La espada de Kaigen 27 El duelo #3
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27 El duelo #3

—No… — No pasa nada, quiso decir, te perdono, pero fue incapaz.

Incluso en ese momento, parte de ella seguía siendo demasiado orgullosa, demasiado cruel.

Respiró hondo y volvió a intentarlo—. Sé que el deber de un Matsuda es proteger al Imperio, incluso a expensas de sus hijos.

—Unos copos de nieve se quedaron atrapados en sus lágrimas a medida que le bajaban por las mejillas, y el frío las ralentizó—. Sé con quién me casé.

—¿Con quién te casaste, Tsusano Misaki? —La nieve se le había acumulado en el pelo a Takeru de no haberse movido—. ¿Con quién te casaste?

—Se suponía que me había casado con un hombre con la fuerza y la sensatez suficientes para mantener a salvo a mis hijos.

—Entonces, te he fallado estrepitosamente.

—No sabías… —empezó a decir Misaki de forma atropellada, debatiéndose entre la ira desproporcionada que sentía hacia Takeru y ese impulso nuevo y extraño de defenderlo—. No sabías lo que iba a ocurrir. No sabías que te paralizaría.

—No es excusa. Eso no cambia el hecho de que no pude acatar las órdenes de mi hermano cuando importaba, ni tampoco rebatírselas cuando hacía falta, así que acaba conmigo.

Aunque seas una mujer, has lanzado un desafío formal, así que, a ojos de los dioses, tienes las manos y la conciencia limpias.

Puedes librar a la familia de mi impureza espiritual.

—¿De tu impureza espiritual? —Esa parte la sorprendió.

—Guardo ira contra mi hermano, y arrepentimiento por no haber protegido a mi hijo. Esa debilidad les ha impedido cruzar al otro mundo. Puede que los dioses me permitan ocupar su lugar en el Infierno, ya que mi amargura se ha extendido por el reino de los vivos.

—¿Crees que… el espíritu de Mamoru sigue aquí por ti? —Misaki no lo entendía. Era ella la que había sufrido pesadillas espantosas por las noches. Era ella la que no podía dejarlo ir.

—No llegué a rezar por él.

—¿Por qué?

—¿Cómo te enfrentas a un hijo, a un guerrero sincero y valiente, al que asesinaron mientras te quedaste ahí plantado sin hacer nada?

No he podido despedirme de su espíritu, así que por eso lleva acechándonos desde entonces, arrebatándoos el sueño a Nagasa y a ti.

Anoche, hizo que mi jiya se alzase en sueños y casi nos mata a ambos.

—Eso no fue… — Eso no fue culpa tuya, empezó a decir Misaki, pero dejó la frase en el aire.

Hizo memoria de la noche pasada y recordó haberse despertado bañada en sudor y en lágrimas.

Si su jiya se hubiese activado, lo primero en congelarse habría sido esa agua.

Las lanzas de hielo que sobresalieron de las paredes habían sido rectas y transparentes, mucho más parecidas a las espadas limpias de Takeru que a las creaciones imperfectas que hacía ella—.

¡Te apuñalaste ! —exclamó, horrorizada. Se decía que existían theonitas que se hacían daño con su nyama desenfrenado, pero se suponía que eso solo les ocurría a los niños, cuyos poderes no estaban lo suficiente desarrollados para resultar letales.

En un adulto, se veía como un símbolo de locura.

—Fue una suerte que gritases —afirmó—. El sonido me despertó antes de que mi jiya pudiese hacerte daño.

—Misaki se dio cuenta de que cuando le había gritado que se fuese, lo que había habido en su mirada no era ira, sino pánico.

Había estado preocupado por su seguridad—.

Tenlo en cuenta y ve con cuidado al hacer esto.

—Takeru volvió a agachar la cabeza con voz sosegada—.

Dudo que mi jiya moribundo se manifieste de una forma tan dramática como el de mi hermano, aunque puede seguir siendo extremadamente peligroso.

Asegúrate de salir corriendo nada más cortarme la columna vertebral.

¿Cómo podía hablar de su muerte con tanta tranquilidad? ¿Cómo era posible que su corazón latiese de forma tan regular?

—Lo estás volviendo a hacer, ¿verdad? —lo acusó Misaki—. Has vuelto a refugiarte en la montaña para no tener que enfrentarte a esto como un hombre.

—No.

—Entonces, ¿por qué de repente estás tan tranquilo? Hace un momento, cuando estabas hablando de Mamoru, tenías emociones. ¿Cómo puedes pedirle a tu mujer que te asesine como si no significara nada?

—Pues porque… esto no me molesta.

—No te creo. —¿Cómo alguien tan poderoso como Takeru iba a renunciar a su propia vida sin resistirse?

—Te estoy diciendo la verdad. Llevo sin intentar entrar en ese estado desde que…

—Desde que el coronel Song quemó los cuerpos. —Misaki lo dijo en voz alta en cuanto se dio cuenta—. No pudiste afrontarlo, así que te refugiaste en la montaña.

—Lo intenté —contestó Takeru—. Pero la ira no desapareció.

—Ay, Takeru-sama… —suspiró Misaki, y dijo con fuerza en una mezcla de exasperación y dolor—: La ira no desaparecerá.

Por un momento, fue incapaz de dar nombre a la emoción que se le acumuló en el interior.

Cuando por fin la reconoció, una parte demente de ella quiso echarse a reír al darse cuenta de que era pena.

Sentía pena por ese hombre ridículo que estaba arrodillado en la nieve, por esa mujer ciega y egocéntrica que se había casado con él hacía quince años y nunca había visto cómo era en realidad.

Quince años y ni una sola vez había visto a Takeru como alguien que quizá necesitase su ayuda.

O, si lo había hecho, se había cerrado en banda: No me corresponde, no es responsabilidad mía, no es mi familia.

—¿Y bien? —preguntó Takeru con una voz tan sosegada como de costumbre—. ¿Vas a hacerlo?

—No. —Misaki levantó la cabeza y sintió que algo florecía en su pecho, una determinación nueva.

«Siempre se te ha dado bien tratar con las personas», había dicho Kazu.

Si podía arrebatarles a otros su pesar, entonces sería capaz de hacer lo mismo por Takeru.

Acababa de descubrir que era tan humano como el que más—.

La ira no desaparecerá —repitió con más fuerza—, así que te enfrentarás a ella y la domarás como un hombre.

—¿Cómo? —Takeru levantó la vista hacia ella, confundido.

—Has pecado de lo mismo que yo: de intentar complacer y obedecer a tus mayores.

—Misaki negó con la cabeza—. Puede que fuese un error.

Puede que no. Eso ya no importa. Ninguno de ellos está aquí para ofrecernos respuestas.

Nos hemos quedado sin padres, abuelos y hermanos…

Solo estamos tú y yo… —Hizo una pausa, sin saber muy bien a dónde quería llegar.

Puede que no bastase con hacer a un lado sus remordimientos.

Puede eso fuese lo último que debía hacer por Mamoru.

Encuentra las palabras, Misaki . Dio una respiración dolorosa—.

Cuando abandonaste a Mamoru para que defendiese la línea, no eras más que un segundo hijo acatando órdenes, pero ahora eres más que eso. Eres el líder de la casa Matsuda.

—Pero no estaba previsto que lo fuese. Era una época de paz. Se suponía que esto no debería haber pasado.

—Lo sé. —La emoción le hizo un nudo en la garganta a Misaki y un impulso repentino de hacer algo que nunca había querido hacer, ni por asomo, se apoderó de ella.

Quería correr hacia Takeru. Quería abrazarlo …

y que él la abrazase. En ese mismo instante, se dio cuenta de que eso estaba descartado.

No eran niños. Necesitaban algo más que un par de brazos protectores. Necesitaban ser algo más.

—No importa si mis fallos quedan o no perdonados, no estoy preparado para proteger nuestra aldea —espetó Takeru con una frustración palpable, dolorosa—. Quizá pueda dirigir a un grupo de soldados, pero no sé cómo cuidar de viudas y de huérfanos sin hogar, sin recursos, y sin la ayuda del Imperio.

—Pero debes hacerlo. Te das cuenta, ¿no?

—preguntó Misaki—. Si no asumes el papel de líder de la aldea, entonces el gobierno mandará a otra persona.

Estaremos a su merced y será obra tuya. —Eso hizo reflexionar a Takeru—.

Mira. Quizá no se te pueda culpar de todo lo que ha pasado hasta ahora.

Quizá no pueda responsabilizarte de las decisiones de tu padre o de tu hermano, pero eres responsable de lo que pase a continuación.

—Al igual que ella. Ahora lo entendía, y no iba a fracasar. Otra vez, no.

—Pelear contra los ranganeses es una cosa… nací para ello, pero desafiar al Imperio… —Takeru negó con la cabeza—. Eso va más allá de mis capacidades. Es imposible.

—Es imposible que el hielo pueda atravesar el acero. Es imposible que un jijaka pueda detener un tornado. Eres un Matsuda. Para ti, lo imposible es un día más en el dojo.

—Pero… en la carta que escribiste…

—¡Olvida la carta! —Misaki dio un paso adelante, le arrebató la carta de la mano a Takeru y la hizo pedazos—. Anulo el desafío.

—No puedes…

—Te planteo uno nuevo. —Lo apuntó con la espada a medida que los trozos de kayiri revoloteaban hasta sus pies—. Accedes a ser un hombre y a compensármelo. Vas a hacer lo que haga falta para proteger a esta familia y a esta aldea, con o sin el apoyo del gobierno.

—Misaki… —Takeru empezó a levantarse, pero ella le colocó a Siradenyaa contra el cuello y él se quedó petrificado.

—No —siguió con frialdad—. No vas a levantarte hasta que estés listo para aceptar mi nuevo desafío. ¿Lo aceptas, Matsuda Takeru?

—Ya te he dicho que no sé cómo proteger a Takayubi, mujer. —Hasta cuando dudaba de sí mismo, Takeru se las apañaba para sonar condescendiente—. No puedo…

—Sí que puedes —lo interrumpió Misaki, cabreada.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque esta vez, cuando subamos ese camino, lo haremos juntos. Esta vez, me tendrás a mí. ¿Aceptas las condiciones y mi ayuda?

—Acepto —contestó, pero su rostro era inexpresivo. No había miedo, pero tampoco convicción. No bastaba.

—Entonces, demuéstralo —dijo Misaki.

—¿Qué? —Frunció el ceño, confundido.