27 El duelo #2
—¿Qué estás haciendo? —exigió saber Misaki.
—Admito todas las acusaciones que el rival ha hecho contra mí. Por tanto… —Se echó el pelo a un lado para dejar la nuca al descubierto—. Me rindo. —Se agachó aún más y le ofreció el cuello desnudo a la espada—. Y entrego mi vida para expiarlas.
Misaki sintió como si el mundo se hubiese detenido. Habría creído que estaba soñando, pero jamás podría haber soñado algo así. Ni siquiera en su peor momento de locura habría inventado a un Takeru que se rindiese en una pelea, que se arrodillase ante una mujer, que pidiese morir.
—Pero ¿qué demonios te crees que haces?
—Estoy aceptando las condiciones de tu carta —contestó Takeru—. Me estoy rindiendo y estoy entregando mi vida.
—Yo n-no… Lo que dije en esa carta no iba en serio —tartamudeó, y retrocedió por culpa de la confusión—. Solo escribí lo que creía que te traería hasta aquí.
—Si querías traerme hasta aquí, bastaba con que lanzaras el desafío —declaró Takeru—. Debiste saberlo.
Sintió una punzada de culpa desconcertante. Se tambaleó, estaba completamente perdida. ¿Cómo era posible que hubiese perdido el control de aquel duelo que había planeado con tanto cuidado en cuestión de momentos?
Había pensado que Takeru intentaría llevarla a rastras a casa, lo que daría pie a que se resistiera, él se marcharía con desdén y ella tendría que perseguirlo.
Misaki había tenido en cuenta que las probabilidades de que aceptase su desafío como si fuese una igual eran escasas, pero, de hacerlo, estaba segura de que defendería su hombría y la pondría en su sitio.
Todos los caminos desembocaban en una pelea.
Era justo lo que había planeado, lo que tenía que ocurrir; así que ¿qué reinos estaba pasando ahí? ¿Por qué Takeru estaba de rodillas?
—¿Por qué? —preguntó con tirantez.
—¿Cómo?
—Antes de matarte —dijo Misaki—. Necesito saber por qué… Si entiendes todas mis acusaciones, si concuerdas con ellas, entonces ¿por qué se ha llegado a esto? ¿Por qué no te enfrentaste al coronel Song? ¿O a tu hermano? Pedazo de desgraciado, ¿cómo pudiste permitir que ocurriera todo esto?
—Yo… —respondió Takeru en voz tan baja que apenas logró romper el silencio de la nieve que caía—. No tengo respuesta.
Misaki se quedó boquiabierta. ¿No era esto lo que querías?
, preguntó una voz en su cabeza. ¿No querías humillarlo?
¿No querías matarlo? No fue hasta que se puso al lado de su marido y clavó la vista en su cuello al descubierto cuando se percató de que la respuesta era «no».
Misaki no quería esa vida. Pero, entonces, ¿qué quería? ¿Por qué estaba allí?
—Sentí sus muertes —confesó Takeru en dirección a su regazo, con la cara escondida.
—¿Qué? —La voz de Misaki, que hasta hacía unos instantes había sido el rugido de una tormenta, en ese momento no fue más que un susurro.
—A veces… no soy un hombre —explicó, despacio—.
Soy la montaña. —Y, por un dinma, Misaki se preguntó si habría perdido la cabeza, si los dos lo habrían hecho, pero Takeru continuó—: He podido entrar en ese estado desde que era niño.
Me retraigo en las profundidades de la nieve y de los ríos y me sumerjo en el océano; entonces, todo cuanto hay en esta montaña se convierte en mí, y yo me convierto en la montaña.
Se parece a la meditación, pero es mucho más. Es convertirse en otra clase de ser…
—¿Convertirse en otra clase de ser? —repitió Misaki.
—En uno más grande —contestó—, tanto que yo, Matsuda Takeru, dejo de tener importancia.
La primera vez que me pasó era muy joven.
Aquel día, nevaba con fuerza, justo como hoy.
Mi padre me estaba pegando por algo. Me tumbó en la nieve del patio.
Y, cuando tuve las palmas apoyadas en el suelo, me di cuenta de que podía dispersarme por la nieve, esparcirme por toda la montaña e incluso llegar al mar que estaba más abajo y hundirme más y más…
hasta que el dolor se diseminaba por ese nuevo ser en el que me había convertido, como una gota de sangre en un estanque.
Puede que el dolor y la vergüenza fuesen demasiado fuertes para que un niño pequeño los soportase, pero la montaña…
la montaña podía soportarlo todo, así que me convertí en la montaña.
Misaki tan solo pudo bajar la vista hacia su marido, impresionada. Jamás había sentido nada parecido a lo que Takeru estaba describiendo, como tampoco podía imaginarse por qué se lo estaba contando en ese momento.
—Cuando me convierto en la montaña, soy muy consciente de algunas cosas.
Puedo sentir cada molécula de agua de los ríos, la nieve y hasta los movimientos más sutiles de la niebla alrededor.
En mitad de tantos estímulos sensoriales, cualquier sentimiento de mi yo humano, ya sea físico o emocional, se vuelve insignificante y, por tanto, soportable.
—Me estás diciendo que cuando tus sentimientos te resultan inconvenientes, simplemente… ¿te libras de ellos?
—Dejo que la magnitud de la montaña los atenúe hasta volverlos insignificantes.
Que se confirmasen sus sospechas de que Takeru no era del todo humano era raro. Todas esas veces que Misaki lo había mirado a la cara y había sentido como si no pudiese hallar ninguna emoción en ella… había tenido razón. No obstante, ¿por qué se lo estaba contando ahora?
—Se sabe de otros Matsuda que han conseguido entrar en ese estado tras meditar con intensidad, pero yo puedo deslizármelo como un guante a voluntad.
A Misaki le sorprendió el haberse planteado por un momento pelear contra un hombre cuyo poder era tan grande como el de la propia montaña.
El veneno la había consumido y la había vuelto una temeraria de remate: como una criatura rabiosa y pequeña que creía que podría vencer a un animal cuarenta veces más grande que ella.
—Los antiguos Matsuda veían esta habilidad como un regalo de los dioses —explicó Takeru—, pero yo la he usado para esconderme.
Me he ocultado tras ella desde que era pequeño, cuando huía de la ira de mi padre.
Cuando ser un hombre se vuelve insoportable, me convierto en la montaña.
Llevo haciendo lo mismo toda mi vida: cuando no quería reconocer una verdad, enfrentarme a una decisión o soportar algo doloroso.
Resulta más fácil entrar en un estado que me libra de emociones humanas como el arrepentimiento, la vergüenza o el amor.
—¿Alguna vez sientes amor ? —inquirió Misaki. No sabía si la pregunta la hacía por despecho o por mera curiosidad. Que las dos le pareciesen iguales era bastante revelador.
Takeru no respondió a la pregunta. Pasó un momento antes de que volviera a hablar, y emitió una respiración profunda bastante humana.
—Cuando Takashi-nii-sama me ordenó volver a la aldea, me convertí en la montaña.
No tuve alternativa, era la única manera en la que podría obedecer.
—Misaki se quedó en silencio. El mero hecho de admitir que le había costado abandonar a Mamoru debería haberla aliviado.
Aunque tan solo añadió una capa nueva de dolor al ya existente.
Todo ese tiempo, su marido había sido humano—.
Pero me equivoqué —prosiguió—. Me refugié en la montaña para no afrontar la realidad de que estaba abandonando a mi hermano y a mi hijo sin tener en cuenta que ellos también habían nacido de esta montaña.
Su jiya estaba atado a los mismos nieve, hielo y agua en movimiento que el mío.
Al entrar en ese estado, no me di cuenta de que sentiría sus muertes.
Misaki notó que le temblaron las manos con las que sujetaba a Siradenyaa.
—Estaba volviendo a la aldea cuando mi hermano murió y…
—Se le crispó el ceño, como si su rostro estuviese intentando dar con una expresión de dolor pero hubiese olvidado cómo hacerlo—.
Fue punzante, Misaki, una simple aguja en la montaña, pero golpeó con la fuerza de una Aguja de Sangre.
Fue algo tan nimio… y me dejó paralizado.
—Durante tantos años, el silencio de Takeru la había puesto furiosa.
Sin embargo, en ese momento estaba hablando con libertad y Misaki habría dado lo que fuera para que se callase.
»Ojalá pudiera expresarlo… Para mí, mi hermano era como un refugio en todos los sentidos.
Su muerte me dejó conmocionado, en carne viva, como si tuviese los nervios y los músculos al descubierto.
—Las palabras eran demasiado sinceras, demasiado cercanas.
Después de haber pasado años con Takashi, a quien no le gustaban mucho las palabras vacías, y con Takeru, al que ni siquiera le gustaban las palabras, era fácil olvidar que los Matsuda tenían una tradición tan longeva con la poesía como con la espada.
Puede que Takeru se trabase con el kaigengua imperial, pero su dialecto de Shirojima era vívido y conciso, como la sencilla claridad de los ojos de Hyori. Insoportable.
»Después de eso… me sentí como supongo que debe sentirse un hombre al que han desollado, pero me había convertido en la montaña, era incapaz de moverme, no podía retroceder hacia Mamoru ni avanzar hasta ti y los pequeños.
No podía cumplir con las órdenes de mi hermano ni seguir mis propios impulsos. Y entonces…
—Entonces, Mamoru murió —susurró Misaki.
Sostenía a Siradenyaa con menos fuerza. A medida que las lágrimas le nublaban la mirada, recordó haber observado una niebla similar en la oscuridad del búnker.
Puede que el aturdimiento del golpe o las oleadas de su terca negación hubiesen ahogado ese recuerdo y lo hubiesen sumergido en las profundidades de su mente, pero en ese momento volvió a salir a flote: Takeru, con la cabeza apoyada contra la puerta del búnker y los hombros temblando.
En la oscuridad, ese sonido grave se había mezclado con los sollozos que los rodeaban y había pasado desapercibido.
Misaki no se había acercado a él ni tampoco había pronunciado su nombre, a sabiendas de que debería haberlo hecho. ¿Por qué no se había acercado?