26 El espíritu
L os finawu Ryuhon fueron misericordiosos y cautelosos, se tomaron las molestias de escuchar a cada uno de los aldeanos que sufrían y guiarlos por los rezos y rituales pertinentes.
Algunos incluso accedieron a quedarse y se alojaron en el antiguo templo que había sido la Academia Kumono.
Sin embargo, pese a sus nobles esfuerzos, no consiguieron que todos los espíritus descansasen.
Misaki veía a Mamoru en sueños. A veces, ella era el soldado ranganés que lo había asesinado, como una loca durante el frenesí del combate que solo se serenaba al ver a su hijo sangrando delante de ella y el dolor la partía en dos.
A veces, Mamoru estaba de pie en uno de los pasillos del recinto o en el dojo, y parecía lo bastante cerca para tocarlo, aunque, de algún modo era imposible de alcanzar.
En otro sueño, Misaki revivió la pelea en el pasillo oscuro.
Apuñaló al soldado en el pecho, solo para toparse con Siradenyaa clavada hasta la empuñadura en mitad del escudo Matsuda.
Sacó la hoja del cuerpo y no fue el chico ranganés, sino Mamoru, el que cayó en el suelo a sus pies, con los ojos abiertos de par en par por la traición.
Quería abrazarlo, remendarle el corazón que sangraba, consolarlo, pero no podía.
Solo podía quedarse ahí de pie mientras la sangre se le colaba entre los dedos de los pies. Solo podía ver cómo moría.
Una noche, pudo moverse dentro del sueño.
Trató de detener el flujo de sangre de la herida, solo para extraérsela del cuerpo y acabar matándolo.
Aquella vez, se despertó con gritos, pero no eran suyos.
Cuando abrió los ojos de golpe, se encontró a Nagasa pataleando a su lado bajo las mantas, con la espalda arqueada y pateando el suelo del dojo con los pequeños talones con una fuerza dolorosa.
Hiroshi ya lo tenía sujeto por los hombros y estaba zarandeándolo para que se despertase.
—Es una pesadilla, Naga-kun. ¡Despierta!
—¡Nii-san! ¡Nii-san! —lloriqueó Nagasa, pero cuando abrió los ojos, pareció sorprenderse al ver a Hiroshi a su lado—. ¿Nii-san?
—Estoy aquí, Naga-kun —contestó Hiroshi.
—No. ¿Dónde está…? —Nagasa miró a su alrededor con los ojos como platos, escudriñando la oscuridad, y Misaki le apoyó una mano en la cabeza para calmarlo—. ¿Dónde está Nii-san? ¿Dónde está Mamoru?
—No está aquí, Naga-kun. —Misaki le acarició el pelo y se dio cuenta de que tenía el flequillo bañado en sudor—. Se ha ido.
—No, ¡no! —La voz diminuta de Nagasa se alzó de rabia—. ¡Estaba justo aquí!
—No, pequeñín. No. —Se llevó a su tercer hijo al pecho sin dejar de acariciarle el pelo—. Solo era un sueño.
Se habría preocupado de despertar a los demás, pero Nagasa no era el único que gritaba.
En el dojo había tantas pesadillas que los sollozos de un niño apenas producían un murmullo.
Misaki hizo lo que pudo por consolar a Nagasa, pero sus palabras tiernas solo ocultaban un temor y un dolor profundos.
El hecho de que no solo uno, sino dos de ellos estuviesen viendo a Mamoru con tanta claridad seguro que era un indicio de que había un fantasma en el recinto.
Alguna parte de Mamoru todavía seguía allí, atado a Duna; sufría y era peligroso.
Setsuko fue quien más entereza tuvo de todos los Matsuda. Cada día, cuando el trabajo escaseaba, se llevaba a la pequeña Ayumi a la fosa común.
—¿Ves eso? —solía decir mientras hacía rebotar a su hija contra la cadera—. Ahí dentro está tu padre. Tu padre era un héroe, Ayumi. Nunca lo olvides. Tu padre era un héroe, así que vamos a ser fuertes por él, ne ? Vamos a hacer que su espíritu se sienta orgulloso.
La mujer robusta fue la única persona que pareció sacar fuerzas de la tragedia.
Por lo visto, había decidido que iba a vengarse de los ranganeses viviendo.
Puede que una mujer inferior se hubiese lamentado de no tener a un hombre que cuidase de ella o que le hubiese molestado que Misaki le arrebatase el puesto como dama principal de la casa Matsuda.
Sin embargo, en lugar de enfurruñarse o de mirar a Misaki con envidia, Setsuko era un hervidero de energía, no dejaba de preguntar: «¿Cómo puedo ayudar?
¿Qué necesitáis que haga?». Con Ayumi echada a la espalda, llevaba casi tanto peso como cualquier hombre.
Las únicas personas que le pusieron tanto entusiasmo como Setsuko, por sorprendente que pareciera, fueron los Kwang.
Misaki había esperado que padre e hijo abandonasen la aldea lo antes posible.
Quizá las torres de comunicación hubiesen salvado a la aldea, pero en ese momento estaban destruidas, así que era incapaz de imaginarse que alguien quisiera quedarse en un lugar tan traumático.
No obstante, el chico de ciudad y su padre se afanaron en reconstruir la aldea como si fuese la suya.
Kwang Tae-min ayudó a los numuwu a desensamblar las torres de comunicación rotas para reutilizar el metal y erigir casas, mientras que Chul-hee se ofreció para echar una mano con la construcción.
El norteño no había pasado ni dos estaciones en el monte Takayubi, pero ese tiempo lo había cambiado.
Sus miembros flácidos se habían llenado de músculo tras meses entrenando con Yukino Dai y Mamoru con la espada.
Puede que nunca llegase a alcanzar la destreza suficiente en combate como para servir de mucho contra los ranganeses, pero esa fuerza recién forjada lo convirtió en alguien indispensable para la reconstrucción después del ataque.
Acabó destinando la mayor parte de su tiempo a ayudar a Hyori a construirse una casa nueva con Atsushi.
Era una de las pocas mujeres que se habían quedado sin familiares masculinos autóctonos o de fuera que la ayudasen a ponerse en pie.
Su hermana y sus padres habían vivido en la aldea occidental.
Habían muerto justo durante los primeros momentos del ataque, cuando arrancaron sus casas de la ladera de la montaña antes de tener la oportunidad de defenderse.
Ni su marido ni su hermano menor habían regresado de la batalla, y su hijo pequeño había muerto justo delante de ella.
No tenía a nadie que se preocupase por ella durante el duelo.
Misaki y Setsuko hicieron lo que pudieron por visitarla a menudo.
Y, mientras tanto, Chul-hee y Atsushi hicieron una labor encomiable para que no se desanimase.
Los muchachos le comentaron que podían utilizar los cimientos del recinto de los Yukino, pero respetaron sus deseos de no querer vivir donde había muerto su hijo y empezaron a levantarle una choza cerca del recinto de los Matsuda, donde Misaki y Setsuko podrían cuidar de ella con más facilidad.
Un día, se presentó cuando Setsuko y Misaki estaban rebuscando en la parte derruida del recinto de los Matsuda con los dedos llenos de astillas, intentando discernir qué trozos de madera podrían reutilizarse y cuáles eran imposibles de salvar.
—Hyori —la saludó Misaki, sorprendida—. ¿Va todo bien?
—Misaki… —Tenía una mano apoyada en el vientre.
Se dio cuenta de que Hyori quería que se acercara, así que Misaki se bajó de un salto de los escombros y fue hasta donde estaba.
—¿Qué ocurre?
—Yo… —Hyori se aferró a la parte delantera del kimono con la mano y se echó a temblar—. Misaki… estoy embarazada.
—¿Cómo?
—No sabía a quién decírselo. Yo…
—¿Estás segura? —preguntó Misaki. Solo habían pasado cuatro semanas, pero las mujeres jijaka casi siempre lo sabían.
—Un momento. ¿Estás embarazada? —exclamó Setsuko mientras se acercaba a ellas.
—S-sí —murmuró Hyori, y se encogió.
—¡Es una noticia estupenda! —Setsuko esbozó una sonrisa radiante—. ¡Eso significa que a Dai todavía le queda un hijo! Parte de él se ha quedado contigo. ¡Qué día más feliz!
Pero no había ni rastro de felicidad en la cara de Hyori cuando sus ojos se toparon con los de Misaki, solo terror.
Setsuko se fue corriendo a contárselo a los vecinos y, a pesar de que la expresión de Hyori le hizo temer lo peor, Misaki tuvo que preguntar:
—¿ Es de Dai?
—No lo sé —contestó Hyori en un suspiro desesperado—. Las cuentas… no hay forma de saberlo.
—Ay, Hyori-chan. —Estiró el brazo para darle las manos a su amiga, pero Hyori se apartó. Misaki observó espantada cómo las pocas esperanzas que había acumulado Hyori durante las últimas semanas se desvanecían.
—Debería haber muerto —afirmó.
—¡No digas eso! —exclamó Misaki—. Has dicho que no hay forma de saberlo. Puede que el bebé sea de Dai…
—¿Y entonces qué? —espetó Hyori—. ¿Entonces, qué? Aunque sea suyo, ¿cómo se supone que voy a cuidar de un hijo? Estoy mancillada, no tengo nada, no tengo marido…
—Nosotras cuidaremos de ti, Setsuko y yo —prometió Misaki.
—¿Cómo?
Hyori tenía razón. Salvo por el par de muros que seguían en pie y por un hombre muy distante, en la casa de los Matsuda no había muchos más recursos.
—Me aseguraré de ello —contestó Misaki con testarudez—. Me aseguraré de que tú y ese niño estéis bien. Lo juro.
—Debería haber muerto. —Hyori se puso a negar con la cabeza.
—¡Deja de decir eso ! —rogó Misaki—. ¡Hyori, por favor!
No obstante, esa idea parecía haber echado raíces en el interior de Hyori y no había nada que nadie, ni siquiera Misaki, pudiera haber dicho para convencerla de lo contrario.
—Habría sido mejor que hubiera muerto —repetía una y otra vez con la misma voz hueca—. Creo que, cuando ese soldado entró en nuestra casa, se suponía que debía matarnos a los dos. Se suponía que debía haber muerto.
—No diga esas cosas, ¡Yukino-san! —repetían los vecinos y los voluntarios sin cesar—. Tiene que vivir. Lleva al hijo de su marido en el vientre.
Esa forma de consuelo en concreto solía acabar con un arrebato de quejidos y de tirones de pelo tan perturbadores que todo el mundo optó por alejarse de Hyori y decidió darle espacio. No se dieron cuenta de que así estaban hurgando aún más en la herida.