La espada de Kaigen 26 El espíritu #4
77%

26 El espíritu #4

Se alejó del cajón de Izumo y salió de la habitación repleta de respiraciones suaves y latidos tiernos.

Incluso en pleno invierno, la habitación donde dormía Takeru siempre estaba a un par de grados menos que las demás.

La mayoría de los theonitas poderosos, incluyendo el hermano de Takeru, tenían latidos fuertes que Misaki podía percibir a bounds de distancia.

El latido del corazón de Takeru era tan tenue como constante.

Su respiración apenas perturbaba el aire.

Si no fuera por el frío que emanaba, capaz de erizarte la piel, Misaki ni siquiera habría podido discernir que su marido estaba ahí, dormido en el futón que compartían.

Dio gracias a los dioses por haberle otorgado el sigilo de una serpiente.

Se deslizó bajo las mantas junto a Takeru sin molestarlo.

Soñó con el día que había peleado contra Mamoru en el dojo. Salvo que las armas que empuñaban no eran bokken. Mamoru blandía su preciosa espada de serpientes. Misaki, a la Hija de la Sombra.

—Ten cuidado —indicó Misaki, sin ser apenas consciente de que combatir con ese tipo de armas no era seguro—. No quiero mellarte la espada.

—Seguro que no le pasará nada —contestó Mamoru con una voz tranquila que, de algún modo, hizo que su temor aumentase—. Mamoriken es fuerte.

—¿Mamoriken…? —repitió Misaki, despacio—. Ese no… Tu espada no tiene nombre. — Aún no , gritó una parte distante de ella. Nami, te lo ruego, aún no. Deja que este momento se alargue. Déjame que me quede aquí con él.

—Pues claro que lo tiene. Es la Protectora.

—No…

—¿No es eso lo que me dijiste que hiciera? —preguntó Mamoru—. Proteger a mis seres queridos, costara lo que costase.

—Yo no dije eso. — Yo nunca dije «costara lo que costase». Nunca…

—Pero fuiste tú la que me puso este nombre al nacer, ¿verdad? —respondió Mamoru.

—¡No!

—Sabías lo que era cuando estaba en tu vientre. Antes de nacer, yo ya era…

—¡No! —Por culpa del dolor, Misaki arremetió sin darse cuenta de que seguía empuñando a Siradenyaa. El cristal se topó con la carne. Mamoru y ella bajaron la vista a la vez para ver una herida de espada abierta en el costado de Mamoru. Lo había matado.

—Kaa-chan… —Mamoru no estaba enfadado cuando la miró a la cara. Era peor. Parecía desconcertado—. ¿Por qué? —preguntó con la voz cargada de dolor—. ¿Por qué?

Misaki abrió los ojos de golpe y se irguió, solo para toparse con Mamoru a los pies del futón. Ay, Nami…

—No tendrías que haberme abandonado —espetó de forma acusadora, y ahora sí que estaba enfadado—. ¿Por qué me abandonaste ahí fuera?

Misaki quería hablar, pero parecía haberse quedado helada por dentro, rígida, como todas esas veces que se había quedado clavada debajo de su marido, intentando no apartarse.

¿Era posible que, después de haberse pasado tanto tiempo inmóvil en ese futón, se le hubiera olvidado cómo moverse? ¿Ni siquiera podía hacerlo por su hijo?

—¿Por qué me haces esto? —exigió saber Mamoru mientras su jiya se alzaba, gélido como el de su padre—. ¿Por qué me retienes aquí? ¿Por qué me haces esto?

No pretendía hacerlo , intentó decir Misaki a medida que el jiya gélido de Mamoru trepaba por las paredes y formaba unas lanzas de hielo. ¡Lo siento! ¡Hijo mío, lo siento mucho! Pero de su boca abierta no salió sonido alguno.

Se le despellejó la piel del cuello y la cara y fue crepitando a medida que ardía. Él había estado muerto e inmóvil cuando quemaron su cadáver, pero no era ese Mamoru. Ese Mamoru gritó .

—¿POR QUÉ ME ABANDONASTE?

El hielo salió disparado hacia ella y chisporroteó con un fuego infernal…

Misaki se levantó de un salto. Solo que esa vez era real: sí que tenía el cuerpo bañado en sudor, sí que tenía lágrimas en el rostro y había una lanza de hielo demasiado real presionándole el estómago, aunque no con la fuerza suficiente como para atravesarle la carne.

La partió con su jiya, se incorporó y echó un vistazo a su alrededor, horrorizada.

Ya había oído hablar de la creación en sueños, un fenómeno por el cual un jijaka tenía sueños tan vívidos que su jiya se activaba, pero nunca le había pasado.

Su jiya sonámbulo había cubierto todas las paredes de la habitación de hielo y había creado unas lanzas largas e inclinadas que apuntaban al futón.

Una respiración entrecortada a su lado la hizo mirar a su marido.

Takeru estaba de rodillas, con los ojos abiertos de par en par a la luz de la luna y estaba…

¡Santa Nami! ¡Estaba sangrando! Una lanza parecía haberle atravesado el brazo derecho y otra le había rozado el costado.

Se estaba tapando el lateral del cuello con una mano.

Cuando la bajó, estaba manchada de sangre.

Misaki sabía con una certeza descorazonadora que ella había sido la responsable. Su jiya se había alzado contra Takeru en sueños, al igual que lo había hecho contra sus hijos nonatos en su interior. Además, le sangraba el cuello. El veneno que llevaba dentro estaba fuera de control.

Takeru se echó un vistazo a la mano roja y luego a Misaki. Su mirada ya no era inexpresiva, sino salvaje cuando gruñó:

—Vete.

—Takeru-sama, yo…

— ¡Que te vayas! —rugió.

Misaki se puso en pie y retrocedió a duras penas por la habitación.

No dejó de correr hasta haber llegado al porche delantero y haberse alejado tanto como pudo del dormitorio sin salir del recinto.

Una parte de ella quiso seguir corriendo por las rocas y la nieve con los pies descalzos, bajar hasta el océano, donde podría ahogarse en brazos de los dioses.

Sin embargo, tembló con fuerza y le cedieron las piernas.

A solas en el porche delantero, se hizo una bola en el cortante aire invernal. Se agarró el pelo en un puño y se colocó el otro contra el torso, hundiéndoselo en la carne del estómago.

¿Cómo se había torcido todo? Hacía quince años, le había dado la espalda a Carytha para dirigirse hacia su futuro en Takayubi. Se suponía que era la decisión acertada, por su familia, por su país y por ella misma, así que ¿cómo era posible que las cosas hubiesen salido así?

Misaki había creído que estaba hecha de agua, que era capaz de adaptarse a cualquier recipiente, ser tan fuerte en su forma de madre como en la de guerrera, pero al final, puede que Koli hubiese estado en lo cierto sobre ella.

Era un cuchillo, una hoja afilada que mataba o cortaba todo cuanto tocaba.

Los bebés a los que no había podido asesinar en su vientre habían nacido en un mundo de hojas que los segaron antes de tener la oportunidad de crecer.

En ese momento, el mal que llevaba dentro se había manifestado fuera del sueño y había descargado su rabia contra su marido.

Una parte de ella esperaba que Takeru la persiguiese y la castigase y, quizá, que por fin la matase.

Una parte cada vez más grande de ella rezaba para sentir la Aguja Lunar o la Espada Susurrante contra la nuca.

Ya era la segunda vez que había levantado su jiya contra él.

Takeru tenía todo el derecho del mundo a vengarse, así que ¿por qué no iba a hacerlo?

Para él sería pan comido. Un solo corte. Era lo único que Misaki merecía.

En vez de eso, algo le tocó la nuca con ternura.

—¿Misaki? —La voz de Setsuko, un sonido tierno, familiar, que le ofreció un consuelo que no merecía, que nunca lo había hecho—. Hermana, ¿qué ha ocurrido?

Misaki se encogió cuando la tocó. Jamás se lo había merecido.

—No deberías acercarte a mí, Setsuko —dijo con una voz inusualmente nítida a pesar de las lágrimas… como si perteneciese a otra persona—. Me pasa algo malo.

—¿A qué te refieres?

—¿Sigues viéndolo, Setsuko?

—¿Perdón?

—A tu marido. ¿Te acecha?

—Sé con quién me casé, y sé la suerte que tengo de haberme casado con él —contestó mientras negaba con la cabeza—.

Durante todos esos años que pasé en el puesto de pescado, cuando le hice ojitos al apuesto noble de más arriba de la montaña, jamás se me pasó por la cabeza desear un matrimonio como el nuestro.

Soy una chica simple de campo que nunca había creído que tendría un matrimonio ventajoso o que se casaría por amor, así que, cuando conseguí ambas cosas, supongo que entendí que cada momento era un regalo.

Takashi, esta vida, este lugar, todo eso es algo que nunca creí que fuese a tener.

Murió peleando. Fue quien era. Lo echaré de menos, pero supongo…

supongo que solo con haberlo tenido, basta.

—Un puñado de perlas —murmuró Misaki.

—¿Qué dices?

—Nada… Que eres una mujer excepcional.

—Qué va. —Setsuko se encogió de hombros—. Soy demasiado boba como para hacer las cosas más difíciles de lo que son. —Hubo una pausa—. ¿El fantasma de Mamoru sigue con nosotros? —preguntó Setsuko.

—Es culpa mía. Por mi culpa, no puede seguir adelante.

—¿Por qué dices eso?

—Porque estoy enfadada , Setsuko —jadeó—. Sé que no está bien, pero es que… Me paso todo el tiempo enfadada. Me está consumiendo por dentro.

—Entonces, tienes que hacer algo al respecto —contestó Setsuko con tanta determinación que hizo que sonase fácil.

—Lo sé —respondió Misaki, desconsolada—. Es solo que… no sé qué hacer ni tampoco cómo solucionarlo.

—Bueno… ¿Sabes qué te está haciendo sentir así?¿Estás enfadada con los ranganeses?

—No, no. —Por extraño que fuese, Misaki no había pensado mucho en ellos.

—¿Estás enfadada con Takashi? —preguntó Setsuko, esa vez con más amabilidad—. Por ordenarle a Takeru que volviese con nosotros en vez de a Mamoru. No pasa nada si dices que sí.

—No —respondió Misaki con sinceridad. No tenía sentido, pero no estaba cabreada con Takashi.

—Entonces, ¿con quién?

—No lo sé —contestó Misaki mientras se sujetaba la cabeza—. No lo sé. —Pero no era cierto.

—Bueno, pues en cuanto lo averigües, quizá deberías confrontar a esa persona, o a ese espíritu o lo que sea. Libérate de la ira.

—Puede…

—Apuesto a que cuando lo hagas podrás descansar, y Mamoru también.

Misaki asintió. Puede que el consejo de Setsuko hubiese sido simple, pero era sensato.

Si Misaki no hacía nada con esa rabia, acabaría matándola.

Mamoru jamás podría descansar en paz y su familia estaría emponzoñada para siempre.

Cualquier guerrero sabía que morir poco a poco por envenenamiento era peor que morir por una espada.

Después de que Setsuko se hubiese acostado, Misaki se apoderó de un pincel y de una hoja de kayiri del antiguo despacho de Takashi. Encendió un farol, se arrodilló en el suelo y se puso a escribir.