La espada de Kaigen 26 El espíritu #2
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26 El espíritu #2

Cuatro semanas después del ataque hubo suficientes chozas destartaladas como para que la gente empezara a abandonar el recinto de los Matsuda.

A Misaki debería haberle aliviado saber que, al menos, los lugareños tenían los esbozos de unas casas nuevas.

Además, a ella siempre le había gustado tener su espacio, así que debería haberse alegrado de que los numuwu heridos, las mujeres sollozantes y los gritos de los niños fuesen desapareciendo de su casa.

—Parece un poco vacío, ¿verdad? —preguntó Setsuko después de que Misaki y ella ayudasen a los Kotetsu a hacer las maletas y se despidiesen de ellos.

—Sí —murmuró Misaki. Era la palabra adecuada. Vacío.

—Durante un tiempo, me recordó a la choza de mis padres —respondió Setsuko—.

Los doce dormíamos apretujados en las mismas dos habitaciones.

Fue lo que peor llevé al mudarme aquí… el silencio, todo ese espacio libre.

Supongo que no entendía por qué hacía falta tanto espacio solo para un par de familiares.

—Sí. —Misaki recordaba aquellos primeros días cuando Setsuko se había mudado.

Se había pegado a ella como una lapa e insistió para que hablara y sonriera.

No se le pasó por la cabeza que quizá Setsuko también hubiese estado buscando algo—.

Lo bueno es que nos hemos quedado sin una buena parte de la casa.

Y sin una buena parte de la familia también.

Cuando los pasillos habían estado abarrotados por los habitantes de Takayubi que quedaron temporalmente sin hogar, curándose las heridas, consolándose unos a otros y durmiendo sobre mantas dobladas, no había quedado espacio para los recuerdos.

El vacío dejaba lugar para demasiados recuerdos: sitios donde a Ryota le había gustado jugar al pilla-pilla con Nagasa, donde a Takashi le había gustado repantigarse después de tomarse un trago por la tarde, donde Mamoru se había preparado para ir a la escuela, se había puesto a estudiar con Chul-hee, había jugado con sus hermanos…

Las pesadillas empeoraron.

Un día, al volver al recinto, Misaki se quedó consternada al ver que el dormitorio que había compartido con Takeru antes del ataque estaba vacío.

En el suelo del dojo, entre muchas otras personas conmocionadas y tristes, no estaba mal visto mascullar en sueños o despertarse gritando.

No quería que Takeru la escuchase. Ni siquiera quería dormir a su lado.

Seguía de pie en la entrada del dormitorio, aferrándose al marco de la puerta, cuando sintió el roce del nyama de Takeru en la nuca.

—Misaki —dijo, y por su tono parecía que ya lo había repetido unas cuantas veces.

—Perdón… —Le dio la espalda al dormitorio para mirar a su marido—. ¿Qué pasa?

—He encontrado algo entre los escombros.

—¿Cómo?

Takeru dio un paso adelante y Misaki resistió el impulso de dar uno atrás. Cuando Mamoru nació, había odiado la forma en la que su nyama le recordaba al de su padre. En ese momento, odió cómo el nyama de Takeru le recordó al de Mamoru. No quería mirarlo. No quería que se acercase a ella.

—¿Qué es esto? —preguntó mientras levantaba a Siradenyaa.

—Eso… —empezó a decir Misaki con la vista clavada en el arma— es mío.

Casi ni se le había pasado por la cabeza mentirle.

Hubo una época en la que había temido la desaprobación de su marido, momentos en los que hasta llegó a pensar que podría hacerle daño, pero después de haberlo visto hacerle una reverencia al hombre que les había arrebatado el cadáver de su hijo y lo había quemado, no parecía ser capaz de tomárselo tan en serio.

¿Cómo iba a temer a un cobarde sin alma y sin carácter?

—Uno de mis amigos en la Academia del Alba hizo que la forjasen para mí —explicó, infringiendo descaradamente la regla que había impuesto su marido de que no mencionase su pasado—.

La escondí debajo de los tablones de la cocina cuando nos casamos.

Es curioso, pensé que nunca la necesitaría.

Pensé que, sin duda, Matsuda Takeru, el mejor espadachín de Shirojima, sería lo bastante fuerte como para proteger a su familia sin que su esposa tuviese que tomar las armas. Supongo que me equivoqué.

Takeru optó por hacer oídos sordos al insulto descarado.

Alargó la mano y soltó a Siradenyaa sin decir nada.

La mano de Misaki se abalanzó hacia delante de forma posesiva, atrapó el arma antes de que tocase el suelo y la empuñó con su agarre invertido favorito sin pensar, ideal para atacar a un oponente cercano en un sitio cerrado como un pasillo.

—Hiroshi dijo que reconocía la espada. Contó que la había usado para matar a un hombre vestido de negro.

—Sí —contestó Misaki. ¿Para qué iba a molestarse en mentir, para qué iba a medir sus palabras en absoluto?

Estaba claro que a su marido le daban igual—.

Lo bueno de esa espada es que no solo es ligera, tiene una hoja afiladísima que hace que una mujer pequeña o, por lo visto, un niño pequeño, puedan hacer cortes con facilidad.

—Nunca deberías haber permitido que ocurriera algo así —contestó Takeru con rigidez—. Es demasiado joven.

Misaki estaba tan indignada que solo pudo quedarse mirándolo.

—Deberías haberte asegurado de que los niños se quedasen escondidos —dijo—. Tu deber como mujer no es luchar…

—¿Y qué hay del tuyo? —exigió saber ella—. ¿Qué hay de tu responsabilidad para mantener a salvo a esta familia?

—Se me ordenó protegeros a ti, a Setsuko y a los niños…

—Fui yo quien protegió a Setsuko y a los niños.

—Misaki notó cómo se le crispaba el rostro en un gruñido de rabia—.

Había cinco personas conmigo en esta casa cuando los ranganeses derribaron las puertas, y todas ellas siguen aquí con nosotros.

—Su gruñido se volvió depredador y notó la sed de sangre en los dientes—.

Uno de nuestros hijos estaba contigo. Solo uno. ¿Y ahora dónde está?

—Misaki…

—¿Dónde está ahora, Matsuda Takeru? —inquirió con violencia—. ¿Dónde está ahora?

Le escudriñó el rostro con una mirada depredadora y un hambre desesperada. Misaki no solo lo había insultado, sino que también le había dado donde más le dolía. Ahí tenía que haber rabia. Tenía que haber algo.

Takeru se limitó a mirarla impasible, sin ninguna clase de emoción.

—No necesito que me hables de esa forma —dijo—. Recobra la compostura.

Misaki apretó los puños y una nueva sarta de insultos se le acumuló en la punta de la lengua, pero se detuvo al escuchar el sonido de unos pies descalzos por el suelo.

Hiroshi dobló la esquina y apareció por el pasillo.

—¿Kaa-chan?

El niño se detuvo y levantó la vista hacia sus padres.

Pasó la mirada de forma inexpresiva entre Takeru, Misaki y la espada negra que su madre empuñaba con fuerza.

Si ver el arma que había usado para matar a un ser humano le causó algún efecto, su rostro no dio muestras de ello.

Sin embargo, pareció percatarse de que había interrumpido una conversación delicada entre sus padres porque se arrodilló.

—Perdón, Tou-sama, Kaa-chan. —Hizo una reverencia con la elegancia de un espadachín adulto—. El bebé está despierto.

—Dile a Setsuko que se ocupe —contestó Takeru sin interés.

—No —respondió Misaki antes de que Hiroshi se dispusiera a obedecer—. No pasa nada. Ya voy yo.

—No hemos terminado. —Takeru avanzó un paso hacia Misaki como para obligarla a retroceder hacia el dormitorio y así acorralarla.

Misaki colocó a Siradenyaa entre ambos, le dio la vuelta y puso la empuñadura por delante.

El pecho de Takeru se chocó contra el extremo romo de la espada de cristal zizalen y se detuvo.

La mirada de Misaki se topó con la suya, desafiante.

En ese momento, no tenía una posición agresiva, apenas era defensiva, pero la cosa podía cambiar con un suave giro de la espada.

Si Takeru avanzaba más, obligaría a Misaki a retroceder o a girar la muñeca y cortarlo. Takeru tendría que jugársela.

No se movió.

Eso pensaba , gruñó una parte despiada de Misaki.

—Creo que hemos terminado.

Bajó a Siradenyaa, pasó junto a su marido inmóvil, adelantó a un Hiroshi perplejo y salió del pasillo.

Izumo estaba retorciéndose en su cuna; bueno, en realidad tampoco era una cuna, más bien un cajón de un escritorio acolchado con ropa que sobraba. Misaki le había dado su antigua cuna a una mujer con un bebé mucho más pequeño cuya casa había sido destruida.

—Hola, pequeñín. —Le dio unas palmaditas en la tripa, pero no podía levantarlo con Siradenyaa en la mano—. Dame un momento.

Alargó la mano y la metió detrás de la cuna-cajón para sacar la vaina de flores de Siradenyaa de su escondite más reciente. Con una pasada rápida de jiya, limpió de la hoja la sangre seca del fonyaka. En cuanto la envainó, volvió a esconder el arma y se arrodilló para ponerse a Izumo en brazos.

— Yosh, yosh . —Lo acunó para calmarlo.

El bebé meneó los brazos conforme lloraba e intentó golpearse la cara.

A medida que Misaki lo observaba, un par de lágrimas se le desprendieron al pequeño de las mejillas, que se precipitaron hacia unos dedos diminutos por la atracción de su jiya.

Las gotitas saladas cayeron por el aire durante un instante, brillaron y después se derramaron sobre el tatami.

Mamoru e Hiroshi también habían podido mover pequeñas cantidades de agua para cuando empezaron a salirles los dientes; Nagasa más o menos cuando se echó a andar.

Pero, a diferencia de los tres, Izumo no parecía enfriarse conforme se volvía más fuerte.

No abrasaba como un bebé tajaka, pero su modesta calidez humana se parecía a la que emanaban los pocos niños adyn que Misaki había tenido en brazos.