27 El duelo
L a nieve caía con suavidad sobre la pira enterrada.
La tierra con la que los soldados de Song habían tapado el foso distaba del suelo rocoso que la rodeaba, pero para cuando Nagi terminara de cubrirlo con su manto de nieve recién caída, resultaría indiscernible de cualquier otra parte de la montaña.
Takeru se acercó al círculo con los pasos calculados de un espadachín; su pulgar izquierdo descansaba sobre la guarda de Kyougetsu, listo para desenvainar el arma de un capirotazo ante el menor indicio de peligro. Entonces, sus ojos se toparon con su oponente.
—¿Tú?
Misaki se levantó poco a poco, con el pulgar izquierdo también apoyado sobre la guarda de cristal de Siradenyaa.
Takeru no la había hecho esperar mucho, tal y como había previsto.
La nieve apenas había comenzado a acumulársele en el pelo y en los pliegues de la ropa.
Había tomado prestado un hakama de mujer ceremonial de una de las monjas fina.
Aunque la prenda holgada no estaba pensada para combatir, ofrecía más libertad de movimiento que el obi y el kimono restrictivos que solía vestir.
—Misaki… —Takeru no parecía haber atado los cabos del todo—. ¿Qué haces aquí?
—Tengo una cita —contestó con calma mientras Takeru echaba un vistazo a la espada que llevaba atada a la cadera—. He retado a otro guerrero a un duelo. —Colocó la mano derecha en la empuñadura de Siradenyaa—. Es evidente que ha aceptado.
La reacción de Takeru fue decepcionante, aunque predecible.
—Esto es absurdo, Misaki. Volverás a casa de inmediato.
—No. —Estaba harta de tolerar la decepción. Allí, en la tumba cubierta de nieve de su hijo, alguien iba a pagar por ello—. Vamos a batirnos en duelo.
—No haremos tal cosa —contestó Takeru con firmeza—. Un hombre no combate contra su mujer.
—Entonces, ¿te rindes? —exigió saber—. Sería la primera vez que sucediese algo así en la historia de los Matsuda, ¿verdad? Además, creo que eso me da derecho a quedarme con tu cabeza si lo deseo.
—No puedo rendirme si no es un duelo de verdad —espetó Takeru—. Para retar a alguien hace falta ser un guerrero, y tú no lo eres.
—Ah, ¿no? ¿Te gustaría explicárselo a los ranganeses que atravesaron vuestras filas?
—Estampó un talón contra el suelo donde yacían enterradas sus víctimas—.
Creo que me cargué a diez antes de que llegases para «protegerme», y después a uno más cuando te negaste a proteger a Hyori.
¿O te creías que habían muerto porque se les antojó?
—No te corresponde tomar las armas. —Takeru alzó la voz junto con su jiya para aplastarla—. Eres una mujer. Tu único deber es cuidar de los niños.
—¿Me repites el motivo? —preguntó Misaki con la voz cargada de veneno—. Ah, sí. Porque mi marido, el mejor espadachín de Shirojima, se supone que tiene que protegernos a todos.
—Misaki. —Su voz se había tornado peligrosa—. No te permito que me hables en ese tono. Eres mi mujer…
—¡Nunca quise serlo! —estalló Misaki, y vio cómo su voz se quebraba en un grito—.
¡Nunca quise nada de esto! —Dioses, hacía tanto tiempo que no gritaba.
El sonido fue tan visceral que hasta Takeru dio un paso atrás—.
No quería nada de esto, pero aun así di a luz a ese chico, lo cuidé y lo quise, ¡todo porque mis padres querían que me casase con un Matsuda!
¡El único motivo por el que estoy aquí es porque eres un theonita fuerte que se suponía que tenía que mantenernos a salvo a mis hijos y a mí!
Por eso renuncié a mi vida. Por la seguridad.
—No pienso escuchar ni una…
—¡Dejé atrás todo lo que tenía para casarme contigo!
He sido una esposa obediente, te he dado hijos, he cumplido con todo lo que se esperaba de mí; así que ¿cómo ha podido pasar esto?
¿Por qué se ha ido mi hijo? —terminó de decir Misaki, sin aliento.
Sentía como si fuese a quebrarse en mil pedazos, como si pudiese comerse el mundo. Estaba lista para pelear.
—Seguí mis órdenes. —Fue lo único que dijo Takeru.
—¿Igual que cuando el coronel Song quemó los cadáveres de nuestros muertos y luego nos dio la espalda? —gruñó Misaki.
—Un Matsuda obedece a sus superiores. Cuando dejé el frente… —Takeru pareció titubear—. Nii-sama fue muy claro…
—Takashi me da igual —escupió Misaki—. Él ya no está aquí, ni tampoco el coronel Song o tu padre.
Te has quedado sin gente tras la que esconderte.
Me casé contigo, tuve un hijo contigo y tú lo abandonaste en el frente para morir cuando podías haberlo salvarlo.
Takashi no responderá por su muerte. Lo harás tú.
—Desenvainó a Siradenyaa de un golpe y apuntó la hoja al pecho de su marido—. ¡Desenvaina, Matsuda Takeru!
—¡No pienso escuchar ni una sola palabra más al respecto, mujer! —rugió Takeru, como si el mero volumen de su voz bastase para silenciarla—. Es tu última oportunidad para obedecer…
—¡Perdiste el derecho a mi obediencia cuando dejaste de ser un hombre!
—lo interrumpió Misaki—. Si quieres que vuelva a casa, entonces tendrás que pelear conmigo.
He pasado demasiado tiempo observando cómo te rebajabas, pero esta…
esta es la última vez que mostrarás debilidad delante de mí.
Uno de nosotros descansará aquí con nuestro hijo. ¡Desenvaina!
Takeru le sostuvo la mirada. No había indicios de que la tormenta que hervía en el interior de Misaki hubiese conseguido suscitarle ni siquiera un murmullo a él. Por un instante, el único movimiento entre ambos fue la lenta ondulación de la nieve que caía.
—No deberías gritar tanto —dijo de pronto, en voz más baja—.
No es apropiado para una dama. —La indignación se le retorció a Misaki en la garganta, que se puso en guardia y se preparó para atacar.
La ira que sentía anhelaba pasar a la acción y ya se lo había advertido lo suficiente…
—. Además —prosiguió, con esa voz tan calmada—, ya has dejado bastante claros tus argumentos en la carta.
—¿Cómo? —A Misaki se le retorcieron los dedos con los que sujetaba la empuñadura de Siradenyaa.
Su cuerpo estaba a un par de latidos de desbocarse, como la sacudida que la había llevado a arrojarse en brazos de Kazu, la furia que la hizo saltarle a la yugular al coronel Song; y tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para reprimirla.
Takeru todavía no había desenvainado a Kyougetsu ni había invocado a la Espada Susurrante.
Si Misaki iba a proceder con las formalidades del duelo que había organizado, no podía atacarlo hasta que no empuñase un arma.
—Es costumbre repasar el reto antes de que comience el duelo —indicó Takeru.
—¿Significa eso que aceptas el desafío? —preguntó tras levantar la vista y fulminarlo con la mirada—. Si es así, entonces no necesito repasar nada. Ya sé lo que escribí. —Después de haberse pasado quince años quieta, sentía que no podría soportarlo ni un instante más. Quería pelear .
Takeru la ignoró, se metió la mano en el pliegue del kimono y sacó la carta anónima que planteaba el desafío que Misaki había dejado en la entrada del recinto.
Por el amor de Nami, eso era tan propio de él.
Ni siquiera podía pelear sin asegurarse de que el papeleo estuviese en orden.
Empezó a leerla en voz alta sin ninguna clase de emoción:
Matsuda Takeru:
Soy una de las muchas personas que han perdido a su familia, su hogar y todo cuanto le era preciado, por culpa de su cobardía y su falta de juicio. Al haber abandonado el frente, condenó a morir al resto de los guerreros, incluidos su propio hermano y su hijo.
—Te he dicho que no hace falta que la leas —repitió Misaki, pero Takeru prosiguió.
Desde que nuestra aldea ha sido asolada, no ha hablado con el gobierno en nuestro nombre.
Cuando se les faltó al respeto a los cuerpos de nuestros muertos, usted agachó la cabeza.
Cuando las autoridades se negaron a ayudarnos, usted no cuestionó su decisión.
Cuando más lo necesitábamos, desapareció en lo alto de la montaña y dejó que otros asumieran sus responsabilidades.
Una y otra vez, ha demostrado ser incapaz de plantarle cara a la autoridad cuando quienes están por debajo de usted dependen de que lo haga. Creo que un cobarde así no está capacitado para liderar nuestra aldea en este momento de necesidad.
Misaki había sentido una ira muy justificada conforme escribía. La voz tranquila y profunda de Takeru despojó de toda emoción a esas palabras y las afiló hasta que solo fueron una mera crueldad.
Por todos esos motivos, lo reto a un combate singular al noveno waati, en el lugar donde antaño se erigía la aldea de los herreros. Si quiere demostrar que sigue siendo un hombre, entonces hágalo en un combate singular.
Takeru terminó de leer y se quedó mirando la carta.
—«Incapaz de plantarle cara a la autoridad» —repitió de una manera extrañamente reflexiva, en lugar de enfadada—. ¿Se refiere al coronel Song… o a mi hermano?
—A ambos —respondió Misaki, con la espada aún desenvainada—. Mantengo lo que dije y lo que escribí. ¿Lo niegas?
Takeru no contestó. Cuando se llevó la mano a la cadera, Misaki dio una sacudida y se preparó para defenderse; no obstante, en lugar de desenvainar a Kyougetsu, desató poco a poco la tira blanca que la sostenía y se deslizó la vaina perlada del cinturón.
Luego, con la misma parsimonia, se arrodilló y dejó la Aguja Lunar a un lado.
Entonces, así es como va a ser, pensó Misaki mientras reajustaba el agarre de Siradenyaa. Va a sacar la Espada Susurrante de primeras.
Según la leyenda, la Sasayaiba podía atravesar cualquier cosa. Estaba por verse si cortaría cristal zizalen. Misaki estaba lista. Había repasado todas las maniobras que había visto emplear a Takeru. Había ideado formas de contrarrestar cada una de ellas. Estaba lista para…
Pero no se había preparado para lo que Takeru hizo a continuación.
Después de hacer a un lado la espada, apoyó las palmas contra el suelo cubierto de nieve… y se agachó.