Susurrante era irrompible.
Puede que Misaki se hubiese extendido la fuerza de voluntad por todo el cuerpo, pero, aun así, no era suficiente.
Tenía que llegar más lejos de sí misma. Necesitaba que llegase hasta él .
Muéstrame algo mejor, instó a Takeru sin dejar de avanzar. Muéstrame lo imposible.
Takeru puso una cantidad de terreno calculado entre ambos, pero en lugar de aprovecharlo para alejarse y recomponer la Sasayaiba, cambió de táctica e hizo un movimiento amplio con las manos abiertas.
La nieve se alzó al son del flujo de su jiya, y una serpiente se levantó del suelo frente a Misaki; no se parecía del todo a un dragón Matsuda, esa técnica requería el poder de dos Matsuda adultos, pero la criatura era bastante más grande que cualquier serpiente de hielo que Misaki hubiese visto crear a ningún jijaka en solitario.
La serpiente deslizó las escamas como cuchillas de forma protectora alrededor de Takeru y luego se irguió para enfrentarse a Misaki; le brillaban los fragmentos de hielo que tenía por ojos.
Era más alta que una casa y abrió la mandíbula con colmillos lo suficiente como para partirla en dos de un mordisco.
Fue un buen intento de intimidarla, pero Matsuda Takeru necesitaba algo más que una apariencia intimidante, necesitaba ser invencible hasta la médula.
Misaki esperó que la criatura gélida fuese tan poderosa como parecía, pero solo había una forma de averiguarlo. Cuando la serpiente arremetió, ella se mantuvo firme. El hielo se topó con el cristal.
Con dos golpes relampagueantes de la Hija de la Sombra, Misaki hizo añicos la cabeza de la serpiente.
Le dio la vuelta a Siradenyaa y la empuñó con un agarre invertido y una sola mano, alargó la que tenía libre hacia el cuello decapitado y se apoderó del agua del interior.
Ni siquiera en su momento más fuerte podría pelear contra Matsuda Takeru por el control de las púas y las escamas de la serpiente.
El hielo era su especialidad indiscutible, pero de los dos, Takashi había sido el que poseía la energía fluida decisiva para impulsar el interior del dragón Matsuda. Pero Takashi se había ido.
Misaki dio un tirón de brazo hacia atrás con un rugido. Su jiya le arrancó el líquido de dentro a la serpiente como si le hubiese arrebatado la columna a una sierpe viva. La formación se desmoronó al igual que un esqueleto sin vértebras.
Esfuérzate más, estalló Misaki entre la lluvia de escamas. Demuéstrame más.
TAKERU
Matsuda Takeru cedió.
Nunca había perdido el control de la armadura del dragón. Hasta cuando el agua de Takashi se movía a una velocidad vertiginosa o cambiaba de dirección de golpe había conseguido moverse al compás. Nunca había tenido problemas para seguirlo.
Había dado por sentado que Misaki, al igual que la mayoría de los guerreros, atacaría el exterior invencible del dragón, pero había ido a por el interior inestable, a por la ausencia de Takashi.
El interior le hizo dar una sacudida cuando se quedó hueco y el impacto provocó que su armadura saliese despedida en todas direcciones.
Despellejado y sin huesos, se enfrentó a la criatura a la que había despertado, a esa mujer de sangre divina y llena de furia.
Estaba sonrojada y unos mechones se le salieron del moño cuando atravesó los restos del dragón con la espada de cristal.
Se abalanzó hacia él con un brillo y un filo tan cortante en esos ojos negros como la obsidiana.
Durante tantos años, había evitado tocar a esa muñeca de porcelana que le habían dado por miedo a romperla.
No había querido ver a esa mujer preciosa y extraña derrumbarse igual que había hecho su madre.
Aunque, de todas formas, Takeru la había roto, pero no se había quebrado del todo como la porcelana, sino como el hielo y el cristal, con bordes afilados que la volvieron más peligrosa que nunca.
Takeru aunó la fuerza de voluntad necesaria para atraer algunas de las escamas del dragón hacia sus manos y formar una Espada Susurrante.
Al volver, el frío y la presión de su jiya produjeron una espada lo bastante sólida como para no partirse con el arma de cristal de Misaki, aunque nunca podría cortar cristal zizalen.
Lo sabía con una certeza irrefutable antes de que sus espadas llegaran a tocarse.