La espada de Kaigen 26 El espíritu #3
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26 El espíritu #3

La temperatura corporal no era lo único agradable de Izumo.

A Misaki había acabado encantándole la sensación que le transmitía su nyama; no era duro sino fluido, no molestaba a su frialdad, sino que daba vueltas a su alrededor hasta que ambos se derretían poco a poco y se convertían en líquido.

Izumo reavivó un sentimiento que había olvidado hacía mucho: el de ser adaptable, libre y fluir.

Misaki dejó que la sensación de tener a su cuarto hijo contra el pecho la calmase y apaciguase la ira.

Había planeado pasarse el resto del día ayudando a Takeru y a Setsuko con la ardua tarea de despejar los escombros de la parte derruida del recinto de los Matsuda, pero cuando se planteó la idea de tener que volver a ver a Takeru, se dio cuenta de que era incapaz.

En su lugar, arropó a Izumo en un portabebés de tela, se lo ciñó al pecho y salió a hurtadillas para visitar a Hyori.

Las visitas a la pequeña choza de Hyori no solían ser precisamente alegres, pero su amiga necesitaba compañía. En ese momento, Misaki se sentía preparada para adentrarse en el mismísimo Infierno con tal de que Takeru no estuviese allí.

Hyori la saludó con su cortesía habitual e hizo pasar a Misaki al espacio frío y estrecho mientras se disculpaba por no poder ofrecerle nada de comer, como si alguien tuviese comida.

—Siento el frío —dijo—. Los chicos me están ayudando a aislarla.

—Vivo con los Matsuda —contestó Misaki—. Estoy acostumbrada al frío.

—Estoy preocupada —confesó Hyori cuando estuvieron arrodilladas sobre el tatami.

—¿Por qué?

—Este bebé… No siento lo mismo que cuando estaba embarazada de Ryota.

—Bueno, yo sentí cosas distintas con cada uno de mis hijos —respondió Misaki—. Hiroshi era mucho más frío que el resto…

—No parece un jijaka.

—Apenas ha pasado tiempo suficiente como para que sepas a ciencia cierta si estás embarazada, Hyori-chan. Seguro que también es demasiado temprano para saberlo —declaró Misaki tras hacer una pausa.

—Puede ser… —Hyori tenía la mano apoyada en la cintura al mismo tiempo que se pasaba el pulgar de un lado al otro del obi con nerviosismo.

Pese al caos desgarrador que era la vida de Misaki, pensar en lo que estaba pasando Hyori la serenaba.

Si el niño era de su marido, la vida se le haría cuesta arriba.

Al no tener una familia que la apoyase, tendría que trabajar para mantenerlo, lo cual era una perspectiva desalentadora para una noble criada para ser ama de casa.

Además, tampoco era como si en Takayubi sobrase el empleo.

Si el niño no era de Dai, entonces la cosa sería mucho peor.

Misaki se había pasado buena parte de sus noches en vela tratando de averiguar cómo podría ayudar a Hyori en el peor de los casos.

¿Qué podría hacer para facilitarle la vida a su amiga?

Aun así, sus reflexiones no habían dado muchos frutos.

Todo el mundo descubriría lo que había pasado.

Hyori se pasaría el resto de su vida cargando con una vergüenza que no le correspondía.

Y el niño… Misaki se estremeció al pensar en cómo lo trataría esa gente, pero no podía dejar entrever sus temores.

Hyori no necesitaba que Misaki la estresase aún más.

—Estoy segura de que al final todo saldrá bien. —Misaki hizo lo posible por mostrar una confianza que no sentía. Lo que sí que sentía era ira. Una ira insistente y que bullía a raudales. Le hinchó el pecho y le provocó una oleada de dolor que la obligó a poner una mueca.

—¿Estás bien, Misaki? —preguntó Hyori a la vez que se arrastraba de rodillas para apoyarle una mano en la espalda.

—Sí —contestó ella, agarrándose el pecho.

—Aún te duelen los pulmones —afirmó Hyori—. Sé que el dinero escasea, pero igual varios de nosotros podríamos juntar nuestros fondos y tratar de llevarte a un hospital de la ciudad para que te hagan una radiografía. Al menos, deberíamos hacer que una persona experta le echase un vistazo…

—Por la ira de Nami, Hyori, ¿en serio te estás preocupando por mí?

—Pues claro —contestó Hyori.

—Eres demasiado buena… —Misaki no podía hallar consuelo en el roce de Hyori. En vez de eso, vio al soldado ranganés encima de su amiga, sujetándola, y sintió odio —. Eres demasiado buena. Ningún hombre debería poder apagar eso. Ninguno.

—Misaki, lo que dices no tiene sentido…

—Escúchame, Hyori-chan. —Misaki le agarró el brazo—. Puede que sí sea hijo de tu marido. Puede que no. No tiene importancia.

—¿Cómo puedes decir eso?

—¡Porque ese niño no es propiedad de su padre!

—estalló Misaki, sorprendida por la rabia que destilaba su voz—.

¿Quién dice que los niños sean propiedad de los padres?

Somos nosotras quienes los llevamos dentro, somos nosotras quienes los alimentamos en nuestro interior, somos nosotras quienes los traemos al mundo y somos nosotras quienes nos esforzamos para criarlos.

Y luego van esos hombres… ¿esos hombres se creen que pueden llevárselos y matarlos así sin más?

—Misaki.

—¿Qué derecho tiene un cabrón ranganés sobre el bebé que llevas en el vientre?

¿Qué derecho tiene cualquiera de ellos? Por mucho que Ryota fuese de Dai, también era tuyo.

Por mucho que Mamoru fuese de Takeru, también era mío.

¡Él era mío ! —Un dolor aplastante la obligó a bajar la vista y se percató de que le había dado un puñetazo al tatami, había roto las cañas de bambú y agrietado los tablones de madera que estaban debajo.

Izumo rompió a llorar en el portabebés—.

Lo siento. —Misaki se llevó la mano a los ojos—.

Lo siento mucho, Hyori-chan. No estoy ayudando.

Debería… Debería irme. —Hizo una reverencia—.

Sustituiré el tatami y los tablones. Diles a Chul-hee y a Atsushi que lo siento.

—Misaki… —Hyori estaba mirando a su amiga con una mezcla de preocupación y temor, pero ninguna emoción entre medias podría borrarle la profunda pena que tenía en los ojos. Misaki no podía soportar mirarla durante más tiempo.

—Lo siento mucho. —Hizo una última reverencia y se marchó a toda prisa de la choza.

Tras despedirse de Hyori, Misaki deambuló.

Con la excusa de ver qué tal les iba a los vecinos, recorrió toda la aldea.

Visitó a Katakouri Mayumi y a Hisato, su padre tullido, que acababan de terminar de instalar el tejado de la casa improvisada; las mujeres Mizumaki casi habían terminado el suyo, y los voluntarios Ginkawa estaban empezando a construir una choza para dar cobijo a los niños que habían quedado huérfanos tras el ataque.

Los hombres Ameno se reunieron cerca de los cimientos del orfanato para saludarla y le hicieron una reverencia, pero decidió no molestarlos cuando se dio cuenta de que parecían estar al borde de la desesperación intentando racionar los suministros.

Por la forma en la que se atascaron con los números, daba la impresión de que les habría venido bien que Takeru les echase una mano; no obstante, apenas se había involucrado en la reconstrucción desde que había vuelto de su viajecito a lo alto de la montaña.

Corregiría las cuentas, pero no asumiría ningún papel activo a la hora de trazar los planes y delegaría en Kotetsu Katashi para coordinarlos, que todavía seguía recuperándose de haber perdido la pierna, y en Kwang Tae-min, a quien seguía costándole comunicarse con los oriundos de Kusanagi.

Como no quería seguir pensando en Takeru, Misaki se metió en medio de una conversación entre Kotetsu y Kwang sobre planes para construir casas más resistentes en los meses venideros, a pesar de que ella prácticamente no tenía ni idea de carpintería ni de planificación de una aldea.

Para cuando había atardecido y las luces empezaron a apagarse, Misaki ya se había quedado sin gente a la que visitar y solo le faltaba un sitio al que volver… a casa, al dormitorio. Con Takeru.

El recinto estaba oscuro cuando entró a hurtadillas.

Dejó a Izumo en el cajón, que hacía tiempo que se había quedado dormido en el portabebés, sin armar mucho escándalo.

Misaki percibió cuatro latidos más durmiendo: Hiroshi, Nagasa, la pequeña Ayumi y Setsuko.

La mujer se había acostumbrado a dormir en el mismo cuarto que los niños desde que la casa había quedado vacía.

Ya no tenía un marido junto al que acostarse, y Misaki supuso que dormir con su familia debía reconfortarla, igual que había hecho ella misma cuando era pequeña.

Setsuko se despertó cuando Misaki se irguió.

—Hola, bonita —masculló, algo bastante divertido que decir a oscuras—. Qué tarde vuelves. —Sonaba agotada, pero con ese cansancio satisfecho y feliz producto de haberse pasado el día dando el callo.

—Lo sé —susurró Misaki, que lo que más deseaba era poder tumbarse en el suelo con Setsuko y compartir su felicidad—. Perdona. Vuelve a dormirte, por favor.

Por un instante, se planteó que no pasaría nada si se acurrucaba con su cuñada y sus hijos en el suelo y dormía a pierna suelta, rodeada de amor.

No obstante, eso era impensable. La mujer que no dormía en el dormitorio principal era porque la habían repudiado.

Y Takeru no había repudiado a Misaki. Aún no.